El barrunto

 

María Platero

El administrador del palacio se detuvo frente a la galería que daba acceso al patio principal para retener la frescura de los azulejos que acababa de dejar atrás. Madrid sería, sin duda, menos tórrido, todo se le antojaba una ventaja. Retomó el paso inmisericorde en busca de sus hijos. Acomodado bajo uno de los limoneros más frondosos, Antonio observaba sereno a la mosca que le recorría pertinaz la piel del brazo. Le pareció oír reír a su hermano, como cuando jugaban a Lagartijo y Frascuelo y Manuel le bailaba media sevillana agitanado y canalla, simulando una suerte de banderillas frente a la fuente del jardín.

Para cuando supo que aquella sería su última semana en Sevilla ya estaban hechas las maletas de toda la familia. La víspera de su viaje el cielo parecía cada vez más alto. Su madre esperaba sentada, las manos sobre el vestido, mirando aterida el equipaje acumulado en el zaguán. Antonio se acercó a ella caminado quedo como quien hace fila para comulgar.

-Madre me quiero llevar estos limones-, el niño mostró los frutos enormes en sus manitas de algodón.

Ella le respondió con un beso de zafiro y una sonrisa de primavera.

-Cierra los ojos y huélete bien las manos Antonio, eso que respiras te lo llevas, lo demás se queda aquí; piensa que este no va a ser nuestro último viaje hijo, nos queda bastante camino, no podemos llevarnos ahora mucho más que los recuerdos - un latigazo agorero le recorrió la garganta como un relámpago.

El niño obedeció inquieto.

-Pero madre, ¿usted vendrá siempre conmigo?

-Mientras haya un sol en el cielo hijo mío, a tu verita para los restos de la vida, paso a paso.

María Platero es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.