José María Fernández Núñez
La exposición que hago sobre la política de Josef I Bonaparte y no
Napoleón, como se le conoce erróneamente en algunos documentos, está basada en
la primera Constitución que los españoles votaron en la ciudad de Bayona,
Francia, no solo la votaron si no que, la elaboraron sin mediaciones de ningún
tipo, la única imposición por parte de Napoleón fue que representantes de la
sociedad española de aquel tiempo acudieran voluntariamente a crearla y
desarrollarla en beneficio de la nación española. Bien una vez creada y
aceptada por los españoles asistentes cuya lista es numerosa y que también está
a disposición del que desee estudiarla, se puso en marcha a la llegada del rey
legítimo Josef I a su trono en Madrid. el 7
de julio de 1808 después de jurar la nueva
Constitución y de recibir, acto seguido, el juramento de fidelidad de los
componentes de la junta española de Bayona, estas legítimas como viene
determinada en mi próximo trabajo « El Sexenio Revolucionario 1808/14»; ordena
a Sebastián Piñuela con fecha 5 de julio comunique a Arias Mon, decano del
Consejo la real Orden anunciando la próxima salida de rey de Bayona con destino
a España, el día 6 o 7 y aunque no se sabía la fecha concreta de llegada a
Madrid, El sábado 9 de julio salió de Bayona para Madrid el rey Josef I con su comitiva española, formada por los
diputados de la asamblea. Como consecuencia de ella la Sala de Alcaldes
a instancia del Lugarteniente del reino, confeccionó un expediente que consta de 18 documentos relativo a los impresos de un aviso
para tranquilizar a los habitantes de Madrid por el repique de campanas y
salvas de artillería que se hará con motivo de la entrada del rey Josef I en
España. Al cabo de los tres días de estancia en Madrid, el
23 de julio, promulgó el Estatuto de Bayona como norma jurídica legal y
legítima para todas las posesiones españolas en un intento de ganarse el apoyo
de los ilustrados españoles, los llamados afrancesados, sin hacer triunfar
el programa reformista de su gobierno.
La
Constitución aportaba toda clase de beneficios para los españoles en todos y
cada uno de los hábitos, cosa que no fue aceptada al ponerse en práctica y
originó una revolución que nada positivo aportó a la nación y sí negativo como
las pérdidas de las posesiones y el regreso de un rey que nunca lo fue hasta
que Napoleón le regaló la corona de España al abandonarla su hermano por
motivos que no hago constar.
Uno de los
cambios profundos fue precisamente el que se reflejó en estas gacetas que como
pueden verse era el principal causante para entender por qué un pueblo sometido
hasta la esclavitud carente de derechos luchaba a muerte contra aquél que le
traía precisamente lo contrario: Libertad, Igualdad y Fraternidad, aquí en la
más importante es la educación de los niños, todos sin distinción de clases,
todos iguales. En fin, aquí os dejo con estas directrices que cuando llegó de
nuevo el Borbón lo primero que hizo fue abolirlas en lugar de aceptar todo
aquello que beneficiase a la totalidad de sus súbditos.
Instrucción
pública
Es constante que la mayor parte de los hombres
son buenos o
malos,
útiles o inútiles a la sociedad, conforme a la educación que han recibido, y
según que es mayor o menor el cuidado que se ha tenido de infundir
desde la niñez en sus espíritus las máximas de la sana moral, y las
luces o
conocimientos que debía servirles de guía en su conducta durante el resto de
la vida.
El hombre nace sí, en la ignorancia, pero no en los errores: estos son todos
adquiridos; y como en la infancia la razón es todavía muy
débil e imperfecta, de aquí es que el hombre está entonces más expuesto
que nunca a
adquirir los errores. Las impresiones que su alma recibe en esta época
son tanto más
fuertes e
indelebles,
cuanto son
las primeras, y que se familiariza con ellas fielmente. Por eso la primera edad
en que el hombre
no tiene aún corrompido su corazón, ni su entendimiento, exige
la mayor
atención de parte de los padres y de parte del gobierno, si es que aquellos quieren
que sus hijos sean virtuosos y útiles algún día así mismo y a la
sociedad en que viven,
y si es que este quiere tener ciudadanos capaces de contribuir a la gloria y a la prosperidad
de la nación. Debe pues ponerse el
mayor esmero en la educación de los niños: esta puede ser pública o
privada: la
una es obra toda de los padres, y la otra pertenece al
gobierno. Las leyes dirigen solo la educación pública, y no deben en manera
alguna entrometerse en la doméstica y privada, porque los padrea ejercen dentro
de sus casas,
por lo respectivo a la educación de sus hijos, la autoridad de un
magistrado y de un legislador. Pero, aunque la ley no extienda
su influjo sino sobre la educación pública, sin embargo, debe procurar también
el dejar el mejor número posible de ciudadanos al cuidado de una educación
privada; debe procurar en cuanto sea posible que
todos los individuos de la sociedad tengan
unos mismos sentimientos, y reciban unas mismas máximas, y esta
uniformidad no
puede lograrse si la educación y la instrucción que se les da no es
pública y común
a todos.
De consiguiente aquel plan de instrucción pública
será el mejor que después de estar bien
arreglado se extendiere a mayor número de individuos. El de la
instrucción de
la niñez y de la primera juventud debe, como más general, ser también más
uniforme por la mayor influencia que tiene en las costumbres y
modo de pensar de los hombres, y de consiguiente en su
felicidad y
en la prosperidad de los pueblos. La educación científica se dirige a formar la
razón, previniendo
y desterrando el error, y enseñando al hombre la verdad; pero como el
entendimiento se
va desenvolviendo por grados y sus facultades se van
manifestando poco a poco, es preciso acomodarse en la educación al
orden que observa la misma naturaleza. Es menester que a los niños
y a los jóvenes
no solamente se les enseñe la verdad y se les instruya, sino que
también se les haga amable y fácil esta instrucción. La brevedad de
un discurso no nos permite entrar en prolijas discusiones
sobre este
particular; pero procuraremos hacer ver cuán defectuoso ha sido el método
que se
había seguido hasta aquí en España en la educación de la primera juventud, y las
ventajas que
deben esperarse del plan mandado observar por el actual gobierno.
Cuando hemos dicho que el plan de instrucción
pública que se extendiese a mayor número de
individuos es el mejor, no ha sido nuestro intento querer persuadir
que deba
ser absolutamente uniforme la instrucción que haya de darse a todos los niños y
jóvenes de una
nación. Semejante plan solamente puede ser aplicable a los estados
pequeños o
repúblicas compuestas de pocos millares de ciudadanos; y así es que
entre los
antiguos pueblos solamente las pequeñas repúblicas de Creta y de Esparta
observaron esta rigurosa uniformidad en la enseñanza, porque la educación era pública
y común
a todos los ciudadanos. Las leyes de Minos y de Licurgo precisaban a los
padres a entregar sus hijos, luego que estos llegaban a
cierta edad, a los magistrados y a los maestros encargados del cuidado de
su educación.
Entre los persas se observó el mismo método mientras que su reino
fue pobre
y reducido a estrechos límites; pero fue abandonada tan laudable costumbre
luego que Ciro aumentó con sus conquistas las riquezas, el
poder y la extensión de aquel
imperio. Aun en
estos pueblos solamente los hijos de los ciudadanos recibían
esta educación
uniforme, pues estaban excluidos de ella los hijos de los extranjeros y de
los esclavos,
que componían el mayor número de la población, y se ocupaban exclusivamente en
las labores de la agricultura y en el ejercicio de las artes.
Este método uniforme de educación y enseñanza
no puede practicarse en las naciones modernas, donde el número de ciudadanos es
infinitamente mayor. Pero, aunque esto debe causar una diferencia notable
en el sistema de
la educación pública de los modernos respecto del de los
antiguos, no
obstante, conviene que se asemejan en cuanto a su universalidad, es decir, que
las leyes deben
facilitarlos medios conducentes para que todos los individuos de la
sociedad reciban
la instrucción acomodada a su clase, y procurar que los que
queden privados
de este beneficio sean en el menor número posible. Basta pues que todas las
clases y
jerarquías de un estado participen de la educación pública para que esta
sea general:
mas no es preciso que todas reciban una misma instrucción.
No obstante, hay una instrucción que es ciertamente la más
principal, y que, extendiéndose a todas las clases de la sociedad, debe por lo
mismo ser igual y uniforme. Esta es la instrucción primaria, cuyo objeto es
enseñar a los niños a leer, escribir y contar, los preceptos de la religión y
los deberes del hombre en sociedad. Ningún gobierno que se precie de ilustrado
puede prescindir de la obligación que tiene de proporcionar a todos los
ciudadanos esta primera instrucción, la cual debe también ser gratuita, a fin
de que los hijos de padres pobres no queden privados de este beneficio. Los
españoles que tan francos y liberales han andado en erigir y dotar ricamente
monasterios, en fundar capellanías, cofradías y otros establecimientos de
piedad no han mostrado el mismo ardor en fundar y dotar escuelas para la
primera instrucción, siendo así que esta es una de las obras de beneficencia
más agradables a los ojos de la divinidad, y más útiles al estado. En algunas
provincias de España, y particularmente en las de Vizcaya, Navarra y Rioja, se
ha cuidado con mayor esmero que en otras de esta parte tan esencial de la
educación pública; pero en las más ha estado casi abandonada, habiendo
infinitos pueblos, aun de mediana población, donde apenas se encuentra un
vecino que sepa leer y escribir, incluso los alcaldes, por no haber una
escuela; al paso que en los mismos pueblos solía haber algún convento de
frailes o de monjas, hermandades de varios santos y cofradías, que en limosnas
y funciones se llevaban al cabo del año mucho más de lo que pudiera gastarse
para mantener un buen maestro de niños. En muchos pueblos que tienen escuela
hay también el inconveniente de no ser gratuita la enseñanza, debiendo los
padres de los niños contribuir mensualmente para la manutención del maestro con
un cierto estipendio, el cual es mayor o menor según que los niños están más o
menos adelantados en la enseñanza. Esto hace que los padres pobres no puedan dar
a sus hijos ni aun esta escasa instrucción; y no estando ellos en disposición
de suplir o hacer en sus casas las veces del maestro, resulta que
los niños pasan los primeros años de su vida en la ociosidad, sin sujeción
alguna, y contrayendo acaso malos resabios y perversas costumbres, que van en
aumento en la juventud por la ignorancia y por la mayor libertad que entonces
disfrutan. Sin embargo, en España hay recursos en abundancia para dotar
escuelas gratuitas de primeras letras en todos o la mayor parte de los pueblos,
sin que para ello sea necesario gravar el erario de la nación. Mas difícil es
encontrar sujetos que sean a propósito para encargarse de la penosa tarea de
educar los niños; pero aun esto podrá lograrse siempre que a los maestros se
les asegure una dotación o sueldo proporcionado a su trabajo y a las
localidades, con el cual puedan vivir cómoda y decentemente.
No se puede negar que en España hay actualmente un crecido número
de maestros que saben enseñar a leer, escribir y contar con un método mejor y
más fácil que el que se había usado hasta aquí; pero este buen método está
reducido a la capital, y a alguna que otra ciudad principal de provincia, pues
en lo restante del reino se enseñan estas cosas con tanta imperfección, y en
algunos pueblos con tanta barbarie, que los niños llegan a cobrar contra ellas
un odio mortal, y un aborrecimiento perpetuo para toda la vida contra toda
suerte de instrucción o estudio. Un buen método de enseñanza debe pues ser
general; pero no basta que en las escuelas primarias se enseñe a los niños a
leer, escribir y contar; es preciso darles también conocimientos sólidos acerca
de la religión, instruirles en la constitución del reino, y en aquellas leyes
que debe saber todo ciudadano, inspirarles amor a la patria, infundirles las
buenas costumbres y los buenos hábitos para el resto de la vida; y en una
palabra, es preciso que en las escuelas primarias sea donde se comuniquen a los
hombres aquellos sentimientos y aquellas actitudes que forman el carácter
nacional. No es tan difícil como aparece a primera vista el lograr esto;
porque un buen método de educación, y la acertada elección de maestros, junto
con el ejemplo y los buenos libros elementales, vencerán todos los obstáculos
que parecen insuperables.
Las instituciones elementales, o catecismos que más comúnmente
andan en manos de los niños, no son tampoco los más a propósito para darles una
justa idea de nuestra religión y de sus santos dogmas. En muchos puntos son
diminutos, en otros obscuros, y en algunos no están enteramente conformes con
la doctrina más sana de la sagrada escritura y de los padres de la iglesia,
inclinándose a las opiniones introducidas nuevamente en los siglos de
obscuridad, y sostenidas por el interés y por el espíritu de partido y de
escuela. También es muy frecuente, en especial en las aldeas y lugares donde no
hay proporciones para tener otros libros a mano, el dar a los muchachos
para que se suelten a leer vidas de santos, escritas sin juicio ni
discernimiento, atestadas de milagros ridículos e imposibles, que ofenden y
degradan la divinidad, dan una idea poco ventajosa de los mismos santos, a
quienes los autores de sus vidas creen neciamente hacerlos más recomendables,
achacándoles cosas que, a ser ciertas, bastarían a rebajar mucho su mérito y su
santidad, y que solo sirven para fomentar la superstición y el fanatismo de los
que las leen, y para darles ideas falsas y equivocadas de la religión. De aquí
proceden después ideas y máximas también falsas de moral, lo que es peligrosísimo,
particularmente en cierta clase, que es la más numerosa, de niños que no
reciben otra instrucción ni otras luces que pudieran destruir las primeras
impresiones y los primeros errores en que han sido imbuidos en las escuelas.
A la lectura de semejantes obras suele acompañar en muchas partes
la de varias historias ridículas también, y llenas de patrañas, como son el
libro de las hazañas de Bernardo del Carpio, el de los doce Pares de
Francia; y a falta de esto se suele echar mano de jácaras y romances donde
se refieren mil proezas de famosos salteadores, ladrones y asesinos, a quienes
la lectura de las valentías de otros anteriores a ellos, y su ignorancia, los
han con lucido tal vez al suplicio. Semejantes escritos, dando ideas
falsas del verdadero valor y de la heroicidad, extravían los espíritus, y
exponen a que a los hombres de un temperamento ardiente y fogoso se les exalte
la imaginación, y viendo celebradas las acciones de aquellos miserables, a
quienes se pinta como unos héroes, quieran imitarlos para hacerse tan famosos o
más que ellos.
Todos estos inconvenientes pueden y deben evitarse por medio de
libros elementales, que contengan con claridad los verdaderos principios de la
religión y de la moral y una instrucción precisa de nuestra nueva constitución,
de las leyes especialmente penales, de las obligaciones del hombre en sociedad,
y un extracto, si se quiere, de nuestra historia nacional; pero de nada servirá
formar estos libros elementales, si no se hace y obliga al mismo tiempo a
introducirlos generalmente en todas las escuelas del reino, y si no se
buscan maestros idóneos y capaces de desempeñar la delicada ocupación de
enseñar a los niños; pero sujetos hábiles que se encarguen de la dirección y
enseñanza de las escuelas primarias jamás los tendremos ínterin no se haga de
este ejercicio más estimación que la que se ha hecho hasta aquí, y mientras no
deje de ser verdadero, y se destierre de nuestra lengua aquel triste y
vergonzoso proverbio, en que para ponderar el hambre y la miseria se cite como
objeto de comparación a un maestro de escuela. Desengañémonos: mientras
que a los que se dedican a la penosa profesión de educar e instruir a
los niños y jóvenes en la primera enseñanza, o en cualquier otro ramo de
instrucción pública, no se les indemnice completamente de su trabajo;
mientras no se les tenga en otra consideración más aventajada que hasta aquí, y
mientras se observe entre nosotros la misma cicatería que se ha guardado hasta,
ahora en la dotación de los profesores públicos, ni tendremos maestros
sobresalientes en ningún ramo, ni de consiguiente la ilustración podrá hacer
grandes progresos. Quizá esta es la causa más principal por que los españoles,
a pesar de estar dotados naturalmente de ingenio claro y perspicaz, de una imaginación
viva y fogosa, y de un juicio sólido, no han hecho en las ciencias
progresos tan rápidos como debían esperarse de tan bellas y felices
disposiciones; y quizá también a la mayor estimación, a las mayores recompensas
y premios que han recibido y reciben los profesores públicos en las otras
naciones cultas de Europa deben estas los adelantamientos que sobre nosotros
han hecho en toda clase de ciencias y de literatura, en las artes, y aun en la
civilización. Sin embargo, muchas de estas naciones han comenzado a cultivar
las ciencias mucho más tarde que nosotros; y aprovechándose de las luces de
nuestros antiguos escritores, han descubierto nuevas verdades, y hecho
investigaciones importantes a fuerza de aplicación y de constancia, y
estimulando con premios y con honores a los que se han dedicado a estas tareas.
En España, al contrario, hemos ido retrogradando cada vez más; y aunque la
nación tiene medios y recursos incomparablemente mayores y más abundantes que
otras para premiar a sus profesores, y para estimularlos al estudio, ha
permitido que apenas tengan con que subsistir. Universidades hay entre nosotros
donde algunos maestros de las principales facultades gozan cada año de solos
1.000 reales, de 500, y aun de 300 por el sueldo de sus cátedras. A pesar de la
reforma y aumentos que pocos años ha se han hecho en algunas universidades los
sueldos de los catedráticos han quedado todavía mezquinos.
Nuestro actual gobierno conoce todos los inconvenientes que hemos
insinuado, y trata seriamente de evitarlos; e ínterin se ocupa en la formación
de un plan general de instrucción pública, ha mandado que, con arreglo a los
dos liceos establecida ya en la corte, se establezca uno en cada capital de
intendencia, donde los niños recibirán una educación ilustrada y liberal
bajo el cuidado de directores sabios y de maestros escogidos, que sabrán
desembarazar la primera enseñanza de las trabas e imperfecciones que la han
entorpecido y hecho defectuosa hasta esta época; y mediante la observación
continua sobre los efectos del nuevo método, proponer las mutaciones o mejoras
convenientes al gobierno, que nada desea más sino que la instrucción se
complete y perfeccione en cada uno de los ramos de que depende la prosperidad
nacional.
Al paso que en España faltan escuelas de primeras letras, sobran
muchas de latinidad. Apenas hay pueblo de tal cual consideración donde no haya
una, y siempre frecuentada de más discípulos a proporción que las escuelas de
primeras letras. Las leyes del reino prohíben y con razón, que se establezcan
escuelas de latinidad en otros lugares que no sean la corte y las ciudades
principales de provincia; pero estas leyes, lejos de observarse, han sido
quebrantadas a cada momento por aquellos mismos que tenían a su cargo el velar
sobre su cumplimiento. Cualquiera villa que ha solicitado permiso para fundar
una escuela de gramática latina, lo ha logrado inmediatamente, sin reparar los
que hacían semejantes concesiones en los perjuicios que de esto se seguían. En
efecto, la experiencia ha hecho ver que donde abundan estas escuelas, se ha
multiplicado también el número de holgazanes y de vagos, y disminuyéndose
notablemente el de labradores y artesanos. Donde quiera que hay una escuela de
latín muchos padres procuran que sus hijos aprendan esta lengua, porque el
saberla, dicen, para nada les puede perjudicar, y porque se figuran darles
acaso por este medio una carrera más brillante, que aplicándoles a la
agricultura o a las artes. Sucede pues que los niños pasan en este estudio
un buen número de años, y cuando llegan a salir de él se encuentran ya hechos
mozos, y los más con poca disposición o con pocos deseos de
continuar la carrera de estudios, o dado caso que los tengan, sus padres no se
hallan tal vez con medios para mantenerlos fuera de sus casas en una
universidad. Entonces piensan aplicarlos a la agricultura o a algún
oficio; pero los hijos que están acostumbrados ya a una vida más regalada, se
les hace muy penosa esta nueva ocupación, la abandonan fácilmente, se vienen a
las ciudades a buscar otro destino más descansado, o aumentar en ellas el
número de holgazanes y de brazos inútiles al estado, si es que no toman el
partido de hacerse curas, o meterse, antes que se podía, a frailes, que era lo
más común, tuvieran o no la vocación y las disposiciones necesarias. Se
ha visto en efecto que en aquellas provincias de España donde había mayor
facilidad para aprender latín, se había multiplicado en extremo el
número de frailes, de que era un perpetuo semillero cada escuela de estas; pero
aunque, los padres conociesen que de tomar un hijo esta resolución se privaban
tal vez de su apoyo para la vejez; sin embargo, por la preocupación en que
generalmente estaban de que un hijo fraile daba un cierto honor y lustre a su
familia, consentían en ello con sumo gusto, creyendo además que salían de
cuidados, pues le dejaban, como se suele decir, la ración asegurada.
Si se reflexiona ahora sobre el método con que se enseña la lengua
latiría en las más de estas escuelas, encontraremos un sinnúmero de defectos y
de absurdos. Por lo regular se enseña el latín por el latín mismo, que es el
mayor de los disparates: la naturaleza dicta que en toda clase de estudio se
pase de lo conocido a lo desconocido; de consiguiente es obrar contra esta
regla infalible el dar a los niños en lengua latina, que todavía; no conocen,
los preceptos para aprender esta lengua. Prescindiendo ahora del trabajo
penosísimo que cuesta aprender lo que no se entiende, y lo fastidioso que debe
ser esto a los niños, es todavía mayor absurdo obligarles a que estudien en
verso, que es aún más difícil de entender que la prosa. Además, este trabajo es
enteramente inútil, puesto que no excusa el explicarles aquellos preceptos en
la lengua vulgar, lo que pudiera haberse hecho desde luego con grande
ahorro de tiempo y de fatiga.
Los libros que se traducen en muchas escuelas de latinidad no son
de los autores clásicos, o si lo son, no se sabe explicarlos ni hacer
notar la propiedad y bellezas de su lenguaje. Es muy común ejercitar a
los discípulos en la traducción de las cartas de S. Gerónimo, que, aunque
buenas y muy santas, están sin embargo muy distantes de tener una pura
latinidad.
En cuanto al estudio de la lengua griega, tan necesario para;
saber con perfección la latina, y
que por lo mismo debe acompañar al de esta, o seguirle muy luego, ¿cómo podrán
aplicarse a él los discípulos si casi todos los maestros de latín ignoran
absolutamente aquella lengua? Ya ha tiempo que en España se ha perdido la
afición a este género de estudios, y más todavía el buen gasto en aprenderlos.
E1 latín que por lo regular aprenden los jóvenes en las escuelas donde dicen
que se enseña esta lengua, apenas basta para traducir malamente una lección de
breviario, un canon del concilio, o un párrafo del catecismo romano. No es
extraño que el descuido y abandono hayan llegado hasta este punto, cuando para
ordenarse y para ser admitidos en los estudios mayores, la mayor prueba que se
exige de conocimientos en la lengua latina es traducir un trozo de alguno de
dichos tres libros. Si posible fuera que en España se siguiera por algún tiempo
para la enseñanza del latín el mismo sistema que se ha seguido hasta aquí, es
bien cierto que dentro de pocos años con dificultad se encontraría en ella una
que otra persona que entendiese medianamente los autores clásicos de esta
lengua. Nada tiene de exagerado lo que décimos, pues hablamos por experiencia
propia de lo que sucede aun en Madrid, donde poco más o menos se sigue
la misma rutina que en otras partes de España en esta clase de estudio.
Pero gracias a la ilustración de nuestro actual gobierno que,
conociendo los defectos que hay en este ramo de la instrucción pública, trata
de desarraigarlos de ella enteramente; y convencido de que el mejor medio de
que los jóvenes hagan progresos en otra clase de estudios más sublimes, o infundirles
el buen gusto de las humanidades, piensa restablecerle de una manera segura,
permanente y general. El sistema de enseñanza mandado observar en los dos
liceos establecidos en Madrid y a imitación de ellos en los colegios que
deberán fundarse en las capitales de intendencias, debe producir los mejores
efectos con respecto al estudio de las humanidades. En ellos habrá no solamente
cátedras de lengua latina, donde se aprenda este idioma por medio de gramáticas
escritas en lengua vulgar, y se ejercitará a los niños en la traducción de los
autores clásicos, sino que también se hará que a este ejercicio siga luego el
estudio de la lengua griega, que acabará de perfeccionarles en el conocimiento
de la latina ; contribuyendo además no poco para la cabal y completa
inteligencia de los escritores de una y otra las luces que adquirirán en la
cátedra de arqueología o de antigüedades griegas y romanas. El que no esté
instruido acerca de la religión de estos dos pueblos, de sus sacerdotes, de las
ceremonias y ritos de sus sacrificios, y de todo lo perteneciente al culto; de
las lustraciones, oráculos, adivinaciones, fiestas y juegos; de la constitución
de su gobierno , leyes y tribunales; de todo lo concerniente a su arte militar;
de los ritos y usos diferentes en sus convites; de sus diversos trajes; de las
ceremonias y aparato con que daban sepultura a sus difuntos; de sus costumbres
y vida doméstica y de otras mil cosas de este jaez a que los escritores hacen continuamente
alusiones en sus obras, no puede decirse con verdad que entiende una ni otra
lengua. Siendo pues esto una cosa que jamás se ha enseñado en nuestras cátedras,
se puede venir por aquí en conocimiento de lo bien combinado que está el
nuevo plan en esta parte de la instrucción pública, y cuan fundadas esperanzas
deberemos tener del acierto en el arreglo y sistema que se adoptarán para la
enseñanza en los estudios de clases superiores.
En la mayor parte de nuestras escuelas de gramática es costumbre enseñar
también a los niños la retórica, es decir, aquella facultad que enseña a
escribir con acierto, delicadeza y elegancia, y a distinguir las bellezas o los
defectos en toda especie de composiciones. Este estudio supone ya en el que se
dedique a él conocimientos profundos en la filosofía y demás artes liberales,
como que las abraza todas, o tiene con ellas una conexión muy íntima. Entre
nosotros se ha creído que la retórica consistía en el estudio escolástico de
ciertas palabras y frases, por medio del cual se ha pretendido hacer que los
hombres aprendan a hablar o a expresar sus pensamientos antes de haber
aprendido a pensar. Lo mismo sucede respecto de la poética, que también se
suele enseñar en dichas escuelas. Con unas miserables instituciones de una y
otra, ya se creían los jóvenes provistos de todos los conocimientos necesarios
para ponerse a escribir sobre cualquier asunto, figurándose que el buen gusto y
la delicadeza, finura y sublimidad de los pensamientos y del lenguaje consistía
en ciertos adornos falsos, frívolos y pueriles de palabras.
Así es que en estos últimos años en que los buenos estudios han
ido decayendo cada vez más en España, hemos visto que una multitud de jóvenes
charlatanes y atolondrados, sin más conocimientos que los escasísimos que
podían adquirir en nuestras aulas de gramática, retórica y poética, han tenido
la osadía de hacer de dictadores de la literatura y del buen gusto, y aun de
reformadores de nuestra lengua y de nuestros teatros. Sin haber saludado
siquiera los modelos de literatura que nos dejaron la antigua Grecia y el Lacio
aventuraban sobre sus autores los juicios más ridículos y desatinados; y
estaban tan mal con todo lo que habían escrito hasta su tiempo los españoles en
lengua castellana, que aseguraban que ninguno de ellos podía
servir de modelo ni aun en el lenguaje.
Para que las lecciones de retórica y de poética sean útiles y no
produzcan como hasta ahora charlatanes y pedantes, es preciso lo primero
separar su enseñanza de las cátedras de latinidad, y lo segundo no admitir a
estas lecciones sino los jóvenes que tengan ya, por lo menos algunos
conocimientos de filosofía; de otra manera es imposible que puedan hacer
progresos en la oratoria, ni conocer las bellezas o los defectos de cualquier
género de escritos. A pesar de las imperfecciones que tenía el plan general de
estudios formado últimamente en el anterior gobierno, sus actores habían
manifestado en esta parte que conocían el inconveniente y el poco fruto que se
podía esperar de enseñar a los jóvenes la retórica inmediatamente después de la
latinidad. Así es que dejaban el estudio de ella para después de haber
concluido la carrera en los demás estudios.
Pero lo más difícil es encontrar sujetos idóneos para desempeñar
estas dos clases de enseñanza. Mientras que lo que se llama filosofía no se
enseñe bajo otro sistema que el que se ha seguido hasta aquí, no es
posible tener buenos maestros para las cátedras de literatura. Nuestro nuevo
gobierno trata también de remediar los defectos que se notaban en esta parte de
la instrucción pública, y de desterrar las preocupaciones que impedían el libre
ejercicio de la razón, reduciendo a un sistema único y uniforme en todo el
reino la enseñanza de la filosofía, y evitando por este medio el cisma
escandaloso que había entre nosotros en este género de estudios, los más
necesarios para cimentar el buen gusto en todos los demás.
José María Fernández Núñez está
galardonado con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.
