Daniel Cotta Lobato, poemas

 

LO sigues escribiendo, no se acaba

LO sigues escribiendo, no se acaba.

Al Cosmos aún le falta el desenlace.

Va construyéndose según te place,

y siempre surge un verso que no estaba.

 

La Humanidad que te proclama Abba

a cada sol se hace y se rehace,

y cada niño que en la Tierra nace

es otra criatura que te alaba.

 

¡Más árboles, más flores, más nacidos!

¡Más vida en las entrañas de tu historia!

¡Más llamados a Ti, más escogidos!

 

¡Más almas a las filas de la euforia

que aumenten con el son de sus latidos

el Salmo inagotable de tu Gloria!

(De Alumbramiento, Colección Adonáis, 2020)


A mi padre de la carne y de la sangre

Creo que fue porque te supo a poco;

tú fuiste más de despedirte a plazos,

tú que siempre volvías de la calle

trayendo siete besos

para tus siete hijos

(y otro lleno de hogar para la reina).

 

Se ve que nuestro adiós no te valió:

estar tú en cama y los demás de pie

no se avenía con tu humor, tu nervio,

por más que hubieses elegido un sábado

para tener a todos tus hijos y tus nueras

queriéndote y ardiéndote.

Tú entresoñabas sin poder brindarnos tu sonrisa

o alguna de esas múltiples anécdotas

en que el carcajear se te salía

del chiste antes que estuviera hecho.

No te valió aquel beso

que te dejé en la frente

antes que el blanco de la blanca sábana

me robase tu rostro de los ojos.

 

Por eso regresaste.

Yo me hallaba en un sueño,

pero estaba en tu casa —estaba en casa—

cogiendo llaves, niños

y creo que maletas.

Tu nuera y yo nos íbamos

a alguna carretera.

Tú, en tu sofá de siempre,

con un jersey añil

de cuando yo era niño,

aguardaste risueño

el beso del nos vemos en dos días.

 

Y al punto de inclinarme,

el beso aquel se me llenó de adiós

como un dedal se llena de cascada.

Mis labios se apretaron y anidaron

en el calor de niño

que ardía en las arrugas de tu frente.

¡Cuánto júbilo cupo en tres segundos,

tanto que tuve que cerrar los ojos

y ver desvanecerse el sueño en luz!

Fui feliz sin mañana,

feliz sin condiciones, sin no obstantes,

porque habías venido a despedirte.

Feliz como aquel niño que viniste

a recoger al hospital llorando

papá está aquí, mi rey, mi pichafina

y que entendió en tus brazos

cómo de Dios es el amor de padre,

cómo de padre es el amor de Dios.


Daniel Cotta Lobato es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.