Ruy Vega
Siempre
había estado allí. La verdad, no recuerdo ver nada en aquel lugar, en su lugar.
Desde que, de pequeño, mis padres me llevaban todos los veranos a casa de mi
abuelo, recuerdo verlo. Era algo mágico. Siendo niño, me pregunté para qué
servía. Nadie me lo quería contar, nadie. Ni mi madre, ni mi padre, ni mi
abuelo, ni mi hermano mayor. ¿Cuál era el secreto de aquello para no ser
confesado?
Recuerdo
levantarme temprano, en Salas -donde estaba la casa-, sentarme en el salón, y
mientras esperaba a que el resto se despertasen, observarlo fijamente. Lo que
estaba claro es que había sido repintado. Ahora lucía un color azul hermoso. El
óxido ya no se veía por ningún lado.
Pasaron
los años, dejé atrás la inocencia, dejé atrás los amores de juventud, y de
súbito entré en el odioso mundo de los adultos, las preocupaciones y la
intranquilidad infinita. Mis padres fallecieron antes de lo que la justicia
vital debería permitir. Mi abuelo ya no estaba. Mi hermano y yo nos veíamos,
pero cada vez menos. Durante unos años estudié una carrera en Oviedo, pero
nunca llegué a trabajar de ello. Tuve un golpe de suerte. En los últimos años
de mis estudios escribí un poemario, más con la intención de desahogarme, de
contar lo que me rodeaba y preocupaba, que de cualquier otra intención. Un buen
amigo lo leyó y le gustó. Se lo dejó a su padre, que por aquel entonces
trabajaba en una editorial, y ¡bum! A la gente le gustó, y mucho. Pude
dedicarme a ello, trasladarme a Madrid y vivir un sueño. Pero llegaron los
cinco fatídicos meses en los que los perdí a todos. El dolor era inmenso. La
editorial me pedía un nuevo poemario, pero no era capaz de centrarme. No, no lo
era.
Dolor
superado por incomprensión. Poemas vacíos.
Tomé
una decisión. Debía cambiar radicalmente si quería seguir haciendo lo que
siempre había querido: vivir de la escritura. Eliminé del portátil lo último
escrito. Todo. Cogí mi maleta preferida y la cargué de poca ropa y muchos
libros. Inspiré. Me puse en los cascos de música una canción de Nacho Vegas y
abandoné la capital. Debería regresar a la infancia, a lo iniciático, a lo que
me había construido como persona. Solo así podría recuperarme.
Viajé
en tren, siempre me gustó hacerlo. Llevaba conmigo mi pequeño cuaderno y
comencé a esbozar algún verso suelo, frases que me gustaban, palabras
encadenadas. Todavía no había llegado y sentía que el camino comenzaba de
nuevo. Era feliz. Sonreí.
Una
vez en Oviedo, un ALSA me llevó hasta Salas. Había regresado. No era como
antes. No había abuelo, no había madre, no había padre. Pero sí que estaba yo.
Cuántos recuerdos en aquella casa.
Dejé
la maleta sobre la cama donde solía dormir de niño. No la abrí. No la deshice.
No la tuve en cuenta. Ahora era el pasado y yo quien nos encontrábamos, ahora
aquellas paredes eran lo importante.
Me
dirigí al mueble bar y saqué le mejor whisky que había y que mi abuelo jamás me
había dejado probar. Me serví.
—Por ti —dije, y lo
alcé al cielo.
Un sorbo, otro y otro
más. Poco a poco el niño regresaba. Cogí el móvil. Busqué el Whatsapp y escribí
un mensaje a mi hermano: «Estoy en casa del abuelo. He venido a ver si logro
escribir algo». Enviado. Click azul
de leído. «Ok. Descansa. Saluda a la gente de mi parte cuando la veas». Pienso.
Escribo: «Lo haré».
El vaso, ya vacío, me
pide un nuevo trago. Me sirvo. Comienzo a deambular por la casa, el hogar o
como quiera que se pueda llamar para un emigrante de los sentimientos como yo,
que regresa.
Media hora más. El
teléfono vibra. Es mi hermano de nuevo. «Oye, que he pensado que ya que estás
allí por qué no me coges el cepo, sí el famoso cepo y me lo mandas. Siempre me
gustó. Al abuelo supongo que no le importaría que me lo quedase».
El cepo… Apenas era ya
un recuerdo del pasado para mí. Entro en la habitación donde se encontraba. Me
siento delante de él. Lo observo como el que mira un tesoro. No es lo que es,
es lo que representa: mi niñez. Sonrío. Asiento.
—Ahí estás —susurro.
Lo observo con
detenimiento y, por fin, justo en ese instante, me doy cuenta de qué se trata.
Lo busco en Internet, ahí está. Cómo pude ser tan tonto de pequeño. Aquel
instrumento, aquella herramienta no era otra cosa que un artilugio de caza,
usado para atrapar presas por el pie. Lo toco, lo acaricio con suavidad. Ahí
está mi pasado.
Lo bajo de la
estantería y lo coloco sobre una silla. Me acurruco a su lado. El abuelo ya no
está, pero es como si me estuviera mirando fijamente. Creo haber cerrado un
círculo que tiene su fin justo en el día de hoy, momento en el que regreso a
Salas tras encontrarme solo. Hoy, oficialmente, dejo atrás el niño que jugaba
en aquellas calles. Hoy, oficialmente, soy adulto. Y el cepo es la llave que me
lleva a ello.
Cuántas presas habrían
caído, ¿cuántas? Quizá ninguna. Pienso y pienso, pero no recuero, jamás, ver a
mi abuelo de caza. Nunca. ¿Podría ser el regalo de algún vecino? Podría, pero
entonces ¿por qué esconder su uso?, ¿por qué nunca llegaron a decírmelo?
Lo dejo de nuevo en su
sitio. Ya no importa. Ya no soy el niño.
Cojo de nuevo el
teléfono y escribo un wasap a un par de amigos con los que todavía guardo el
contacto. Ellos trabajan en la fábrica que Danone tiene allí. Yo escribo
poemas. Ellos están casados y tienen hijos. Yo nunca he tenido una relación
estable. Ellos son felices. Yo he regresado al pueblo para buscarme a mí mismo.
«Joder, no sabía que
estabas aquí. Pues claro, nos vemos en el bar de siempre en media hora»,
responde uno.
«¡Claro! Te veo donde
siempre», dice el otro.
Apenas me arreglo.
Simplemente doy una vuelta más por la casa. Entro en la habitación de mi
abuelo. Allí está su foto, de joven, de la mano con una niña que, tres décadas
después, se convertiría en mi madre.
Una fuerza invisible me
detiene delante de aquella imagen. No me muevo. No quiero. Sudo ligeramente.
Ahora lo comprendo
todo.
Delante de mí, un joven
que probablemente fuera aficionado a la caza, con su hija pequeña, posa
orgulloso con su nueva pierna ortopédica.
Mientras camino al
encuentro con mis amigos, me imagino a mi joven abuelo, tumbado en un monte
cercano, con apenas 25 años, atrapado en un cepo que le posiblemente le hizo
perder la pierna. Me lo imagino, tiempo después, recogiendo aquel cepo y
dejándolo en su casa; no queriendo olvidar que lo peor no es perder una pierna,
lo peor es perder a quienes amas.
Y quizá por eso estaba
yo en ese momento allí.
Y quizá por eso mi
abuelo, que había criado solo a mi madre tras fallecer mi abuela en el parto,
llevó aquello hasta allí.
Y quizá por eso me convertí en poeta, para poder contar esta historia…
Ruy Vega. Es autor de cuatro novelas de
ciencia ficción: El proyecto Dream (2015), La señal (2017), Herederos del
universo (2019) y La última misión Apolo (2022). Además, ha colaborado en
diversas publicaciones y es coautor de varios libros, destacando el libro
publicado con motivo de la entrega de los premios de la Asociación Española de
Críticos Literarios en Villafranca del Bierzo (2018), Fuera de guion (2018),
Escritores por Ciudad Juárez (2020), Misterio en El Bierzo (2021), Bierzo
criminal (2022) y Bierzo fantástico (2022). Colabora habitualmente con los
medios de comunicación, en los que participa con reseñas literarias, críticas
de cine y artículos de opinión.
