El asesino del cumpleaños

 

Manuel Fernando Estévez Goytre

Susana aún dormía cuando desperté. Rocé su frente con mis labios y salí al claroscuro que el sol empezaba a pintar en la cartulina azul del cielo. La brisa me sopló la cara con delicadeza y la cancioncilla jovial de los pájaros que empezaban a desperezarse acarició mis oídos con una cadencia que parecía prefabricada.

Al llegar a jefatura encontré a la nueva secretaria, una chica muy distante que pretendía ser bella sin conseguirlo con la que apenas había cruzado unas palabras desde su toma de posesión.

-Buenos días, don Carlos –saludó Alicia, con la mirada fija en la pantalla del ordenador y la mano derecha dirigiendo el ratón.

-¿Tenemos algo nuevo en relación con los últimos sucesos? –pregunté, mientras pulsaba el botón de la cafetera y esperaba a que el aroma y el humo impregnaran la habitación.

-Ha vuelto a hacerlo –ahora sí me miró, aunque brevemente-. Dos veces durante el fin de semana.

¡Dos veces en un mismo fin de semana! El asunto se nos había escapado de las manos. ¡Una auténtica locura! El viernes por la tarde, después de abandonar mi despacho, dejé sobre la mesa el informe, aún inacabado, sobre los hechos ocurridos la semana anterior. Mi jefe inmediato era implacable en cuanto a la entrega de los escritos de los casos que le correspondía gestionar. En el cuerpo del oficio exponía que eran cuatro las personas asesinadas en las mismas circunstancias. Todas ellas eran mujeres jóvenes y los crímenes se habían desarrollado entre las siete y las nueve de la mañana, cuando aún no se habían levantado de la cama.

Al coger el informe y leerlo me di cuenta de que Alicia había añadido la información recabada en mi ausencia, durante el fin de semana, si bien no se excedía en pruebas ni detalles que cualquier funcionario que se preciase habría incluido en la memoria para la debida resolución del caso. Chasqueé la lengua y oscilé la cabeza como pruebas de reproche, pero decidí plantear el asunto al inspector completándolo verbalmente.

Antes de salir repasé el texto y me di cuenta de que la secretaria se refería al autor de los crímenes como el asesino del cumpleaños. No me hizo falta preguntar para comprender el porqué de ese alias. Lo vi reflejado en su mirada esquiva. El informe, a pesar de los pesares y de los errores de omisión, podía considerarse completo, solo faltaba que estampara mi rúbrica, el sello del departamento y se lo presentara al inspector jefe. Seis muertos en seis días, rezaba el texto. Eran muchos crímenes para una comisaría de una zona residencial como la nuestra, donde no solían cometerse delitos, mucho menos asesinatos. Y lo peor era la incertidumbre. ¿Continuaría la ola de violencia misógina en el distrito? ¿Cuántas mujeres más deberían morir entre sus propias sábanas antes de la detención del criminal?

Estaba seguro de que el inspector me enviaría a pie de calle con un par de agentes en cuanto le presentara el escrito. «Interroga a cuantas personas consideres necesarias para la resolución del caso –empezó a campanear en mi cabeza su voz grave y opaca antes de poner un pie en su despacho-, pero no vuelvas sin traerme un culpable. No nos podemos permitir que un caso de esta envergadura acabe archivándose en el cajón del olvido; supondría mi cese inmediato y ni qué decir que el ascenso que me prometió el Director General para fin de año se iría al carajo».

Después de un par de cafés más, una jarra de agua y hora y media escuchando un sermón de padre y muy señor mío regresé a mi despacho. Alicia no estaba allí, como era de esperar. Volvió a media mañana de hacer unas gestiones que supuestamente le había encargado el comisario. Bufé dos o tres veces para expresar mi descontento con la bronca que había recibido del inspector y busqué un gesto de complicidad en su mirada antes de dirigirme a ella.

-¿Querrías telefonear a mi mujer y decirle que no tardaré en llegar, por favor? –le pedí con la conciencia dolorida-. Salí esta mañana sin poder despedirme de ella...

-Claro, don Carlos, no sé si se habrá acordado usted de que hoy es su cumpleaños –respondió a modo de recordatorio.

La miré y encontré un mapa de odio trazado a fuego en su mirada. ¡Su cumpleaños! Cogí la chaqueta y salí del despacho sin despedirme de nadie. Pero, Alicia... apenas llevaba unos días en su nuevo destino y ya contaba con información de primera mano sobre mi esposa, datos que nadie más sabía en jefatura. ¿Cómo tenía conocimiento...? Su cumpleaños. Me culpé por haberla dejado sola y me dirigí a casa.

Manuel Fernando Estévez Goytre es vocal honorario de la Unión Nacional de Escritores de España.