Carmen Aranda
«Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que
aparentamos».
Nicolás Maquiavelo
(1469-1527) Historiador, político y teórico italiano
Relato
_ Era mi cumpleaños; cumplía doce años. Aquel día salí de casa corriendo al ver cómo mi padre, desesperado, lloraba intentando tragarse las lágrimas para no hacer ruido. Mi madre, apoyada sobre el desgastado quicio de la puerta, escuchaba abatida sus gemidos sin atreverse a consolarle.
Mi pequeña hermana, ajena a nuestra pobreza, correteaba incansable por la casa, y yo me encontraba allí, en medio de todos, sin poder hacer nada. Un sudor frío recorrió mi cuerpo y fui consciente de mi debilidad y de mi hambre: llevaba varios días sin apenas comer. Fue entonces cuando decidí salir a la calle sin saber muy bien adónde dirigirme, hasta que a lo lejos vi cómo un niño de mi edad, aparentemente adinerado, caminaba lentamente a través de un pequeño campo en las afueras de la ciudad con un pan en la mano.
Me acerqué a él despacio con la intención de quitárselo. De repente vi cómo lo tiraba al suelo, arrastraba su pierna y lo pisaba. En su rostro percibí una extraña expresión y me sentí ridiculizado, despreciado y humillado.
Una gran rabia interior me hizo empujarle; le tiré al suelo y le propiné una fuerte patada.
—Eres cruel, soberbio y egoísta —le dije—. Ni siquiera has tenido piedad de darme ese trozo de pan que te sobraba.
La ira me invadió de nuevo y volví a golpearle mientras él intentaba alcanzar sus gafas rotas; después, sin mirar atrás, salí corriendo.
Unos días más tarde escuché a mi padre contarle una triste historia a mi madre.
—Juanito, el hijo de los Valverde, el pobre, además de huérfano, se ha quedado ciego tras el accidente. Yo apreciaba a esa familia; eran de las pocas personas que ayudaban a los más débiles y pobres de la zona, y por eso el otro día, al conocer la noticia, lloré amargamente. Tenemos que hacer algo, Manuela. El otro día la abuela, postrada en su silla de ruedas, enfermó y pidió a Juanito que viniese a casa como pudiese y nos avisara para ayudarles. A cambio nos traía una hogaza de pan y algunas monedas. Dicen que el pobre niño, al no ver, se tropezó y cayó. Le han preguntado qué fue lo que pasó, pero él no quiere hablar del tema. ¿Quién podría hacerle daño?
Tras aquellas palabras que oí a mi padre, aquel día aprendí la gran lección de mi vida. Era yo el cruel, soberbio y egoísta. Comprendí por qué ese niño, con aquella rara expresión, arrastraba su pierna pisando sin querer el trozo de pan. Comprendí que la riqueza no da la felicidad y que el rico, el afortunado y también el ciego era yo.
Nada es lo que parece si no te esfuerzas por verlo.
María del Carmen Aranda está galardonada con
el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.
