Cuarenta y cinco minutos


Demasiadas horas en esta estúpida sala de espera. Con los brazos cruzados, miro al techo. ¿Cuánto tiempo queda o dónde está la solución para Elena? Quizás debería rendirme, dejar de remar a contracorriente. Aceptar que mi compañera puede morir. No, eso nunca. Mi puta cabeza viaja más deprisa que la luz.

Me han preguntado miles de veces: «¿Por qué sigo al lado de una persona enferma?». Y miles de veces he respondido lo mismo: «¡Cuando me enamoré de ella, no me dieron ticket regalo para cambiarla!». Algunos entienden la broma y sonríen; en cambio, otros me miran con ojos dilatados. No me arrepiento, mi respuesta es menos cruel que su pregunta. Por eso, no le cuento a nadie que la mujer que amo está enferma. Además, disimulan tan mal frente a ella... Esas miraditas de pena me irritan, me sacan de mis casillas.

Elena tiene cáncer, pero no es tonta. Entiende perfectamente el lenguaje corporal, lee tus ojos, bucea dentro de ellos. Se sumerge en profundidad, se mete hasta el último rincón del alma. Elena odia que la traten como a una niña pequeña. Sabe perfectamente cuándo mientes, cuándo estás preocupado.

—Nunca entenderé por qué la gente piensa que por haber perdido el pelo, peso, o cojear, han de tratarme de forma diferente —se queja conmigo.

Yo le agarro la mano, le dedico una enorme sonrisa y le digo que la quiero. La quiero por las mañanas, al levantarme; la quiero al caer la tarde. A esa hora la llamo por teléfono desde la oficina y le mando millones de besos ruidosos. Más la quiero de noche, cuando llego a casa y la acuno entre mis brazos; es nuestra hora mágica. Apretadita contra mi pecho, le cuento todo lo que hice, incluso canto la canción que venía escuchando en el coche. Hablo y hablo sin parar; muchas veces resulta agotador, pero lo hago para que ella no piense. No quiero darle tregua a los tontos revoloteos que intentan taladrar su cabeza.

Cuando se pone pesimista hago el payaso, intento hacerla reír. Elena se agarra a lo que sea. Hay días que rebosa alegría por el simple hecho de estrenar unas zapatillas de la tienda de la esquina. Tiene cien pares. Al principio me dio por llevarle macetas; están todas en el patio: cuidadas, regadas, llenas de vida y de color.

Esta noche le prepararé algo especial para la cena. Será algo bonito: velitas, música... seguramente escogeré bandas sonoras: La Misión, Memorias de África, Desayuno con diamantes, Cinema Paradiso; cualquiera de Mancini, Glenn Miller o el gran monstruo de Ennio Morricone. A continuación, veremos alguna película. Aquí cambiamos de registro: siempre nos decantamos por las comedias. No sé cuál; la elección se la dejo a ella.

Llevo veinticinco minutos divagando, pensando mil y una tonterías; veinticinco minutos que me parecen siglos. Elena está con la doctora Celia Melgar. No ha querido que la acompañe; no ha querido que entre con ella a la consulta para que le den los resultados de las últimas pruebas. He respetado su decisión, claro está, a regañadientes.

—Hola, Javier —me saludan.

Dejo de pensar en esos terribles veinticinco minutos —ya veintiséis— y le dedico una sonrisa al hombre que acaba de entrar a la sala. Me pongo de pie y estrecho su mano.

—Ramón, me alegra verte. ¿Qué tal? —correspondo al saludo.

—No estoy bien, hijo —dice con tristeza.

— ¿Maruja no te acompaña?

Ramón lo niega con la cabeza. Supe que algo desagradable había pasado. Abrí la boca, pero Ramón no me dejó preguntar.

—Maruja se ha cansado de mi cáncer.

Aquella revelación sonó como si hubiera pedido un cortado en cualquier cafetería. Eso me deja descolocado. Miro a mi alrededor antes de agarrar a Ramón por el brazo. Ocupamos un par de sillas; podemos hablar a solas, con tranquilidad, pues no hay nadie más.

—Lo siento, lo siento de veras —balbuceo.

—No todo el mundo sabe amar en la salud y en la enfermedad.

Las palabras de Ramón tocan mi corazón, aunque su tono de voz sigue siendo irónico. Tengo junto a mí a un hombre abatido, roto, enfermo y descorazonado. Nunca le he preguntado la edad a Ramón; calculo que tendrá cincuenta y tantos. Profesor de universidad, educado, culto. Maruja, su mujer, andará en la misma línea de años. Coincidíamos todos los meses en la sala de espera; una sala tan desagradecida para algunos como bendita para los que se van de alta.

—Llevo cinco años batallando, al igual que Elena. Siempre te he visto sonriente, apoyando a tu mujer—rompe el silencio—. Para Maruja todo son inconvenientes; me ha costado admitirlo, pero lleva razón. No puedo atarla a mi lado, la enfermedad es mía. Hace quince días se marchó de casa —añade, para estrujarme la garganta.

¿Qué se dice en estos casos? Tengo cuarenta y dos años; Elena, treinta y ocho. No me imagino la vida sin ella. La aparición de una enfermedad grave puede hacer peligrar el equilibrio de un matrimonio. El hecho ocasiona una brecha, un punto de inflexión que bien puede fortalecer la vida sentimental, como en mi caso, o destruirla, como en el de Ramón. Agarro una de sus manos y la aprieto con fuerza. Le deseo ánimo con el apretón: valentía, tesón y, sobre todo, muchas ganas.

—Me siento raro; fíjate si estoy raro que, de alguna forma, agradezco su huida —prosigue.

—¿Por qué dices eso? —pregunto.

—La vida es lo más bonito que poseemos. Ahora mismo solo me interesan los amaneceres, la gente, las plantas... todo lo que se mueve por sí solo. Lo que somos capaces de ver y lo que no, como el viento. Mis días antes de enfermar eran blancos o negros. No me gustaba comunicarme con personas fuera de mi entorno de trabajo. Estaba absorto en todo lo referente a la universidad. Te parecerá extraño, pero esta puñetera enfermedad me ha dado más vida de la que nadie pueda creer.

Asiento con la cabeza.

—Elena me dijo algo parecido hace meses —solté, intentando recordar la frase—. «No quiero más horas de vida, quiero más vida a mis horas» —recité del tirón.

—Eso es. Empecé un camino lleno de miedos, incertidumbres, quimioterapia, radio... muchos cambios físicos que me han hecho sentir un bicho raro. Aunque el mayor cambio ha sido psicológico. Yo no vivía, la vida me llevaba. Me he perdido tantas cosas. Vivía de cara al qué dirán.

—¿Qué dicen tus hijos? —me intereso.

Ramón se encoge de hombros antes de negar con la cabeza.

—No les he dicho nada. Uno está en Boston, el otro en Canadá. ¿Para qué voy a preocuparlos más? Tampoco quiero que piensen que su madre es un ogro, porque no lo es. Supongo que Maruja también lo estará pasando mal, se sentirá desbordada. Han sido meses intensos, bastante malos. Ella es humana y está sana. No puedo culparla de nada.

—Tú la necesitas a tu lado.

—Algunos enfermos nos volvemos egoístas. Hasta ahora no he valorado todo su apoyo. Maruja me llama todas las noches; los dos primeros días no quería hablar con ella. Supongo que lo hacía porque debía actuar así. No lo sé. Ya te digo que ando raro. Lo disculpo todo con tal de no pensar.

—Haz siempre lo que te convenga, lo que mejor te haga sentir a ti. Lo que menos duela.

—No me duele. Lo digo en serio. Eso es lo que me asusta. Ahora solo pienso en mi lista de objetivos.

—Déjame adivinar… Vas a escribir un libro.

Ramón sonríe antes de contestar.

—No, qué va. Quiero lanzarme en paracaídas. Si tengo permiso de la doctora, claro.

—Cualquiera lo diría —sonrío también.

—He vivido para mi trabajo, mis hijos, mi mujer. En esta etapa he decidido vivir para mí. ¿Ves cómo suena raro?

—No suena raro —miento, tratando de hallar la palabra adecuada.

La verdad, veo antes a Ramón firmando libros que tirando de una anilla a dos mil metros de altitud.

—También quiero tocar la guitarra —añade.

¡Mira! Ahí sí que lo veo. Sonrío.

—Ve tachando los objetivos cumplidos.

—He culminado dos de quince —asegura, picarón—. Los placeres como la comida, el sexo o cualquier ocio son una fuente fácil de felicidad, aunque no son suficientes. El pensamiento humano es mucho más complejo.

No me atreví a preguntar. En ese momento, la doctora Celia Melgar abre la puerta de su consulta. Mi corazón late con fuerza. Con un suave gesto de mano me invita a que me reúna con ella. Mis pasos son opacos, pesados. La presión que siento en el pecho me impide respirar. Es pánico, miedo a escuchar algo que no deseo oír.

—Pasa, toma asiento, por favor.

No quise sentarme. Elena no está en la consulta; creí que me moría.

— ¿Dónde está…?

—No te alarmes —me interrumpe—. Tu mujer está perfectamente —me tranquiliza—. Enseguida estará con nosotros.

La doctora señala otra puerta a su espalda. En cinco años de constantes visitas, jamás había reparado en ella.

—Disculpa, pero tengo motivos para preocuparme.

La doctora sonrió.

—Elena se está vistiendo. Le han hecho una ecografía.

Suspiro en mi interior. Mentalmente me comparo con una ballena al respirar: acabo de salir a la superficie para soltar litros y litros de preocupación.

—Tanto los enfermos como los familiares estáis acostumbrados a escuchar malos diagnósticos dentro de las consultas. Es lógico que te alarmes.

—Una de las cosas más difíciles después del tratamiento es no saber qué es lo que sigue. Todo empezó con una ecografía —recordé con pesar, en voz alta.

—No todo lo que empieza mal ha de acabar igual —me anima la doctora—. Espera a que regrese tu mujer.

La miro a los ojos. No sé qué pensar. Lo que creíamos que era un embarazo resultó ser un tumor maligno. Hay que saber mantener el equilibrio; la esperanza infundada es tan mala como el veneno de la resignación.

Elena entra a la consulta portando una sonrisa de oreja a oreja. La sensación de hormigueo de mis piernas se evaporó al instante.

—Nos sentamos —comienza la doctora.

La mujer ocupa el sillón de su mesa; nosotros, frente a ella. Elena agarra mi mano sin apartar la mirada de la médico. ¿Qué ocurría entre ellas? Comienzo a impacientarme.

—Elena lleva mucho tiempo con los marcadores y pruebas negativas; ya podemos considerar que está curada —oigo para mi alegría—. Después de enfrentarse a tanto sufrimiento e incertidumbre, le doy el alta. Hoy es un día grande para todos. Para mí también; como médico, he estado con vosotros en todo el proceso, es por ello que estoy igual de feliz. Es un regalo para mí daros esta grata noticia.

Abracé a Elena; los dos rompimos a llorar. Poco después, también abracé a la doctora.

—Gracias, muchas gracias —digo mientras me seco las lágrimas.

La doctora señala la pared.

—Ahora hay que tocar la campana.

Elena asiente con la cabeza. Agarra la cuerda y tira de ella tres veces. La campana suena como manda la tradición. Este pequeño gesto ayuda a las personas que aún están en tratamiento. El objetivo de estas campanas es cambiar la actitud de muchas personas sobre el cáncer. Es grato que los pacientes toquen la campana cuando se les da el alta; esa energía positiva se transmite al resto de los enfermos. El cáncer se cura.

Elena y yo salimos de la consulta agarrados de la mano. Soy feliz. Mi mujer ya no tiene que regresar al hospital. Ramón captó toda esa dicha al vernos. También escuchó los toques de campana. Sonriendo, se abrazó a Elena.

—Me han dado el alta —celebra Elena.

—Felicidades, felicidades —repite el hombre, intercalando besos sobre sus mejillas—. No dejes de soñar, Elena. Disfruta todas y cada una de las horas. Saborea todos los minutos del reloj.

—Igualmente, Ramón —correspondió mi mujer—. Hoy es un día dorado; verás cómo tú también recibes buenas noticias. Intuyo que tocarás la campana muy pronto.

Iba a añadir unas palabras cuando la doctora Melgar llamó a Ramón a su consulta.

—Cualquiera de estos días os doy entradas para verme actuar en el auditorio.

Ramón me sonrió; alzó la mano a modo de despedida antes de cerrar la puerta.

—¿El auditorio? —repite Elena.

—Mejor el auditorio que el aeródromo.

—No entiendo nada.

—Te lo cuento todo en casa.

—Por cierto, no he visto a Maruja.

Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma. Jamás me había dado tanta alegría ver a alguien en un hospital. Maruja estaba frente a nosotros.

—Ramón acaba de entrar —informo a la mujer—. Ve con él. Toca la guitarra, vuela, lánzate en paracaídas, vibra con él —suelto del tirón.

Maruja me mira extrañada. Sin preguntar, camina rauda, golpea con los nudillos la puerta de la consulta y se pierde en su interior. Observo toda la escena con lágrimas en los ojos. A continuación, abrazo a Elena. La pobre piensa que me he vuelto loco.

—Vámonos a casa —susurré.

¿Qué tendrán estas salas de espera, tan desagradecidas para algunos como benditas para otros? Pienso por segunda vez en el día. Ojeo mi reloj recordando a Ramón, a mi mujer y a todos los enfermos del mundo que merecen tocar la campana que les devuelve la salud. Juro por Dios que han sido los cuarenta y cinco minutos más intensos de mi vida. Lo juro.

Lola Gutiérrez es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.