Javier Sánchez Páramo
Cleopatra.
¿Quién no conoce a la gran reina de Egipto?, ¿Quién no sabe de sus romances con
el poder de Roma, de sus chapuzones en leche de burra, de sus amplios
conocimientos lingüísticos, de su suicidio mediante la mordedura de una áspid?
Pero, ¿realmente conocemos a Cleopatra VII, Filópator, la mujer histórica?,
¿o conocemos a Cleopatra, personaje
principal de decenas de películas, series, obras teatrales...?, ¿la realidad, o
la ficción?
¿Se puede conocer
la realidad objetiva de un personaje que vivió hace más de 2.000 años?,
difícilmente. Pero sí vamos descubriendo que, una vez más, la historia no es
como nos la han contado. En los últimos tiempos, dentro del ámbito de los
estudios históricos de género, la figura de Cleopatra ha sido revisada por no
pocos autores; Duane W. Roller, Kara Cooney, Stacy Schiff…, por citar algunos.
Una lectura en profundidad de esos estudios nos lleva a descubrir que ese
personaje frívolo, seductor, displicente, esa femme fatale, que nos ha
transmitido la gran pantalla, y la pequeña, en los últimos tiempos, poco o nada
tiene que ver con la realidad, o en el
mejor de los casos, sería tan solo una parte de ella.
La Historia no
es una serie de hechos que ocurrieron en el pasado, y estudiamos en el
presente, es algo mucho más complejo. Lejos de lo que les pueda parecer a los
neófitos, seguidores de historiadores de redes sociales, la Historia es algo
mucho más complejo. Es como un gran río con numerosos afluentes, a veces más caudalosos,
a veces menos, con aguas bravas y turbias, con zonas de cristalino remanso, con
pasos angostos y con tramos anchos y caudalosos, un río que desemboca en sí
mismo para volver a fluir una y otra vez. Es decir, la Historia, incluso la más
remota que podamos imaginar, se está reescribiendo continuamente.
Volvamos a
nuestra querida Reina para entender esto. Las primeras noticias escritas que
han llegado hasta nosotros sobre Cleopatra proceden de Plutarco, que nació 66
años después de la muerte de esta. Apiano, escribiría sobre ella tras más de un
siglo, más de dos siglos para los escritos de Dion Casio… Añadamos, no hace
falta ser muy observador, que solo escribieron sobre ella sus enemigos, los
vencedores. Cleopatra atesoraba en su persona varias cualidades que la hacían
poco querida para la amplia mayoría de los romanos; mujer, rica, extranjera,
inteligente...vamos, ¡un desastre! Como vemos, mimbres demasiado endebles para
hacer un buen cesto. ¿Qué sabemos?, amaba a Egipto, o al menos ser una gobernadora
eficaz para su país, era inteligente, mucho, y con unas enormes dotes para la
diplomacia, con una visión de lo que hoy llamaríamos la geopolítica, más que
destacable, efectivamente debía expresarse notablemente, al menos, en latín y
griego, y poseer una vasta cultura que la hiciera una muy agradable compañera
de conversación. Probablemente, esta última fuera una de sus más poderosas
armas de seducción, mucho más que su supuesta belleza, o su voluptuosidad, y
que la hiciera destacar entre sus compañeras de género. Si su nariz tenía más o
menos centímetros, si la leche en la que se zambullía era de burra, vaca, cabra
o camella, si se envolvió en una alfombra para colarse en los aposentos
imperiales, o si se suicidio mediante una sobredosis de veneno ofídico, es otra
historia que nadie sabe.
Otra historia
que ha ido construyendo en el inconsciente colectivo la imagen que tenemos hoy
de la Reina. ¿Qué es hoy Cleopatra? De todo; marca de cigarrillos, personaje de
videojuegos, nombre recurrente de locales nocturnos, un mito, una marca,
incluso un asteroide lleva su nombre. Un asteroide, por cierto, con una curiosa
forma que invito al lector a que descubra. Pero sobre todo, cómo si de otro ser
se tratara, Cleopatra ha sido, y es, uno de los personajes históricos más
representados en la pantalla, hasta el punto que podríamos decir que ese alter
ego, esa Cleopatra de ficción, ha tenido, y tiene su propia historia.
Todo comenzó a
principios del siglo XVII con la obra Antonio y Cleopatra, de William
Shakespeare. Curiosamente, y pese a los precedentes negativos ya comentados, el
autor inglés creó un personaje de una importante profundidad sicológica, una
gran política y una mujer enamorada, pero ya sabemos que en el teatro, por la
naturaleza propia de dicho arte, las características, los sentimientos, los
gestos...deben ser exagerados, y tal vez, ese fue el origen de la mujer
ambiciosa, calculadora, peligrosa, intrigante, que acabaría por implantarse
cuando el cine hizo su aparición. Además, al igual que la mujer histórica, esas
“Cleopatras” de ficción también fueron hijas de su tiempo, para lo bueno, y
para lo malo. Veamos algunos apuntes sobre ellas.
Cleopatra (1917). Theda Bara: A comienzos del siglo XX existía una cierta inquietud en cuanto a cómo podía verse modificada la sociedad ante esa nueva mujer que estaba surgiendo a partir del movimiento sufragista. Para no pocos, la libertad femenina era algo peligroso, y casi exótico, una rareza, algo contra natura. La ambiciosa reina egipcia era perfecta para mostrar ese exotismo. Una “reina vampiro”, que utilizaba su sexualidad para dominar emocionalmente a sus poderosos amantes. Por supuesto, en este film, a Cleopatra no le importa su país, ni el poder político, solo depredar, fagocitar a los hombres poderosos de Roma mediante sus encantos para destruirlos por el simple placer de hacerlo, su escasa inteligencia no da para más.
Cleopatra
(1934). Claudette Colbert: La leve, pero significativa para la época,
incorporación de la mujer al mundo laboral, y los tenues avances en su papel
social, nos muestran a una Cleopatra más sofisticada; dicharachera, pícara,
casi humorística. Por supuesto es una mujer, y su arma solo puede ser la
seducción, pero esta se ha refinado, ya no es solo un ser malvado, sino alguien
con un mayor sentido de la estrategia. Parece que la mujer va aprendiendo a ser
inteligente, y eso, tal vez, la haga más peligrosa, ¡cuidado! Como anécdota de
esta cinta, Cleopatra aparece en varias escenas con unos zapatos de tacón, del
estilo de los zapatos de baile, eso le podría hacer a Claudette Colbert unas
piernas más sensuales, aunque la arqueología jamás haya encontrado, ni de
lejos, unos zapatos parecidos en el Antiguo Egipto, pero...¿quién sabe?
César y
Cleopatra (1945). Vivien Leigh: Aquí el cambio es sustancial, según muchos
críticos, unas de las interpretaciones de mayor riqueza sicológica de la
historia del cine. Acaba de finalizar la Segunda Guerra Mundial, y esa nueva
mujer, que surge de la obligación de haber tenido que asumir responsabilidades,
liderazgos, toma de decisiones autónomas, etc. de nuevo se ve reflejada en la
Reina egipcia. En esta ocasión, asistimos a la evolución desde una relativa
inocencia, hasta una figura de poder fuerte, valiente, estratégica… Por
supuesto, esto ocurre de la mano de su “valedor”, Julio César, pero, en esta
ocasión, guste o no, debemos admitir que es muy probable que así fuera.
Cleopatra
(1963). Elizabeth Taylor: La Cleopatra por excelencia, la actriz que se
convirtió en el personaje, la Gran Película. Socialmente nos encontramos en la
llamada segunda ola del feminismo. Estamos ante un personaje complejo, gran
política, con capacidad de mando y visión de futuro, poderosa… pero, al tiempo,
profundamente enamorada y de una gran fragilidad emocional, ya que la película
se centra, tal vez en exceso, en los aspectos privados y románticos. ¿Puede una
mujer, con lo enamoradizas que son, acumular tanto poder sin que todo se vaya
al garete?, parece preguntarnos el guionista en un susurro desde algún rincón
oculto.
Por supuesto,
no podemos olvidar que el cine es un negocio y lo primero es vender, por lo que
no podemos pretender que los largometrajes, de cualquier índole, sean fuentes
históricas fehacientes. “Esto ocurrió así por que lo vi en tal película” es una
frase recurrente de los “historiadores de kiosco” que provocan en un servidor
la sonrisa o el cabreo según el estado de ánimo, sobre todo si va seguido de
un, “no, no, es que es muy buena película”.
Por supuesto
hay muchas más “cleopatras”; las que nos dejamos en el tintero del cine, las
divertidas de Astérix, las polémicas de recientes series políticamente
correctas, correctísimas, correctisísimas, incluso “cleopatras” galácticas de
dibujos animados. Pero, tratando de tomar una visión de conjunto, no deja de
ser curioso, como persona y personaje, evolucionan en una perfecta simbiosis;
desde la irresistible fuerza salvaje que todo lo consigue y todo lo domina a
través de sus encantos, hasta la mujer formada, culta, inteligente, que si
tiene que recurrir a dichos encantos, lo
hará, pero solo como una herramienta más de sus refinadas estrategias. Como he
apuntado, también este último extremo, ya se ha visto exagerado hasta extremos
delirantes que, cerrando el círculo, tienen bastante poco, siendo generosos, de
históricos.
Como, casi siempre, en el término medio estará la virtud. Mientras hallamos dicha virtud, no está de más, olvidarse de todo lo escrito y pasar una agradable tarde de sofá viendo “una de romanos”.
Javier Sánchez Páramo es historiador. Está galardonado con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.
El artículo es un extracto de la ponencia con la que participó en el Congreso Internacional "Entre la Pluma y la Gran Pantalla. Escritoras y Personajes Femeninos de Cine", organizado por la Universidad de Salamanca.
