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Luis Amat Vidal

¿Una conspiración de los Masones?

¿No era Mozart quien componía su música,

sino que varios músicos la crearon?                                      

(Jaime Altozano)

1

Damián subió la escalera metálica de los andamios instalados hasta la cúpula de la iglesia de San Carlos Borromeo de Viena para la restauración de sus pinturas. Desde que cuatro años antes acabara los estudios superiores de musicología en el Conservatorio Óscar Esplá de Alicante, deseaba visitar la que muchos consideran capital de la música, ansiaba conocer los lugares que habían frecuentado los grandes maestros, perderse por los muchos museos de la ciudad ara ampliar sus conocimientos sobre música medieval y renacentista, sus grandes pasiones.

Delgado, de mediana estatura y carácter inquieto, a sus casi veintiocho años centraba sus investigaciones musicológicas en la evolución y el significado oculto de las partituras que habían dormido durante siglos en los desvanes de conventos y palacios; músicas secuestradas y prohibidas por la Iglesia por contener un acorde disonante que en el Medievo se consideraba demoníaco.

Viajaba solo, tenía total libertad para moverse a su antojo. Deseaba desvelar si había conexión entre esa música y las prácticas satánicas de la época, quería averiguar por qué los compositores habían sufrido tortura, incluso condenas a la hoguera, sólo por haber plasmado en sus partituras una determinada combinación de sonidos.

Contempló las pinturas bajo la bóveda, tan de cerca que podía tocarlas con la mano. Llamó su atención una escena representada en la zona inferior derecha del fresco: un ángel prendía fuego a una particella ante el espanto del compositor, todavía con la pluma de escribir en la mano. Fijó su mirada en la imagen y entonó en voz baja las notas reflejadas en el pergamino. ¡No tenía la menor duda!, estaba ante el acorde que en la Edad Media se denominara «Tritono del Diablo»¡Menudo hallazgo! La pintura simbolizaba la condena al fuego de esa música. ¿Por qué precisamente en esa iglesia? Fotografió la escena, ávido de desvelar su significado.

La grandiosa portada, flanqueada por dos columnas inspiradas en las de Trajano en Roma, le había motivado a traspasar el umbral del templo dedicado a San Carlos Borromeo, quizá el más bello de Viena, una magnífica expresión del eclecticismo barroco, cuyas tareas de restauración le habían permitido contemplar de cerca esos intervalos que a ras de suelo, por su pequeño tamaño, hubiera sido imposible apreciar.

El uso del Tritono del Diablo estuvo perseguido hasta bien avanzado el Renacimiento porque, a causa de la tensión generada en quien lo escuchaba, su sonido era obra del demonio, según la Iglesia. Por ello, todas las partituras de la época fueron armonizadas con ausencia de esos tritonos, so pena de acabar en manos de la Santa Inquisición.

A Damián le despertó la curiosidad y se dispuso a encontrar respuestas, pero necesitaba moverse por Viena con rapidez, pues en pocos días debía regresar para comenzar el nuevo curso de música con sus alumnos de secundaria.

—Rudy, eres tú? preguntó por teléfono desde la habitación del hotel.

Rudy Müller, compañero de conservatorio en los últimos cursos de superior, se había especializado en la investigación de la música clasicista. Y, aunque desde entonces no se habían vuelto a ver, sus números de teléfono continuaban grabados en las agendas de ambos.

¡Damián! ¡Qué sorpresa! ¿Qué es de tu vida? chapurreó en un castellano con marcado acento alemán.

¡Hola Rudy! Estoy en Viena, necesito verte, quiero que me ayudes a descifrar algo que he encontrado, necesito buscar información y seguro que tú podrás acompañarme a los lugares adecuados.

Rudy, físicamente el vivo ejemplo de lo que Hitler denominara raza aria, vivía en una casa a las afueras. Damián lo citó en el hall del hotel donde se hospedaba. Tres horas después de haberle telefoneado, los dos músicos se encontraban.

—¿Cómo estás?  —Damián se adelantó a abrazarlo.

—¡Qué alegría volver a verte después de tanto tiempo! ¡Tú, en Viena! ¡No me lo hubiera imaginado!

Poco después, se sentaban alrededor de una mesa en el Café Xcelsior, frente al Teatro de la Ópera, ante unas pintas de cerveza negra. Charlaron, revivieron recuerdos y compartieron sus actividades actuales. Damián habló de sus investigaciones y de sus clases de secundaria. Rudy le produjo envidia al comentar que desde su vuelta a Austria se había dedicado a componer piezas por encargo.

—¡Qué maravilla! Te felicito. ¿Y qué tipo de música compones? —preguntó Damián.

—Normalmente piezas de cámara. Dicen que mi estilo contiene compases bastante Mozartianos. ¡Por lo visto no me puedo escapar de la influencia del gran maestro! —exclamó Rudy.

—Siempre te has sentido muy atraído por él, por eso estudiaste el clasicismo.

—Y bien, ¿qué quieres de mí?

Damián le mostró en su móvil la particella que había fotografiado en la bóveda de San Carlos.

—Necesito conocer el significado de esas pinturas del techo de la iglesia, ir a los lugares donde quizá pueda encontrar explicaciones, y tal vez tú me podrías ayudar a moverme por Viena.

Rudy hizo un gesto de asombro, pues por primera vez alguien con conocimientos musicales le preguntaba por esas notas en llamas que él, por supuesto, conocía.

—Pero, realmente, ¿qué quieres saber?

—Si hay algún mensaje oculto en esa música y por qué estuvo tan perseguida.

—No creo que la escena pase de lo anecdótico ni de lo meramente artístico, pero descuida, intentaré ayudarte en todo lo que pueda.

Charlaron animadamente, de música, desde luego, pasó el tiempo sin apenas darse cuenta. Ya anochecido, salieron a pasear y después cenaron en la vieja posada Griechenbeisl, la más antigua de la ciudad, de 1447, a la que acudían Beethoven, Schubert, Strauss y Mozart, entre otros, según consta en el local. Allí estuvieron en su ambiente, sentados quizá a la misma mesa que ocupara alguno de los grandes maestros. Tomaron el típico “Wiener Schnitzel, chuleta de ternera empanada con ensalada de patata. Acabaron tarde, y Rudy acompañó al hotel a su antiguo compañero, quedando emplazados para el día siguiente.

Damián casi no pegó ojo en toda la noche. ¿Sería posible que esas notas musicales le permitieran encontrar una explicación de por qué el Tritono del Diablo? ¿Qué significado tenía que la particella estuviera ardiendo, pintada en la cúpula de esa iglesia?

Tumbado boca arriba y con los ojos abiertos como platos, comenzó a deducir: un tritono, el 3, está formado por lo que en lenguaje musical se denomina una cuarta aumentada; el 4, por una quinta disminuida; el 5, yal unir las cifras de cada uno de esos conceptos, se forma el 345. Por otra parte, el sonido de ese intervalo se consideraba del demonio, relacionado con el 666…” Había obtenido un número con cuatro dígitos correlativos, 3—4—5—6. ¿Curioso, no?

Sentado en la cama, consultó escritos y documentos que guardaba en su portátil, averiguó lugares en los que quizá podría encontrar la información que buscaba. No le sería difícil con la ayuda de Rudy.

 

2 

Viena se despierta a diario con el chirrido de los tranvías al rodar por los raíles. Damián bajó temprano al vestíbulo del Términus, un hotel de dos estrellas barato pero muy cuidado, cercano al Teatro de la Ópera y al Musikverein. La recepcionista le recordaba a la típica Walkiria  de Wagner, rubia y enorme, pero con voz gritona y aliento a stroh. Le preguntó, en su tosco alemán, si alguien había ido a buscarle y ella negó con la cabeza. Quince minutos más tarde, Rudy entraba presuroso por la puerta del hotel.

—Perdona que me haya retrasado; hoy el tráfico está más denso de lo normal.

Salieron a la acera, junto a la que estaba mal aparcado el coche de Rudy.

—¿A dónde quieres que te lleve?

—Me gustaría ir a la Abadía de Heiligenkreuz, quizá allí encuentre manuscritos antiguos para compararlos con la partitura de la cúpula de San Carlos.

La Abadía se encontraba en la zona sur de los Bosques de Viena. Desde que fuera fundada en 1113, había ido atesorando gran cantidad de reliquias, y acogido, además, un importante centro de creación e investigación musical en la primera mitad del siglo XVII.

Durante los 45 minutos de viaje a través de frondosas arboledas, charlaron compartiendo experiencias. El trabajo de compositor le iba mejor a Rudy que las clases a Damián; él, además, dirigía una agrupación de cámara muy apreciada en Viena. Era lógico, allí las posibilidades de dedicarse a la música son mucho mayores que en España, y no digamos ya que en Alicante. Así todo, Damián, con el sueldo de profesor y su virtuosismo como trompetista, tenía sus necesidades básicas cubiertas, lo que le permitía dedicarse a lo que más le apasionaba: la investigación de la música antigua.

En un punto de la carretera, tuvieron que desviarse hacia un estrecho y polvoriento camino, oscurecido por la sombra de los grandes robles que se alzaban a ambos lados. Cuanto más se adentraban, más parecía que estuvieran retrocediendo en el tiempo. Llegaron a una explanada, desde la que se accedía a un gran patio interior en cuyo centro se alzaba la columna barroca de la Santísima Trinidad, obra de Giovanni Giuliani, según había averiguado Damián. La fachada, como en la mayoría de las iglesias cistercienses, mostraba tres simples ventanas como símbolo de la Trinidad.

La puerta de la iglesia estaba entreabierta, por lo que no tuvieron problemas para acceder al gran transepto románico que daba fe de la antigüedad de la construcción. Confundido con la penumbra, adivinaron la figura de un hombre alto, de mediana edad y complexión delgada que les dio la bienvenida en alemán. Rudy le devolvió el saludo.

—Buenos días. Mi nombre es Rudy, soy músico, y este es mi colega y amigo Damián, que ha venido de España y necesita hacerle unas preguntas. Habla poco alemán, por lo que yo he accedido a acompañarle y servirle de intérprete cuando sea necesario.

—Bien, de acuerdo, veré si puedo serle de utilidad —dijo el sujeto clavando sus ojos en Damián.

—Me gustaría visitar la biblioteca, si no le importa —chapurreó Damián—, estoy buscando partituras antiguas que pudieran contener los acordes del tritono del diablo, anteriores a que fueran prohibidos por la Iglesia. ¿Sabe algo de eso?

Quien posiblemente era un empleado de la comunidad religiosa, pues no vestía hábito como seguramente debía exigirse en una congregación monástica tan antigua, le entendió y puso cara de sorpresa. Rudy se mantenía callado, solo ejercía de espectador, atento por si debía traducir alguna frase.

—¿Y usted cree que en el monasterio encontrará respuestas?

—Estoy seguro de que aquí debe haber partituras originales que se salvaran de la quema ordenada por la Inquisición.

El hombre lo negó, explicando que aproximadamente en 1773 había habido un robo en la biblioteca en el que desaparecieron todos esos manuscritos y nunca nadie ha sabido de su paradero. Se sospecha de las sectas satánicas que en aquella época realizaban ritos clandestinos en lugares ocultos.

—¿Me autoriza a que pregunte a los monjes? ¿Dónde están?

—Los pocos monjes que quedan son de clausura, no puede verlos el público; sus ceremonias son privadas y hoy no se reciben visitas, así que, por favor, les ruego que abandonen la iglesia y me disculpen. Les acompaño.

—Pero…

—Lo siento, no puedo atenderles, y absténganse de volver. Aquí no hay nada de lo que buscan.

En el camino hacia la puerta sus pisadas rompieron el absoluto silencio del templo. Tras atravesar el umbral, sonó el chirrido de las bisagras, el golpe al cerrar el portón y el giro de la llave aislando la iglesia del mundo exterior. En el jardín ni siquiera se oía el piar de los pájaros que debían habitar en la frondosa arboleda del entorno. A pesar de la insistencia de Rudy en volver a Viena, pues tenía ensayo con su orquesta a primera hora de la tarde, Damián se entretuvo admirando los muros y la fachada de la Abadía, lo que retrasó varios minutos su partida. Rudy lo interrumpió apremiándolo y fueron hasta el coche.

Nada más alejarse del edificio en el vehículo, a Damián le dio un vuelco el corazón. Comenzaron a escucharse, resonando entre sus muros, los sones de un Canto Gregoriano. Las voces, que a él siempre le parecían del más allá, se confundían con el ruido del motor.

—¡Para! —exclamó súbitamente Damián con expresión de asombro—. ¿No oyes?

Rudy frenó el coche en seco y miró perplejo a Damián.

—¿Qué?

—¡Escucha! ¡Es el tritono del diablo! ¡Esos cánticos son antiguos y contienen los sonidos que prohibiera la Inquisición!

—¿Estás seguro? —preguntó Rudy.

—¿No te das cuenta? ¡Tú también los conoces y deberías percibirlos! ¿Qué significa esto?

Damián sabía muy bien de lo que hablaba, sus amplios conocimientos de musicología le habían permitido distinguir enseguida el acorde diabólico del Medievo.

—¡Da media vuelta!

Rudy giró a regañadientes y, tras bajar precipitadamente del coche, una vez en la puerta, Damián llamó con insistencia. Los cantos cesaron de repente. Nadie abrió. La ausencia de sonidos hacía que el lugar pareciera abandonado, un monasterio fantasma.

Rudy rogó a Damián que volvieran a Viena, le recordó que tenía prisa, y fueron con el coche hasta la puerta de hotel. Pero no llegó a entrar; cogió el tranvía a la Biblioteca Nacional, institución poseedora de más de ocho millones de libros además de partituras e incluso papiros, enclavada en un magnífico edificio del siglo XVIII. Se dirigió en voz baja a la bibliotecaria que estaba sentada junto a la entrada de una sala barroca que guardaba gran cantidad de volúmenes antiguos.

Buenas tardes —saludó Damián—Desearía encontrar datos sobre la Iglesia de San Carlos.

Lógicamente, le explicó los motivos de su interés, y la bibliotecaria lo acompañó a una vitrina de donde, tras ponerse unos guantes de látex, extrajo varios ejemplares que, por su aspecto, debían tener varios siglos. Damián, también con guantes, estuvo ojeándolos sobre un pupitre y tomó algunos apuntes. Supo que San Carlos Borromeo, a quien estaba dedicada la parroquia, había sido uno de los impulsores del Concilio de Trento, en el que se dictaminó que la música deleitaba el espíritualejándolo del goce de la presencia divina. Por este motivo se prohibieron los instrumentos y la polifonía, y se quemaron todas las partituras que no hubieran  sido escritas para alabanza de Dios. ¡Precisamente eso representaba la escena de la pintura de la iglesia! ¿Tendría alguna relación con la Abadía de Heiligenkreuz?

Tras una cena rápida en un café cercano al hotel, volvió a su habitación sin parar de hacerse preguntas. Tenía una particella ardiendo pintada en la iglesia, los cánticos medievales prohibidos que había escuchado en el monasterio, la relación de San Carlos con el Concilio de Trento, y el número formado por 3—4—5—6, cuatro cifras correlativas que debían significar algo. ¿Por dónde debía seguir?

A la mañana siguiente transcribió a un pentagrama las notas de la iglesia de San Carlos y se dirigió al Museo de la Música. En la gran sala de entrada, Damián se sentó al piano de cola en el que cualquiera puede demostrar sus aptitudes interpretativassacó su particella y comenzó a tocar los acordes de los tritonos del diablo.

De una de las salas contiguas salió deprisa una mujer de edad avanzada, bien vestida y con rasgos muy marcados, quienasombrada, se plantó delante del piano.

—¿Conoce esas notas? Soy Berta, del consejo rector del Museo y no había oído nunca a nadie interpretarlas aquí.

—¿De qué música se trata? —preguntó Damián.

—Acompáñeme, por favor.

Atravesaron el hall y subieron por una amplia escalera. En una sala privada del segundo piso, la mujer abrió uno de los muchos cajones del enorme aparador apoyado en la pared del fondo; buscó entre los papeles y sacó con mucho cuidado unas partituras amarillentas.  Se trataba de la ópera Thanos, rey de Egipto, de Wolfgang Amadeus Mozart, una obra poco conocida que, incluso cuando se compuso, apenas llegó a representarse. Su interlocutora señaló varios acordes. ¡Eran los del techo de la iglesia! Toda la partitura contenía los tritonos y sus notas consecutivas en los pasajes más importantes. ¿Por qué?

La rectora del Museo cerró el manuscrito y en la primera página, Damián leyó su número de catálogo, KV 345 ¡3—4—5! ¡Increíble!

Casi sin decir adiós corrió hacia el tranvía que se dirigía a la biblioteca para recopilar datos sobre Mozart que posiblemente desconocía.

Pasó varias horas entre libros y papeles, tomando notas y más notas. Se apresuró de nuevo al Museo de la Música, tenía poco tiempo antes de que cerraran. Preguntó por Berta y solicitó analizar determinadas obras del genio de Salzburgo. Cuando hubo acabado, tras dar las gracias y despedirse, llamó a Rudy con la intención de invitarle a cenar y mostrarle todo lo que había averiguado. 


Se encontraron en un café cercano al Museo. Pidieron dos cervezas negras y unas salchichas con chucrut. Mientras cenaban, Damián fue describiendo sus hallazgos. Tenía que compartirlos con su antiguo compañero; no en vano, si estaba en lo cierto, podrían revolucionar la historia de la música.

—Rudy, esto es alucinante. Verás: la partitura en llamas del techo de la iglesia con los tritonos prohibidos fue empleada por Mozart en muchos de los pasajes de su ópera Thanos, Rey de Egipto, ¿la conoces?

—No mucho —contestó Rudy—, pero me consta dentro de su catálogo de composiciones. ¿A dónde quieres llegar?

—¡Vas a quedarte de piedra! La ópera fue compuesta en 1773, justo el año en que desaparecieron todos los manuscritos medievales de la Abadía. Mozart puso música a la obra literaria de Gebler, un importante masón de la época, por encargo de la logia. El argumento de este drama cuenta la historia del rey egipcio Menes y de su hijo Thanos, una obra de intriga, ocultismo, misticismo y muerte, cuya música se basa en las tonalidades diabólicas prohibidas. Su número de catálogo es el 345, o sea, el 3 del tritono, pero también el número masónico por excelencia; el 4 de la cuarta aumentada y el 5 de la quinta disminuida.

—¿Qué me estás diciendo?

—Rudygran parte de las tonalidades de la ópera y la base armónica de las obras de Mozart a partir de esa fecha se basan en la partitura del techo de la iglesia de San Carlos. Pero aún hay más, los cantos diabólicos medievales son como el Gregoriano, pero añadiéndoles los tritonos prohibidos. Y eso fue lo que escuchamos cuando nos alejábamos de la Abadía, y también es el origen de gran parte de la música de Mozart.

—¡Increíble!

—Lo que significa que, además de ser masón, probablemente perteneció a una antigua secta satánica a través de la cual conseguiría las partituras prohibidas y copiaría bastantes pasajes para componer su música. Esos manuscritos desaparecieron en 1773, justo el año en que Mozart escribió la ópera Thanos, la primera de sus grandes obras, todas ellas presumiblemente inspiradas en los antiguos papeles robados. Si pudiera probarlo, demostraría que Mozart no fue tan genio como nos lo muestra la historia.

—¡Tú estás loco! —exclamó Rudy.

—¿Loco? Todavía hay más. Mi número era el 3—4—5—6. He llegado a descifrar los tres primerodígitos, me falta el 6, el número del diablo; pues bien, el cementerio donde dicen que está enterrado Mozart está en el 6 de Leberstrasse. Estoy convencido de que las partituras que desaparecieron en 1773, en las que Mozart se basó por orden de la secta, se enterraron allí para que nunca fuera desvelado el secreto. Así se cierra el ciclo: 3—4—5—6.

Tras la cena, y nada más dejar a Damián en el hotel, Rudy hizo una llamada.

—¡Lo ha descubierto todo—exclamó.

—Entonces ya sabes lo que debes hacer —le respondieron al otro lado del teléfono.

Amaneció en Viena y de nuevo el sonido de los tranvías rompió el silencio de la mañana. Damián desayunó y salió a esperar a Rudy. Debían dirigirse al cementerio del 6 de Leberstrasse.  La enorme Walkiria  con aliento a stroh” en la recepción del hotel le dio los buenos días. Rudy ya lo estaba esperando. Se saludaron, subieron al coche y emprendieron la marcha. Damián no paraba de hablar de su descubrimiento; estaba nervioso, incluso alterado, y tan ensimismado en sus razonamientos que no se dio cuenta de que el camino que seguía el vehículo de Rudy no era el del cementerio.

Se detuvo en lo que parecía el punto de confluencia de varias líneas de tranvía y justificó el cambio de rumbo porque iba a recoger las partituras de su próximo concierto, que había encargado en una tienda de música cercana.

Pidió a Damián que lo acompañara y se detuvieron en la acera porque los tranvías les impedían el paso. Damián se percató de repente de que Rudy no estaba junto a él y, al volverse buscándolo, se sobrecogió: tras él se recortaba la figura siniestra del empleado de la abadíaAntes siquiera de poder reaccionar, sintió un fuerte empujón en la espalda que lo arrojó al suelo.

El sonido chirriante de los frenos de un tranvía se mezcló con varios gritos de horror. Atravesado en la vía, estaba Damián sobre un gran charco de sangre. Dos personas salieron del lugar corriendo calle abajo y se perdieron por las cercanas callejas.

Esa misma mañana, en la Abadía de Heiligenkreuz, Rudy y sus compañeros de la secta satánica Ordo Templi Orientis, entonaron los cánticos medievales prohibidos y celebraron con la obertura de Thanos, rey de Egipto una ceremonia de adoración en honor de quien ha pasado a la historia como el genio más grande de la música.

Rudy dirigía el coro, y el siniestro personaje, cubierto con una túnica negra, era el oficiante.

El secreto no había sido desvelado.

El honor de Wolfgang Amadeus Mozart continuaría intacto...