Antonia Piqueras, poemas

 

Metidos en la rutina

Metidos en la rutina

se nos olvida observar cómo avanzan

las manecillas del reloj que en la pared

giran y giran sin detenerse.

Se nos olvida mirar a nuestro alrededor.

Pensar quiénes somos, de donde

se viene y adónde ir.

Recordar a aquellos que hemos querido

en silencio y nunca lo imaginaron.

Ni una palabra, ni una llamada, ni un mensaje;

no hacemos nada por un reencuentro.

La rutina nos limita e impide

salir del círculo en el que se está oculto.

Las manecillas del reloj

no se paran ni un instante

y el olvido nos cubre

hasta perdernos en el abismo.

Al mirarnos en un espejo y analizar

nuestro rostro, nos surgen innumerables dudas.

El tiempo nos duele al apreciar su huella

e imposibilita el retroceso para rectificar.

(A la luz de la esperanza)


Los escombros del odio

De entre los escombros del odio

sale rebozada en polvo la inocencia.

Sus ojos observan aterrados

el paisaje de la destrucción.

Solo, camina entre la multitud

que despavorida corre hacia ninguna parte.

Mira hacia atrás y nada entiende. Llora.

Entre números, letras y canciones

quedó escondida su vida.

Quería encontrar una razón  para vivir

al ritmo del  estruendoso ruido

de aviones lanzando muerte.

Soñar que algún día, en otro cielo,

el sol volverá a resplandecer.

En la noche  contemplar las estrellas, la luna,

y entonar un canto de esperanza.

Solo, camina entre la multitud

con su inocencia envuelta en soledad.


El hilo que nos une

No todo sigue igual en mi camino,

ahora tengo otra ausencia;

la ausencia de mi madre.

Sin embargo, el hilo que nos une

no se ha roto, sólo que se ha hecho invisible.

Es un hilo de luz

que nos mantendrá siempre juntas

hasta el día del reencuentro.

Ella me dio la vida o quizás yo la elegí

para crecer en su vientre y, una vez en este mundo,

aprender a vivirla.

Cada una de sus enseñanzas

me ha hecho más fuerte; sin ser consciente

de crear un tesoro, en cada experiencia, cuando

el sufrimiento era más grande que el dolor.

 

Como agua de un manantial, en el silencio,

fluyen los instantes compartidos en tan largo viaje.

El corazón palpita vigoroso

al sentir la emoción que produce.

 

Con un corazón desgastado

se resistía a marchar;

con energía se aferraba a la vivir ,

no por ella, sino por los suyos

a los que no quería dejar solos.

La muerte se la llevó, mas su guadaña

no pudo cortar ese hilo invisible

que me seguirá uniendo siempre a ella.

(Un vals de emociones)