Consumación

 

Ricardo Taboada Velasco

A las 24:00 h., todo acaba y empieza; sin embargo, el lucero nos sigue mirando.

Llegó el ansiado 2022 con muy pocos cambios; a pesar de que Sauri, la vecina silenciosa, se fuera inesperadamente. Sauri, en este momento, camina por el mundo sin ruido, donde las pisadas son solo recuerdos. Y nosotros al pasar por su puerta la llamamos en silencio: «¡Sauriii!» y proseguimos con el vacío de su presencia tras la ventana por donde siempre nos saludaba, camino al hórreo. Su esposo, Ramón, pasados unos meses se fue con ella. En los amaneceres echamos de menos el carraspear y el runruneo de su viejo todoterreno.

Me dicen que el virus maligno, que se había adueñado de las entrañas de Valentín, lo besó con los labios estériles y sus ojos se hicieron noche. No he podido despedirme de él y lloro de melancolía. Se cerró el mirador de su vivienda. Ya no hay una mirada vigilante y protectora de Levinco. Sé que he perdido un referente de mi niñez, con quien he compartido juegos. Sin él veré de manera diferente el pueblo, el río y las montañas.

La casa de mis abuelos ha sido comprada por una mujer y la están restaurando. Habrá un nuevo hogar, nuevas vidas y muchas ilusiones tras las hormas de sus aposentos. La alquila a jóvenes esquiadores y sus parlanchinas paredes arengan explicaciones de sus deslizamientos por las blancas montañas.

Hemos vuelto al hórreo. El raspeo de mi mano al pasármela sobre mis mejillas rompió el profundo silencio de la alcoba que se había adueñado de la oscura y canosa madrugada otoñal. Esperé, maquinalmente, como hacía un año por aquella fecha, para escuchar el quejido griposo del todoterreno del vecino Ramón, pero solo escuché el canto afónico del Gallo Quirico. La margarita del tiempo fue deshojada por el martilleo metálico del reloj de la capilla. Antes de desayunar me asomé al ventanal e inspiré hondamente para adueñarme de los vahídos del naciente día. Aguardé. Busqué a Rodolfo y al ver que no lo veía salí por los alrededores del hórreo.  Rodolfo no apareció. Ahora hay otro huidizo gato posicionándose en los mismos rincones que Rodolfo y noté la presencia de roedores en los alrededores. Las ventanas de la silenciosa Sauri estaban bajadas; tuve que recordarme que ella, Ramón, Valentín y… partieron hacia el mundo de los recuerdos, como yo y todos, hemos de hacerlo por el simple hecho de estar vivos.

¡Qué suerte! Con la llegada de la Navidad 2022 hemos reiterado, mi mujer y yo, en compañía de dos nietos, las caminatas por mi monte. Y repetí a mis retoños los motivos de hacer el fatigoso itinerario, a la par que les comentaba el nombre de los parajes y de quiénes habían sido las caserías, algunas abandonadas. Sé por mí mismo y mi mujer, también, que en los andamios de la naturaleza: los sentimientos y los recuerdos, suelen garrapatear en los fondos de las emociones favoreciendo la sensibilidad y un «algo», que deja posos en algún lugar incierto del cerebro; vínculos que no se ven pero se sienten y harán sentir a otros. Una de las formas más sencillas es hacer caminos con nuestros retoños. Encima, desde las alturas se pueden contemplar nuestras nimiedades, que pueden empezar a servir para darnos cuenta de lo que realmente somos.

Encontramos a Bernar. Estaba, como siempre, en su cubil cuidando a las cabras y a las ovejas, acompañado de una vieja y amigable cabra que nos miró con sus pupilas rectangulares de cabra veterana.

—Esta cabra, que está preñada, lleva tiempo conmigo, es muy dócil. Hace dos años un lobo la mordió en el cuello y en una pata, pero pude socorrerla —nos dijo mientras la apacible mirada de la cabra contemplaba a los niños que osaron tocarla—. Le tengo un apego especial. Ella también me lo debe tener. Las ovejas estaban pastando con el burro en el prado. No hay corderos, los vendí todos —haciendo una pausa—. Cuesta venderlos… pero no hay más remedio.

—¿Cómo se llama la cabra? —dijo Mari Juana.

—Cabra —respondió con naturalidad Bernar.

A continuación, Benar, hizo una pequeña caminata con nosotros por los alrededores. Inmortalizamos el momento haciéndonos una foto con los nietos en nuestro monte. Al volver la cabra estaba fuera de la cuadra esperándonos, había abierto la puerta sola. Seguidamente, nos despedimos deseándonos un feliz año nuevo y emprendimos el camino de vuelta.

Las cabras, las ovejas y las vacas, en este caso la Casina o Asturiana de Montaña, hacen un servicio ambiental protegiendo y garantizando el medio: mi monte y a la par el de todos; debería haber más «Bernardos» pero… 

En nuestra estancia en el hórreo nos hemos cobijado en el manto de montañas que arrebujan el río y a mi aldea natal. Notamos —mi compañera y yo— cómo la noche va cayendo en el otoño de nuestras vidas para ir aproximándose al estéril invierno. Personalmente, volví a hermanarme con la humanidad de las personas que cargan con el peso —heredado— de una cultura que se disipa con cada persona que parte al otro mundo. He soñado, oído y pisado las arrugas de los caminos; y he visto el cambiante contraste de colores que sólo el otoño puede ofrecer; y he llegado a vislumbrar que todo termina y se funde en el horizonte. Y por último, los vientos otoñales deshojaron las florezcas de la primavera y como una pompa de jabón empezamos a vislumbrar las blancas cortinas del invierno, donde se disipan las nostalgias hasta que llegue el silencio.

Por mi parte y la de mi mujer, no podemos ni debemos perder los ensimismamientos de las caminatas y la impronta de las mismas hechas en el papel. El instinto, que los seres tenemos de supervivencia, nos ha de servir para regenerarnos y culminar las agresiones al entorno con el único objetivo de seguir vivos y mantener nuestro edén. La Tierra era, es y será la esperanza de la aventura de todo ser vivo que habita en ella.

Recuerdo que —no he de olvidar— en un principio el Gallo Quirico, del cuento,  era goloso y presumido, se limpiaba el pico con las yemas de las hojas nuevas e iba rompiendo con las uñas de sus patas lo que encontraba a su paso, pero la epidemia que se extendió traspasando fronteras y causando tantas muertes, lo cambió: acordó, consigo mismo, quejarse menos y se arrepintió de sus burradas respetando el entorno y disfrutando de las mañanas alabando el poder de la aurora y cantándole al nuevo día.

Nosotros en Levinco —en nuestro cuchitril— hemos despertado con el cántico del gallo, hemos compartido y oído el aruñar de los gorriones en la techumbre, nos hemos acurrucado cuando los vientos silbantes azotaban las contraventanas; dormido con el relajante sonido de la lluvia en las tejas; pernoctado con los sonidos del silencio, con los carraspeos de los ratoncillos, el silbido aflautado de las aves nocturnas y el rítmico ulular de los autillos; vivido acompañados de la modesta lagartija, de la sabiduría de las abejas, del mutismo y la soledad de las arañas, del señorío, la delicadeza y la fragilidad del gato Rodolfo; disipado nuestra petulancia ante la humildad del reino vegetal y animal, cotejado nuestra vulnerabilidad e insignificancia bajo el piélago infinito de astros en movimiento. Y, como el Gallo Quirico, aprendido a despertar el reloj interno del tiempo traspuesto en las estaciones y en los amaneceres.

Esa misma noche, suelo tenerlo por costumbre, mientras contemplaba sentando en la parte trasera del hórreo el firmamento colmado de estrellas, Jorge, el mayor de mis nietos, se acercó, se sentó y se arropó junto a mí, con sigilo, tomando mi misma postura contemplativa. Esperó en silencio dejándose abrazar por la profunda quietud que el manto de la bóveda cósmica nos ofrecía.

—Esta noche es ideal; una oportunidad magnífica para observar las estrellas. Pronto, dentro de unos días, se producirá las Gemínidas: una lluvia de meteoros espectaculares —dije rompiendo la calma reinante.

—Abuelo..., ¿esa estrella que luce tanto es Venus?

—Sí, y esa —señalé— es Saturno, y la de más allá Júpiter.

—Me gusta estar aquí junto a ti, contemplando el firmamento de estrellas —dijo mi nieto.

Seguimos, un tiempo indefinido, los dos abstraídos, esplendorosamente contemplando el infinito firmamento de estrellas.

—Esto que estamos haciendo era muy habitual que lo hicieran nuestros antepasados para reflexionar sobre nuestra presencia en este mundo —dije yo— ¿Sabes lo que es ser feliz?

—Estar… a gusto —respondió titubeando.

—Ser feliz es… esto: lo que estamos haciendo —dije y esperé algún comentario por su parte—. Ahora soy feliz —confirmé—. Lo soy porque estoy con mi nieto relajadamente, hablando y vislumbrando el cielo atiborrado de estrellas; así de simple es la felicidad.

Y seguimos acompañados de los habituales ululaos de las aves nocturnas en la profundidad del silencio que los astros transmitían, pero no tardaron de ser rotos por las pisadas de Mabel, la otra nieta.

—Mabel, siéntate y relájate viendo las figuras de animales que hacen grupos de estrellas —invitó Jorge, su hermano.

Apenas se acercó Mabel a nosotros se acomodó sentándose en la tenobia y se acurrucó en el otro hombro, imitando a su hermano. Pasado un escueto tiempo preguntó:

—Abuelo… ¿qué animal te gustaría tener como mascota?

—No… lo he pensado —respondí titubeante.

—Di uno —dijo imperativamente.

—A mí me gusta que los animales sean libres y vivan en su medio natural.

—Si pudieras crear un animal, abuelo, ¿qué animal crearías? —continuó, Jorge, añadiendo una nueva interrogación.

—¿A qué… te refieres como animal? —interpelé perplejo.

—Uno, el que tú quieras crear  —respondió con naturalidad—. Puede ser lo que tú quieras.

—Yo no puedo crear —dije suspenso—, solo Dios puede crear animales —revelé como recurso.

—Vamos a suponer que puedes hacerlo —dijo comprometiéndome—. Puede ser humano —añadió para complicarme más la respuesta—. Tiene que ser el mejor.

—Sí es verdad que las estrellas sirven para reflexionar —manifesté confuso—. No resulta fácil.

—Pero tú busca, crea… como si fueras Dios.

—Déjame un poco de tiempo —dije igual de desconcertado.

—No, dímelo, ahora —insistió—. El aspecto también. —Hundió la respiración apoyando la cabeza sobre mi hombro.

—Pues… lo mejor, creo…, es que camine erguido, con dos patas, así puede tener una visión más amplia de lo que le rodea. Bien podría ser de aspecto humano, pero un tercio de él con las virtudes del Gallo Quirico: perseverante, valiente, puntual, fiel y optimista, para trasmitir y animar a vivir con alegría un nuevo día con su quiquiriquí. El otro tercio las virtudes del gato Rodolfo: elegante, inteligente, digno, carismático y libre para que nadie lo domine. El resto las virtudes de los humanos: sentimental, solidario, alegre, comunicativo, inteligente para inventar y progresar; no obstante, habría que eliminar por cualquier medio: la envidia, la crueldad para evitar muertes innecesarias, y la codicia por el afán de riqueza, que inclusive la avaricia por el placer de atesorar bienes. Este es el animal que considero ideal ¿Qué opinas? —dije aliviado.

Los tres nos dejamos ganar por el silencio, hasta mi nieta se dejó envolver por la misteriosa noche estrellada. Pasado un tiempo mi nieto prosiguió la conversación como la habíamos dejado.

—Me preguntas qué opino, pues… sí, no sé… cuando no tengo respuesta, digo: pues no sé—explicó mi nieto.

—¿Y por qué crees que no tienes respuesta?

—Porque no sé cómo expresarlo bien en esta ocasión —dijo con sencillez.

—Ja, ja, ja: me río porque no es nada fácil. Yo también tendría la misma respuesta. Dar vida —expuse—, aunque sea en sentido figurado, es cosas de los dioses… Los seres vivos, si viven en libertad y son libres, tienen tendencia a evolucionar; por esa razón, debería barnizar, al personaje, de esa bondad que ambos tenéis y que suelen tener los niños. Y… si fuera posible, pulverizarlo, de vez en cuando, con polen de abeja para que atomice de humanidad a los semejantes.

Apoyada la cabeza en la pared del hórreo, los tres, contemplativos, dejamos pasar el tiempo y la calma.

—¿Os habéis dormido? Ya es hora de bajar. A cenar y  a acostarse —dijo la abuela al asomarse por el asentamiento en modo imperativo.

Y obedientes partimos en silencio a cenar.

Antes de que el bastidor deje que el gran lienzo, de esta crónica, se pose sobre el suelo, he de añadir que Xuso también cerró, de repente, el baúl de su clarividencia y partió llevándose en los bolsillos las llaves de sus dichos comunes.

Retorné por los mismos caminos de «mi monte». Bernar me dice que los lobos le mataron dos ovejas y tres cabras. Me encaramé hasta los Asentaeros y me acomodé para paladear las maravillosas panorámicas que desde allí se pueden vislumbrar. El olor del viento que antes ondulaba con dulzura los pastizales se había disipado por el fuego. La inhumana mano humana quemó, incomprensiblemente, lo que la naturaleza silenciosa había creado durante centenares de años. La ruta del enigmático, fangoso y cegado por la vegetación, donde persistentemente se dijo que era guarida de osos del Reguerín estaba chamuscada, aniquilada.

Hacía un par de meses que habíamos tomado la decisión de visitar Israel y Palestina para resarcirnos del confinamiento que habíamos vivido por el coronavirus. Pisoteamos por la llamada «Tierra Santa». Pudimos cruzar los muros y las barreras levantadas entre ambos pueblos y culturas; si bien, encontramos buena armonía entre ambas partes: gente sencilla y amante de la paz. Al bajar del monte me informo que se inicia un nuevo conflicto entre Israel y laYihad islámica de Hamás. Visto lo visto, me quedo sin calificativos. Busco una razón de ser y de no ser, también una comprensión de nada, cuando creemos saber de todo a la vez. Donde había concordia hay desolación, muertes, injusticias y ríos de sufrimientos. ¿Somos una especie animal civilizada?

Y mis oídos tuvieron la sensación que el Gallo Quirico atemperaba el ambiente del gallinero con un quiquiriquí en tono barbilampiño. Al ver a Toni, el dueño del gallinero, le pregunté:

—¿Le pasa algo a tu gallo? Tiene un canto diferente.

—El gallo que tú dices ya ha pasado por  la cazuela —respondió mostrándome el lado oscuro de una bonachona sonrisa.

Lo miré confuso, sin saber qué hacer ni qué decir. Mis ojos no emitieron ningún gesto, a la par tuve un escalofrío emocional. 

Poco después, el longevo organismo de Gustavo fue desbaratado por un virus misterioso llevándose su caminar sigiloso y; su saber ser y estar por los pasajes de la ausencia eterna.

Me marcho del pueblo. A lo lejos se pierden los ladridos de unos perros. Vaporosas diademas de humos grises coronan las chimeneas. Mi pueblo vive, pero… por cuánto tiempo.

Por último, he llegado a la conclusión que el paso de las estaciones dan sentido a la vida y que cada individuo nace con habilidades únicas; muchas no somos conscientes de tenerlas. En mi mente, desde que tengo uso de razón, ha ronroneado un refrán: «Hasta el mono se cae alguna vez del árbol». La estela que dejamos, en nuestro caminar será más grande cuanto mayor sea el camino andado; no obstante, no tardará en fundirse en la tierra del camino. ¡Qué bonita es la vida!

El telón al llegar la silenciosa tarde se bajó y se completó el otoño.

Capítulo de “El gallo Quirico, el gato Rodolfo y dos jubilados en hórreo”, de Ricardo Taboada Velasco.

Ricardo Taboada Velasco es delegado en Asturias de la Unión Nacional de Escritores de España.