Metidos
en la rutina
Metidos
en la rutina
se
nos olvida observar cómo avanzan
las
manecillas del reloj que en la pared
giran
y giran sin detenerse.
Se
nos olvida mirar a nuestro alrededor.
Pensar
quiénes somos, de donde
se
viene y adónde ir.
Recordar
a aquellos que hemos querido
en
silencio y nunca lo imaginaron.
Ni
una palabra, ni una llamada, ni un mensaje;
no
hacemos nada por un reencuentro.
La
rutina nos limita e impide
salir
del círculo en el que se está oculto.
Las
manecillas del reloj
no
se paran ni un instante
y
el olvido nos cubre
hasta
perdernos en el abismo.
Al
mirarnos en un espejo y analizar
nuestro
rostro, nos surgen innumerables dudas.
El
tiempo nos duele al apreciar su huella
e imposibilita el retroceso para rectificar.
(A la luz de la esperanza)
Los escombros del odio
De entre los escombros del odio
sale rebozada en polvo la inocencia.
Sus ojos observan aterrados
el paisaje de la destrucción.
Solo, camina entre la multitud
que despavorida corre hacia ninguna parte.
Mira hacia atrás y nada entiende. Llora.
Entre números, letras y canciones
quedó escondida su vida.
Quería encontrar una razón para vivir
al ritmo del
estruendoso ruido
de aviones lanzando muerte.
Soñar que algún día, en otro cielo,
el sol volverá a resplandecer.
En la noche contemplar las estrellas, la luna,
y entonar un canto de esperanza.
Solo, camina entre la multitud
con su inocencia envuelta en soledad.
El
hilo que nos une
No
todo sigue igual en mi camino,
ahora
tengo otra ausencia;
la
ausencia de mi madre.
Sin
embargo, el hilo que nos une
no
se ha roto, sólo que se ha hecho invisible.
Es
un hilo de luz
que
nos mantendrá siempre juntas
hasta
el día del reencuentro.
Ella
me dio la vida o quizás yo la elegí
para
crecer en su vientre y, una vez en este mundo,
aprender
a vivirla.
Cada
una de sus enseñanzas
me
ha hecho más fuerte; sin ser consciente
de
crear un tesoro, en cada experiencia, cuando
el
sufrimiento era más grande que el dolor.
Como
agua de un manantial, en el silencio,
fluyen
los instantes compartidos en tan largo viaje.
El
corazón palpita vigoroso
al
sentir la emoción que produce.
Con
un corazón desgastado
se
resistía a marchar;
con
energía se aferraba a la vivir ,
no
por ella, sino por los suyos
a
los que no quería dejar solos.
La
muerte se la llevó, mas su guadaña
no
pudo cortar ese hilo invisible
que me seguirá uniendo siempre a ella.
(Un vals de emociones)
