Carmen Gago Florenti
Podría parecer que es la reciente ausencia del gran historietista Ibáñez, la que me predispone a diseñar en la memoria el perfil de aquellas revistas de humor que nos hacían pasar las mejores horas perdidas de nuestra niñez, pero lo cierto es que no necesito retrotraerme tan atrás para adentrarme en los pretéritos tebeos y las tantas tiras cómicas con los singulares personajes que poblaron ese universo de ayer. La razón es que nunca he dejado de compartir con las grandes obras literarias o los estudios más concienzudos, las risas de esos paréntesis ocasionales, saliendo así del cotidiano tedio de la rutina.
No puedo olvidar esa parcela de mi infancia cuando por razones familiares viajábamos a Santander o Llanes (Asturias). Unos desplazamientos largos y pesados, que mis padres sabían compensar, bien con ligeras charlas o insinuaciones al variopinto paisaje; mas, sin duda, lo más divertido eran los cuentos que siempre adquirían en el kiosco de la estación de Monforte de Lemos, donde el tren, por cambio de vía, solía parar bastante tiempo. Entonces ya no había problema; recostada sobre las piernas de uno de mis progenitores o acaso apoyada en algún almohadón improvisado, dícese un abrigo o chaqueta doblados al efecto, dicho tiempo ya tenía otro sentido. Eran personajes conocidos y queridos que convivían conmigo en aquel departamento durante las largas horas del trayecto –transbordos incluidos-. De ahí, mi extensa colección de incontables títulos que aun conservo como una de las joyas más queridas y añoradas que todavía releo de vez en cuando para compartir con el pasado aquellos momentos inolvidables de mis años felices.
Unidos al nombre de Francisco Ibáñez, a quien hoy dedico este escrito, están los Pulgarcito, TioVivo, DDT, incluso CAN CAN, la revista de las burbujas, en la que colaboraban plumas tan insignes como Víctor Ruiz Iriarte, Jorge Llopis, Alfonso Paso, Evaristo Acevedo, o Nadal, entre otros.
Pero tras el éxito de algunos de sus personajes, tomaron carta de identidad como únicos protagonistas Rompetechos, El botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, y de un modo muy especial las historias de la 13 Rue del Percebe, donde cada piso de tan exclusiva vecindad, era un disparatado cosmos de carcajadas.
Mas, el culmen de su obra ha sido sin duda Mortadelo y Filemón (agentes de información), inspirado de algún modo en su evolución de años, y evidentemente en clave de humor, en el insigne 007, James Bond, ya que cada personaje (el Súper, la secretaria Ofelia o el osado inventor profesor Bacterio), nos recuerdan –salvando todas las distancias- a los creados por el gran escritor Ian Fleming.
El universo de Ibáñez siempre estuvo poblado por multitud de seres graciosos y ocurrentes, víctimas sociales o incomprendidos ciudadanos, que tenían más de humanos que muchos de los que conforman este mundo, ya que en ellos fue capaz de reflejar la mayor parte de los pecados capitales del hombre. Él mismo se constituyó en personaje en más de una ocasión, entablando pareceres dispares con algunos de estos, o echándoles una mano, si el rumbo del episodio lo requería.
Cualquier acontecimiento social o deportivo era reflejado por él a través de los protagonistas mencionados. Prueba de ello es, que tras su irreparable pérdida, la prensa en general y la deportiva en particular le dedicaron sus portadas, como merecido homenaje tras su paso por este mundo.
Los mundiales de fútbol o baloncesto, Juegos Olímpicos en cualquiera de sus especialidades; ciclismo, natación, hípica, atletismo… no se dejó nada en el tintero de su ingenio. Su firma, partícipe de las portadas, formando parte del suceso central, o los resignados y siempre presentes gusanitos, caracoles, lagartijas o ratoncillos, padeciendo las penurias de la temática propuesta, hacían de estas ya de por sí, el primer momento de hilaridad antes de penetrar en las páginas “aleccionadoras” de la narración.
Y como he señalado, los devenires sociales, españoles o extranjeros, no dejaron de ser reseñados con el irónico desenfado de estos dos protagonistas que, como víctimas de los acontecimientos, solían salir malparados de todas sus aventuras.
Visión futurista a veces, como aquella carátula donde unos aviones se estrellaban contra la Torres gemelas de Nueva York, algún mes antes del desgarrador acontecimiento del 2001; y alguna otra en esa línea, hacían pensar si tal vez no poseía, guardada en algún cajón, cierta bola de cristal. Casuales premoniciones.
Sea como fuere, Francisco Ibáñez pese a su partida hacia las estrellas, nos ha dejado un legado tan extenso que siempre, cada día, podemos seguir releyendo las inagotables historias con la sensación de que nos parecerán nuevas y actuales como si se acabaran de producir.
Gracias por dejarnos la risa y la sonrisa por los siglos de los siglos. Amén.
Carmen Gago Florenti es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.
