“Si supiéramos saborear el vino, el pan, una amistad, sabríamos saborear así mismo cada instante de nuestra vida con el respeto y la escucha silenciosa del feliz momento que transcurre”.
Jean Trémolières
Una cata a la vida
La
vida es como el buen vino,
hay
que beberla a sorbos, saborearla.
Dejar
que las lágrimas se visualicen
y
permanecer en el fondo de la copa,
como
esas gotas cristalinas que fluyen
del
corazón y se deslizan, con lentitud
y
en silencio, cuando los recuerdos afloran.
Remembranza
de otro tiempo.
Tiempo
en el que beber vino
en
torno a una mesa era un ritual.
Círculo
donde la amistad, el amor,
los
sueños y la tristeza
se
combinaban con ligeros tragos
del
licor dulce, ardiente, armónico
que
la tierra nos da para compartir
momentos
de dicha
o
embriagar los sentimientos confusos
para
encerrarlos en el olvido.
La
vida, como el vino con sus diferentes sabores
y
su especial textura, adquiere el equilibrio.
Ahora
busco el bouquet de cada instante
para
gozar, sentir y hacer una cata
a la vida como al mejor vino.
(Pinceladas)
Mujer,
un desafío al viento
Mujer
que creas primavera con la luz
de tu mirada
e
impregnas el universo de perfume.
Tú
que eres la frescura del rocío
y
la quietud del alma que envuelve tu hogar;
la
estrella que en su senda va dejando
una
estela de sonrisas y emociones.
Tú
que entre los sueños guardas un abrazo del sol
cuando
tus lágrimas son hilos de lluvia que mojan
y
arrastran los miedos en noche de tormenta
para
desplegar tus alas hacia el arcoíris.
Tú
que desafías al viento
para
no vivir en una utopía
y
cortas los lazos que atan diferencias
en
la lucha por la igualdad para el futuro.
Nunca
te rindes ni desfalleces.
Mujer
que tus entrañas dan cobijo
a
la vida con un nuevo latir.
Tesoro
que tu cuerpo esconde.
Con
ternura acunas en tu regazo retoños
con
risas, llantos y desvelos .
Tú
que eres un manantial de amor
y
la luna persigues con tus manos cansadas.
Tú
que eres delicada y hábil
para
quitar arrugas a los días
y
las horas se estiren.
Tú
que siempre afrontas lo inesperado,
nunca
te rindes ni desfalleces.
Mujer,
con todo el talento y el coraje que en ti hay,
es
hora que saltes los muros
que
te encierran y te ocultan.
Olvida
la zozobra que te impide emprender
caminos
que te lleven a otros paraísos,
rompe
el brocal del pozo,
ese
en el que te sumergen y te ahogas,
para
ver el cielo y las nubes
cargadas
de oportunidades.
Porque
eres única y mucho más que un cuerpo.
En
él guardada está tu esencia, dignidad y sentir
y
en cada respiración inspira aire
con
partículas de esperanza y libertad.
Niña,
joven, hija, madre, abuela… mujer,
un desafío al viento siempre serás.
Metidos
en la rutina
Metidos
en la rutina
se
nos olvida observar cómo avanzan
las
manecillas del reloj que en la pared
giran
y giran sin detenerse.
Se
nos olvida mirar a nuestro alrededor.
Pensar
quiénes somos, de donde
se
viene y adónde ir.
Recordar
a aquellos que hemos querido
en
silencio y nunca lo imaginaron.
Ni
una palabra, ni una llamada, ni un mensaje;
no
hacemos nada por un reencuentro.
La
rutina nos limita e impide
salir
del círculo en el que se está oculto.
Las
manecillas del reloj
no
se paran ni un instante
y
el olvido nos cubre
hasta
perdernos en el abismo.
Al
mirarnos en un espejo y analizar
nuestro
rostro, nos surgen innumerables dudas.
El
tiempo nos duele al apreciar su huella
e imposibilita el retroceso para rectificar.
(A la luz de la esperanza)
Los escombros del odio
De entre los escombros del odio
sale rebozada en polvo la inocencia.
Sus ojos observan aterrados
el paisaje de la destrucción.
Solo, camina entre la multitud
que despavorida corre hacia ninguna parte.
Mira hacia atrás y nada entiende. Llora.
Entre números, letras y canciones
quedó escondida su vida.
Quería encontrar una razón para vivir
al ritmo del
estruendoso ruido
de aviones lanzando muerte.
Soñar que algún día, en otro cielo,
el sol volverá a resplandecer.
En la noche contemplar las estrellas, la luna,
y entonar un canto de esperanza.
Solo, camina entre la multitud
con su inocencia envuelta en soledad.
El
hilo que nos une
No
todo sigue igual en mi camino,
ahora
tengo otra ausencia;
la
ausencia de mi madre.
Sin
embargo, el hilo que nos une
no
se ha roto, sólo que se ha hecho invisible.
Es
un hilo de luz
que
nos mantendrá siempre juntas
hasta
el día del reencuentro.
Ella
me dio la vida o quizás yo la elegí
para
crecer en su vientre y, una vez en este mundo,
aprender
a vivirla.
Cada
una de sus enseñanzas
me
ha hecho más fuerte; sin ser consciente
de
crear un tesoro, en cada experiencia, cuando
el
sufrimiento era más grande que el dolor.
Como
agua de un manantial, en el silencio,
fluyen
los instantes compartidos en tan largo viaje.
El
corazón palpita vigoroso
al
sentir la emoción que produce.
Con
un corazón desgastado
se
resistía a marchar;
con
energía se aferraba a la vivir ,
no
por ella, sino por los suyos
a
los que no quería dejar solos.
La
muerte se la llevó, mas su guadaña
no
pudo cortar ese hilo invisible
que me seguirá uniendo siempre a ella.
(Un vals de emociones)
