El duende de mi teatro

 

Ricardo González Alfonso

La memoria es un duende cómplice. Al menos así ocurre  en mi  dramaturgia como prisionero de conciencia y refugiado debutante. En Cuba y en España el arte de no olvidar es un recurso travieso.

Así, a golpes de recuerdos, este duende selecciona las máscaras emblemáticas de la comedia y de la tragedia. Ambas las he vivido en mi sino humano una y otra vez.

Por eso, quizás, a veces reír no puedo y otras lloro sin querer, como afirmara el poeta Rubén Darío, quien nunca estuvo preso, pero que gozaba en abundancia del don de la lucidez.

Como no soy un perito internacional en absurdos carcelarios, ignoro si en otras prisiones del mundo los reclusos emplean los mismos métodos, métodos de disparate,  para combatir la desesperanza. Esa reacción que engendra la rutina penitenciaria, con su  acervo de soledades y desconsuelos.

Lo cierto es que muchos presos comunes en Cuba optan por auto mutilarse. Una acción semejante a  un suicidio parcial, limitado a una zona del cuerpo que el recluso considera enemiga.  Este   recurso de espanto y desespero tiene como finalidad llamar  la atención de los guardias, y reclamar así un derecho, en la carrera sin ventajas de su vida de encierros.

Conservo en la memoria un repertorio amplio de esos absurdos sangrientos. Seleccionaré unos pocos.

En Agüica, una prisión de la provincia de Matanzas, en la región occidental, conocí a un joven quien para protestar  se abría una pequeña incisión en el abdomen, y por ahí se extraía parte del intestino. Lo operaron en varias ocasiones. Su vientre mostraba un ir y venir de suturas con vocación de remiendos de urgencia, de modo que su ombligo se hallaba desubicado, extraviado por una esquina de su abdomen. Se me antoja creer que aquel  ombligo   se sentía avergonzado, triste de su suerte.

La situación se agrava cuando avanzamos hacia el  oriente del país. En la prisión de Kilo 8, en la provincia de Camagüey, supe de mutilaciones de un dramatismo mayor. Citaré dos casos.

En la década del 90 a Urquiola lo condenaron a la pena de muerte. Oyó decir que a los mutilados no los fusilaban, y optó por un ardid de sangre. Para conmover a sus verdugos se amputó una mano, y pagó a un recluso para que le cercenara la otra. Salvó la vida. Ahora cumple una condena de 30 años, mientras goza de un consuelo de emergencia: sus manos, sepultadas o incineradas, son libres.

Otro caso es el de Chabela, un gay que llevó su preferencia sexual hasta un límite heroico. Bajo el efecto alucinante de fármacos se extirpó los testículos y el pene. Poco faltó para que muriera desangrado. Su pareja me aseguró que desnuda era una mujer, de pocos senos, pero una mujer. Le creí a este amante orgulloso. La mirada de Chabela  aún lo confirma en mi recuerdo.

Por suerte la complicidad de mi memoria no sólo se limita a escenas trágicas. A veces ese duende me abre de par en par sus puertas de humor.

Un humor absurdo, propio de las circunstancias adversas y de las otras. Por eso, quizás, me permita recordar alguna donde se asome una sonrisa, y en la próxima ocasión pueda comentarles una escena risueña, cuando  entre usted y yo se levante otra vez el telón humano de la vida.  

Ricardo González Alfonso está galardonado con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.