El buscador de vida

 

Ruy Vega

Ya nadie recuerda nada, nadie. Han pasado años, muchos años. Tantos como para que, tras el Fin de los Tiempos, todo comenzase a contar de nuevo. Quién sabe lo que realmente ocurrió, cualquier recuerdo se pierde más allá de donde llega nuestra memoria. Dicen algunos, los más atrevidos, que hay pruebas del origen, pero que han sido ocultadas, que a nadie le debe interesar la verdad si esta no resuelve nada. Es todo tan extraño que nadie conoce, o al menos no se dice, quién está al mando de todo. Cuando es necesaria alguna nueva ley, se nos envía directamente para que seamos conscientes de las nuevas indicaciones. No hay preguntas, no hay dudas. Realmente son pocos los que buscan un motivo. ¿Para qué? No tiene importancia preocuparse cuando tienes todo el tiempo por delante. Llegarán tiempos mejores.

Cuentan que una supernova, cerca de nuestro amado Sol, acabó con todo. Fue como una muerte lenta y extraña. Se detectó la explosión con la antelación suficiente. Dicen que incluso se conocía cuándo llegaría a la Tierra. También que sabían lo que provocaría tanto al clima como a los seres vivos, pero que no se podía hacer mucho. Al menos es lo que afirman. Aunque también cuentan algunos que hubo quien huyó en una de las pocas naves que tenían disponibilidad para llegar hasta la estrella más cercana, Próxima Centauri. Pero no son más que habladurías que nadie ha conseguido demostrar. Y si fuera así, ¿por qué abandonarnos a los demás en este, ahora, planeta inhabitable? La Tierra es ya únicamente un recuerdo de lo que fue. Solo un triste cuento, eso es lo que es. Desde el espacio se observa como un cuerpo rocoso, silencioso, con grandes tormentas eléctricas y de polvo que apenas dejan ver la superficie. En eso nos hemos convertido.

Cada uno de nosotros tenemos una tarea. Día a día cumplimos con ella, hasta que llega la siguiente. Yo, la verdad, tengo una enorme suerte. Soy de los más afortunados. Busco seres vivos. Sí, así es, busco animales o plantas. Sí, vale, existen en los cúmulos y habitáculos artificiales creados para sacar adelante algunas especies (en realidad podemos considerar ya todas extintas en lo que respecta a su vida en libertad). Por eso, es tan importante encontrar algo, aunque sea vida a nivel bacteriológico en los ríos y mares de la Tierra, ahora contaminados y con una carga radiactiva tan elevada que los hacen lugares inhóspitos.

Me gusta ir a verlos a esos pequeños mundos burbuja que hemos creado para ellos. Los miro durante horas. Tenemos monos, perros, gatos… Pero sabemos que otros, como los grandes felinos o las ballenas, se han perdido para siempre. Se han intentado reproducir en laboratorio, pero sin un miembro original es realmente imposible. Ni tan siquiera simulando cadenas de ADN o ARN. Im-po-si-ble. Lo hemos intentando, solo eso. Fracaso tras fracaso.

Así que eso es lo que yo hago. Camino de un lado a otro. Viajo, observo con cámaras infrarrojas que serían capaces de detectar seres microscópicos a más de trescientos metros de distancia, pero hasta ahora no ha sido posible. No me importa. Tanto los compañeros como yo sabemos que todavía tenemos tiempo. No hay prisa, solo hay que acertar una vez para darnos cuenta de lo más importante: todavía hay esperanza.

Hubo una noche, una de esas cerradas en las que apenas hay visibilidad, que creí haberlo logrado. A lo lejos, no más de medio kilómetro, algo se movía. Era una sombra pequeña, oscura, rápida. Consulté el mapa de presencias y ninguno de mis compañeros estaba en aquella zona. Por si acaso, pedí a la central que rastrease los GPS de todo el valle, pero nadie estaba en aquel lugar. Al menos nadie de nosotros. Solo fueron unos segundos, ¿tres, cuatro? No sé. Puede que algo más. Pero se perdió. Y desapareció. Se fue.

Fui tan rápido como pude. Demasiado tarde. Allí solo había lo de siempre: rocas, piedras de diversos tamaños y polvo, mucho polvo. Lo demás, un vacío absoluto. Tampoco había nada donde eso, fuera lo que fuera, pudiera esconderse sin que pudiera verlo. Pero…

No sé, pero siempre me ha quedado la duda. Me martillea una y otra vez. ¿Y si hubiera estado cerca del gran descubrimiento? ¿Habré fallado? Consulté con algunos otros que trabajan en mi mismo campo. Pocos han tenido experiencias de este tipo. Somos casi infalibles en nuestro trabajo. Estamos entrenados para ello. Y si a uno de nosotros nos entra la duda, es más que fundada. Tan solo dos han asegurado que les ocurrió algo similar, si bien ninguno dio en su momento el parte oportuno, como estamos obligados; tan solo yo, por lo que no llego a creérmelo del todo. No estoy diciendo que mientan, nosotros no mentimos, no podemos. Tan solo digo que es algo, al menos, discutible.

A veces tengo la impresión de que siempre será así. Seguiremos cuidando las pocas especies que mantenemos en los hábitats artificiales protegidos de la radiación exterior, seguiremos buscando vida en la Tierra, seguiremos intentando contactar con los que quizá se fueron, seguiremos así, por la eternidad. Buscando, siempre buscando. Es, sin duda, como si desde el principio de todo supiéramos que nos falta algo, que todo está incompleto, que hay ausencia de algo que nos haría comprender el conjunto como un todo conexo, y no inconexo, tal cual se nos muestra ahora. Falta el engranaje que da sentido al conjunto de la historia, de nuestra historia.

En realidad, aquel que manda es como si solo tuviera un objetivo: encontrar la vida, buscar nuestro origen. Tras milenios de avances, tenemos la capacidad para hacer muchas más cosas, llegar más allá. Podríamos viajar lejos, muy lejos, posiblemente llegaríamos hasta Próxima Centauri y de allí a Próxima-B, un planeta que podría ser habitable. Posiblemente tengamos la capacidad para viajes incluso más largos, casi eternos. Podríamos construir naves gigantescas, pequeños mundos flotantes. Pero no lo hacemos. Nosotros no nos preguntamos el motivo, no tenemos potestad para ello. Solo recibimos indicaciones. Reconozco que yo lo he hecho, a solas, en las largas horas de búsqueda que paso cada día, pero no me he atrevido a comentarlo con nadie más. Podría correr peligro.

Ojalá algún día todo cambie y encontremos la respuesta a cada una de las preguntas. Entonces entenderíamos nuestra existencia. Cada segundo y cada minuto tendría su sentido.

A mí me gusta aferrarme a la teoría de HN515-B, el único de nosotros que se atrevió a desvelar algo que, según él, había descubierto gracias a un archivo encontrado entre las ruinas de la vieja civilización. Según cuenta, en el documento que logró subir a la red, y que estuvo disponible durante al menos dos horas (posteriormente fue eliminado y él fue detenido), nosotros, los androides, fuimos creados por una especie inteligente de seres vivos. Sí, ellos debieron ser, según cuenta, nuestros creadores. Humanos, así se llamaron. Al parecer la supernova acabó con ellos hace ya unos quince mil años, y desde entonces seguimos nosotros aquí, cuidando lo poco que ha quedado. HN515-B aseguró que nos borraron la memoria para no recordarlo, y nos implantaron las órdenes que todavía a día de hoy mantenemos. ¿Qué fue de él? Nadie lo sabe y poco importa.

Lo que de verdad me pregunto es si esa alocada teoría es verdad, y si no lo es por qué la eliminaron de todo aquello que se pudiera registrar. Me pregunto si puede tener relación con quien todo lo controla, me pregunto si no somos más que objetos o si somos algo más.

Pero no siempre las preguntas tienen respuesta…

De momento, me limito a seguir las órdenes, como si fuera una máquina.