Lola Gutiérrez
Carlos Mesa se sentó cómodamente en el sillón mientras saboreaba una copa de vino dulce que una criada le ofreció al llegar. La mansión de los Hernández, cercana al pueblo de El Algar, estaba brillantemente iluminada. La casa desbordaba actividad; las doncellas asistían a todas las mujeres de la familia, que se preparaban en el piso superior para ir al teatro.
Carlos había ido a la mansión a recoger a Marta, la benjamina de las hijas de don Antonio Hernández, un hombre rico que se había hecho más rico aún en el negocio de las minas. Carlos bebía los vientos por su hija menor, una jovencita de dieciocho años con cara de ángel y cuerpo de diosa. Cuando la vio descender por las escaleras, suspiró; era una belleza, la clase de mujer que obsesiona los sueños de un hombre: de pelo negro muy largo y rizado, ojos del color de la miel y unos labios gruesos hechos para besar.
Carlos sonrió torpemente y estrechó la mano del padre de Marta, que apareció en el salón detrás de ella. Don Antonio le había confiado a Carlos la administración de sus granjas, las minas y las demás empresas que poseían los Hernández en la cercana ciudad de Cartagena. El chico tenía una reputación elegante, al igual que su familia, muy conocida en la comarca por la relevancia de sus bienes. Al parecer, don Antonio no veía con malos ojos confiarle también a la menor de sus hijas. El compromiso de Carlos y Marta se había anunciado con una gran fiesta de baile hacía pocas semanas; la boda tendría lugar en primavera.
Era normal que entre los miembros de la clase alta los matrimonios se convinieran de modo que el dinero, las tierras y los títulos siguieran en manos de la gente poderosa. No había sido el caso de Carlos y Marta. Los chicos se conocían desde hacía un año, pues Carlos frecuentaba la casa de don Antonio debido a su trabajo. Igualmente, la cosa había salido bien.
—Estaremos en el palco de al lado en todo momento —apuntó don Antonio a Carlos—. Nada más acabar la representación, traerás a Marta de regreso.
—Por supuesto, señor. Será como usted dice. Buenas noches.
El joven abogado ayudó a su prometida a ponerse la capa. Ser mujer en 1908 era estar condenada a una vida con pocas elecciones. De pocos privilegios disfrutaban las jóvenes casaderas, exceptuando el preparar su ajuar nupcial. Marta sonrió; afortunadamente, Carlos era de su total agrado. El joven abogado estaba a punto de alcanzar la treintena; era culto, alegre y de unos rasgos físicos que hacían suspirar a más de un corsé. A ambos les unía una apasionante afición por los libros, las viejas historias y el teatro.
Una sonrisa deliciosa abarcaba la boca de Marta cuando el cochero le abrió la portezuela del coche. Ella alzó la mano para despedirse de su padre. El hombre seguía inmóvil sobre las escaleras de mármol observando toda la escena. Los novios se acomodaron a toda prisa para abandonar la finca lo antes posible. La familia de Marta no tardaría en ocupar el otro coche de caballos que esperaba a la entrada.
Era una noche oscura de noviembre. La luna estaba en cuarto creciente y las pocas nubes que había la tapaban por completo. Hacía frío; corría un aire gélido que les hizo usar las mantas de lana que había sobre los asientos del carricoche.
—Eres preciosa.
Carlos agarró una mano de Marta y se la llevó a los labios cuando las ruedas del carruaje comenzaron a rodar. Disponían de la soledad del trayecto para hablar con total privacidad.
—Qué ganas tenía de verte, gatita.
En cuanto se alejaron unos metros, la besó con dulzura.
—¿Estás nerviosa?
—Claro que estoy nerviosa. Nadie sabe que ese tal Bastida que tanto éxito y dinero está cosechando por todos los teatros de España soy yo. Me encantan las críticas de los periódicos, las cábalas que hacen hablando sobre su persona. Todo el mundo imagina que el autor es un hombre.
—Un hombre precioso que me trae loco —rio Carlos.
Marta era inteligente, para nada presumida. Le gustó la primera vez que la vio merodeando por la biblioteca de su casa. Una punzada en el estómago le hizo ver que era la mujer de su vida; cayó rendido a sus pies en ese mismo momento.
—Hablando de dinero, ¿qué quieres hacer con él? Ya tienes una suma considerable; puedes invertir en ganadería, minas o lo que desees. Incluso serías una gran accionista de alguna naviera de esas que promocionan viajes a distintos países de América o de Europa. Los viajes por el mar están de moda.
Marta lo negó con la cabeza; no le gustaban mucho los barcos. Aún pesaban como losas ciertas imágenes sobre su cabeza. Dos años atrás, estaba en Cabo de Palos cuando el trasatlántico Sirio naufragó sobre las rocas frente al faro. Ese accidente le costó la vida a cientos de personas. Poco después quedó demostrado que la canallesca actitud del capitán italiano hubiera salvado más vidas. Nunca olvidaría el caos, la muerte, los llantos y todo el sufrimiento que se vivió en ese pueblo de pescadores aquella fatídica tarde de verano.
—Prefiero el tren. ¿Qué te parece si después de la boda comenzamos a viajar? Me gustaría conocer otras culturas, otras ciudades. Creo que es esencial para seguir escribiendo. Sobre todo, quiero que me ayudes a ser un buen Bastida.
Carlos alzó las cejas.
—¿Un buen Bastida? —repitió—. No te entiendo.
—Necesito caracterizarme: usar ropa de hombre, bigote postizo, sombrero, lentes… Solo así podré manejar mi dinero en el banco y responder a la prensa. Pero de eso nos ocuparemos después de nuestro enlace. Ahora sería algo imposible con mi familia siempre pegada a mis espaldas.
—¿Qué dirá la gente si me ven besando a un señor más bajito que yo, algo delgadito y con bigote? Señorita mía, ¿no crees que mi reputación quedaría seriamente perjudicada?
Marta rio. Carlos era su amigo, su cómplice, su enamorado. Entre los dos eligieron el nombre de Bastida como seudónimo para ocultar a la verdadera escritora. Su prometido había logrado que un empresario teatral de Madrid aceptara la obra. El hombre cayó rendido al ingenio y decidió costear su puesta en escena.
—Eres abogado; te las arreglarás a las mil maravillas para que podamos disponer de todo ese dinero sin levantar ningún tipo de sospechas.
—Hasta ahora todo ha salido bien. Yo mismo sigo mandando tus relatos semanales para que se publiquen en los diarios. Sí, seguro que algo se me ocurrirá. Incluso soy capaz de confesar, después de nuestra boda, que Bastida es una preciosa mujer con la que tengo el placer de compartir lecho.
Marta abrió los ojos imaginando el escándalo.
—¡Don Carlos Mesa —fingió ella el enfado—, eso no será posible! A mis padres les puede dar un síncope.
Ambos se miraron a los ojos riendo a carcajadas.
—Eres adorable, gatita —dijo Carlos poco después, y la estrechó con amor. Ella suspiró; se limitó a saborear la dulce sensación de ser abrazada por él.
Marta observaba felizmente, en silencio, todos los coches vacíos que iban en sentido contrario a ellos. Eran muchos; había perdido la cuenta. El hecho indicaba que habría bastante público para ver la obra.
El Algar es un sitio pequeño, muy bonito. El corazón del pueblo alberga un precioso y coqueto teatro de construcción muy reciente y moderna. El Teatro Apolo fue un capricho, una apuesta pomposa de comerciantes, ricos mineros y terratenientes de la zona, que podían disfrutar de entretenimiento sin la necesidad de recurrir a la ciudad de Cartagena o a otros pueblos de los alrededores.
La fachada del teatro estaba perfectamente iluminada. Marta soltó una pequeña risita cuando los caballos se detuvieron.
—Pórtate bien, querida, y no alborotes demasiado —rio Carlos, imaginando su estado.
Ayudó a Marta a descender del coche y, a continuación, le hizo una seña al cochero para que abandonara la entrada del teatro.
—¿Preparada?
Ella suspiró. De forma traviesa miró a ambos lados de la calle para asegurarse de que no había nadie cerca. El ruido de unos cascos de caballos aseguraba inminente compañía; lo mismo se trataba de sus padres. Besó a Carlos en los labios de manera rápida y se colgó de su brazo.
Marta entró al teatro exhibiendo una sonrisa que dejaba ver todas las perlas de su boca. ¡Por todos los santos! Era su gran noche y estaba nerviosa. Desde el palco asignado tenía una excelente visión del escenario. El telón era un precioso lienzo de algodón pintado al temple por el escenógrafo cartagenero Francisco Moreno, al que Marta tenía en gran estima. El artista era famoso por sus representaciones escenográficas en las ferias de Cartagena. Ya soñaba ella con sus hermosos dibujos adornando las cubiertas de sus libros.
Las aterciopeladas sillas rojas comenzaban a llenarse. Algunas señoras hacían corrillos para comentar los últimos chismorreos de la alta sociedad, sin reparar en que los trajes que lucían algunas de ellas eran más aptos para el escenario que para la calle. ¡Lo que hubiera dado Marta en ese momento por gritarles a todas esas cacatúas que la obra que estaban a punto de ver había salido de su puño y letra! Si la sociedad a la que ella pertenecía descubría el engaño, la crucificarían, dejarían de publicarle sus cuentos y, lo que es peor, su familia sufriría la mayor de las vergüenzas.
La luz disminuyó; los jefes de sala acompañaban a los últimos rezagados a ocupar sus asientos. En pocos minutos, la araña de cristal del Apolo se apagó por completo.
¡¡Arriba el telón, comienza La rosa de papel, escrita por Javier Bastida!!
Marta aguantó las lágrimas. La emoción que sentía era indescriptible.
Lola Gutiérrez es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.
