Susana
aún dormía cuando desperté. Rocé su frente con mis labios y salí al claroscuro
que el sol empezaba a pintar en la cartulina azul del cielo. La brisa me sopló
la cara con delicadeza y la cancioncilla jovial de los pájaros que empezaban a
desperezarse acarició mis oídos con una cadencia que parecía prefabricada.
Al
llegar a jefatura encontré a la nueva secretaria, una chica muy distante que
pretendía ser bella sin conseguirlo con la que apenas había cruzado unas
palabras desde su toma de posesión.
-Buenos
días, don Carlos –saludó Alicia, con la mirada fija en la pantalla del
ordenador y la mano derecha dirigiendo el ratón.
-¿Tenemos
algo nuevo en relación con los últimos sucesos? –pregunté, mientras pulsaba el
botón de la cafetera y esperaba a que el aroma y el humo impregnaran la
habitación.
-Ha
vuelto a hacerlo –ahora sí me miró, aunque brevemente-. Dos veces durante el
fin de semana.
¡Dos
veces en un mismo fin de semana! El asunto se nos había escapado de las manos.
¡Una auténtica locura! El viernes por la tarde, después de abandonar mi
despacho, dejé sobre la mesa el informe, aún inacabado, sobre los hechos
ocurridos la semana anterior. Mi jefe inmediato era implacable en cuanto a la
entrega de los escritos de los casos que le correspondía gestionar. En el
cuerpo del oficio exponía que eran cuatro las personas asesinadas en las mismas
circunstancias. Todas ellas eran mujeres jóvenes y los crímenes se habían
desarrollado entre las siete y las nueve de la mañana, cuando aún no se habían
levantado de la cama.
Al
coger el informe y leerlo me di cuenta de que Alicia había añadido la
información recabada en mi ausencia, durante el fin de semana, si bien no se
excedía en pruebas ni detalles que cualquier funcionario que se preciase habría
incluido en la memoria para la debida resolución del caso. Chasqueé la lengua y
oscilé la cabeza como pruebas de reproche, pero decidí plantear el asunto al
inspector completándolo verbalmente.
Antes
de salir repasé el texto y me di cuenta de que la secretaria se refería al
autor de los crímenes como el asesino del cumpleaños. No me hizo falta
preguntar para comprender el porqué de ese alias. Lo vi reflejado en su mirada
esquiva. El informe, a pesar de los pesares y de los errores de omisión, podía
considerarse completo, solo faltaba que estampara mi rúbrica, el sello del
departamento y se lo presentara al inspector jefe. Seis muertos en seis días,
rezaba el texto. Eran muchos crímenes para una comisaría de una zona residencial
como la nuestra, donde no solían cometerse delitos, mucho menos asesinatos. Y
lo peor era la incertidumbre. ¿Continuaría la ola de violencia misógina en el
distrito? ¿Cuántas mujeres más deberían morir entre sus propias sábanas antes
de la detención del criminal?
Estaba
seguro de que el inspector me enviaría a pie de calle con un par de agentes en
cuanto le presentara el escrito. «Interroga a cuantas personas consideres
necesarias para la resolución del caso –empezó a campanear en mi cabeza su voz
grave y opaca antes de poner un pie en su despacho-, pero no vuelvas sin
traerme un culpable. No nos podemos permitir que un caso de esta envergadura
acabe archivándose en el cajón del olvido; supondría mi cese inmediato y ni qué
decir que el ascenso que me prometió el Director General para fin de año se
iría al carajo».
Después
de un par de cafés más, una jarra de agua y hora y media escuchando un sermón
de padre y muy señor mío regresé a mi despacho. Alicia no estaba allí, como era
de esperar. Volvió a media mañana de hacer unas gestiones que supuestamente le
había encargado el comisario. Bufé dos o tres veces para expresar mi
descontento con la bronca que había recibido del inspector y busqué un gesto de
complicidad en su mirada antes de dirigirme a ella.
-¿Querrías
telefonear a mi mujer y decirle que no tardaré en llegar, por favor? –le pedí
con la conciencia dolorida-. Salí esta mañana sin poder despedirme de ella...
-Claro,
don Carlos, no sé si se habrá acordado usted de que hoy es su cumpleaños –respondió
a modo de recordatorio.
La miré y encontré un mapa de odio trazado a fuego en su mirada. ¡Su cumpleaños! Cogí la chaqueta y salí del despacho sin despedirme de nadie. Pero, Alicia... apenas llevaba unos días en su nuevo destino y ya contaba con información de primera mano sobre mi esposa, datos que nadie más sabía en jefatura. ¿Cómo tenía conocimiento...? Su cumpleaños. Me culpé por haberla dejado sola y me dirigí a casa.
Manuel
Fernando Estévez Goytre es vocal honorario de la Unión Nacional de Escritores
de España.