El amor con sus milagros

 

Ricardo González Alfonso

Hoy el duende de mis recuerdos se despertó sonriente y con  una mirada pícara. Dicen que el sol caribeño transmite el don de la sensualidad, aunque los cubanos pensemos que es el talento de la sexualidad.  Algo que probablemente no sea cierto, pero que mis compatriotas y yo difundimos con entusiasmo, como parte del marketing sexual criollo.

Digo esto pues  mis recuerdos carcelarios traen consigo, esta vez, tres anécdotas que deambulan  entre lo erótico y lo romántico; y como la vida es teatro, una de las escenas  convoca a la sonrisa, la otra al dolor, y la última al primer haz de ternura  que iluminó éste, mi exilio europeo y reciente.

Fidel Francisco,  un preso político, valiente de nacimiento y soltero por necesidad,  vestía una camiseta con una consigna  disidente: “YO NO”. Significa: yo no delato, yo no coopero con el gobierno, etc. En una visita conoció a una opositora también  valiente y soltera. Vino el amor con sus milagros, y dos meses después tendrían su primer encuentro íntimo. Fidel Francisco iba a la cita con la camiseta heroica . Lo alerté diciéndole: “qué pensará tu novia cuando  lea un mensaje tan poco viril: “YO NO”.  Como buen criollo, diestro en el marketing sexual, no llevó la camiseta de marras. Cuando retornó de su luna de miel, una dicha de tres horas, me aseguró con todo el sol del Caribe en la voz: “Ricardo, yo sí”.

Muchas veces en la prisión el sexo conlleva a una dinámica trágica. A una versión absurda y tropical de Romeo y Julieta. Vinagrera estaba preso desde niño; y desde niño intentó fugarse  una y otra vez, lo cual  multiplicó su condena. Entre rejas se convirtió en adolescente, en joven, en adulto.  Ejerció como homosexual activo. No por ser esta su preferencia, sino por falta de opciones. Ya siendo un hombre,  conoció a una muchacha durante una visita. Entonces Cupido, quien no es cubano pero sí muy sociable y sensual, hizo de las suyas y ambos se enamoraron. Era el primer amor heterosexual de  Vinagrera. Mas como desconocía las sutilezas de la seducción, acosó a su pareja de estreno con brutalidad presidiaria; y la muchacha huyó a esa velocidad olímpica que infunde el terror.

Al día siguiente Vinagrera planeó ahorcarse, y lo hizo con la meticulosidad  de un artífice patético. Creó un dispositivo ingenioso, de modo que si abrían la puerta, la silla sobre la que estaba parado caería, y el lazo corredizo cumpliría su función de verdugo. Pero la auto ejecución podía evitarse si satisfacían su demanda  simple e imposible: que le trajeran a su Julieta.   

El aspirante a suicida confió en la palabra de un oficial. Mentía. Al día siguiente lo trasladaron de cárcel. No lo vimos más. Nunca supimos si Vinagrera murió de desamor; lo cierto es que su Julieta  de emergencia se casó con otro preso.

Por último, revelaré ese haz de ternura que iluminó mi exilio reciente. Después de siete años y cuatro meses de prisión, desperté junto a mi esposa. Piel con piel, sonrisa con sonrisa. Con una esperanza de reestreno mostrándonos el futuro. Porque en el teatro de la vida también existen finales felices, como en los cuentos para niños, y en las realidades de algunos adultos que somos devotos al amor.

Ricardo González Alfonso está galardonado con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.