Desde el cementerio

 

Tomás Bernal Benito

“La pálida muerte lo mismo llama a las cabañas de los humildes que a las torres de los reyes”

Horacio

Andrés Sandoval se paró ante la gigantesca estructura arquitectónica conocida con el nombre de Monumento a los Caídos en la Guerra Civil, y también como Monumento a los Héroes y Mártires de Nuestra Gloriosa Cruzada. Habían sido tantos años contemplándola en el que fuera su emplazamiento inicial —en la plaza de las Catedrales de Zaragoza, entre los edificios de la Hospedería y la tienda La Milagrosa—, que inevitablemente le trajo a su mente recuerdos del pasado. Pero no recuerdos de un pasado por la simbología que representaba la enorme Cruz que fuera levantada con el deseo de eternizar a los caídos en la guerra de la Liberación, sino por la nostalgia que le traía de su niñez, por la de veces que había subido y bajado, persiguiendo a las palomas, por aquellas solitarias escalinatas de piedra ennegrecida.

Ensimismado como estaba, le sacó de su abstracción su mujer, Luz Delgado, que tiró de su brazo.

—¿Se puede saber en qué piensas? —le preguntó a continuación.

—Nada —le respondió—. Bueno, sí… Estaba... Ya verás, cuando menos nos lo pensemos, subiremos un buen día y el cementerio estará empalmado con Cuarte.

—Ah, pues seguro, con el paso que llevamos.

—Y eso que el crematorio está ahorrando muchos adosados y terreno al Ayuntamiento —concluyó la conversación poniéndose de nuevo en marcha.

El día había amanecido gris y proclive a la lluvia. Las nubes se paseaban indolentemente amenazadoras por el sombrío cielo de Zaragoza.

Ambos, desde la calle del Mirador, se internaron por la calle H. Calle, como todas las demás del Complejo, amplia, larga y rectilínea, con algún que otro pequeño desnivel salvado por anchos escalones. Calle con nombre de abecedario, que alojaba en su recorrido bloques intermitentes de cinco alturas. Enormes conjuntos de manzanas legiblemente numerados. Letras y matemáticas entrelazadas, puestas a disposición de los más despistados. Calle perteneciente a una silenciosa ciudad, dormitorio de almas.

Primero se pararon ante la tumba de su suegra. Luz se arrodilló y arregló lo mejor que pudo unas marchitas y resecas flores, mientras que él, con gesto adusto, permanecía impasible de pie, con la cabeza gacha. A continuación, visitaron la de Pedro González, entrañable amigo que un cáncer de pulmón se lo había llevado para siempre. Y fue precisamente ante ella, cuando Sandoval reparó en la figura de la Virgen del Pilar. La imagen, situada a mano izquierda, y un ramo de amarillentas flores en el lado derecho, salvaguardaban el nombre y apellidos del desaparecido, la fecha, y una sencilla frase: «D.E.P. Recuerdo de tu esposa e hijos». Sandoval retrocedió un par de pasos para ampliar la perspectiva de su visión. Ante él se ofrecía una oleada de lápidas que se iban ensamblando entre sí cuanto más se alejaban. Todas iguales en cuanto a tamaño. Todas distintas en cuanto a contenido. Se dio cuenta entonces que hasta ese mismo día había estado mirando, pero sin ver. Era un extenso abanico de mármoles en los que contrastaba el colorido de las flores —en su mayoría naturales—, las imágenes, las cruces y las fotografías de los difuntos expuestas en ellas. Eran lápidas frías, con fechas —estremecedoras las de los muy jóvenes, sin ningún sentido— y apellidos —algunos como el suyo—, grabados a fuego.

Volvió a fijarse en la frase de la “despedida” y no pudo por menos que compararla con otras. Había algunas realmente vibrantes, emotivas: «Yo soy la resurrección y la vida, el que ejerza fe en mí, aunque muera, llegará a vivir», «Busque a mi alma, a mi alma no la pude ver. Busque a mi Dios, y mi Dios me eludió. Busque a mi hermano, y encontré a los tres». Aunque en general ganaban las escuetas: «Recuerdo de tu esposa, hijos y hermano», «Nunca te olvidaremos», «Te recordaremos siempre».

Cuando Luz se situó a su lado, le preguntó sin mirarla.

—¿Qué pone en la lápida de tu madre?

—¿Cómo que qué pone? —se sorprendió ella por la inesperada pregunta.

—Sí, mujer —señaló con el dedo—. ¿Qué pone? ¿Qué pusisteis?

—¡Ah! —asintió Luz—. Recuerdo de tu familia. ¿Por?

—No, por nada —se encogió de hombros—. ¿Tienes frío?

—Calor no me sobra —le contestó rozándole las mejillas con el reverso de sus manos.

—Pues sí, las tienes heladas. ¿Entramos un momento en la cafetería?

—Bueno.

Sandoval la tomó por los hombros y con paso firme se encaminaron a la cafetería situada en la primera planta del Tanatorio. Antes de entrar al edificio, tuvo la sensación de que cientos de ojos insondables le observaban a través de los amplios ventanales. Cuando se sentaron en una de las mesas, fue él quien tomó la iniciativa y se dispuso a observar.

La cafetería se encontraba atestada de grupos heterogéneos. De familias rotas. Familias desunidas, algunas, paradójicamente, unidas durante el acto del sepelio para, tras el transcurso del mismo, volver a separarse después. Eran seres, anónimos para él, consolándose entre sí y dándose ánimos para continuar tras el luctuoso suceso.

—¿En qué piensas?

Andrés buscó la mirada de su mujer.

—Pensaba… pensaba que a partir de ahora no tenemos que desperdiciar ni un solo minuto. Vamos a vivir a tope. Luz, estoy plenamente convencido de que los mejores años de mi vida están por llegar.

—¿Por?

—Pues porque no los he vivido. Así de claro.

—Siempre has dicho que tu mejor momento, incluso por encima de nuestra boda, ha sido ver nacer a tus hijas, y que no lo cambiarías por nada.

—Y lo mantengo. Pero eso ya sé cómo ha sido. En cambio, lo que tiene por venir, no. ¿Acaso sabes lo que yo voy a sentir cuando vea nacer a mi primer nieto?

—No, claro, aunque me lo imagino.

—Por eso. Esta década que nos contempla, va a ser genial. Te lo digo yo, Luz. Vamos a vivir sensaciones totalmente nuevas. Vamos a viajar, hasta lo indecible. Vamos a conocer a gente, que nunca pudimos imaginar. Nos vamos a reencontrar con viejos camaradas. Va a ser sobre todo... distinta. Muy distinta. De verdad, ¿eh?

—Muy ilusionado te veo. Espero que tengas razón.

—Y la tengo. Te prometo que a partir de hoy vamos a estar siempre juntos. Juntos toda la eternidad. Venga, levantemos el campamento, y como dice nuestro gran amigo Ignacio, vamos a por el día.

—Pues venga, vayamos a por el día.

Juntos se encaminaron hacia las escaleras, abandonando el Tanatorio. Una vez en la calle, le dijo ella:

—Mira tu padre, que tieso va.

—Éste... Éste ya te dije un día que nos enterraría a todos.

Nada es lo que parece”

Jesús de Nazaret

Fuera del vehículo de Pompas Fúnebres, ninguno de los asistentes al sepelio reparó en que, cientos de partículas, semejantes a un halo de estrellas nebulosas, se desvanecían en el aire ocultándose entre la neblina.

En su trasera, en el lazo de una gran corona de flores, rezaba el siguiente epitafio: «Andrés Sandoval-Luz Delgado. Fallecidos en accidente de tráfico. Vuestra familia no os olvida»

I Concurso de Relatos "Ángel Sanz Briz", 2021

Unidad de Difusión Sociocultural de Cementerios de Zaragoza. Ayuntamiento de Zaragoza.

Acta del 3 de septiembre del 2021

Tomás Bernal Benito es vocal honorario de la Unión Nacional de Escritores de España.