“Cuando era pequeño, a
Alaric Mayarac le encantaba regodearse, pronunciando mentalmente su sonoro
nombre, una y otra vez, hasta convertirlo en una extraña y machacona sucesión
de fonemas, exentas, ya, de cualquier significado. Le gustaba, sobremanera,
poseer ese nombre tan aristocrático, tan musical, tan rotundo y tan exótico que
a todos los que lo escuchaban le parecía majestuoso.
Había nacido en un
tiempo, ya remoto y olvidado, en la región de los Cárpatos, en medio de una
naturaleza salvaje y despiadada, preñada de leyendas sobre vampiros y con la
presencia omnipresente del recuerdo de aquel Vlad Tapes a los que muchos
llamaban Drácula y que había sido adalid del Cristianismo y azote de los
otomanos, de los que había adquirido la terrible costumbre de empalar a sus
enemigos, sembrando los campos de largas hileras de estacas habitadas de
cuerpos que se retorcían agonizantes, suplicando una muerte que se hacía de
rogar, troquelados sus cuerpos de forma bestial y cruel a la antigua usanza.
A la sombra de su mito
y su maldición, se crio Alaric y fue, incluso, adueñándose de muchas de las
características de su paisano, aunque sus extraños y precoces dones y
habilidades no iban por la senda de la inmortalidad por medio de la sangre
humana, sino que, en su organismo, se habían desarrollado otro tipo de
mutaciones y prodigios, convirtiéndolo en una especie de vampiro de energía y
no del fluido vital del que se alimentaba su predecesor, de los que algunos
lugareños decían que estaba unido por lazos de parentesco consanguíneo.
Cuando se hizo mayor,
su nombre se hizo sinónimo de misterio, oscuridad y hasta de superstición, de
miedo y hasta de abominación.
Alaric se había
convertido en un hombre extraño, enigmático y solitario, obsesionado por
indagar, en las ciencias ocultas, respuestas que acallaran su ansia de
conocimiento arcano. Quería a toda costa llegar a convertirse en un ser
especial, distinto de todos los demás humanos, igual que su nombre era
diferente al de las gentes ridículas y zafias que conocía. Sus ancestros le
habían donado unas creencias mucho más allá de lo normativo y un hambre
inusitada por desentrañar cuestiones que transcendían lo racional.
Se sabía un elegido
desde su más tierna infancia, pues, tanto física como mentalmente, fue
desarrollando habilidades y destrezas inéditas en niños de su corta edad, como,
por ejemplo, la capacidad de arrebatar energía a todo aquel que tocara cuando
se sentía débil o apático. Le bastaba estrechar la mano a una persona para
robarle la suficiente vitalidad que necesitaba para volver a encontrarse
pletórico, exultante y pleno, como si hubiera dormido tres días seguidos. Así,
con esta estrategia, apenas necesitaba descansar de su extenuante actividad
intelectual, que consistía en leer todo libro que cayera en sus manos de las
más diversas disciplinas, con una velocidad inusitada y de memorizar
prácticamente el contenido integral de la obra como si hubiese tatuado en su
mente línea por línea, página a página el corpus íntegro del volumen. Así podía
reproducir párrafos enteros de sesudos tratados de filosofía, antropología,
sociología o historia, sin el menor esfuerzo.
Pronto, supo que había
otros como él, repartidos por toda la geografía mundial y destinó gran parte de
la herencia, que había recibido de sus padres, en localizarlos e integrarlos en
una familia que echara raíces por todo el mundo. A esa sociedad secreta la
denominó “La venerable, antigua y arcana hermandad de los lúcidos”. Y había
elegido ese término de “lúcido” después de pensarlo mucho y de sopesarlo una y
otra vez, ya que, ese término, según los tratados de etimología que había
consultado, significaba “despierto”, “activo”, “atento”, “preparado para la
acción” frente a los que él llamaba “los ilusos” personas que no desarrollaban
altas capacidades para pensar por sí mismos y tenían que depender de las ideas
de los demás, rayando en la estulticia y la idiotez más exasperantes y que soñaban
con un mundo mejor, confiando en los logros de los demás, huyendo de la
aburrida realidad y de la exasperante rutina, perdiendo todo contacto con la
normalidad.
En apenas un año,
Alaric Mayarac se había convertido en el adalid incuestionable de un ejército
incruento de seres excepcionales que estaban dispuestos a seguirle en su
cruzada de atesorar todo el conocimiento arcano del mundo. Muchos de ellos se
convirtieron en eminentes filósofos, brillantes matemáticos, reputados
científicos y deslumbrantes gurús de las ciencias ocultas.
En un principio, cuando
se supieron privilegiados, hace ya muchos siglos, los lúcidos tenían la
intención de compartir todos esos hallazgos con el resto de la humanidad de
forma filantrópica y en favor de un bien común que hiciera más confortable la
vida de todos, pero pronto cambiaron de opinión, cuando fueron descubriendo que,
debido a las estrechas mentes de las autoridades religiosas y de los aviesos
gobernantes de las distintas naciones, la mayoría de esos hombres y mujeres
excepcionales, que poseían ese don exclusivo, estaban siendo masacrados por las
altas esferas eclesiásticas, culpados de herejía, de brujería, de blasfemia, de
oscurantismo y de malas artes, de pactos con el maligno, de ofensa a Dios y de
conspirar contra los gobiernos legítimamente establecidos de las distintas
naciones. Así, muchos de esos lúcidos que aún no sabían que lo eran, fueron
quemados en la hoguera, salvajemente mutilados por las garras de la Inquisición
y sus familias, desprovistas de sus bienes, tras ser ajusticiados en ceremonias
espeluznantes de escarnio público.
Por todo ello, Alaric
Mayarac había decidido vengarse de los humanos aburridamente normales, de la
mejor forma que él podía establecer: saboteando aquellos eventos históricos
transcendentales que supusieran un avance drástico para la Humanidad. Ellos
querían poseer todo el conocimiento, todo el poder, toda la verdad, pero
querían dinamitar las grandes conquistas de los hombres, para que ellos
dependieran de los secretos que solo los de su especie poseían, para que
tuvieran que suplicarles de rodillas el acceso a esas maravillas, esos remedios
milagrosos y esos hallazgos formidables que ellos habían descubierto.
De esta forma, se
repartieron por todo el orbe, para inmiscuirse en los grandes asuntos de la
política mundial y evitar que estos llegaran a buen término, en justa revancha
a la sangre derramada de los de su especie y evitar la prosperidad de los que
no compartieran su estigma y su don.
La próxima cita ineludible
en la que debían involucrarse, siguiendo la antigua táctica del caballo de
Troya, era, sin duda, el intento en España de conseguir una constitución que
acabara con el dominio francés, con la garra implacable de Napoleón sobre sus
cuellos y expulsar a José Bonaparte de la corona española. Era un evento
crucial que no podían desaprovechar bajo ningún concepto.
El propio Alaric y su
esposa, Vanda, serían los encargados de boicotear desde dentro los preparativos
de las Cortes de Cádiz que se habían atrincherado en los aledaños de la ciudad
más antigua de la vieja piel de toro con el objetivo de lograr la libertad y
reestablecer los derechos fundamentales de los españoles tras el yugo del
despótico reinado de Fernando VII.
Para conseguir llegar a
la Real Villa de la Isla de León, ciudad vecina de Cádiz, donde estaban
sucediéndose las reuniones preliminares, y estar presentes en la Asamblea
Constituyente, convocada por la Regencia de España en cumplimiento del mandato
de la disuelta Junta Suprema Central, haciéndose pasar por diputados titulares,
contactaron con el poeta Manuel José Quintana, integrante de la corriente
liberal, que tenía la potestad de designar a dos miembros de su partido en el
caso de que algunos de los diputados elegidos no pudieran acceder hasta el
lugar de la asamblea.
Alaric y Vanda habían
llegado a la localidad bautizada poco después como San Fernando,, desde África,
atravesando el Estrecho de Gibraltar en una embarcación de remos que habían
adquirido en la española ciudad de Ceuta, de esta forma habían evitado el acoso
del ejército francés, que había hecho retroceder a los integrantes de la Junta
Central, que se había hecho cargo del gobierno de la España no ocupada y que,
abandonando la Mancha, se refugió primero en Sevilla y luego se replegó hacia
tierras gaditanas, recalando en la villa aledaña a Cádiz, su hermana pequeña.
El matrimonio lúcido
había falsificado unos documentos, imitando los oficiales, y habían abordado al
político poeta en los primeros días de su llegada a la ciudad gaditana,
haciéndole creer que ellos eran los dos diputados que iban a sustituir a los
dos titulares, manifestándole que estos habían sido apresados por los soldados
galos. El poder de seducción de Vanda, dotada de una belleza exuberante y
exótica, las dotes de poeta de Alaric y sus conocimientos de literatura
universal y una botella de vino de Jerez generoso y dulce consiguieron el
propósito de ser investidos como integrantes de pleno derecho de la Asamblea
Constituyente, de la que tenían que formar parte un máximo de 104 diputados
titulares y 47 suplentes, los cuales se repartían en tres grandes corrientes:
los ya mencionados liberales del poeta Quintana o el sacerdote Diego Muñoz
Torrero que era el encargado de pronunciar el discurso inaugural que aprobaría
el primer decreto que otorgaría al pueblo la Soberanía Nacional, los
absolutistas, tildados de “serviles” por el resto de diputados por
considerarlos supeditados al monarca apresado y que pretendían perpetuar la
monarquía absoluta que había ejercido con mano de hierro Fernando VII, y los
moderados o jovellanistas, que pretendían instaurar la soberanía compartida
entre el rey y las Cortes y que tenían en Gaspar Melchor de Jovellanos su
adalid incontestable.
Afuera, apostados y
expectantes, vigilaban desde las vecinas Chiclana, Puerto de Santa María y
Puerto Real, los ejércitos franceses comandados por los generales Soult y
Claude Víctor que permanecían en actitud poco beligerante y pasiva, limitándose
a observar desde cerca los movimientos del precario gobierno español.
El asedio era más
ficticio que real, pues todos, acosadores y acosados, sabían que los invasores
no darían el paso de atacar, más allá de lanzar aquellas bombas esporádicas con
las que las mujeres gaditanas se hacían atractivos tirabuzones.
La Isla de León se
había convertido de la noche al día en la capital de España sin pretenderlo.
Gracias a ese hecho inesperado por propios y extraños, la localidad obtuvo el
título de Ciudad y recibiría el nombre de San Fernando en honor al entonces monarca
Fernando VII que se encontraba prisionero de Napoleón.
Fue el Teatro Cómico,
que más tarde recibiría el nombre, mucho más rimbombante, de Teatro de las
Cortes, el escenario elegido donde tendría lugar el acontecimiento más
importante de aquellos eventos, nada más y nada menos que las reuniones que
propiciarían la redacción de la primera constitución liberal española. Por todo
ello, el municipio era un hervidero variopinto de gentes forasteras que habían
recalado en ella, huyendo de los gabachos o con la intención de participar en
la instauración de la Constitución. Se dieron cita, en aquellos momentos, en la
sorprendida población gentes de todo pelaje que conformaban un misceláneo
bestiario multicolor, heterogéneo y dispar, entre los que encontrábamos soldados
que habían logrado huir del cerco de los franceses, comerciantes que habían
tenido que abandonar sus negocios a su suerte y habían tenido que huir con lo
puesto, políticos que se habían ido replegando por toda la geografía española,
acuciados por el enemigo y que habían recalado en la ciudad, para defender la
legalidad institucional y la soberanía nacional, intelectuales que no
comulgaban con los gabachos y no habían querido engrosar las filas de aquellos
tildados de afrancesados que veían con buenos ojos las políticas progresistas
de José Bonaparte, erigido en José I, a los que sus detractores denominaban
despectivamente “Pepe Botella”, por su excesiva querencia a la bebida, según
afirmaban los que no lo miraban con simpatía. Así Jovellanos, Moratín o el
propio Goya fueron acusados de colaboracionistas y declarados enemigos de
España, teniendo que exiliarse al país de la Libertad, Igualdad y Fraternidad,
tras el conflicto armado, donde muchos murieron, sin poder regresar a su
patria.
Entre aquel maremágnum
de gentes de todo cariz y toda ralea se encontraban algunos intelectuales que
tenían la doble condición de poeta y político, como era el caso, del ya
nombrado Quintana o el singular ejemplo de Francisco Martínez de la Rosa, que
pronto se convertiría en un poeta y dramaturgo de postín y que ya había
deslumbrado al público y a la crítica con algunos de sus poemas nacionalistas y
patrióticos como aquel dedicado a Zaragoza y a su feroz defensa de su plaza a
cargo de gentes como la heroica Agustina de Aragón, que había defendido la
ciudad a cañonazos, desarbolando las líneas enemigas.
Entre esa amalgama de
gentes venidas de todos los puntos cardinales, incluidos desde el extranjero,
la presencia de Alaric y Vanda Mayarac pasó totalmente desapercibida a pesar de
sus físicos que delataban que no eran de aquellas latitudes, sino de
procedencia mucho más al norte, de aquellos Cárpatos lejanos y exóticos de los
que casi nadie de los presentes habían siquiera oído hablar jamás.
Ellos eran los
antagonistas de toda aquella turba frenética de gentes que se habían congregado
en aquel pueblo ascendido a ciudad por arte de birlibirloque, para defender la
unidad nacional y luchar por intentar expulsar al invasor. Los Mayarac, sin
embargo, habían arribado a la villa con las intenciones contrarias: la de
evitar que se redactara aquella primera constitución liberal española y que las
Cortes de Cádiz no pudieran repeler al enemigo. Ellos clamaban venganza contra
la Santa Inquisición española que había quemado en sus hogueras a tantos de sus
congéneres por orden de Torquemada y sus secuaces en aquellos años terribles y
que habían seguido persiguiendo a los suyos durante todos estos siglos,
esquilmando la antiquísima hermandad de los lúcidos que lo único que habían
pretendido en un principio era progreso para la Humanidad y acceder a todo
conocimiento arcano. Su cruzada había sido malinterpretada y acusados de
herejes, de nigromantes y de blasfemos, habían sido exterminados por la Santa
Madre Iglesia Católica y Apostólica española como vulgares pecadores,
aniquilando a las mentes más brillantes y a los más excelsos filósofos y científicos
de todos aquellos tiempos. ¡Qué daño tan horrible han causado encarnizados
libros, como el Malleus Maleficorum, denominado
vulgarmente “El martillo de las brujas”, contra tanto prohombre y tanta
excepcional mujer, cuyos únicos delitos y pecados, habían sido buscar
respuestas a los enigmas de la Humanidad, penetrando más allá de la moral
pacata y de la razón limitada de los hombres! Los verdaderos monstruos no eran
los condenados a las torturas, sino que eran los autores de esas obras
terribles y crueles y los que mandaban insuflar los abominables tormentos en
nombre de Dios.
Pronto, comprobaron los
lúcidos que sus planes se torcían, cuando vieron aparecer, heridos y
maltrechos, con las ropas hechas jirones, a los dos diputados, a los que ellos
iban a sustituir en la Asamblea, alardeando por las calles de la ciudad de
haber burlado las líneas enemigas y haber logrado llegar a tiempo de participar
en los debates que fructificarían en la redacción de la nueva carta magna.
De esta forma, los
Mayarac ya no estaban acreditados como diputados, al haber comparecido en la
ciudad los titulares a los que ellos aspiraban a relevar. Así que ya no podrían
estar presentes como integrantes de pleno derecho del concejo asambleario, por
lo que la maquiavélica mente de Alaric tuvo que ingeniar, a marchas forzadas,
un plan alternativo al que tenían previsto, que no era otro que votar en contra
de la redacción de la nueva constitución y convencer, con sus habilidades
extrasensoriales, a otros diputados que hicieran lo propio, provocando, con sus
vetos, el fracaso de la votación y la disolución de las Cortes.
Forzados por los
acontecimientos, tuvieron que urdir un nuevo plan que comenzaba con secuestrar
al joven Martínez de la Rosa y una vez en su poder, conseguir robarle la
voluntad para que se convirtiera en un esclavo a su servicio, sometiéndole a un
ritual secreto que solo conocían los integrantes de la lúcida hermandad.
Así que los días
previos al rapto, estuvieron siguiéndole los pasos para ver cuál era su rutina
diaria en su estancia en aquella real villa gaditana.
Su día comenzaba
indefectiblemente en el café de la calle Real donde daba buena cuenta de un
café cargado mientras leía el periódico local, empapándose de todo lo referente
a la llegada de la Asamblea Nacional a la villa, dos huevos fritos con
abundante pan y mucha sal le daban la suficiente energía para afrontar la
mañana. Luego se daba una vuelta por la ciudad para conocer sus principales
monumentos, rincones pintorescos, jardines y plazas y siempre que encontraba un
banco de piedra libre se sentaba largo tiempo para sacar un pequeño lapicero y
esbozar algún incipiente poema, también a veces sacaba un voluminoso libro de
su maletín y leía algunas páginas, pocas, pero intensas. Empleaba toda la
mañana en ese paseo urbano, al cabo de los primeros tres días de estancia, ya
había visitado e inspeccionado con fruición, casi piedra a piedra, tanto el
castillo de Sancti Petri como el de San Romualdo, había atravesado con
delectación el magnífico puente Zuazo que unía al municipio con la capital
gaditana, a través del caño homólogo a la fortaleza, y, por supuesto, había
visitado, extasiado, el Real Carrerero, el formidable astillero, mandado
construir por los Reyes Católicos, y se había pasado también por el patio del
Cambiazo, el más pintoresco caserío del municipio, que se construyó en tiempos
del Barroco y que poseía un gran patio central y una serie de portadas que lo
hacían exclusivo en su diseño, pero lo que más le gustó, como buen escritor,
fue visitar el callejón Croquer, callejuela estrecha que unía la calle Real con
la calle Murillo y donde, colgados de algunas puertas de sus casas, podían
apreciarse unos azulejos que contenían refranes y chistes populares, muchos de
los cuales, escribió en su cuaderno que siempre llevaba consigo. Por último,
recorrió el puente Marqués de Ureña, con lo que tuvo la certeza de que ya
conocía lo más señero de la monumentalidad de la villa.
Solía, además, entrar
en las tiendas que le llamaban poderosamente la atención, sobre todo, en los
pequeños comercios tradicionales con regusto a antiguo para adquirir algunos
productos típicos de la zona y llevarlos envueltos en papel de estraza
oliéndolos de vez en cuando. Tenía predilección por los dulces y por los
embutidos, sobre todo. Cuando le apretaba el hambre, que solía ser sobre las
dos de la tarde, buscaba siempre el arropo de una tasca o una venta para tomarse
dos copas de vino y un plato caliente que le reportara calor y le insuflara el
aliento suficiente para afrontar la tarde que destinaba a enrolarse en la
primera tertulia que encontraba en cualquier cafetería donde, al pasar,
escuchaba que debatían sobre política, literatura o se comentaba el estado de
la guerra contra el invasor gabacho. En ellas se mostraba locuaz y decidido,
defendiendo ardientemente sus posturas de forma contumaz y rebatiendo con gran
intensidad las opiniones que le parecían descabelladas o mal enfocadas. Tras el
tremendo desgaste emocional, buscaba refugio en alguna taberna para cenar
alguna chacina o algún pescado de la bahía mojado generosamente con vino blanco
de la tierra y se iba temprano a su modesto hotel donde se quedaba leyendo y
escribiendo hasta altas horas de la madrugada para levantarse sobre las 8 de la
mañana, cargado de nuevo de brío y empuje.
Los Mayarac acordaron
abordar al diputado al cuarto día de seguir sus pasos en la villa, una vez
comprobado que seguía siempre un mismo patrón en su rutina, eligiendo para el
rapto el momento en que se quedaba ensimismado escribiendo en su cuaderno solo
en algún remoto enclave del pueblo, lejos de las miradas de los transeúntes.
Así, Vanda se le acercó para preguntarle inocentemente qué estaba escribiendo y
si se trataba de poesía, confesándole que era una diletante de la lírica y él,
complacido, le dijo que sí y comenzó a leerle unos versos que no pudo acabar,
pues Alaric, por la espalda, lo redujo y con un certero puñetazo lo dejó
inconsciente debido a que su fuerza era superior a la del común de los mortales
por su condición de lúcido, ya que, estos se alimentaban de la energía de los
demás con el mero contacto físico, robando a sus víctimas vitalidad, aliento y
latido.
Cogiendo en volandas al
desvanecido poeta, lo llevó hacia un coche de caballos que había alquilado y
envuelto en una pesada manta lo introdujeron sin ser vistos en una abandonada
casa a las afueras del casco urbano.
Antes de que el
político ilustrado pudiera regresar a la consciencia, ya habían preparado los
Mayarac toda la parafernalia que necesitaban para robarle la voluntad al
cautivo y apoderarse de sus actos y de sus conocimientos más valiosos.
El extraño ritual era
sencillo, pero contundente: Se trataba simplemente de imponer las manos
abiertas en la cabeza de la víctima, que se encontraba tendido en una camilla,
para que todo el caudal de ideas que pululaban en su mente prodigiosa pasara
directamente a ser propiedad del cerebro del victimario que en este caso era
Vanda Mayarac, receptora de todo el corpus de pensamientos, proyectos y datos
atesorados durante toda su existencia en el cofre, ahora ultrajado, de su
inteligencia superlativa.
Luego, fue Alaric quien
impuso sus grandes manos ansiosas en el corazón del político liberal para
vampirizar todos sus sentimientos, filias y fobias, emociones y querencias, que
en apenas unos minutos pasaron a formar parte del organismo del lúcido como
archivados en una parte de su fuero interno.
Por último, olvidándose
del cautivo, la pareja se abrazó fuertemente y pasaron a una estancia anexa
donde hicieron el amor violentamente y durante intensos minutos, con el fin de
que toda la energía aprehendida del donante se compartiera entre los dos cuerpos
amantes y toda la información se pusiera en común en ambas mentes, en ambos
corazones y en ambas consciencias atiborradas ya de luz y de calor. Se amaron
con inusitada saña, intercambiando mordiscos, arañazos y jadeos, gritando
consignas con vehemencia y pasión y entablando una batalla carnal sangrienta y
salvaje, esa era la concepción del sexo que tenían los lúcidos, era un tour de force en toda regla, un desfogue
de la energía negativa que habían acumulado desde el último encuentro sexual
que quedaba flotando en el ambiente y, por ende, un aprovisionamiento de luz
nueva, una recarga de flamante vibración, una inyección de energía buena, sana
y libérrima, imprescindible para llevar a buen puerto su oscuros propósitos.
Por el contrario, el
cuerpo del poeta era una cáscara exangüe, un envoltorio vacío, un simple oropel
al que le habían arrebatado todo el oro que atesoraba en sus alforjas. Cuando
despertó de su inconsciencia, su mente estaba en blanco y sus miembros estaban
laxos e inoperantes. No era más que un pelele, una marioneta a merced de sus
captores que, a través de ir repitiéndole una y otra vez, como una letanía,
consignas, órdenes y proclamas, lograron rellenar su huero cerebro con una identidad
impostora y servil, solamente al servicio de sus flamantes amos.
El plan de los
perversos vampiros era sencillo y eficaz: enviarían a su marioneta, que seguía
teniendo el aspecto del admirado poeta y diputado Martínez de la Rosa, aunque
en su interior no quedara rastro alguno de su caudal intelectual y afectivo, a
la asamblea con la intención de que intentara convencer al mayor número de
diputados, sobre todo a aquellos que apoyaban incondicionalmente al rey
depuesto, Fernando VII a que votaran en contra de la redacción de la nueva
Constitución, boicoteando así todo el proceso que quería dotar de un carta
magna a una nueva España más moderna, liberal y avanzada, que renaciera de sus
cenizas como ave fénix, mientras que, por su parte, Alaric, burlando la
vigilancia de los pocos militares que velaban por la seguridad de la ciudad,
saldría fuera del ámbito gubernamental y se infiltraría en las líneas enemigas,
accediendo a Chiclana para contactar con uno de los generales franceses que
cercaban el último bastión del Estado Español, solo conformado por las ciudades
de Cádiz y la recién bautizada como San Fernando, para transmitirles la valiosa
información que había recabado en esos días de estancia en la villa de la isla
del León, para convencerles de que podían hacer saltar por los aires toda esa
pantomima en que se había convertido la Asamblea que pretendía alumbrar a la
nueva constitución.
Era un secreto a voces
que las tropas francesas no tenían la menor intención de atacar la capital
gaditana ni su anexa hermana menor, que poco después sería rebautizada como San
Fernando, limitándose a realizar algunos timoratos ataques que iban dirigidos
en su mayor parte a lanzar artefactos incendiarios contra los escasos soldados
que custodiaban el castillo de Sancti Petri, pues la idea de Napoleón no era
desmantelar el precario gobierno español ni asesinar a sus más altos dirigentes,
sino negociar con ellos, para hacerles ver que no había mejor rey que su
hermano José, ni mejor gobierno que el que Francia había regalado a España ni
mejores reformas que las que tenían destinadas para modernizar una nación
sumida en tradiciones bárbaras y leyes obsoletas, que se había quedado muy
rezagada con respecto al resto de Europa, perjudicada en su imagen hacia el
exterior, por costumbres salvajes y casi medievales como las corridas de toros,
la siesta o el gusto por lo romántico, lo pasional y lo barroco que impedían su
evolución, quedando anquilosada en el devenir de los tiempos, como un fósil
prisionero en ámbar.
En el Teatro Cómico, el
abducido Martínez de la Rosa, desprovisto de su intelecto y de su vasta cultura
y rellenado su cerebro con contraórdenes que estaban a años luz de su forma de
entender la política, representaba el papel que le había sido asignado por sus
captores, los cuales le habían absorbido toda su esencia y su materia gris y le
habían introducido en el cerebro, como si se tratara de un muñeco de trapo,
serrín, espuma y algodón únicamente.
Ninguno de los
presentes daba crédito a la intervención del poeta y dramaturgo, que defendía,
con un tono chabacano y agresivo, justamente lo que siempre había combatido, es
decir, que no se aprobara esa nefanda constitución que pretendían enarbolar
como bandera de la libertad la práctica totalidad de los allí reunidos.
Mientras tanto, Alaric, montando un caballo
fresco y radiante, burlaba la débil defensa de los pocos soldados que vigilaban
la frontera y que, dormitaban descuidadamente, sobre sus fusiles, y se
infiltraba en territorio enemigo, en busca del ejército francés para venderles
información reservada y de primera mano a cambio de la colaboración que
necesitaba para culminar con éxito su estratagema.
No le costó gran
esfuerzo al vampiro llegar hasta el mismísimo despacho del general galo, de
apellido Soult, apostado en su campamento de Chiclana de la Frontera, llevaba
bien recargadas sus capacidades energéticas, gracias al revitalizante encuentro
sexual con su esposa, y con solo mirar fijamente a los desconcertados soldados,
estos le indicaban lo que quería saber al instante, hipnotizados y abducidos
por la penetrante mirada del lúcido. Y es que, todos los miembros de esta secta
secreta, de monstruos latentes, que se ocultan bajo una fisonomía mortal,
corriente y moliente, tienen ese poder de anular las voluntades de sus víctimas
con solo clavarle sus incisivos ojos en sus pupilas que desfallecían. Eran unos
fieros depredadores de la esencia vital de sus enemigos, de aquellos desdichados
que tenían el infortunio de cruzarse entre ellos y su objetivo, a los que, si
era necesario, mataban en apenas unos segundos, robándoles todo el calor y toda
la pujanza de sus cuerpos sorprendidos.
El general Soult
tampoco pudo oponer mucha resistencia a los ojos inquisidores de un pletórico
Alaric y pronto consiguió de este lo que pretendía, que no era otra cosa, que
permitiera que tres de sus mejores hombres regresaran con él a la isla de San
Fernando para atentar contra los diputados allí reunidos en ardua porfía por
otorgar una nueva y liberal constitución al pueblo español, para que esta fuera
el primer aldabonazo que lograra liberarlo del yugo napoleónico que apretaba,
pero no ahogaba del todo a los que habían llegado hasta el Teatro Cómico como
último bastión tras haber ido retrocediendo desde toda la geografía de la vieja
piel de toro.
A lomos de cabalgaduras
raudas y descansadas, los cuatro jinetes cubrieron en menos de una hora, la
distancia que separaba Chiclana de la isla de León, detenidos solo por algunos
controles que se encontraron por el camino, tanto de uno como de otro bando,
que solventaron sin más dilación, con el salvoconducto que había escrito en un
papel oficial el general gabacho, los del bando francés, y, sin necesidad de
pegar un tiro, sino únicamente con el poder mental de Alaric, los del lado
español.
Tampoco fue difícil,
zafarse de los vigilantes apostados en las puertas de entrada del hemiciclo
donde se celebraba la asamblea, a pesar de que ya las fuerzas de Mayarac
comenzaban a agotarse, debido a su repetido uso de las últimas horas, pero
cuando estas daban muestras de flaqueza, valían unos buenos mandobles
insuflados por los aguerridos soldados napoleónicos en pleno rostro de aquellos
que velaban por la seguridad del magno evento que se celebraba de puertas para
adentro.
Ya, una vez dentro del
recinto, Alaric y sus acompañantes, aprovecharon que algunas plateas
permanecían vacías para ocupar una de ellas y pasar desapercibidos por los
encendidos diputados que asistían, anonadados, al intento del transformado
Martínez de la Rosa, de echar abajo el consenso para sacar adelante la
propuesta de dotar al pueblo español de nuevas y modernas leyes, cosa que no
consiguió, a pesar de sus muchas alharacas, desaforados gritos y algún que otro
grueso insulto hacia sus interlocutores, que no daban crédito a la súbita
alteración y cambio de papeles en la actitud y los planteamientos del laureado
poeta y dramaturgo.
Al comprobar el fracaso
de su teledirigido autómata, de su forzado esclavo, que, poco a poco, fue
recuperando la conciencia y la consciencia perdidas por el arcano rito lúcido,
para volver a poseer, paulatinamente, sus facultades mentales y su definida
personalidad, a lo que colaboró, grandemente, que aún albergara trazas de
antiguos poemas, aprendidos de memoria y tatuados en su cerebro de poeta,
Alaric puso en marcha el segundo y más drástico de sus intentos de dinamitar,
nunca mejor dicho, la votación asamblearia y ordenó a uno de los oficiales
gabachos que lanzara uno de los artefactos explosivos que habían preparado para
la ocasión. Cuando este impactó contra uno de los telones que flanqueaban el
patio de butacas, evitando que llegara al centro del hemiciclo, una densa
humareda negra envolvió todo el interior del edificio, sumiéndolo en un caos
brutal, lo que hizo que los asistentes corrieran hacia las puertas de salida,
atropellando a todo el que se lo impidiera. El mismísimo Alaric, lamentando la
falta de pericia del primer lanzador, se encargó de arrojar desde la platea la
segunda bomba incendiaria que, debido a la falta de visión causada por el humo,
fue a explosionar dentro del deshabitado escenario del teatro, no alcanzando a
ninguno de los que huían, despavoridos, buscando las posibles salidas de
aquella ratonera en que se había convertido el coqueto corral de comedias,
reconvertido en improvisado congreso de diputados. Ya no hubo opción a lanzar el tercer y último
artefacto, pues, detectados por los soldados que custodiaban la asamblea, una
turba frenética de hombres armados cayó sobre los atacantes, que fueron
reducidos a golpes de fusiles y a empellones y detenidos sin posibilidad alguna
de escape y conducidos a la presencia de la junta militar de la villa.
Milagrosamente no hubo
víctimas mortales, debido a la torpeza del soldado galo que había empotrado la
primera bomba contra uno de los imponentes cortinajes del teatro y que, cegado
por el humo, el segundo artefacto había ido a parar a una zona donde,
afortunadamente, no había nadie. Solo hubo que lamentar costosos daños
materiales y algunos diputados que sufrieron leves magulladuras y dolorosos
chichones en sus cultas y bien amuebladas testas.
Vanda fue detenida poco
después, y fue alojada en la celda contigua a su marido.
El juicio sumarísimo se
celebró unos meses después cuando ya el estado de buena esperanza de la señora
Mayarac era muy evidente, por lo cual, el tribunal tuvo a bien hacer esperar la
lectura de la sentencia inculpatoria a que la rea diera a luz a un fornido
varón al que llamaron Abraham y que llevaron a un convento de monjas clarisas,
tras el fusilamiento de sus progenitores, que tuvo lugar en la capital gaditana
el 2 de enero de 1812, pocos meses antes de que La Pepa, esa constitución que
tomó el nombre del día en que se presentó en sociedad, viera la luz y comenzara
a vivir su corta existencia, cortada de raíz pocos meses después por el
recobrado poder absoluto del nefasto Fernando VII al grito del pueblo de “Vivan
las caenas” que tanto escuece todavía en las consciencias de todos los que
amamos la libertad como conquista inexcusable del ser humano,
Bajo la tutela de las
madres clarisas donde fue criado con mano dura y santa, siguiendo los cánones
de la santa madre iglesia, de la que Abraham adjuraría pronto, para seguir la
senda comenzada por sus padres, a los que no pudo conocer, el joven lúcido
aprendió mucho de muy diversas disciplinas, hasta que sintió la llamada de la
sangre y supo que su misión en la Tierra era reverdecer la cruzada de sus
ancestros y tomar el testigo de sus malogrados padres”.
*
La autora de este
relato que viene a sintetizar a grandes rasgos, grosso modo, como decían los
romanos, esta peculiar historia que ha pasado desapercibida en los anales de la
Historia y que ha sido silenciada por los pocos que la conocen a fondo, se
llama Vera Bordalás, y tuve el infortunio de toparme con Abraham Mayarac en la
Algeciras de la Conferencia de 1906 donde se dieron cita las grandes potencias
europeas para repartirse la gran tarta de los territorios africanos del Norte,
que se encargaron de tiranizar desde su clausura hasta la actualidad en muchos
de sus casos.
Desde que conocí al
único hijo de los Mayarac que me reveló, fehacientemente, el origen de su
tragedia personal, no he cejado en mi propósito de desvelar todos los
acontecimientos a lo largo y ancho del globo terráqueo en los que esta
misteriosa hermandad se vio, de una u otra forma, involucrada, para que el
mundo conozca de su existencia e impida que Abraham, al que aún creo con vida,
logre insuflar más sufrimiento y desgracia en este nuestro convulso mundo.
Pero lo ocurrido en
Algeciras es otra historia que ya contaré en otra ocasión. Permanezcan,
queridos lectores, atentos a las páginas de este diario, de nombre El Heraldo
de la Verdad, desde donde narro esas páginas de la Historia, que fueron
sustraídas de forma interesada de los libros de textos donde estudian nuestros
hijos, quizá, precisamente, por la intersección del tremendo poder sobrenatural
de la propia venerable, arcana y antigua hermandad de los lúcidos para
preservar la identidad y la intimidad de los suyos y para que, en ningún
momento, se desvelaran sus oscuras intenciones que tienen en jaque a toda la
humanidad.
Madrid, 5 de mayo de
1940.
Vera Bordalás de Santa
Elena
Editora jefa de El Heraldo de la Verdad
Fragmento
de la novela “La hermandad de los lúcidos”, de Juan Emilio Ríos Vera.
El
autor es delegado de la UNEE en Cádiz, Huelva y Gibraltar. Está galardonado con
la Medalla de San Isidoro de Sevilla.
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