Juan López Martínez
“La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales” Artículo 27.2 de
La educación es efectivamente esa tarea que consiste en formar personas responsables y libres, activamente democráticas, conscientes del significado de la profunda dimensión de la dignidad del ser humano.
Tarea apasionante de enseñarles a pensar, a soñar, a ser ellos mismos y ellas mismas, a ser autónomos, a crecer por sí mismos, a ser respetuosos con todos empezando por ellos mismos, a descubrirles en definitiva que son personas, seres únicos, irrepetibles, nacidos para ser útiles a los demás. Para que comprendan el profundo significado de las palabras del poeta José Hierro, “¿de qué sirven nuestras vidas, si no enriquecen a otras vidas?”.
Se trata de enseñarles que la dignidad del ser humano es nuestra gran riqueza, la que nos hace merecedores a todos por igual del más profundo respeto , independientemente del color de nuestra piel, de nuestro origen social o cultural, de nuestra religión, ideología u opinión, de nuestro género o nuestra edad, de nuestra posición coyuntural en la sociedad o de nuestra imagen física, porque “lo mejor del ser humano solo se ve con los ojos del corazón” Antoine Saint-Exupéry en “El Principito”
De tal modo que comprendan que no hay mayor pobreza que perder la dignidad y que la felicidad es una aventura interior que tiene mucho más que ver con lo que damos, que con lo que recibimos.
El compromiso con la democracia es la lucha por la defensa del respeto a la dignidad de todo ser humano, eso es lo que fortalece la democracia.
Lo que debilita a la democracia es la falta de ejemplaridad de los responsables públicos, lo que puede llegar a angostarla, a quebrarla y entonces, cuando la democracia quiebra, todos quedamos indefensos.
La democracia se fortalece también desde un determinado modo de concebir la política como servicio a la comunidad, como la noble tarea de trabajar, ante todo, por el bien común, mediante la tutela y la promoción de los derechos fundamentales e inalienables del ser humano, porque en los derechos humanos están condesadas las principales exigencias morales y jurídicas que deben presidir la construcción de la comunidad política.
La indefensión ciudadana motivada por una democracia en crisis nos obliga a recordarnos a nosotros mismos y a enseñar a nuestros jóvenes, que han nacido ya en democracia y que pueden creer que la democracia es algo natural, que no sólo la democracia no es algo natural, sino que ha sido y es una conquista continua de la humanidad, una conquista de algunos pueblos, que ni siquiera disfrutan todas las sociedades, que ha supuesto muchos dolores y sacrificios y, que como toda conquista humana, como las propias relaciones personales, puede debilitarse o perderse, si no se cuida, si no se realimenta, si no se rejuvenece cada día.
Se trata de explicar a nuestros alumnos y alumnas por qué la democracia es la forma de gobierno que mejor garantiza los derechos humanos. Para que “nunca más” la vida y la dignidad del ser humano puedan ser violentamente atropellados por el autoritarismo, la injusticia o la insolidaridad, se trata de movilizar la vigilancia para fortalecer y mejorar nuestra calidad de vida como personas.
Y debe hacerse desde la educación en la convivencia, en las aulas y en los patios de nuestros centros educativos, para mantener a nuestros jóvenes activamente alerta contra cualquier forma de exclusión racial o social, a partir de una formación dirigida al desarrollo de su capacidad para ejercer la libertad y la responsabilidad, la tolerancia y la solidaridad, la ciudadanía democrática y el respeto a las personas, que constituyen la base de nuestra vida en sociedad. Es decir, una formación en los valores, derechos y deberes de aparecen en nuestra Constitución.
Una juventud que sepa comprender la realidad social en que se vive, cooperar, convivir y ejercer la democracia en una sociedad plural, así como comprometerse a contribuir e su mejora.
Una juventud con los conocimientos diversos y habilidades complejas que permiten participar, tomar decisiones, elegir cómo comportarse en determinadas situaciones y responsabilizarse de las elecciones y decisiones adoptadas, conscientes de que toda decisión tiene siempre consecuencias.
Una juventud que sepa desenvolverse socialmente desde el conocimiento de la evolución y la organización de la sociedad y de las características y valores del sistema democrático, así como utilizar el juicio moral para elegir y ejercer activa y responsablemente los derechos y deberes de la ciudadanía, desde una comprensión crítica de la realidad que exige experiencia, conocimiento y conciencia de la existencia de distintas perspectivas al analizarla.
Sabiendo que los conflictos de intereses forman parte de la convivencia y deben resolverse con actitud constructiva y tomando decisiones con autonomía a partir de una escala de valores construida mediante la reflexión crítica y el diálogo.
Sabiendo que es mucho más lo que nos une a las personas y a las culturas y a las religiones de todo el mundo, que lo que nos separa.
Y desde luego que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa a los demócratas, independientemente del partido político con quien uno esté comprometido. Por lo que es fundamental valorar la opinión del adversario político como necesaria para la construcción de la comunidad, comprender su punto de vista aunque sea diferente del nuestro como posible portador de una contribución válida y poner los intereses particulares y partidarios después del interés general.
Es decir, saber escuchar atentamente al que disiente de nuestra posición, conscientes de que cabe objetivamente la posibilidad de que nuestra posición pudiera no ser la acertada.
La polarización degrada la democracia, porque demoniza al adversario político y porque ignora que la fortaleza de la democracia está en la defensa del pluralismo.
Juan López Martínez. Inspector de Educación. Consiliario de Educación del Ateneo de Madrid.
