Tomás Bernal Benito
La vida es cíclica y que siempre el final de una historia coincide con el
comienzo de otra nueva y que, ante todo momento de penetrante felicidad siempre
hay que esperar otro con igual intensidad de tristeza.
Edgar Morin
El sepelio fue un acto sencillo,
intimista.
Tan solo
estuvieron presentes los más allegados al finado y sus dos grandes compañeros
con quienes había compartido durante años su gran pasión: la caza.
Precisamente, practicándola, un desgraciado accidente, un descuido imperdonable,
lo había facturado al más allá sin billete de retorno.
Tras
finalizar la ceremonia y dar el pésame a la familia, ambos amigos, en silencio,
abandonaron el recinto sagrado. En el exterior, los últimos rayos solares se
resistían a abandonar el atardecer y un aura violácea cubría buena parte del
horizonte. Su resplandor invitaba a la somnolencia. Cuando llevaban recorrido
varios metros de camino, el de estatura más elevada y cabello corto, que vestía
pulcramente de gris claro, rompió su hermetismo tras un largo suspiro.
—¿En
qué piensas? —preguntó a su acompañante, de aspecto desaliñado, rizada
cabellera y complexión atlética.
—Ni
lo sé —respondió éste encogiéndose de hombros—… Bueno, sí que lo sé —rectificó
de inmediato—, pensaba… pensaba si habrá vida después de la muerte.
—Esa
pregunta ya te la has cuestionado muchas veces y no tiene más que una
respuesta: no. Quizás lo hayas hecho inconscientemente, pero durante todo el
camino no has dejado de mirar a ambos lados. No intentes buscar lo que no existe.
Él no está aquí. No nos sigue ningún espíritu. El cuerpo está compuesto
mayoritariamente de agua y deshecho orgánico. Simplemente regresa a la tierra,
de donde proviene.
—Ya...
¿Pero...?
—Pero
¿qué? —le interrumpió bruscamente, sin dejarle terminar.
—Es
que esa versión del simio —continuó entre titubeos—… La verdad, no me convence
nada en absoluto.
—¿Por qué, si
puede saberse?
—Pues porque
en ningún momento responde a mis preguntas. Verás, sí realmente nosotros
descendemos del mono, ¿de dónde desciende él?
—Pues
aparte del árbol —sonrió el hombre de cabello corto—, de una célula, de una
explosión de la materia, del agua.
—Te
envidio por tener las ideas tan claras, pero sigues sin convencerme. Me cuesta
mucho asimilar todas tus teorías porque no me llevan a ninguna parte. No sé si
entiendes lo que te quiero decir. Nunca encuentro un final. Son..., cómo te
diría yo, como las interminables preguntas que me hace mi hijo. A un porqué, siempre
le sigue otro, y así hasta el infinito. Nunca se acaban. ¿Por qué el agua?, por
ejemplo, que me preguntaría él. ¿Quién la echó allí?
—Mira
que os gusta complicaros la vida, con lo sencillas que son las cosas.
—Luego,
al hilo de todo esto que estamos hablando —continuó pasando por alto su
observación—, me surge otra pregunta sin respuesta.
—¿Cuál?
—Es
un comentario que hiciste la otra tarde sobre la antigüedad de la Galaxia y la
Humanidad.
—¿Y…?
—Que
tan poco me salen los números. Vamos a ver, simplemente con remontarnos unos
años atrás, vemos que los avances que se han conseguido durante todo este tiempo
han sido impresionantes... Desarrollo de la raza, longevidad, comercio,
agricultura, ganadería...
—¿Adónde
quieres llegar? —volvió a interrumpirle.
El
hombre de rizado cabello se tomó su tiempo antes de contestar.
—¿Cómo nos ha
costado tantísimo tiempo reaccionar? Me niego a creer que durante millones de
años nuestros antepasados se dedicaran exclusivamente a sobrevivir. ¿Qué
ocurrió con sus cerebros? ¿Los tenían anquilosados? ¿No los usaban?
—Buena
pregunta, sí señor. ¿Y si te digo que todo ha podido ser debido a un efecto
cíclico?
—¿Efecto
cíclico? No entiendo. ¿A qué te refieres?
—Imagínate
que el hombre toca techo, que llega a su cenit, y como producto de su soberbia
provoca una terrible guerra. Un gran desastre de proporciones inimaginables.
Esa podría ser la causa de la explosión que te comentaba antes. Con el efecto
del cataclismo, todo desaparece. No queda más que la nada. Únicamente una dulce
y ansiada paz. Y la vida, con el paso del tiempo y cual Ave Fénix, resurge de
sus cenizas.
—¿Insinúas
qué esta conversación ya ha ocurrido antes?
—No
llego a tanto, pero podría ser.
—Claro,
eso explicaría las largas y vacías distancias en el tiempo.
—Efectivamente.
Una generación, da paso a otra nueva generación. ¿Por qué tiene que ser esta la
primera? Quizás sea la cuarta, o la sexta...
—El efecto
cíclico... Mira, esa teoría sí que me gusta —dijo el hombre de cabello largo
deteniéndose frente a la puerta de su hogar—. ¿Quieres pasar? —le propuso a su
interlocutor mientras se quedaba ensimismado observando el horizonte.
—No, gracias,
me esperan —se excusó—. ¿Qué vas a hacer ahora?
La pregunta le
sacó de su leve abstracción.
—¿Yo? Yo
ponerme a pintar —le respondió recomponiendo el gesto—. Está bellísimo el
atardecer, si fuese capaz de captar su colorido...
—Tú y tus
pinturas —sonrió el hombre de gris, al tiempo que montaba en su vehículo
metálico de energía solar—. No te quepa la menor duda que tus descendientes te
lo agradecerán en un futuro. ¡Hasta mañana! —se despidió momentos antes de
salir volando, rumbo hacia el espacio.
—¡Hasta
mañana! —correspondió a su despedida alzando la mano.
Cuando la nave
desapareció de su vista, oculta entre las nubes, el hombre de los cabellos
largos, que tan poderosamente había contribuido con su esfuerzo y dedicación, y
probable ayuda del exterior, a difundir por todo el continente europeo la
llamada “Revolución Neolítica” o época de la “Piedra Pulida”, se introdujo en
su cueva de Cañaica del Calar, y tras atusarse la barba, se dispuso a decorar
un vaso de cerámica con la única ayuda del borde de una valva de cardium.
«Estés donde
estés, va por ti compañero», murmuró.
VI Concurso de Cuento y Poesía
de Ciencia Ficción “Don José María Mendiola” 2018 (México). Publicación en la Revista El
Ojo De Uk-10 abril 2020.
Tomás Bernal Benito es vocal honorario de la Unión Nacional de Escritores de España.
