LO sigues escribiendo, no se acaba
LO sigues escribiendo, no se acaba.
Al Cosmos aún le falta el desenlace.
Va construyéndose según te place,
y siempre surge un verso que no
estaba.
La Humanidad que te proclama Abba
a cada sol se hace y se rehace,
y cada niño que en la Tierra nace
es otra criatura que te alaba.
¡Más árboles, más flores, más
nacidos!
¡Más vida en las entrañas de tu
historia!
¡Más llamados a Ti, más escogidos!
¡Más almas a las filas de la euforia
que aumenten con el son de sus
latidos
el Salmo inagotable de tu Gloria!
(De Alumbramiento, Colección Adonáis, 2020)
A mi padre de la carne y de la sangre
Creo que fue porque te supo a poco;
tú fuiste más de despedirte a plazos,
tú que siempre volvías de la calle
trayendo siete besos
para tus siete hijos
(y otro lleno de hogar para la reina).
Se ve que nuestro adiós no te valió:
estar tú en cama y los demás de pie
no se avenía con tu humor, tu nervio,
por más que hubieses elegido un sábado
para tener a todos tus hijos y tus nueras
queriéndote y ardiéndote.
Tú entresoñabas sin poder brindarnos tu sonrisa
o alguna de esas múltiples anécdotas
en que el carcajear se te salía
del chiste antes que estuviera hecho.
No te valió aquel beso
que te dejé en la frente
antes que el blanco de la blanca sábana
me robase tu rostro de los ojos.
Por eso regresaste.
Yo me hallaba en un sueño,
pero estaba en tu casa —estaba en casa—
cogiendo llaves, niños
y creo que maletas.
Tu nuera y yo nos íbamos
a alguna carretera.
Tú, en tu sofá de siempre,
con un jersey añil
de cuando yo era niño,
aguardaste risueño
el beso del nos vemos en dos días.
Y al punto de inclinarme,
el beso aquel se me llenó de adiós
como un dedal se llena de cascada.
Mis labios se apretaron y anidaron
en el calor de niño
que ardía en las arrugas de tu frente.
¡Cuánto júbilo cupo en tres segundos,
tanto que tuve que cerrar los ojos
y ver desvanecerse el sueño en luz!
Fui feliz sin mañana,
feliz sin condiciones, sin no obstantes,
porque habías venido a despedirte.
Feliz como aquel niño que viniste
a recoger al hospital llorando
—papá está aquí, mi rey, mi pichafina—
y que entendió en tus brazos
cómo de Dios es el amor de padre,
cómo de padre es el amor de Dios.
