Arcana impostura

 

Voy a empezar por el principio de esta trama que trata sobre una hermandad secreta de seres más allá de la física humana que se han juramentado, para evitar los avances de la humanidad y que responden al nombre de “los lúcidos”, la cual todavía no se ha cerrado definitivamente y que mucho me temo que aún vivirá nuevos capítulos en un futuro no muy lejano:

“Cuando era pequeño, a Alaric Mayarac le encantaba regodearse, pronunciando mentalmente su sonoro nombre, una y otra vez, hasta convertirlo en una extraña y machacona sucesión de fonemas, exentas, ya, de cualquier significado. Le gustaba, sobremanera, poseer ese nombre tan aristocrático, tan musical, tan rotundo y tan exótico que a todos los que lo escuchaban le parecía majestuoso.

Había nacido en un tiempo, ya remoto y olvidado, en la región de los Cárpatos, en medio de una naturaleza salvaje y despiadada, preñada de leyendas sobre vampiros y con la presencia omnipresente del recuerdo de aquel Vlad Tapes a los que muchos llamaban Drácula y que había sido adalid del Cristianismo y azote de los otomanos, de los que había adquirido la terrible costumbre de empalar a sus enemigos, sembrando los campos de largas hileras de estacas habitadas de cuerpos que se retorcían agonizantes, suplicando una muerte que se hacía de rogar, troquelados sus cuerpos de forma bestial y cruel a la antigua usanza.

A la sombra de su mito y su maldición, se crio Alaric y fue, incluso, adueñándose de muchas de las características de su paisano, aunque sus extraños y precoces dones y habilidades no iban por la senda de la inmortalidad por medio de la sangre humana, sino que, en su organismo, se habían desarrollado otro tipo de mutaciones y prodigios, convirtiéndolo en una especie de vampiro de energía y no del fluido vital del que se alimentaba su predecesor, de los que algunos lugareños decían que estaba unido por lazos de parentesco consanguíneo.

Cuando se hizo mayor, su nombre se hizo sinónimo de misterio, oscuridad y hasta de superstición, de miedo y hasta de abominación.

Alaric se había convertido en un hombre extraño, enigmático y solitario, obsesionado por indagar, en las ciencias ocultas, respuestas que acallaran su ansia de conocimiento arcano. Quería a toda costa llegar a convertirse en un ser especial, distinto de todos los demás humanos, igual que su nombre era diferente al de las gentes ridículas y zafias que conocía. Sus ancestros le habían donado unas creencias mucho más allá de lo normativo y un hambre inusitada por desentrañar cuestiones que transcendían lo racional.

Se sabía un elegido desde su más tierna infancia, pues, tanto física como mentalmente, fue desarrollando habilidades y destrezas inéditas en niños de su corta edad, como, por ejemplo, la capacidad de arrebatar energía a todo aquel que tocara cuando se sentía débil o apático. Le bastaba estrechar la mano a una persona para robarle la suficiente vitalidad que necesitaba para volver a encontrarse pletórico, exultante y pleno, como si hubiera dormido tres días seguidos. Así, con esta estrategia, apenas necesitaba descansar de su extenuante actividad intelectual, que consistía en leer todo libro que cayera en sus manos de las más diversas disciplinas, con una velocidad inusitada y de memorizar prácticamente el contenido integral de la obra como si hubiese tatuado en su mente línea por línea, página a página el corpus íntegro del volumen. Así podía reproducir párrafos enteros de sesudos tratados de filosofía, antropología, sociología o historia, sin el menor esfuerzo.

Pronto, supo que había otros como él, repartidos por toda la geografía mundial y destinó gran parte de la herencia, que había recibido de sus padres, en localizarlos e integrarlos en una familia que echara raíces por todo el mundo. A esa sociedad secreta la denominó “La venerable, antigua y arcana hermandad de los lúcidos”. Y había elegido ese término de “lúcido” después de pensarlo mucho y de sopesarlo una y otra vez, ya que, ese término, según los tratados de etimología que había consultado, significaba “despierto”, “activo”, “atento”, “preparado para la acción” frente a los que él llamaba “los ilusos” personas que no desarrollaban altas capacidades para pensar por sí mismos y tenían que depender de las ideas de los demás, rayando en la estulticia y la idiotez más exasperantes y que soñaban con un mundo mejor, confiando en los logros de los demás, huyendo de la aburrida realidad y de la exasperante rutina, perdiendo todo contacto con la normalidad.

En apenas un año, Alaric Mayarac se había convertido en el adalid incuestionable de un ejército incruento de seres excepcionales que estaban dispuestos a seguirle en su cruzada de atesorar todo el conocimiento arcano del mundo. Muchos de ellos se convirtieron en eminentes filósofos, brillantes matemáticos, reputados científicos y deslumbrantes gurús de las ciencias ocultas.

En un principio, cuando se supieron privilegiados, hace ya muchos siglos, los lúcidos tenían la intención de compartir todos esos hallazgos con el resto de la humanidad de forma filantrópica y en favor de un bien común que hiciera más confortable la vida de todos, pero pronto cambiaron de opinión, cuando fueron descubriendo que, debido a las estrechas mentes de las autoridades religiosas y de los aviesos gobernantes de las distintas naciones, la mayoría de esos hombres y mujeres excepcionales, que poseían ese don exclusivo, estaban siendo masacrados por las altas esferas eclesiásticas, culpados de herejía, de brujería, de blasfemia, de oscurantismo y de malas artes, de pactos con el maligno, de ofensa a Dios y de conspirar contra los gobiernos legítimamente establecidos de las distintas naciones. Así, muchos de esos lúcidos que aún no sabían que lo eran, fueron quemados en la hoguera, salvajemente mutilados por las garras de la Inquisición y sus familias, desprovistas de sus bienes, tras ser ajusticiados en ceremonias espeluznantes de escarnio público.

Por todo ello, Alaric Mayarac había decidido vengarse de los humanos aburridamente normales, de la mejor forma que él podía establecer: saboteando aquellos eventos históricos transcendentales que supusieran un avance drástico para la Humanidad. Ellos querían poseer todo el conocimiento, todo el poder, toda la verdad, pero querían dinamitar las grandes conquistas de los hombres, para que ellos dependieran de los secretos que solo los de su especie poseían, para que tuvieran que suplicarles de rodillas el acceso a esas maravillas, esos remedios milagrosos y esos hallazgos formidables que ellos habían descubierto.

De esta forma, se repartieron por todo el orbe, para inmiscuirse en los grandes asuntos de la política mundial y evitar que estos llegaran a buen término, en justa revancha a la sangre derramada de los de su especie y evitar la prosperidad de los que no compartieran su estigma y su don.

La próxima cita ineludible en la que debían involucrarse, siguiendo la antigua táctica del caballo de Troya, era, sin duda, el intento en España de conseguir una constitución que acabara con el dominio francés, con la garra implacable de Napoleón sobre sus cuellos y expulsar a José Bonaparte de la corona española. Era un evento crucial que no podían desaprovechar bajo ningún concepto.

El propio Alaric y su esposa, Vanda, serían los encargados de boicotear desde dentro los preparativos de las Cortes de Cádiz que se habían atrincherado en los aledaños de la ciudad más antigua de la vieja piel de toro con el objetivo de lograr la libertad y reestablecer los derechos fundamentales de los españoles tras el yugo del despótico reinado de Fernando VII.

Para conseguir llegar a la Real Villa de la Isla de León, ciudad vecina de Cádiz, donde estaban sucediéndose las reuniones preliminares, y estar presentes en la Asamblea Constituyente, convocada por la Regencia de España en cumplimiento del mandato de la disuelta Junta Suprema Central, haciéndose pasar por diputados titulares, contactaron con el poeta Manuel José Quintana, integrante de la corriente liberal, que tenía la potestad de designar a dos miembros de su partido en el caso de que algunos de los diputados elegidos no pudieran acceder hasta el lugar de la asamblea.

Alaric y Vanda habían llegado a la localidad bautizada poco después como San Fernando,, desde África, atravesando el Estrecho de Gibraltar en una embarcación de remos que habían adquirido en la española ciudad de Ceuta, de esta forma habían evitado el acoso del ejército francés, que había hecho retroceder a los integrantes de la Junta Central, que se había hecho cargo del gobierno de la España no ocupada y que, abandonando la Mancha, se refugió primero en Sevilla y luego se replegó hacia tierras gaditanas, recalando en la villa aledaña a Cádiz, su hermana pequeña.

El matrimonio lúcido había falsificado unos documentos, imitando los oficiales, y habían abordado al político poeta en los primeros días de su llegada a la ciudad gaditana, haciéndole creer que ellos eran los dos diputados que iban a sustituir a los dos titulares, manifestándole que estos habían sido apresados por los soldados galos. El poder de seducción de Vanda, dotada de una belleza exuberante y exótica, las dotes de poeta de Alaric y sus conocimientos de literatura universal y una botella de vino de Jerez generoso y dulce consiguieron el propósito de ser investidos como integrantes de pleno derecho de la Asamblea Constituyente, de la que tenían que formar parte un máximo de 104 diputados titulares y 47 suplentes, los cuales se repartían en tres grandes corrientes: los ya mencionados liberales del poeta Quintana o el sacerdote Diego Muñoz Torrero que era el encargado de pronunciar el discurso inaugural que aprobaría el primer decreto que otorgaría al pueblo la Soberanía Nacional, los absolutistas, tildados de “serviles” por el resto de diputados por considerarlos supeditados al monarca apresado y que pretendían perpetuar la monarquía absoluta que había ejercido con mano de hierro Fernando VII, y los moderados o jovellanistas, que pretendían instaurar la soberanía compartida entre el rey y las Cortes y que tenían en Gaspar Melchor de Jovellanos su adalid incontestable.

Afuera, apostados y expectantes, vigilaban desde las vecinas Chiclana, Puerto de Santa María y Puerto Real, los ejércitos franceses comandados por los generales Soult y Claude Víctor que permanecían en actitud poco beligerante y pasiva, limitándose a observar desde cerca los movimientos del precario gobierno español.

El asedio era más ficticio que real, pues todos, acosadores y acosados, sabían que los invasores no darían el paso de atacar, más allá de lanzar aquellas bombas esporádicas con las que las mujeres gaditanas se hacían atractivos tirabuzones.

La Isla de León se había convertido de la noche al día en la capital de España sin pretenderlo. Gracias a ese hecho inesperado por propios y extraños, la localidad obtuvo el título de Ciudad y recibiría el nombre de San Fernando en honor al entonces monarca Fernando VII que se encontraba prisionero de Napoleón.

Fue el Teatro Cómico, que más tarde recibiría el nombre, mucho más rimbombante, de Teatro de las Cortes, el escenario elegido donde tendría lugar el acontecimiento más importante de aquellos eventos, nada más y nada menos que las reuniones que propiciarían la redacción de la primera constitución liberal española. Por todo ello, el municipio era un hervidero variopinto de gentes forasteras que habían recalado en ella, huyendo de los gabachos o con la intención de participar en la instauración de la Constitución. Se dieron cita, en aquellos momentos, en la sorprendida población gentes de todo pelaje que conformaban un misceláneo bestiario multicolor, heterogéneo y dispar, entre los que encontrábamos soldados que habían logrado huir del cerco de los franceses, comerciantes que habían tenido que abandonar sus negocios a su suerte y habían tenido que huir con lo puesto, políticos que se habían ido replegando por toda la geografía española, acuciados por el enemigo y que habían recalado en la ciudad, para defender la legalidad institucional y la soberanía nacional, intelectuales que no comulgaban con los gabachos y no habían querido engrosar las filas de aquellos tildados de afrancesados que veían con buenos ojos las políticas progresistas de José Bonaparte, erigido en José I, a los que sus detractores denominaban despectivamente “Pepe Botella”, por su excesiva querencia a la bebida, según afirmaban los que no lo miraban con simpatía. Así Jovellanos, Moratín o el propio Goya fueron acusados de colaboracionistas y declarados enemigos de España, teniendo que exiliarse al país de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, tras el conflicto armado, donde muchos murieron, sin poder regresar a su patria.

Entre aquel maremágnum de gentes de todo cariz y toda ralea se encontraban algunos intelectuales que tenían la doble condición de poeta y político, como era el caso, del ya nombrado Quintana o el singular ejemplo de Francisco Martínez de la Rosa, que pronto se convertiría en un poeta y dramaturgo de postín y que ya había deslumbrado al público y a la crítica con algunos de sus poemas nacionalistas y patrióticos como aquel dedicado a Zaragoza y a su feroz defensa de su plaza a cargo de gentes como la heroica Agustina de Aragón, que había defendido la ciudad a cañonazos, desarbolando las líneas enemigas.

Entre esa amalgama de gentes venidas de todos los puntos cardinales, incluidos desde el extranjero, la presencia de Alaric y Vanda Mayarac pasó totalmente desapercibida a pesar de sus físicos que delataban que no eran de aquellas latitudes, sino de procedencia mucho más al norte, de aquellos Cárpatos lejanos y exóticos de los que casi nadie de los presentes habían siquiera oído hablar jamás.

Ellos eran los antagonistas de toda aquella turba frenética de gentes que se habían congregado en aquel pueblo ascendido a ciudad por arte de birlibirloque, para defender la unidad nacional y luchar por intentar expulsar al invasor. Los Mayarac, sin embargo, habían arribado a la villa con las intenciones contrarias: la de evitar que se redactara aquella primera constitución liberal española y que las Cortes de Cádiz no pudieran repeler al enemigo. Ellos clamaban venganza contra la Santa Inquisición española que había quemado en sus hogueras a tantos de sus congéneres por orden de Torquemada y sus secuaces en aquellos años terribles y que habían seguido persiguiendo a los suyos durante todos estos siglos, esquilmando la antiquísima hermandad de los lúcidos que lo único que habían pretendido en un principio era progreso para la Humanidad y acceder a todo conocimiento arcano. Su cruzada había sido malinterpretada y acusados de herejes, de nigromantes y de blasfemos, habían sido exterminados por la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica española como vulgares pecadores, aniquilando a las mentes más brillantes y a los más excelsos filósofos y científicos de todos aquellos tiempos. ¡Qué daño tan horrible han causado encarnizados libros, como el Malleus Maleficorum, denominado vulgarmente “El martillo de las brujas”, contra tanto prohombre y tanta excepcional mujer, cuyos únicos delitos y pecados, habían sido buscar respuestas a los enigmas de la Humanidad, penetrando más allá de la moral pacata y de la razón limitada de los hombres! Los verdaderos monstruos no eran los condenados a las torturas, sino que eran los autores de esas obras terribles y crueles y los que mandaban insuflar los abominables tormentos en nombre de Dios.

Pronto, comprobaron los lúcidos que sus planes se torcían, cuando vieron aparecer, heridos y maltrechos, con las ropas hechas jirones, a los dos diputados, a los que ellos iban a sustituir en la Asamblea, alardeando por las calles de la ciudad de haber burlado las líneas enemigas y haber logrado llegar a tiempo de participar en los debates que fructificarían en la redacción de la nueva carta magna.

De esta forma, los Mayarac ya no estaban acreditados como diputados, al haber comparecido en la ciudad los titulares a los que ellos aspiraban a relevar. Así que ya no podrían estar presentes como integrantes de pleno derecho del concejo asambleario, por lo que la maquiavélica mente de Alaric tuvo que ingeniar, a marchas forzadas, un plan alternativo al que tenían previsto, que no era otro que votar en contra de la redacción de la nueva constitución y convencer, con sus habilidades extrasensoriales, a otros diputados que hicieran lo propio, provocando, con sus vetos, el fracaso de la votación y la disolución de las Cortes.  

Forzados por los acontecimientos, tuvieron que urdir un nuevo plan que comenzaba con secuestrar al joven Martínez de la Rosa y una vez en su poder, conseguir robarle la voluntad para que se convirtiera en un esclavo a su servicio, sometiéndole a un ritual secreto que solo conocían los integrantes de la lúcida hermandad.

Así que los días previos al rapto, estuvieron siguiéndole los pasos para ver cuál era su rutina diaria en su estancia en aquella real villa gaditana.

Su día comenzaba indefectiblemente en el café de la calle Real donde daba buena cuenta de un café cargado mientras leía el periódico local, empapándose de todo lo referente a la llegada de la Asamblea Nacional a la villa, dos huevos fritos con abundante pan y mucha sal le daban la suficiente energía para afrontar la mañana. Luego se daba una vuelta por la ciudad para conocer sus principales monumentos, rincones pintorescos, jardines y plazas y siempre que encontraba un banco de piedra libre se sentaba largo tiempo para sacar un pequeño lapicero y esbozar algún incipiente poema, también a veces sacaba un voluminoso libro de su maletín y leía algunas páginas, pocas, pero intensas. Empleaba toda la mañana en ese paseo urbano, al cabo de los primeros tres días de estancia, ya había visitado e inspeccionado con fruición, casi piedra a piedra, tanto el castillo de Sancti Petri como el de San Romualdo, había atravesado con delectación el magnífico puente Zuazo que unía al municipio con la capital gaditana, a través del caño homólogo a la fortaleza, y, por supuesto, había visitado, extasiado, el Real Carrerero, el formidable astillero, mandado construir por los Reyes Católicos, y se había pasado también por el patio del Cambiazo, el más pintoresco caserío del municipio, que se construyó en tiempos del Barroco y que poseía un gran patio central y una serie de portadas que lo hacían exclusivo en su diseño, pero lo que más le gustó, como buen escritor, fue visitar el callejón Croquer, callejuela estrecha que unía la calle Real con la calle Murillo y donde, colgados de algunas puertas de sus casas, podían apreciarse unos azulejos que contenían refranes y chistes populares, muchos de los cuales, escribió en su cuaderno que siempre llevaba consigo. Por último, recorrió el puente Marqués de Ureña, con lo que tuvo la certeza de que ya conocía lo más señero de la monumentalidad de la villa.

Solía, además, entrar en las tiendas que le llamaban poderosamente la atención, sobre todo, en los pequeños comercios tradicionales con regusto a antiguo para adquirir algunos productos típicos de la zona y llevarlos envueltos en papel de estraza oliéndolos de vez en cuando. Tenía predilección por los dulces y por los embutidos, sobre todo. Cuando le apretaba el hambre, que solía ser sobre las dos de la tarde, buscaba siempre el arropo de una tasca o una venta para tomarse dos copas de vino y un plato caliente que le reportara calor y le insuflara el aliento suficiente para afrontar la tarde que destinaba a enrolarse en la primera tertulia que encontraba en cualquier cafetería donde, al pasar, escuchaba que debatían sobre política, literatura o se comentaba el estado de la guerra contra el invasor gabacho. En ellas se mostraba locuaz y decidido, defendiendo ardientemente sus posturas de forma contumaz y rebatiendo con gran intensidad las opiniones que le parecían descabelladas o mal enfocadas. Tras el tremendo desgaste emocional, buscaba refugio en alguna taberna para cenar alguna chacina o algún pescado de la bahía mojado generosamente con vino blanco de la tierra y se iba temprano a su modesto hotel donde se quedaba leyendo y escribiendo hasta altas horas de la madrugada para levantarse sobre las 8 de la mañana, cargado de nuevo de brío y empuje.

Los Mayarac acordaron abordar al diputado al cuarto día de seguir sus pasos en la villa, una vez comprobado que seguía siempre un mismo patrón en su rutina, eligiendo para el rapto el momento en que se quedaba ensimismado escribiendo en su cuaderno solo en algún remoto enclave del pueblo, lejos de las miradas de los transeúntes. Así, Vanda se le acercó para preguntarle inocentemente qué estaba escribiendo y si se trataba de poesía, confesándole que era una diletante de la lírica y él, complacido, le dijo que sí y comenzó a leerle unos versos que no pudo acabar, pues Alaric, por la espalda, lo redujo y con un certero puñetazo lo dejó inconsciente debido a que su fuerza era superior a la del común de los mortales por su condición de lúcido, ya que, estos se alimentaban de la energía de los demás con el mero contacto físico, robando a sus víctimas vitalidad, aliento y latido.

Cogiendo en volandas al desvanecido poeta, lo llevó hacia un coche de caballos que había alquilado y envuelto en una pesada manta lo introdujeron sin ser vistos en una abandonada casa a las afueras del casco urbano.

Antes de que el político ilustrado pudiera regresar a la consciencia, ya habían preparado los Mayarac toda la parafernalia que necesitaban para robarle la voluntad al cautivo y apoderarse de sus actos y de sus conocimientos más valiosos.

El extraño ritual era sencillo, pero contundente: Se trataba simplemente de imponer las manos abiertas en la cabeza de la víctima, que se encontraba tendido en una camilla, para que todo el caudal de ideas que pululaban en su mente prodigiosa pasara directamente a ser propiedad del cerebro del victimario que en este caso era Vanda Mayarac, receptora de todo el corpus de pensamientos, proyectos y datos atesorados durante toda su existencia en el cofre, ahora ultrajado, de su inteligencia superlativa.

Luego, fue Alaric quien impuso sus grandes manos ansiosas en el corazón del político liberal para vampirizar todos sus sentimientos, filias y fobias, emociones y querencias, que en apenas unos minutos pasaron a formar parte del organismo del lúcido como archivados en una parte de su fuero interno.

Por último, olvidándose del cautivo, la pareja se abrazó fuertemente y pasaron a una estancia anexa donde hicieron el amor violentamente y durante intensos minutos, con el fin de que toda la energía aprehendida del donante se compartiera entre los dos cuerpos amantes y toda la información se pusiera en común en ambas mentes, en ambos corazones y en ambas consciencias atiborradas ya de luz y de calor. Se amaron con inusitada saña, intercambiando mordiscos, arañazos y jadeos, gritando consignas con vehemencia y pasión y entablando una batalla carnal sangrienta y salvaje, esa era la concepción del sexo que tenían los lúcidos, era un tour de force en toda regla, un desfogue de la energía negativa que habían acumulado desde el último encuentro sexual que quedaba flotando en el ambiente y, por ende, un aprovisionamiento de luz nueva, una recarga de flamante vibración, una inyección de energía buena, sana y libérrima, imprescindible para llevar a buen puerto su oscuros propósitos.

Por el contrario, el cuerpo del poeta era una cáscara exangüe, un envoltorio vacío, un simple oropel al que le habían arrebatado todo el oro que atesoraba en sus alforjas. Cuando despertó de su inconsciencia, su mente estaba en blanco y sus miembros estaban laxos e inoperantes. No era más que un pelele, una marioneta a merced de sus captores que, a través de ir repitiéndole una y otra vez, como una letanía, consignas, órdenes y proclamas, lograron rellenar su huero cerebro con una identidad impostora y servil, solamente al servicio de sus flamantes amos.

El plan de los perversos vampiros era sencillo y eficaz: enviarían a su marioneta, que seguía teniendo el aspecto del admirado poeta y diputado Martínez de la Rosa, aunque en su interior no quedara rastro alguno de su caudal intelectual y afectivo, a la asamblea con la intención de que intentara convencer al mayor número de diputados, sobre todo a aquellos que apoyaban incondicionalmente al rey depuesto, Fernando VII a que votaran en contra de la redacción de la nueva Constitución, boicoteando así todo el proceso que quería dotar de un carta magna a una nueva España más moderna, liberal y avanzada, que renaciera de sus cenizas como ave fénix, mientras que, por su parte, Alaric, burlando la vigilancia de los pocos militares que velaban por la seguridad de la ciudad, saldría fuera del ámbito gubernamental y se infiltraría en las líneas enemigas, accediendo a Chiclana para contactar con uno de los generales franceses que cercaban el último bastión del Estado Español, solo conformado por las ciudades de Cádiz y la recién bautizada como San Fernando, para transmitirles la valiosa información que había recabado en esos días de estancia en la villa de la isla del León, para convencerles de que podían hacer saltar por los aires toda esa pantomima en que se había convertido la Asamblea que pretendía alumbrar a la nueva constitución.

Era un secreto a voces que las tropas francesas no tenían la menor intención de atacar la capital gaditana ni su anexa hermana menor, que poco después sería rebautizada como San Fernando, limitándose a realizar algunos timoratos ataques que iban dirigidos en su mayor parte a lanzar artefactos incendiarios contra los escasos soldados que custodiaban el castillo de Sancti Petri, pues la idea de Napoleón no era desmantelar el precario gobierno español ni asesinar a sus más altos dirigentes, sino negociar con ellos, para hacerles ver que no había mejor rey que su hermano José, ni mejor gobierno que el que Francia había regalado a España ni mejores reformas que las que tenían destinadas para modernizar una nación sumida en tradiciones bárbaras y leyes obsoletas, que se había quedado muy rezagada con respecto al resto de Europa, perjudicada en su imagen hacia el exterior, por costumbres salvajes y casi medievales como las corridas de toros, la siesta o el gusto por lo romántico, lo pasional y lo barroco que impedían su evolución, quedando anquilosada en el devenir de los tiempos, como un fósil prisionero en ámbar.

En el Teatro Cómico, el abducido Martínez de la Rosa, desprovisto de su intelecto y de su vasta cultura y rellenado su cerebro con contraórdenes que estaban a años luz de su forma de entender la política, representaba el papel que le había sido asignado por sus captores, los cuales le habían absorbido toda su esencia y su materia gris y le habían introducido en el cerebro, como si se tratara de un muñeco de trapo, serrín, espuma y algodón únicamente.

Ninguno de los presentes daba crédito a la intervención del poeta y dramaturgo, que defendía, con un tono chabacano y agresivo, justamente lo que siempre había combatido, es decir, que no se aprobara esa nefanda constitución que pretendían enarbolar como bandera de la libertad la práctica totalidad de los allí reunidos.

 Mientras tanto, Alaric, montando un caballo fresco y radiante, burlaba la débil defensa de los pocos soldados que vigilaban la frontera y que, dormitaban descuidadamente, sobre sus fusiles, y se infiltraba en territorio enemigo, en busca del ejército francés para venderles información reservada y de primera mano a cambio de la colaboración que necesitaba para culminar con éxito su estratagema.

No le costó gran esfuerzo al vampiro llegar hasta el mismísimo despacho del general galo, de apellido Soult, apostado en su campamento de Chiclana de la Frontera, llevaba bien recargadas sus capacidades energéticas, gracias al revitalizante encuentro sexual con su esposa, y con solo mirar fijamente a los desconcertados soldados, estos le indicaban lo que quería saber al instante, hipnotizados y abducidos por la penetrante mirada del lúcido. Y es que, todos los miembros de esta secta secreta, de monstruos latentes, que se ocultan bajo una fisonomía mortal, corriente y moliente, tienen ese poder de anular las voluntades de sus víctimas con solo clavarle sus incisivos ojos en sus pupilas que desfallecían. Eran unos fieros depredadores de la esencia vital de sus enemigos, de aquellos desdichados que tenían el infortunio de cruzarse entre ellos y su objetivo, a los que, si era necesario, mataban en apenas unos segundos, robándoles todo el calor y toda la pujanza de sus cuerpos sorprendidos.

El general Soult tampoco pudo oponer mucha resistencia a los ojos inquisidores de un pletórico Alaric y pronto consiguió de este lo que pretendía, que no era otra cosa, que permitiera que tres de sus mejores hombres regresaran con él a la isla de San Fernando para atentar contra los diputados allí reunidos en ardua porfía por otorgar una nueva y liberal constitución al pueblo español, para que esta fuera el primer aldabonazo que lograra liberarlo del yugo napoleónico que apretaba, pero no ahogaba del todo a los que habían llegado hasta el Teatro Cómico como último bastión tras haber ido retrocediendo desde toda la geografía de la vieja piel de toro.

A lomos de cabalgaduras raudas y descansadas, los cuatro jinetes cubrieron en menos de una hora, la distancia que separaba Chiclana de la isla de León, detenidos solo por algunos controles que se encontraron por el camino, tanto de uno como de otro bando, que solventaron sin más dilación, con el salvoconducto que había escrito en un papel oficial el general gabacho, los del bando francés, y, sin necesidad de pegar un tiro, sino únicamente con el poder mental de Alaric, los del lado español.

Tampoco fue difícil, zafarse de los vigilantes apostados en las puertas de entrada del hemiciclo donde se celebraba la asamblea, a pesar de que ya las fuerzas de Mayarac comenzaban a agotarse, debido a su repetido uso de las últimas horas, pero cuando estas daban muestras de flaqueza, valían unos buenos mandobles insuflados por los aguerridos soldados napoleónicos en pleno rostro de aquellos que velaban por la seguridad del magno evento que se celebraba de puertas para adentro.

Ya, una vez dentro del recinto, Alaric y sus acompañantes, aprovecharon que algunas plateas permanecían vacías para ocupar una de ellas y pasar desapercibidos por los encendidos diputados que asistían, anonadados, al intento del transformado Martínez de la Rosa, de echar abajo el consenso para sacar adelante la propuesta de dotar al pueblo español de nuevas y modernas leyes, cosa que no consiguió, a pesar de sus muchas alharacas, desaforados gritos y algún que otro grueso insulto hacia sus interlocutores, que no daban crédito a la súbita alteración y cambio de papeles en la actitud y los planteamientos del laureado poeta y dramaturgo.

Al comprobar el fracaso de su teledirigido autómata, de su forzado esclavo, que, poco a poco, fue recuperando la conciencia y la consciencia perdidas por el arcano rito lúcido, para volver a poseer, paulatinamente, sus facultades mentales y su definida personalidad, a lo que colaboró, grandemente, que aún albergara trazas de antiguos poemas, aprendidos de memoria y tatuados en su cerebro de poeta, Alaric puso en marcha el segundo y más drástico de sus intentos de dinamitar, nunca mejor dicho, la votación asamblearia y ordenó a uno de los oficiales gabachos que lanzara uno de los artefactos explosivos que habían preparado para la ocasión. Cuando este impactó contra uno de los telones que flanqueaban el patio de butacas, evitando que llegara al centro del hemiciclo, una densa humareda negra envolvió todo el interior del edificio, sumiéndolo en un caos brutal, lo que hizo que los asistentes corrieran hacia las puertas de salida, atropellando a todo el que se lo impidiera. El mismísimo Alaric, lamentando la falta de pericia del primer lanzador, se encargó de arrojar desde la platea la segunda bomba incendiaria que, debido a la falta de visión causada por el humo, fue a explosionar dentro del deshabitado escenario del teatro, no alcanzando a ninguno de los que huían, despavoridos, buscando las posibles salidas de aquella ratonera en que se había convertido el coqueto corral de comedias, reconvertido en improvisado congreso de diputados.  Ya no hubo opción a lanzar el tercer y último artefacto, pues, detectados por los soldados que custodiaban la asamblea, una turba frenética de hombres armados cayó sobre los atacantes, que fueron reducidos a golpes de fusiles y a empellones y detenidos sin posibilidad alguna de escape y conducidos a la presencia de la junta militar de la villa.

Milagrosamente no hubo víctimas mortales, debido a la torpeza del soldado galo que había empotrado la primera bomba contra uno de los imponentes cortinajes del teatro y que, cegado por el humo, el segundo artefacto había ido a parar a una zona donde, afortunadamente, no había nadie. Solo hubo que lamentar costosos daños materiales y algunos diputados que sufrieron leves magulladuras y dolorosos chichones en sus cultas y bien amuebladas testas.

Vanda fue detenida poco después, y fue alojada en la celda contigua a su marido.

El juicio sumarísimo se celebró unos meses después cuando ya el estado de buena esperanza de la señora Mayarac era muy evidente, por lo cual, el tribunal tuvo a bien hacer esperar la lectura de la sentencia inculpatoria a que la rea diera a luz a un fornido varón al que llamaron Abraham y que llevaron a un convento de monjas clarisas, tras el fusilamiento de sus progenitores, que tuvo lugar en la capital gaditana el 2 de enero de 1812, pocos meses antes de que La Pepa, esa constitución que tomó el nombre del día en que se presentó en sociedad, viera la luz y comenzara a vivir su corta existencia, cortada de raíz pocos meses después por el recobrado poder absoluto del nefasto Fernando VII al grito del pueblo de “Vivan las caenas” que tanto escuece todavía en las consciencias de todos los que amamos la libertad como conquista inexcusable del ser humano,

Bajo la tutela de las madres clarisas donde fue criado con mano dura y santa, siguiendo los cánones de la santa madre iglesia, de la que Abraham adjuraría pronto, para seguir la senda comenzada por sus padres, a los que no pudo conocer, el joven lúcido aprendió mucho de muy diversas disciplinas, hasta que sintió la llamada de la sangre y supo que su misión en la Tierra era reverdecer la cruzada de sus ancestros y tomar el testigo de sus malogrados padres”.

                                                                 *

La autora de este relato que viene a sintetizar a grandes rasgos, grosso modo, como decían los romanos, esta peculiar historia que ha pasado desapercibida en los anales de la Historia y que ha sido silenciada por los pocos que la conocen a fondo, se llama Vera Bordalás, y tuve el infortunio de toparme con Abraham Mayarac en la Algeciras de la Conferencia de 1906 donde se dieron cita las grandes potencias europeas para repartirse la gran tarta de los territorios africanos del Norte, que se encargaron de tiranizar desde su clausura hasta la actualidad en muchos de sus casos.

Desde que conocí al único hijo de los Mayarac que me reveló, fehacientemente, el origen de su tragedia personal, no he cejado en mi propósito de desvelar todos los acontecimientos a lo largo y ancho del globo terráqueo en los que esta misteriosa hermandad se vio, de una u otra forma, involucrada, para que el mundo conozca de su existencia e impida que Abraham, al que aún creo con vida, logre insuflar más sufrimiento y desgracia en este nuestro convulso mundo.

Pero lo ocurrido en Algeciras es otra historia que ya contaré en otra ocasión. Permanezcan, queridos lectores, atentos a las páginas de este diario, de nombre El Heraldo de la Verdad, desde donde narro esas páginas de la Historia, que fueron sustraídas de forma interesada de los libros de textos donde estudian nuestros hijos, quizá, precisamente, por la intersección del tremendo poder sobrenatural de la propia venerable, arcana y antigua hermandad de los lúcidos para preservar la identidad y la intimidad de los suyos y para que, en ningún momento, se desvelaran sus oscuras intenciones que tienen en jaque a toda la humanidad.

Madrid, 5 de mayo de 1940.

Vera Bordalás de Santa Elena

Editora jefa de El Heraldo de la Verdad

Fragmento de la novela “La hermandad de los lúcidos”, de Juan Emilio Ríos Vera.

El autor es delegado de la UNEE en Cádiz, Huelva y Gibraltar. Está galardonado con la Medalla de San Isidoro de Sevilla.