Antonia Piqueras, poemas

 

“Si supiéramos saborear el vino, el pan, una amistad, sabríamos saborear así mismo cada instante de nuestra vida con el respeto y la escucha silenciosa del feliz momento que transcurre”.            

Jean Trémolières

Una cata a la vida

La vida es como el buen vino,

hay que beberla a sorbos, saborearla.

Dejar que las lágrimas se visualicen

y permanecer en el fondo de la copa,

como esas gotas cristalinas que fluyen

del corazón y se deslizan, con lentitud

y en silencio, cuando los recuerdos afloran.

Remembranza de otro tiempo.

Tiempo en el que beber vino

en torno a una mesa era un ritual.

Círculo donde la amistad, el amor,

los sueños y la tristeza

se combinaban con ligeros tragos

del licor dulce, ardiente, armónico

que la tierra nos da para compartir

momentos de dicha

o embriagar los sentimientos confusos

para encerrarlos en el olvido.

La vida, como el vino con sus diferentes sabores

y su especial textura, adquiere el equilibrio.

Ahora busco el bouquet de cada instante 

para gozar, sentir y hacer una cata

a la vida como al mejor vino.

(Pinceladas)


Mujer, un desafío al viento

Mujer que creas primavera con la luz

       de tu mirada

e impregnas el universo de perfume.

Tú que eres la frescura del rocío

y la quietud del alma que envuelve tu hogar;

la estrella que en su senda va dejando

una estela de sonrisas y emociones.

Tú que entre los sueños guardas un abrazo del sol

cuando tus lágrimas son hilos de lluvia que mojan

y arrastran los miedos en noche de tormenta

para desplegar tus alas hacia el arcoíris.

Tú que desafías al viento

para no vivir en una utopía

y cortas los lazos que atan diferencias

en la lucha por la igualdad para el futuro.

Nunca te rindes ni desfalleces.

 

Mujer que tus entrañas dan cobijo

a la vida con un nuevo latir.

Tesoro que tu cuerpo esconde.

Con ternura acunas en tu regazo retoños

con risas, llantos y desvelos .

Tú que eres un manantial de amor

y la luna persigues con tus manos cansadas.

Tú que eres delicada y hábil 

para quitar arrugas a los días

y las horas se estiren.

Tú que siempre afrontas lo inesperado,

nunca te rindes ni desfalleces.

 

Mujer, con todo el talento y el coraje que en ti hay,

es hora que saltes los muros

que te encierran y te ocultan.

Olvida la zozobra que te impide emprender

caminos que te lleven a otros paraísos,

rompe el brocal del pozo,

ese en el que te sumergen y te ahogas,

para ver el cielo y las nubes

cargadas de oportunidades.

Porque eres única y mucho más que un cuerpo. 

En él guardada está tu esencia, dignidad y sentir

y en cada respiración inspira aire

con partículas de esperanza y libertad.

 

Niña, joven, hija, madre, abuela… mujer,

un desafío al viento siempre serás.


Metidos en la rutina

Metidos en la rutina

se nos olvida observar cómo avanzan

las manecillas del reloj que en la pared

giran y giran sin detenerse.

Se nos olvida mirar a nuestro alrededor.

Pensar quiénes somos, de donde

se viene y adónde ir.

Recordar a aquellos que hemos querido

en silencio y nunca lo imaginaron.

Ni una palabra, ni una llamada, ni un mensaje;

no hacemos nada por un reencuentro.

La rutina nos limita e impide

salir del círculo en el que se está oculto.

Las manecillas del reloj

no se paran ni un instante

y el olvido nos cubre

hasta perdernos en el abismo.

Al mirarnos en un espejo y analizar

nuestro rostro, nos surgen innumerables dudas.

El tiempo nos duele al apreciar su huella

e imposibilita el retroceso para rectificar.

(A la luz de la esperanza)


Los escombros del odio

De entre los escombros del odio

sale rebozada en polvo la inocencia.

Sus ojos observan aterrados

el paisaje de la destrucción.

Solo, camina entre la multitud

que despavorida corre hacia ninguna parte.

Mira hacia atrás y nada entiende. Llora.

Entre números, letras y canciones

quedó escondida su vida.

Quería encontrar una razón  para vivir

al ritmo del  estruendoso ruido

de aviones lanzando muerte.

Soñar que algún día, en otro cielo,

el sol volverá a resplandecer.

En la noche  contemplar las estrellas, la luna,

y entonar un canto de esperanza.

Solo, camina entre la multitud

con su inocencia envuelta en soledad.


El hilo que nos une

No todo sigue igual en mi camino,

ahora tengo otra ausencia;

la ausencia de mi madre.

Sin embargo, el hilo que nos une

no se ha roto, sólo que se ha hecho invisible.

Es un hilo de luz

que nos mantendrá siempre juntas

hasta el día del reencuentro.

Ella me dio la vida o quizás yo la elegí

para crecer en su vientre y, una vez en este mundo,

aprender a vivirla.

Cada una de sus enseñanzas

me ha hecho más fuerte; sin ser consciente

de crear un tesoro, en cada experiencia, cuando

el sufrimiento era más grande que el dolor.

 

Como agua de un manantial, en el silencio,

fluyen los instantes compartidos en tan largo viaje.

El corazón palpita vigoroso

al sentir la emoción que produce.

 

Con un corazón desgastado

se resistía a marchar;

con energía se aferraba a la vivir ,

no por ella, sino por los suyos

a los que no quería dejar solos.

La muerte se la llevó, mas su guadaña

no pudo cortar ese hilo invisible

que me seguirá uniendo siempre a ella.

(Un vals de emociones)