Don Alonso vive, fragmento

 

José Andreo Moreno

En el escaso trayecto que nos llevó a nuestro destino, absorbía por los ojos. Fijaba y retenía en continuos movimientos compulsivos por tiempos. Procesaba el cerebro, y en respuesta a los estímulos, preguntaba escueto, oía y callaba. Por un momento percibí como fijaba fuertemente la espalda y la cabeza al asiento, al tiempo que con su mano derecha agarraba con fuerza el asidero de la parte superior de su puerta, y con la mano izquierda, se aferraba al cinturón mientras alzaba la voz diciendo:

—¡Parad, parad…! 

Era evidente que pretendía formular una pregunta o solicitar alguna aclaración. Le miré y le sonreí, anticipándome antes de que empezara a preguntar:

—Aprendió vuestra merced la lección, se fija y aferra como si le fuese la vida en ello.

—Bien decís buen amigo, que «la letra con sangre entra», y no quiero tropezar dos veces en el mismo error. Me niego a que este cristal se convierta en destino fatal de mis narices o mis sesos. Pretendo me aclaréis la misión de todas estas maromas negras que, de lado a lado de las calles, surcan los cielos.

―Pues son conducciones de energía, algo difícil de explicar con pocas palabras.

Esbozando una mínima sonrisa, prolongó la mirada y el silencio, percibiendo de su receloso gesto una pausa retórica, la cual rompió preguntando:

—Y esa abundancia de mástiles en tejados y fachadas, ¿son acaso para lucir pendones y banderas en días de gala?

—Pues le aclaro a vuestra merced que, unos sirven para sujetar entre tejados las conducciones de energía, y otros son antenas, que sirven para coger en el aire imágenes y escenas inmateriales en movimiento. Dicho así, magia, imposible de entender sin ver su resultado. Pero desde luego nadie cuelga en ellos banderas, y aún menos «pendones», a los que todo el mundo oculta, aunque si así fuera, para los «pendones» faltarían mástiles.

—Deduzco por tus respuestas que sois burlón en sumo grado, porque bien está el doble sentido de «colgar pendones», pero sobrepasa la broma lo de entubar la fuerza y cazar las imágenes en el aire, como si se tratase de mariposas o gorriones.

—Reconozco mi mordacidad, y pido a vuestra merced disculpas por ello, aunque mis bromas están solo en mi ánimo de hacerle grato su paso de la muerte a la vida, al igual que su viaje del pasado a un presente tan distante y tan distinto, pero, ¡vive Dios! que nunca le faltaría al respeto. No obstante, aunque broma lo parezca, verá vuestra merced que, a pesar de lo fantástico, lo de entubar fuerza y coger imágenes, es bien cierto. Al igual que vuestra merced, buena parte de la gente actual no tiene explicación para los avances y misterios que los rodean, pero los aceptan como naturales solo porque su uso demuestra que existen, aunque desconozcamos los principios de la física que los avalen y hacen posible.

—De ser cierto, seré yo quien se disculpe por incrédulo, y, de ningún modo seré quien emule a Santo Tomás, exigiendo para creer, ver hasta las entrañas del dogma, porque si usando una pócima vuelvo a los cuatro siglos —y esto es bien cierto—, ¿por qué no creer en ello?, o que el sonido pueda guardarse en barricas y luego salgan conversaciones con vejez y solera… —terminó con cierta sorna.

Dicho lo anterior, le miré en silencio, mientras él, dibujó una pícara sonrisa en tanto se propinaba un ligero bofetón, preguntándose entre dientes si realmente estaba en el mundo de los vivos. La sonrisa fue a mayores, y entre jadeando y tosiendo, ensayó lo que traduje como sus primeras carcajadas. La sorpresa e incredulidad, por el nerviosismo, le producían un ataque incontrolado de risa. Su predisposición para creer en lo que estaba ocurriendo, contrastaba con una actitud socarrona que acabó con mi paciencia, por lo que cogiendo un compacto con la «Quinta de Bethoben», y acercándoselo casi a la cara, le dije:

—¡No es necesaria una barrica para guardar sonidos, aquí dentro guardo la esencia de la música! 

Sin dejarme terminar la demostración, y con el mismo tono pícaro y burlón, contestó:

—¿Ah, sí? Un tanto flaco veo el recipiente para meter nada, ¿dónde tiene la compuerta? No olvidéis para liberarla, quitarle el tapón.

Introduje el disco con el volumen casi al máximo, y solo con la fuerza del inicio, temblaron los altavoces, y, por ende, las puertas y todo el vehículo. Cambió el semblante, tal que, si hubiese recibido un disparo o un estacazo en el colodrillo, quedándose las carcajadas solo en hipo.

—Perdonad mi insolencia, y hasta no adaptarme a lo convencional, no permita Dios que vuelva a preguntar ni a dudar.

—Bueno, preguntar sí, si no, cómo os vais a adaptar y poner al día. En todo caso, evitaremos detalles en cuestiones enrevesadas —que en este caso son casi todas. 

Era evidente su cordura, e innegable su intacta capacidad intelectual, amén de su probada educación y caballerosidad, pero el trance era peliagudo, y a pesar del escarmiento, volvió a rozar incomprensiblemente la ironía, y disimulando apenas la risa, contestó:

—El tiempo dirá la conveniencia o no de preguntar, porque si de cosa tan simple como maromas en las calles y mástiles en los tejados, acabamos cazando fuerzas, conduciendo imágenes, ocultando pendones y embarricando música, que no será si entramos en retos y comparaciones filosóficas del ayer y del hoy.

No hubo contestación por mi parte, y puestos en marcha, apenas si tardamos unos instantes en llegar a nuestro destino, introduciendo a mi accidental invitado directamente en la casa a través del garaje. Una vez detenido el vehículo y bajada la puerta, con mis mejores modales le liberé de las ataduras del cinturón de seguridad. La pequeña abertura de la ventana daba paso a algo de luz, y aunque a pesar de la escasa claridad podía verse, instintivamente pulsé el interruptor del alumbrado, produciéndose en los tubos fluorescentes el habitual zumbido, imperceptible para mí por lo rutinario. Don Alonso agachó la cabeza, y al tiempo que se la cubría con la mano y parte del brazo, dio algunas sacudidas al aire mientras irascible decía:

—¡Por mil demonios! ¿a qué obedece este zumbido de abejas, acaso «encolmenáis» en vuestras propias casas?

—Solo es el ruido que genera el tubo de la luz al encenderse. Me explico, todavía una vela sigue siendo útil, y con mecha y aceite aún alumbra un candil, pero ahora se tienen como objetos decorativos y de poca o ninguna funcionalidad. Apenas si queda en toda Europa algún remoto lugar donde no llegue la energía a través de los mástiles y maromas que vuestra merced vio en los tejados. Esta se toma a la entrada de las casas, y se distribuye por cables que son los que canalizan la fuerza, rematando en estas llaves que, accionándolas, dan o quitan la luz.

—¡Que me ahorquen si lo entiendo! ¡La fuerza por tubos! Y qué ingenio de llave es esa, embutida en la pared y que ni tan siquiera se le aprecia pestillera.

A pesar de haber acordado que no podíamos discutir cada tema de los que a su juicio se saliesen de lo que él entendiera como racional, no dejaba pasar ni una sin analizar y discutir. Para darle lógica a esta última de la energía, le hice ver desde la cocina, como abríamos un grifo y salía agua, luego desde el patio, y, por último, desde el cuarto de baño, pero él, atónito y mordiéndose la lengua desde que entró en la cocina, ni siquiera llegó a prestar atención al agua de los dos últimos, hasta que soltó su última e incontenible duda:

—¿Qué treta de cocina es ésta?, en la que no solo falta el carbón y la leña, sino que no tiene ni fogón.

No tuvo respuesta por mi parte, mi mirada de resignación le sirvió de negativa, continuando por mi parte con lo del agua, mientras me miraba con un aparente crecido interés. Continué mi alegato diciéndole que, el agua se recogía de una gran acequia subterránea que tejía las calles, y al igual que la energía, después se canalizaba por suelos y paredes para dar servicio según el sitio y la necesidad. Dado que el líquido transportado le era tan familiar, la lógica de su transporte y distribución la vio clara sin dudar, aprobando con una larga sonrisa, acompañada de un suave balanceo de cabeza mientras decía:

—Voy de asombro en asombro, pero esto queda bien entendido, y su lógica aplicable antaño, agora y para los «restos de los restos». Algo tendría que haber por simple que yo entendiera, pero de la energía o fuerza entubada, permítame y no se ofenda, el dudar de su palabra. ¿Será acaso por falta de sebo en los mecanismos el que mi mente esté atrofiada, y sea ello el motivo de no permitir a mis entendederas dar crédito a lo evidente?, o, quizá es tal el misterioso hechizo, que ni el mismo Merlín tendría respuesta convincente si resucitara. Gran esfuerzo está siendo para mí digerir en ayunas estas «ruedas de molino», pero en vista, me santiguo, digo amén, y si hay que ir al Infierno por tal, iremos.

La decoración rústica y de conservados detalles antiguos de la casa, no le eran ajenos, aunque al sofá lo calificó de gran invención. Superó a su curiosidad, el ansia por recuperar el temple, y sin muchos rodeos, y pese a su buena educación y recato, exclamó:

—Bueno, bueno, mientras preparáis el capón o la gallina y aderezáis el prometido caldo, ofrecedme un jarro de vino, que ese caldo también calienta, y es de más pronta preparación y servicio.

—Si le parece a vuestra merced, más prioridad tendría un buen baño y la sustitución del hábito y resto de su indumentaria, por ropa más acorde con la época y la temperatura.

—¡Por las Santas Escrituras!, no posponga más el trago, que primero por el caldo y alimento, y agora por la higiene, sigo con la razón y el alma heladas.

—Sepa pues que yo tampoco lo escupo, que ha dado con la horma de su zapato, pues de casta me viene el no haber visto jamás mujer fea ni vino agrio, y que prefiero más al «vino que al vendría». Y ahora, verá vuestra merced como acabamos tuteándonos, después de tratar con «jumillanos, bulleros, de Yecla y de Ricote», amén de algunos caseros de estos campos, de los que salen «peleones» porque los engendraron pisándolos.

Mi recién resucitado amigo, había pasado cuatrocientos inviernos de frío templado, o, quién sabe, si de sofocante frío, por lo que entendí su ansiosa necesidad de poner a prueba el sensible filtro de sus papilas, y el darle vida al sumidero de su gaznate. Reconozco que un servidor, a pesar de que apenas había dormido seis horas la noche anterior, tenía la tráquea tan falta de riego como la suya. Muy a pesar de no ser el que suscribe amigo de excesos, el continuado soponcio al que estaba sometido, también despertó en mí la apetencia del trago, por lo que, sin más dilación, saqué algunas botellas de las prometidas. Pese a que siempre me enseñaron que lo bueno se deja para el final, en este caso, discurrí que debía ser al revés, ya que, una vez consolados con las primeras botellas, las siguientes —con la boca anestesiada y la mente eufórica—, serían buenas por necesidad. Ante la disyuntiva de la elección —por creer en la bondad de todos ellos—, abrí la primera al azar, dejando aparte —por si acaso— el peleón para el final.

Coloqué dos grandes copas de cristal fino, de las que solo están para la ocasión, y con un cuidadoso y metódico ritual —de esos que con el vino invitan a decir sandeces—, abrí la botella. Mientras vertía en las copas aquella medicina, a don Alonso los ojillos le hacían chiribitas. Con la mirada angulada entre mis ojos y su copa, antes de que abriese la boca, ya me pareció haberle oído hablar:

—¿Esto es ya mi primera ración, o acaso es el sorbo para la cata?

—Los buenos vinos se sirven en buen recipiente y en cantidades moderadas. Siempre se ha dicho que la buena esencia va en frasco pequeño —respondí.

—¡Eso, solo son excusas de tacaños!, porque cuando hay abundancia, la restricción solo es mezquindad. Aboque amigo, que yo no me empino este refinado cazo erecto solo para ensuciarme el bigote, que más bien soy de trago largo y espaciado.

Sin responderle, llené la copa hasta rebosar, y lo escaso que quedó, lo añadí a la mía. Asió suavemente la copa con ambas manos, me miró complacido, mientras la lengua y los labios acondicionaban su estrecha boca para recibir el tan esperado temple. Se colocó el vidrio en posición, y, mientras cerraba los ojos y levantaba ligeramente la cabeza hacia el cielo, un riachuelo de vino empezó a desaparecer bajo el bigote. Por un instante, su quietud parecía detener la escena, hasta que súbitamente —cual si abrevara un caballo—, su nuez empezó a funcionar en vertical, en trazadas que iban del pecho a la barbilla. Desapareció el vino en solo cuatro vaivenes de nuez, bajando con el último, copa y cabeza. El envinado bigote quedó en horizontal, envuelto en una sonrisa de satisfacción y felicidad. Yo, que aún ni lo había olido, le apunté que de trago largo no había duda, pero que juraría que era más de seguido que de espaciado.

Sin perder la sonrisa, se pasó la manga por la boca, acariciándose con la otra el escaso vientre. Apenas aseó el bigote con el improvisado paño, y sin decir esta boca es mía, señaló la copa con el huesudo y sarmentoso índice. Y yo, que con menos ceremonia que al principio acababa de descorchar un Yecla, me apresuré a servir el segundo cazo. Como una repetición exacta de la primera, se aferró a dos manos, y volviendo a empinársela, cerró los ojos mientras levantaba la cabeza, hinchando en esta ocasión los pómulos con unos buchitos a modo de enjuague o cata, y de seguido, a funcionar la nuez, y, en cinco o seis trazadas y emulando al Guadiana, hizo desaparecer tras el bigote aquel riachuelo tinto. Ya con los ánimos teñidos de rojo, bajó la copa, más calmo, mientras comentaba:

—Siento tener el cuerpo habitado como por misteriosos duendecillos. Al entrar el vino he notado unos agradables requiebros en las tripas, ha sido como si aclamasen al vino mientras bajaba, siendo recibido con aplausos y honores a su llegada al estómago vacío. En verdad que ha sido como mi bienvenida al mundo de los vivos. Pero no se demore más esa taza de caldo, a ver si se recibe en este cuerpo con la misma fiesta y pompa con la que se ha agasajado la llegada del vino, pero entretanto, reponga otro chorro.

Con «dos cazos a estómago vacío», y un sorbete en puertas, su sonrisa quedó colgada como un cuadro en aquella cara de felicidad extrema que, por su configuración y tonalidades, podía estudiarse cada centímetro por separado como si del más puro arte se tratara. A pesar de su estado de euforia, no perdía detalle de mis —para él— extraños movimientos. Arrimé un recipiente con agua a la vitro, al que seguidamente añadí una porción de caldo concentrado. Él observaba y seguía con sus alabanzas y ceremonias a las grandezas del vino —que por lo que se extendía, parecía ser remedio universal—, haciendo grandes alegatos como éste:

—¿Acaso algún aguardiente o fermento de cebada —del que tan aficionados son al norte—, ha llegado a reverenciarse o simbolizar algo más grande que la Sangre de Nuestro Señor? Que ya se dijo, que algo tendría el vino de especial y mágico cuando se le bendice. A fe mía, y desmiéntame vos si no ando acertado, que solo puede rivalizar con él entre los líquidos —solo hasta igualarse—, el aceite, igualmente tan venerado en nuestras tierras y culturas. Elixir sagrado, con el que se nos unge al nacer y al morir, ¿o acaso tenéis noticia de haberse ungido algún rey con mantequilla u otro sebo?

—Pues tampoco despreciemos la cerveza —contesté sin mucho convencimiento— que, junto con otros refrescos, alegran el ánimo y enfrían los cuerpos.

—¿Acaso pensáis que la desconozco? Pues sabed que la probé en mi juventud, y os digo que: ¡es la hiel del diablo, bebida de herejes!

—Hace tiempo que los herejes —como vuestra merced les llama—, dejaron de tener el exclusivo privilegio de su consumo, pues se ha generalizado tanto, que ha de verla tanto o más que el propio vino.

En éstas acaloradas pláticas andábamos, hasta que el agua para el caldo entró en ebullición, saliendo como por arte de magia los primeros vapores y aromas. Un ataque de curiosidad interrumpió su disertación y alegatos sobre la santidad, vida y milagros del divino néctar, y apartando la copa a un lado, se incorporó como por impulso para acercarse a mi artilugio culinario. Al asomarse, su sorpresa no le dejaba articular palabra, y aún menos cuando quería dos respuestas sin haber hecho ninguna pregunta, pero tragó saliva —o más bien vino papilar—, y resolvió contestándose a sí mismo en la primera cuestión, e interrogando sobre la segunda duda:

—Ya entiendo la ausencia de carbón y de fogón, porque creo acertar si digo que ese fuego quieto proviene de la fuerza entubada que, si tuviese vida, no merecería tal reclusión, sino liberarla y hacerla santa. Pero no veo plumas ni restos, por lo tanto: ¿cuándo entró al perol y cuándo salió la gallina?, pues a fe mía, …caldo dejó.

Gran satisfacción me produjo su aceptación de la electricidad, pues con ello tenía aseguradas más de la mitad de las explicaciones. Pero, aunque simple lo del caldo, todo el rato me miró fijo, elucubrando, mientras le explicaba que para tomar un caldo ya no hacía falta matar en ese momento la gallina. Continué explicándome, para que entendiese que las porciones que añadí al agua, entre otras cosas eran carne comprimida, y que buena parte de los alimentos de hoy en día, van como de incógnito y sin apariencia de tales. Sin apartar su mirada de la mía y sin pestañear, aquella anterior sonrisa sostenida —seguramente hija del vino—, se había transformado en un dibujo apático a punto de estallar:

—Si un desconocido os propusiera daros de comer con una venda en los ojos, bien seguro que no abriríais la boca; a mi juicio esto vendría a ser lo mismo, pues ¿quién me dice a mí que este caldo no es de rata? o de curianas; a fe mía que esto es como comer al tiento. Pero dejémonos de paparruchas, porque cosas peores y a sabiendas han calentado los estómagos en épocas de vacas flacas. Por ello, apliquemos la lógica del hambriento que llegó a la higuera en que casi todos sus frutos tenían agujeros, y su estómago dictó que el que no tenía agujero, era porque nunca había sido mancillado por gusano alguno, y que, si los tenía, era probable que ya le hubiesen abandonado.

Cumplido era sin restricciones, y se deshizo en alabanzas al sabor de aquel humilde caldo con sopas de pan. Con ello repuesto el cuerpo, y el desánimo compensado con el vino, al cabo de unas horas teníamos a un don Alonso templado y más moderado de lengua. La escasez es poco amiga del equilibrio de cuerpos y de almas, sacando de sus cabales y de sus formas al más cuerdo y educado. Una vez repuesto, salió el caballero más exquisito y educado que llevaba dentro. Le parecieron mis ropas más cómodas y funcionales que las de su época, y con prudencia, pidió asearse y cambiarse, no sin antes rogarme que tanto la armadura como el hábito, amén del resto de lo que llevaba, se lavasen y conservaran para cuando fuesen menester.

…Y CONTINUÓ ADAPTÁNDOSE

Fragmento de la novela Don Alonso vive, de José Andreo Moreno.