Eternamente
Hay mil mujeres en mí.
Se agitan, se mezclan, se combinan, y,
a veces, hasta se destrozan entre ellas.
La gran romántica , aprendiz siempre de poeta,
que escribe desde las entrañas, desnudando el alma.
La frívola que muestra las piernas o el escote,
intentando revivir lo que el tiempo y otras batallas
se propusieron marchitar.
La que sabe reír a borbotones, con ganas,
solo con que alguien se pare y quiera escuchar mi risa;
aun así, en algún momento, también he reído sola.
Pero cuando lloro (tantas, tantas veces),
No hay mar que pueda recoger
el río desbordado de mis lágrimas.
La mujer de soledad,
elegida antes, disfrutada un tiempo y sentida hoy.
Pese a eso, soy un animal social, estoy completa entre mi gente.
Soy el impulso en vena, la pasión imparable,
capaz de cometer alguna locura por amor
y hasta de jugarme el alma en la partida
rompiendo con todos los esquemas.
Aunque me cuesta reconocerlo y me duele reconocerme,
vive en mí la mujer que muy pocos conocen:
la que se deja ir, la que se esconde en la bruma…
y se hace invisible.
Mujer de esta tierra, que en ocasiones,
parece ser marciana.
Adoro mi ciudad, sus ruidos y sus prisas.
Sin embargo, pertenezco al mar.
Me fundo y elevo entre sus olas;
no existe el tiempo junto a él.
Lo respiro, lo miro
y robo el color que refleja en mis ojos,
para después mirarte.
Soy música danzante,
alegría y tristeza.
Soy sensibilidad y fuerza,
sueños, fantasías.
Soy amor, entrega,
temor y espera.
Soy mil mujeres, las que habitan en mí.
Yolanda, eternamente.
Saldré de mí
Y yo saldré de mí,
anestesiando yunques y cadenas,
masticando el asfalto de las calles
Acumulando el manto de la tierra.
Saldré de mí mañana.
Al cruzar el invierno
los ángulos y vértices del tiempo,
exudando los mapas del pasado.
Y mañana saldré.
Penitencia obligada del recuerdo,
rumiando los fracasos entre dientes.
Amargura de soles extraviados.
Quebrantos
Llegaste, como llegan
las mañanas
con el abrigo grueso
del invierno,
con volutas de luz en
desgobierno,
con perfume de azufre
entre las canas.
Ceñiste tus sabores a
mis ganas
añadiendo la pena a mi
cuaderno,
maquillando la espera
del averno,
dibujando pasión en
las ventanas.
El alma me desnuda en
un poema
rumiando la tristeza
que describe
nostalgias de un
pasado tan cercano.
Conjugo en nota el
llanto que me quema
porque en la soledad
no se prohíbe
vestir luto a las teclas de mi piano.
Ser
No quiero morir en más guerras,
no hay lugar en mi alma
para guardar más batallas.
Solo quiero ser
la brasa encendida
en el fuego que crepita.
Ser el pelo por el que danzan
las yemas de unos dedos.
El abrazo que en la noche
me calme dormida.
El agua de lluvia
que se queda recogida
en los pliegues del tronco
de algún árbol.
Solo quiero ser
una sílaba perdida
posada en cualquier verso
de un poema.
Del poemario “Desde dentro”
Ahora
Ahora,
que
me escuecen las entrañas
y
se ahoga el alma en la mistela.
Ahora,
que
supuran cicatrices
del
negro más oscuro en las costuras.
Ahora
quiero
decir,
Amor,
tu
nombre.
Que
me duelen los labios de vacío
y
agoniza la piel en la besana.
Que
marchitan en mi cuerpo
los
susurros
y
en los pulsos mueren
mendigando
los latidos.
Amor,
que despiertas telarañas
de
sentires relegados a los sueños,
me
atraviesas moribunda
como
lluvia contenida,
en
cadena perpetua desterrada.
En
esta tarde
silente
de tu ausencia,
la
soledad
tortura mis pestañas.
Del
poemario "Versos como espinas en la almohada"
Yolanda Corell es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.