Alfonso Pretel, poemas

 

El amor es música

Hay melodías de cortejo,

oberturas de azahar

y agridulces partituras abiertas por la mitad

sobre cítricos atriles.

Sinfonía de gajos sonoros

que repiten corteses requiebros.

La batuta del amor titubeante

lee pentagramas naranjas o amarillos

y exprime pulpas que rezuman

un arpegio de acordes

que destilan su jugo musical

como polifónicas gotas

escanciadas en copas orquestales,

intérpretes de alegres sonatinas de sí

o adágicos noes

que anuncian el amargo yerro.

 

Hay melodías de seducción,

baladas sirénicas

que emergen desde canciones de azur

y olas de serenata

que escupen espumas moduladas

por el cadencioso bandoneón,

padre del tango,

que coliga tenorios vientos

para enlazar aisladas barcas.

La flamenca guitarra enamorada

requiere manos que la toquen

y trasteen sus cuerdas,

cantaoras cuerdas del alma

que puntean fandangos,

miradas peteneras,

bulerías de sonrisas

y suspiros de taranto.

 

Prefiero las melodías de pasión,

habaneras volcánicas

entonadas por una coral de besos,

magmáticos orfeones

vestidos con túnicas carmíneas.

Recital de caricias acompasadas

que se ciñen al diapasón de los latidos.

La libido hace redoblar timbales

al golpear ardorosas baquetas

contra planicies dérmicas

sembradas de lunares,

hitos cicerones de las recónditas orografías

que ilustran los atlas corporales.

 

Rítmica percusión

que guía a los dedos aleteadores

en su fogoso vuelo carnal.

Solfeo de ígneas aves

con picos flamígeros y candentes alas

divididas en dactilares plumas de seda.

Las venas no llevan sangre

sino abrasadoras coplas de lava

y boleros incendiarios

que ruedan desde encumbrados cráteres

y bocas arreboladas que salivan llamas

avivadas por combustibles lenguas

que se queman en piras de nácar.

(Melodías de azahar)


Oda a Murcia

Crisol de sabores diversos,

deliciosa hermosura

desgajada de pulpas de agrios

y edulcorados frutos de hueso.

 

Murcia, en tu perímetro mordido

de pera romana bañada en vino

quedó, eterno cautivo, el sol impreso

para caldear tus avolantados faldones marinos

y su párvulo retal,

aprendiz de Mediterráneo.

 

Hija predilecta de Levante,

heredaste viñedos, fértiles huertas,

montañas, carriles y cañales.

 

Norte y Sur se almenó tu cuerpo

y un verduzco cinturón fluvial

ciñó tu grácil talle

cimbreante al son de una cuadrilla.

Si Andalucía reclama el salero,

tú posees el donaire

de las beldades inmarchitables.

 

Un zarangollo de pueblos y culturas

esculpió tu idiosincrasia

con destreza salzillesca.

Fuiste fenicia, griega, cartaginesa,

escipiona y moruna.

Ellos te enseñaron el comercio,

el salazón, la conserva

y a no seguir calzando esparteñas.

Bella tierra de contrastes.

Con trastes de guitarra rima el trovero

ensalzando tus dispares paisajes.

Con trastos, submarino y aéreo,

demostraste al orbe boquiabierto

la riqueza enorme de tu ingenio.

Venas férricas, sangre de argenta

y sudor minero.

La Unión hizo la fuerza

de cientos de brazos emigrantes.

Hoy, perdido ya el rastro de las vetas,

tan solo es un recuerdo añejo

de trabajo duro, pan y días boyantes.

 

Tambores de Mula, acompañad mis versos,

alzad vuestros redobles al cielo

de suerte que, amedrentadas las nubes,

vacíen sus vejigas de orina pluvial

sobre los campos sedientos.

           

Que no se quiebren los estantes

que sustentan el trono florido

de tu sublime encanto.

Si por amor desmedido

o por la súbita inspiración de un instante

compuse este loador poema,

no me preguntéis si la pasión es intensa

no sabré deciros cuánto.

(Simas y cumbres)

 

No importan los años pasados

Amor mío, no importan los años pasados,

importa la imbatible verdad,

la verdad de sentirme tuyo

y saber que en cualquier rincón del tiempo,

de mi tiempo vital,

allí estarás tú

esperándome con besos o recuerdos,

con pasión o nostalgia

y con la festiva actitud

de confesarte enamorada.

Así, tú serás mi día, mi semana

mi lustro, mi década,

mi centenario si pudiera

alcanzar tan lejana meta.

Solo es un paseo contigo

y una maratón en tu ausencia,

si tú no me acompañas

ni compartes esta carrera

a través de las edades:

el azahar de los naranjos,

los álamos blancos,

los almendros en declive

y la vetusta higuera

que engaña a la senectud

criando higos verdales;

frutos cuya áspera piel estriada

viste dulcísimas y encarnadas esperanzas,

la esperanza de quienes viven

apoyados sobre un mismo cayado,

y la esperanza de un amor eterno

que mantenga primaveras otoñales

luchando contra el invierno.

 

Amor mío, no importan los años pasados,

importa nuestra tenaz unión

analfabeta de las jeroglíficas dudas

y de las cúficas estelas de zozobra.

Desconocemos las sombras,

los umbríos hipogeos pectorales

y las fariseas arquerías del alma

sustentadas por pilastras inseguras.

No tenemos sarcófagos de desconfianza

ni celos embalsamados

con ungüentos de sospecha.

Tampoco erigimos mezquitas irracionales,

tallando acechanzas

e inquietudes marmóreas.

Porque no hay deseos infieles

ni momificadas incertidumbres

envueltas en ficticias historias.

Porque si fuimos alpinistas encordados

con pasionales sogas,

y ascendimos hasta la cumbre

escalando roca a roca

y fecha a fecha;

ni caigamos a la sima de la discordia,

ni rechacemos el amor entre laureles

ni privemos a nuestras bocas

de las sabrosas mieles

que destilan los panales de la gloria.

 

Amor mío, no importan los años pasados,

importa el corazón valeroso

que usa su voz como espada

desenvainada ante el silencio

y siempre dispuesta al asedio

de los alcázares sediciosos

y la dulcinea encastillada

por culpa de un enojo,

un resquemor, una querella,

una mala sangre avinagrada.

Sonoro acero contra hiel pasajera.

Caballero pertrechado de palabras

afiladas por el entendimiento.

Un herrero martillea lamentos

sobre el yunque de las orejas,

forja respuestas y labra

armas de empuñadura susurrante

y esbelta figura gritona.

 

Amor mío, no importan los años pasados,

importa la imbatible verdad,

la verdad de sentirme tuyo;

importa nuestra tenaz unión,

importa el corazón valeroso.

Más allá del apartado lugar

donde un par de veleros varados

habitan la misma playa cordial,

solo excavaríamos arenales brunos

ajenos a este sensual bastión,

patria de los goces deliciosos.

(Simas y cumbres)