Beatriz Romero
Amanece gris y lluvioso. Día de adaptación al escenario, de ensayo y aclimatación a la ciudad.
Nos unimos de nuevo a la hora del desayuno. Todos solemos ser muy puntuales en nuestros compromisos.
El hotel está ubicado en el centro de la ciudad.
Buenos días equipo – nos dice Celeste. Me he permitido reservar el tradicional desayuno escocés para cada uno. Necesitamos recargarnos de energía para la jornada de trabajo que tenemos por delante.
Asentimos con gusto.
Uno de los camareros que nos atiende nos explica en qué consiste.
Es un desayuno contundente con huevos fritos, tostadas, judías estofadas en salsa de tomate, morcilla, panceta, salchichas, patatas fritas, setas, pastel de patata y tomates fritos.
Listos para la acción. Llegamos al auditorio, lugar del espectáculo. Vamos directos al escenario para acomodarnos e integrarnos en él lo antes posible.
Nuestro protocolo de actuación previo a entrar en escena es prácticamente el mismo en todos los conciertos.
Participamos en una simulación del evento de principio a fin, ensayo general, puesta a punto de los instrumentos , coordinación de equipos, reparto de tareas y planes de contingencia ante posibles imprevistos.
Finalizado el ensayo regresamos al hotel. Una buena ducha nos deja
como nuevos. Nos han advertido que la tercera comida del día de los escoceses se adelanta en el horario con relación al que estamos acostumbrados en España.
Aún tenemos un margen para hacer turismo por la ciudad. Cuando nos disponemos a abandonar el hotel, Lorenzo se cruza con la recepcionista.
Buenas tardes. ¿Podría recomendarnos alguna visita de interés para poder realizarla hoy antes de la cena? – le plantea
Sí – contesta la recepcionista – Les recomiendo visitar la Necrópolis de la ciudad. La mejor hora para visitarla es al atardecer.
Se lo agradecemos.
El vigilante que nos recibe a la puerta del recinto nos da unas recomendaciones para recorrer las distintas áreas del parque sobre el que se ha construido un cementerio de estilo victoriano.
Como la visita no conlleva guía, la haremos a nuestro aire, libremente. Pero antes de comenzarla, el vigilante comparte con nosotros algunas curiosidades.
Nos cuenta que por aquella época se robaban cuerpos de enterramientos para hacer negocios con ellos al ser muy solicitados en el ámbito de la investigación médica. Como consecuencia se comenzó a aglutinar fallecidos en estas catacumbas bajo las colinas del parque para proteger los cuerpos y rebajar así los robos de restos humanos.
Se contabilizan – continua el buen hombre – alrededor de 50.000 entierros y 3.500 monumentos en todos los terrenos que ocupa el cementerio jardín.
Es una pregunta personal – le digo - ¿Le gusta trabajar en lugares como este?
Si lo dice por trabajar rodeado de personas fallecidas, le diré que dan menos quebraderos de cabeza que las que están vivas. Si está pensando en espíritus y fantasmas del más allá, le puedo contar dos leyendas muy extendidas por la ciudad.
Nos sonreímos. Le escuchamos con atención.
Al margen de que Glasgow está considerada como una de las ciudades encantadas predilectas de Europa, se dice que un vampiro con dientes de metal asusta a los niños con comérselos. También, en la oscuridad de la noche, se dice que una dama vestida de blanco viaja flotando por la Necrópolis, entre lápidas y monumentos – comparte.
¿Usted los ha visto? – interrumpe Aria.
No – contesta – para mi siguen siendo leyendas.
Nos separamos por un tiempo del vigilante. Le volveremos a ver al abandonar el cementerio jardín. Tiene como misión dar la bienvenida a los visitantes, también asegurarse que abandonan el recinto antes de cerrar sus puertas.
Después de recorrer durante más de una hora algunos senderos de la Necrópolis, nos despedimos del amable vigilante.
Decidimos buscar un lugar típico para degustar una cena tradicional escocesa.
Alrededor de la mesa de una taberna con un ambiente irresistible, degustamos un plato delicioso a base de carne, cebolla, avena, sal y especias. Nos vamos acostumbrando a la contundente gastronomía escocesa.
Tras una corta sobremesa, damos un paseo por algunas calles céntricas de la ciudad. Aprovechamos a conectar por teléfono con Baltasar y Mateo que nos acompañan a lo largo de todo el recorrido hasta alcanzar el hotel.
Recogemos las llaves de las habitaciones en la recepción. Nos retiramos a descansar relativamente temprano. Antes de acostarnos, Aria y yo enviamos los últimos mensajes privados a nuestras respectivas parejas. Nos deseamos buenas noches y apagamos la luz.
… Cierro los ojos. Me veo recorriendo una enorme y preciosa pradera verde. Coro descalza por la hierba delicadamente cortada toda por igual. La tierra bajo mis pies me llena de energía.
El suelo está salpicado de lápidas. Cada una de ellas de estilo, diseño, material y época diferentes. Recorro los pasillos que hay entre ellas, saltando, brincando.
Con alegría en el rostro y en el corazón voy rebasándolas una a una. Las voy dejando detrás de mí con decisión y orgullo personal.
Mi mirada se dirige al frente, a lo lejos. Al final del jardín hay una explanada sin lápidas y en su extremo más lejano veo una tumba escavada en la hierba rodeada de montículos de tierra en sus cuatro costados.
Sigo rebasando lápidas en mi caminar alegre, distendido. No parecían tan numerosas en número.
Finalmente llego a superarlas todas. Mis pies se paran en seco. Mis ojos ven a lo lejos el hueco cavado en el suelo rodeado de tierra. Entre nosotros una explanada verde virgen, sin huellas aparentes.
Aunque quiero moverme en esa dirección, mis pies no me responden. Entonces escucho una voz que me dice:
“Has rebasado todas tus vidas anteriores y las has ido integrando con alegría y agradecimiento. La explanada que ves frente a ti es el recorrido que te queda por experimentar en esta existencia antes de descansar en la lápida que te espera al finalizar tu vida actual. Dale tiempo al tiempo. No quieras correr más que tu propio destino. Aún no es tu momento “
Me despierto de repente. Me incorporo en la cama. Sentada sobre mi almohada, apoyada en el cabecero, escucho a Aria respirar plácidamente. ¡Qué envidia sana me da!
Termino cerrando los ojos. El sueño me cautiva.
Aria se ha despertado primero, ha apagado el despertador. Al verme dormida se ha duchado antes. El ruido del agua golpeando los azulejos y la mampara del baño consiguen que mi atención regrese al plano consciente.
Un buen desayuno en equipo nos activa para el resto del día. Tenemos concierto a media tarde.
De camino al auditorio, tenemos tiempo para un corto pero interesante recorrido turístico por la ciudad en el minibús que nos desplaza.
Vemos las fachadas de la catedral, de la universidad, del ayuntamiento de la ciudad, el río que la recorre, la plaza de Jorge III e imaginamos la vida interior del jardín botánico que dejamos a un lado en nuestro camino.
Nos preparamos en los camerinos que nos han cedido. Los minutos previos a los conciertos suelen generar nervios y tensión.
Cuando llega nuestro turno los abandonamos y nos hacemos visibles al público que impacientemente nos espera.
Hay una buena conexión, ambas partes disfrutamos del evento. Conseguimos cierta complicidad con nuestros seguidores, especialmente con los madrugadores que ocupan las primeras filas. Seguidores incondicionales que nos retroalimentan desde el primero al último tema del repertorio.
Damos el concierto por finalizado. Recordamos a la audiencia nuestro calendario, nuestras próximas citas. Nos despedimos del público y nos retiramos a descansar.
Cuando estoy recogiendo mis pertenencias en el camerino, descubro un sobre blanco sobre mi bolsa de maquillaje que he dejado en el tocador.
En la cara principal leo de nuevo mi nombre. Por un momento pienso que pudo haberse mezclado con mis objetos personales y haber venido conmigo del hotel. Al incorporar el sobre y darle la vuelta me doy cuenta que está completamente sellado, también sin remite alguno.
Me siento y la rasgo manualmente. Extraigo un folio blanco con un nuevo mensaje:
Para la Señora Mía:
“Queridísima hija:
Hoy he descubierto que eres niña, no sabes lo feliz que me siento por ti. No tanto por mí.
Desde que me he enterado de mi embarazo hasta el día de hoy han pasado unas cuantas semanas y ya no sé cómo disimular los cambios que está sufriendo mi cuerpo.
Me agrada mucho saber que creces a marchas agigantadas y que gozas de perfecta salud.
En nuestra familia somos muy aficionados a la música celta. He leído que si haces escuchar música al feto durante su formación, no sólo mejora su oído sino también su equilibrio interno y su felicidad.
Todos los días te expongo a algún que otro concierto de este estilo de música celta. Son momentos íntimos que paso contigo, mi hija minúscula. Aunque no te puedo ver me permite conectar con tu fragilidad. También conectar con la energía poderosa que me transmites.
Gozo imaginándote con una personalidad única, sublime.
Disfruto de las melodías que compartimos, deseando que tú también lo hagas. A veces llego a pensar que el que a mí me guste la música celta no asegura que tú compartas mis preferencias. Entonces, te pido disculpas por saturarte con temas que pueden no ser de tu agrado.
Mi inexperiencia en la vida me inquieta. La niñera de la familia que he tenido siempre a mi lado se ha convertido en mi mejor confidente, en mi más fiel aliada.
Desconozco si voy a poder mantenerte a mi lado el resto de mi vida. Lo deseo de corazón. Las circunstancias personales no me son favorables.
Todos los días, todas las horas, te envío pensamientos de fortaleza para que disfrutes de tu destino, más si nos termina separando”.
Termino su lectura. Me asaltan tantas preguntas de repente que termino colapsando y mi mente se queda en blanco.
Reacciono. Si el mensajero ha llegado hasta mi camerino, alguien del equipo podría haberle visto.
Salgo al pasillo, lo recorro de lado a lado hasta que me cruzo con personal de seguridad.
Perdone – le digo- ¿Ha estado aquí todo el tiempo del concierto?
Me he movido por este área – contesta.
Me animo a preguntárselo directamente.
¿Ha visto a alguna persona ajena al equipo, a algún desconocido, entrar en los camerinos?
¿Desconocido?, ¿Por qué lo dice? – plantea.
Me he encontrado con una carta en mi tocador que me ha sorprendido – le explico.
Se disculpa por no haberme avisado.
Un grupo pequeño de unas seis o siete personas - comenta - se acercó hasta aquí al finalizar el concierto, mientras ustedes se despedían del público repitiendo uno de sus temas más solicitados. Querían esperarles, conseguir una fotografía de recuerdo con los cuatro miembros del grupo musical. Me costó disuadirles pero al final entendieron que no podía ser por seguridad.
Una de esas personas se acercó, asegurándome que no llevaba nada peligroso. Me pidió un favor.
¿De qué favor se trataba? – pregunto por curiosidad.
Si podía entregar a cada uno de los miembros del grupo un pequeño detalle.
Me quedo sorprendida al escucharle.
¿Y en qué consistían esos detalles? – cuestiono.
Para los cuatro integrantes unos hermosos ramos de flor de lavanda, para la cantante Mía una carta llena de admiración y amor.
Y ante la avalancha del final del concierto, en previsión de no estropear los ramos de flores o perder la carta, solicité permiso al encargado de seguridad para poder dejarles lo que le correspondía a cada uno, en sus camerinos respectivos.
¿Cómo era esa persona? – pregunto.
Lo que sí le puedo asegurar es que no era tan joven como los demás. No sabría decirle la edad pero calcule alrededor de los cincuenta años.
¿Era mujer? – sigo interrogándole.
Sí – responde.
¿Puede darme más detalles? - insisto
Venía muy abrigada, con gorro y guantes. Era irlandesa. No recuerdo bien su rostro. Era una persona muy dulce y muy educada. No puedo decirle nada más, lo siento.
Está bien, gracias – comento.
Disculpe por no haberla avisado antes - manifiesta.
No se preocupe – indico.
Le doy las gracias. Regreso a mi camerino.
Silenciosamente leo la carta de nuevo. Mi mente quiere organizar las piezas de información que me voy encontrando en el camino, pero no es capaz de definir ninguna estrategia convincente.
Los cuatro nos reencontramos antes de abandonar el recinto del concierto. Vamos llegando al punto de encuentro con un hermoso ramo de lavanda en las manos. Lo agitamos en el aire simultáneamente. El vigilante ha compartido la información con todos nosotros. Con este movimiento floral todos interpretamos que era así cómo una admiradora quería agradecernos y valorar nuestro trabajo en el escenario.
Nadie me pregunta por la carta. Deduzco que el vigilante o bien ha querido ser discreto o simplemente se ha referido al detalle que esta seguidora ha tenido con todos nosotros sin especificar nada más.
Nos vamos directos a cenar a un restaurante cercano al hotel donde nos alojamos.
En la sobremesa hablamos un poco de todo, también de nuestras sensaciones durante y después del espectáculo. Como no podía ser de otra manera, los ramos de Lavanda que aún nos acompañaban, monopolizan por un momento nuestra conversación.
Ámbar y Lorenzo son especialistas en Botánica, pasan su tiempo libre entre flores y plantas. En más de una ocasión cuando disfrutamos de algún día de asueto en plena naturaleza, nos impregnan con los conocimientos que han ido adquiriendo en sus estudios e investigaciones.
El origen de esta flor morada se remonta al Antiguo Egipto – comienza Ámbar – Se
distingue por su color y su aroma. En la antigüedad ya se conocían sus propiedades cosméticas y curativas. Los antiguos egipcios la utilizaban como indispensable producto de belleza, también en el proceso de momificación de sus muertos en sus rituales funerarios. Creían que esta flor abría las puertas a la eternidad.
Los antiguos griegos – continúa Lorenzo – fueron los primeros en usar esta flor para
perfumarse, asociando su fragancia a la feminidad y a la elegancia. .A una de sus diosas, la diosa de los límites entre lo terrenal y lo espiritual, le hacían ofrendas de flores de lavanda, creían que con este acto alejaban los malos espíritus de sus hogares.
Nos encanta escucharles, son como un libro abierto lleno de curiosidades.
Nos miramos de soslayo para focalizar luego la vista en los ramos de lavanda. Parece que los observamos con más respeto que antes de escuchar a Ámbar y Lorenzo.
Para los romanos – dice Ámbar – Esta flor era la pureza personificada. La utilizaban
en rituales de aseo y baño. Solían beber infusiones de lavanda o comían sus flores con frecuencia. También ofrecían este arbusto aromático a los dioses para proteger sus hogares.
En la cultura celta, en concreto en Irlanda – interviene Lorenzo – se creía que era la flor
favorita de la reina de las hadas y diosa de la fertilidad. En sus rituales se la ofrecían para pedir deseos o para solicitar ayuda para conseguir o cumplir metas inalcanzables.
Otra curiosidad de esta flor –prosigue Ámbar – es que también se la relaciona con la
mística. Parece que ayuda a atraer a la persona que se ama, siendo capaz de mantener el amor vivo por tiempo indefinido. Su significado está siempre rodeado de amor, al tener el aroma más seductor de la naturaleza.
Mateo se encuentra con Baltasar en nuestra casa en Gijón, deciden llamarnos. Compartimos con ambos las anécdotas del día, ellos nos comentan las suyas.
Cuando nos despedimos no me pude resistir.
Creo que a partir de hoy en nuestra habitación siempre habrá un hermosos jarrón con
ramos y flores de lavanda.
Ámbar y Lorenzo ponen en antecedentes a Mateo y a Baltasar.
Si eso me ayuda a atraer a la persona que amo y a mantenerla siempre a mi lado hasta
en la eternidad – responde Baltasar – por mi perfecto.
Como no tienes documento alguno que te avale la propiedad intelectual de este
poliédrico y aromático arbusto – interviene Aria – voy a copiarte la idea.
Con buen sabor de boca damos por concluida la conversación.
Al día siguiente volamos para España. Llegaremos a Gijón al atardecer.
De camino al hotel los cuatro decidimos blandir los ramos de Lavanda en el aire al tiempo que comenzamos a expresar por turnos, en voz alta, algún deseo o meta aún incumplidos, por si acaso nos pudiesen escuchar los dioses, imperceptibles por nuestros sentidos físicos.
En el hotel nos deseamos un feliz descanso y dulces sueños.
En el dormitorio, Aria y yo desempolvamos las maletas vacías que habíamos aparcado dentro del armario y comenzamos a llenarlas de nuevo, dejando lo indispensable para dormir, asearnos y vestirnos al día siguiente.
Sentadas sobre nuestros respectivos colchones todavía tenemos reserva energética como para compartir los últimos chascarrillos de la jornada y adentrarnos en la dimensión del sueño con alegría en el rostro.
Nuevo amanecer. Al sol glasgüense parece que le gustan más las despedidas. No se había exhibido desde nuestra llegada, ni durante ninguna estancia en la ciudad, pero hoy que nos marchamos, se deja ver y sentir.
De nuevo un suculento y calórico desayuno escocés en el restaurante del hotel. Después de una corta sobremesa, recogemos el equipaje. Nos despedimos del personal.
Tomamos el transporte reservado que nos lleva hasta el aeropuerto de la ciudad. Nos han recomendado llegar con tres horas de anticipación en relación a la hora estimado del despegue del avión.
Esperamos pacientemente nuestro turno para facturar. La espera se lleva mejor en compañía. Finalmente las puertas de embarque se abren y accedemos a nuestros asientos.
Vuelo tranquilo y aterrizaje sin sobresaltos en Madrid.
La concentración de usuarios es notable. Parecemos peces en una pecera tratando de no chocar los unos con los otros.
De nuevo en el interior del avión. Esta vez con rumbo y aterrizaje en nuestra tierra, en casa.
Fragmento de la novela Este trono es mío.
Beatriz Romero es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.
