Manuel Fernando Estévez Goytre
Apuntes preliminares
(Contexto histórico)
A final de noviembre de 1491, Boabdil, último soberano nazarí, conocido por los sobrenombres de el Chico, el Zogoibi, el Desventurado o el Malhadado, se vio obligado a firmar las capitulaciones ante Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Sin embargo, como mal menor inició una negociación que le permitió llegar a un acuerdo por el que entregaba Granada bajo unas condiciones óptimas para su pueblo. El documento estipulaba que los musulmanes tendrían derecho a conservar su fe sin temor a ser castigados o excluidos de la vida social del reino, pudiendo ser juzgados solamente por jueces de su religión, y siempre respetando las ordenanzas de su pueblo; el tributo que abonarían a los reyes cristianos nunca excedería del que venían pagando a los nazaríes; podrían conservar la totalidad de sus armas, a excepción de las que funcionaran con pólvora; los gobernantes los tratarían con el debido respeto, de no hacerlo serían sustituidos y castigados, y se les reconocería el derecho a educar a sus hijos en la lengua y las condiciones que ellos mismos eligieran; por último, no llevarían ninguna clase de distintivo ni sambenito, como se había hecho llevar a los judíos, ni se trataría como renegados a los cristianos convertidos al islam.
Pero las buenas intenciones de los Reyes Católicos no tardaron en cambiar de rumbo tras la toma de la ciudad y, si bien por métodos pacíficos y bajo un clima de cierta tolerancia, el primer arzobispo de Granada, Hernando de Talavera, inició una laboriosa campaña de conversión de mudéjares al cristianismo. Tal fue el empeño y las buenas maneras del religioso en la ejecución de su cometido que se le conoció por el apodo del santo alfaquí. No obstante, rozando el nuevo siglo, Isabel y Fernando aparecen por Granada y descubren el ambiente moro que flota por las cuatro esquinas de la ciudad. Es entonces cuando toman la decisión de encargar al cardenal Cisneros la tarea de la conversión al cristianismo de todo musulmán de una forma más estricta y cruel que la iniciada por Hernando de Talavera. El cardenal centró su trabajo en la cristianización de los elches –cristianos conversos al islam-, presionando económicamente a los cabecillas musulmanes para conseguir una rápida conversión.
Cisneros logró de esta forma bautizar a miles de infieles y confiscar un montante de cinco mil libros religiosos que acabaron en una gigantesca hoguera en la plaza de Bibrambla, y otros tantos científicos que fueron enviados a la universidad de Alcalá. Pero a pesar de todo intento, los musulmanes consiguieron conservar su lengua, sus tradiciones y, sobre todo, su religión, aun poniendo en peligro su vida y la de sus familias. Se sintieron engañados y humillados por el cardenal y pidieron su destitución inmediata. Cisneros no reaccionó de otro modo que encerrando en las mazmorras a los mudéjares más influyentes de Granada.
Corrían los primeros días del año 1500 cuando un oficial del cardenal fue asesinado, y musulmanes y conversos se levantaron contra la autoridad religiosa y militar en el Albayzín. La revuelta se extendió rápidamente por las Alpujarras y llegó a Almería, al este, y a Ronda, al oeste. Las consecuencias no se hicieron esperar e Isabel y Fernando tomaron las represalias que consideraron oportunas y pusieron el asunto en manos del conde de Tendilla. Pero a pesar de la represión y la brutalidad con que fueron tratados los mudéjares, Tendilla no obtuvo, en contra de lo que él mismo daba por hecho, el preceptivo permiso de los Reyes Católicos para pasar a cuchillo a todos los rebeldes.
Con el motivo del levantamiento de las Alpujarras, los cristianos aprovecharon para afirmar que los musulmanes quebrantaron el pacto alcanzado en 1491 y dictaron el Edicto de 14 de febrero de 1502, que ordenaba la conversión o expulsión de todos los musulmanes del reino de Granada antes de abril del citado año, exceptuando a los varones de menos de catorce años y a las niñas menores de doce. Pero la realidad fue muy diferente. Quienes rompieron los compromisos alcanzados en la entrega de Granada fueron Isabel y Fernando, sobre todo de las cláusulas que garantizaban la preservación de la lengua, religión y costumbres de los musulmanes granadinos. A los mudéjares no les quedó más remedio que resignarse y optar por bautizarse y adoptar un nombre cristiano. Desde entonces dejaron de llamarse mudéjares para pasar a conocerse por el nombre despectivo de moriscos.
Aunque años después los musulmanes apoyaron a Carlos V y se les permitió conservar sus tradiciones y mantener una comunidad propia, el siguiente soberano, Felipe II, a causa de la guerra con los turcos y por consiguiente por los nuevos lazos de amistad de los berberiscos norteafricanos con los moriscos españoles, ordenó de nuevo la conversión de todos ellos.
En 1566, aconsejado por Diego de Espinosa, el rey prohibió, a través de un edicto que se dio en llamar la Pragmática, las ropas y las costumbres moriscas, la lengua y los dialectos árabes. Fue Pedro de Deza, presidente de la audiencia de Granada, quien, al año siguiente, proclamaría el decreto y tomaría la decisión de hacerlo cumplir a toda costa. Aun así, Jorge de Baeza y Francisco Núñez Muley, cabezas visibles de los moriscos, trataron de llegar a un acuerdo con los Reyes Católicos y después de un largo año de negociaciones infructuosas decidieron levantarse en armas en 1568.
Manuel Fernando Estévez Goytre es vocal honorario de la Unión Nacional de Escritores de España.
