Desde que el ser humano comenzó a mirar hacia las montañas, las cumbres han ejercido sobre ellas una fascinación difícil de explicar. Elevadas sobre los valles, aparentemente más cerca del cielo que de la tierra, fueron consideradas desde tiempos remotos lugares sagrados, morada de dioses, espacios de culto y escenarios propicios para establecer comunicación con lo sobrenatural. Mucho antes de que los montañeros alcanzaran sus cimas por afición o deporte, las montañas ya estaban cargadas de simbolismo.
De aquella antigua relación entre el hombre, la altura y lo sagrado procede, en buena medida, una costumbre que todavía encontramos en numerosas montañas: la colocación de cruces y otros objetos en las cumbres.
La cruz cristiana comenzó a aparecer en las montañas europeas especialmente en aquellos lugares vinculados a comunidades rurales, ermitas, peregrinaciones o tradiciones religiosas. En muchas ocasiones no se trataba de alcanzar una gran cumbre, sino de elevar una cruz sobre una montaña cercana al pueblo. Desde allí podía ser contemplada desde los valles y se convertía en un símbolo protector para quienes vivían a sus pies.
Con el paso del tiempo, esta costumbre adquirió nuevos significados. La cruz dejó de ser únicamente un elemento religioso para convertirse también en testimonio de una ascensión, recuerdo de una persona, conmemoración de un acontecimiento o expresión de agradecimiento. Algunas fueron colocadas por grupos de montañeros después de una primera ascensión; otras recuerdan a compañeros fallecidos en la montaña.
Durante los siglos XIX y XX, con el nacimiento del alpinismo moderno, la conquista de las cumbres adquirió una dimensión diferente. Alcanzar una cima dejó de estar reservado a pastores, cazadores o habitantes de las montañas y pasó a convertirse en una actividad deportiva, científica y exploratoria. Los primeros alpinistas comenzaron a dejar señales de su paso: pequeñas placas, inscripciones, banderas y, en ocasiones, cruces.
En España esta tradición está muy extendida. Son numerosas las montañas que poseen una cruz en su cima o cerca de ella. Algunas son modestas estructuras metálicas; otras, verdaderos monumentos construidos gracias al esfuerzo de sociedades excursionistas, parroquias o vecinos de las localidades próximas.
La colocación de una cruz en una cumbre suele tener además un carácter colectivo. No pocas veces supone transportar hasta lugares de difícil acceso materiales que pesan considerablemente, preparar el emplazamiento y fijar la estructura para resistir nieve, hielo, viento y tormentas. Todo ello convierte su instalación en una pequeña aventura montañera.
Pero la cruz no es el único objeto que encontramos en las cimas. En numerosas montañas aparecen también buzones de cumbre, pequeñas cajas metálicas destinadas a guardar libros o cuadernos en los que los montañeros anotan su nombre, la fecha de la ascensión y alguna reflexión personal. Esta costumbre, muy arraigada en determinadas zonas, constituye una especie de libro de visitas suspendido sobre las montañas.
También encontramos placas conmemorativas, pequeños belenes, figuras religiosas, banderas, piedras apiladas, medallas, fotografías y otros objetos depositados por los excursionistas. Algunos tienen un evidente valor sentimental: una fotografía de un familiar, una placa dedicada a un compañero desaparecido o un pequeño recuerdo dejado después de una ascensión especialmente significativa.
Existe, sin embargo, una diferencia importante entre dejar un testimonio respetuoso y convertir la cumbre en un lugar de acumulación de objetos. La montaña, especialmente en los espacios protegidos, es un patrimonio natural que debe conservarse. Por ello, la tendencia actual entre muchos montañeros es procurar que las cimas mantengan su aspecto natural y evitar la instalación indiscriminada de nuevos elementos.
Hay en todo ello una antigua necesidad humana: marcar el lugar alcanzado. Desde los montones de piedras que señalaban antiguos caminos hasta las cruces, placas y buzones de nuestros días, el hombre ha sentido la necesidad de dejar una señal cuando consigue llegar a un lugar difícil. Es como decir: «Estuve aquí».
Pero quizá la verdadera belleza de esta tradición no esté en el objeto que permanece en la cumbre, sino en la historia que lo acompaña. Una cruz oxidada por los años, una placa casi borrada por la intemperie o un pequeño buzón pueden guardar detrás una ascensión, una amistad, una promesa, una pérdida o simplemente la ilusión de un grupo de montañeros que quiso dejar constancia de su paso.
Las montañas, sin embargo, permanecen. El viento continúa golpeando las cruces, la nieve las cubre durante el invierno y el sol vuelve a descubrirlas en primavera. Y mientras tanto, generación tras generación, nuevos caminantes alcanzan la cima, se detienen unos instantes junto a ellas y contemplan el paisaje.
Quizá ésa sea la verdadera tradición de las cumbres: llegar hasta lo más alto, mirar alrededor y comprender que, aunque dejemos una pequeña señal de nuestro paso, somos nosotros quienes terminamos formando parte de la historia de la montaña.
Clemente
González está galardonado con el escudo de oro de la Unión Nacional de
Escritores de España.
