Jorge Moya Olcina
Esta es una historia rescatada de
las redes del olvido. En ella se narrarán vivencias de las gentes que
compartieron la dureza del trabajo en el mar con el esfuerzo que supuso la construcción
de una obra emblemática que ha perdurado hasta nuestros
días, erigida con sólido metal, poderosa cuan mascarón de barco, pero a la vez
ligera, como si flotara, adentrada sobre las aguas calmadas de una bahía, la
del Hornillo, en el lugar donde todo ocurrió. Acontecimientos y relaciones
entre pescadores y recolectores de esparto —hombres y mujeres del pueblo— y los
constructores ingleses que la llevaron a cabo.
Pero, sobre todo, este libro cuenta
lo acontecido en un periodo concreto de la vida de una mujer: casi cuatro años
de su juventud en los que tuvo que aceptar las premisas y enfrentarse, al mismo
tiempo, a los prejuicios de una época por forjarse una vida y un destino
propios. Resultó ser una mujer valiente, a pesar de sus indecisiones y miedos,
en un tiempo en el que todo era bien distinto al nuestro.
Antes de nada, me presentaré: mi
nombre es Isabel H. Kent Santisteban. Isabel por mi abuela materna. La hache
mayúscula corresponde al primer nombre de mi bisabuela. Mi apellido es inglés
porque mi padre era un guapo americano de profundos ojos azules, nacido en San
Francisco. Mi madre, española. Una preciosidad de ojos castaños. De nombre
Cecilia. Y sí, se trata de ella, de Cecilia Santisteban, la famosa escritora.
Dejad también que os confiese un
pequeño secreto: la historia que podréis leer a continuación no la he escrito
yo, sino que lo hizo mi madre. Hace ya casi cuarenta años. Yo únicamente la he
transcrito tal cual a ordenador, al cabo de un tiempo después de terminar de
leerla en su día toda de un tirón, sentada en el suelo del viejo desván junto
al, aún más viejo, arcón donde encontré el manuscrito por primera vez. Con esta
introducción quisiera aclarar el motivo que llevó a Cecilia a plasmarla en
papel, estando embarazada de mí, y el porqué de no haber salido a la luz hasta
ahora.
Aclararé también que actualmente
trabajo como enfermera en un hospital de Londres, de modo que espero que sepáis
disculparme si no transmito la idea en un orden correcto. No tengo formación
literaria, pero me esforzaré todo lo que pueda en explicar el origen y el
porqué, como digo, de lo anterior.
Por desgracia mis padres ya no
viven. Mi madre falleció, tras
ocho años conviviendo con una enfermedad que no viene al caso nombrar, en junio
de 2020 —precisamente el mismo mes en que se levantó el estado de alarma
provocado por la pandemia mundial del covid-19. Todos los medios se hicieron
eco de la noticia de su muerte—; y mi padre —George Kent; Jor (de Jorge) para
mi madre— murió víctima de un accidente de tráfico antes de que yo naciera. Así
que lo conocí solamente por fotos.
Tengo treinta y cinco años, y aunque
mi padre era americano, en esta pequeña localidad, ciudad natal de mi madre, se
me conoce como Isabelita la hija del
inglés.
Pero vayamos por partes. Me
remontaré al año 1982.
Por
aquel entonces mis padres se conocieron en Belfast.
Eran jóvenes —él contaba con veintisiete años y ella con veinticinco—. Los dos
cubrían como periodistas las noticias que llegaban del conflicto norirlandés.
Mi madre trabajaba de enviada especial para un famoso rotativo español, y mi
padre lo hacía para una cadena de televisión de su país. El amor surgió a
primera vista, una tarde en la que coincidieron por primera vez, compartiendo
cervezas junto a unos cuantos colegas de otros medios y países, en un pub de un
céntrico distrito de la capital norirlandesa. Eran tiempos duros, golpeada la
zona por los continuos atentados terroristas del IRA.
Trascurridos dos años de relación
sentimental, finalmente mi padre consiguió ser contratado por el periódico para
el que trabajaba mi madre, y a ambos se les comunicó la noticia de su vuelta
inmediata a Madrid. Mi madre ya había vivido anteriormente en la capital
española, pues allí había marchado, tras licenciarse en periodismo por la
universidad de Valencia, para buscarse la vida justo un año antes de encontrar
trabajo y de que la enviasen a Irlanda como ilusionada reportera.
A pesar de que Cecilia y George
sabían que sus destinos divergirían por temporadas más o menos largas, recaer
en aquel periódico con sede en Madrid no dejaba de ser una gran alegría:
abandonaban por fin un escenario en permanente conflicto —aunque aquí en España
también se sufría la etapa tremendamente dura del terror de ETA, conocida como los años de plomo—. Así que sé (porque me lo dijo mi madre)
que fui concebida la noche en la que celebraron el retorno a un país más o
menos en paz.
Pero aquel 1984 era año olímpico, y
mi padre fue requerido como corresponsal para cubrir el célebre evento
deportivo en Los Ángeles, sede de los Juegos. A pesar del distanciamiento
físico que el encargo significaría para la pareja, mi padre aceptó el nuevo
destino y mi madre lo apoyó enteramente. Supondría tan sólo un periodo de tres
semanas, un mes a lo sumo, sin verse. Al fin y al cabo, el tiempo pasa tan
rápido…, y además se habían comprometido a casarse tan pronto él regresara. Sin
embargo, pese a los sueños compartidos, pese al futuro prometedor de ambos,
pese a sus ilusiones, ocurrió la tragedia inesperada…
Nunca olvidaría mi madre el día que
recibió la noticia. Ni tampoco lo que inexplicablemente aconteció en su alcoba
en el silencio y en la penumbra de la noche anterior, mientras dormía.
Fue durante el décimo día de Juegos
de un caluroso mes de agosto en España; esa madrugada, hora peninsular, se
jugaba la final de baloncesto entre la selección española y la del país
anfitrión, Estados Unidos. Yo no sé si existen las premoniciones, pero mi madre
me confió que aquella noche fue testigo de un extraño presagio. Estaba sumida
en un profundo sueño, en la habitación de su piso de Madrid, un sencillo pero
acogedor apartamento que alquilaron al regresar del Reino Unido, cuando el
estruendo de un fuerte golpe que sintió a los pies de la cama la hizo despertar
de repente y de manera brusca. Asustada, encendió la lámpara de la mesita de
noche. Con respiración agitada recorrió su mirada la estancia sin encontrar
nada que le llamase la atención ni de lo que debiera preocuparse, hasta que
alzándose sobre sus codos, algo más tranquila, se percató de que la silla que
ocupaba unos de los rincones, donde esa noche había dejado la camisa blanca y
su ajustado pantalón vaquero —ese que tanto le gustaba a Jor, y que Cecilia
pronto tendría que cambiar por otro más holgado— se encontraba volcada y la
ropa esparcida por el suelo. «¿Cómo había pasado? ¿Qué había ocurrido? ¿Sería
debido al peso de las prendas apoyadas en el respaldo? No entendía nada, ¡pero
si hacía más de cuatro horas que se había acostado!… ¿Acaso un leve temblor?,
pero, ¿como consecuencia de qué?». Acuciada por un inexplicable desasosiego, ya
no volvería a conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, a eso de las
nueve, y después de tomar un reconfortante
desayuno a base de café con leche, tostadas con aceite y jamón, y una buena
naranjada —nunca olvidaría esos pequeños detalles que se instalan en la memoria
para el resto de tu vida cuando una desgracia, un hecho que jamás podías
imaginar que llegase a ocurrir, te la cambia para siempre—, la joven Cecilia ya
había desterrado de su cabeza por completo el peculiar suceso de la silla.
Ansiaba que fueran las tres de la tarde para que llegara la llamada de teléfono. Esa que todos los días, a la misma hora, le
hacía el amor de su vida desde el otro lado del Atlántico.
Mi madre deseaba darle la gran
noticia: «Jor, mi amor, vamos a tener un hijo…». Sin embargo, transcurridos
veinte minutos, le extrañó el retraso del ring
del teléfono. Él nunca se había demorado tanto en las dos semanas que llevaba
desplazado al otro lado del charco. «Estará muy ocupado. Habrá tenido que
cubrir alguna noticia de última hora. Se habrá alargado alguna reunión a la que
haya sido convocado», se decía a sí misma…
Y por fin, a las cinco horas y
cuarenta minutos —la hora, otro detalle que se le quedaría grabado para siempre
en su memoria—, el timbre del aparato, testigo mudo de conversaciones a
distancia, restalló insistente. Expectante, alegre, emocionada, agarró el
auricular y se lo llevó al oído. Pero cuál fue su sorpresa cuando al otro
extremo de la línea, en lugar del sonido de la voz amada escuchó otra, bien
distinta, también de hombre, pero voz seria, indecisa, atropellada. Reconoció
en ella a Marín Vidal, compañero y amigo de ambos, que comenzó a hablarle con
esas primeras palabras que tampoco olvidaría jamás: «Hola, Ceci… ¿cómo estás? Tengo que…
—un atisbo de duda empañaron sus palabras— darte una mala noticia. No sabes cuánto
lo siento. Muchísimo…». Y mi madre que soltó el teléfono, abandonando en la
otra orilla del océano a su interlocutor, se mantuvo en pie unos segundos antes
de caer, desvalida, sobre la cama, dejando oír su llanto desgarrado, convulso,
a través de la línea, salvando el espacio entre las dos orillas del mundo. El
amigo, tras un tiempo prudencial de espera, conocedor de lo tremendo del
momento, al fin colgó.
Mi
padre tenía tan sólo veintinueve años. Mi madre veintisiete.
La siguiente llamada de Cecilia
Santisteban fue a la casa del pueblo de mis abuelos. En cuanto los buenos de Santiago e Isabel conocieron la
noticia, no dudaron ni un segundo en viajar a la capital para recoger a su
hija.
El periódico para el que trabajaba
mi madre le concedió todo el tiempo que ella creyera conveniente, con el
propósito de que se recuperara en su pueblo todo lo mejor que pudiera de la
tragedia familiar. Uno de sus mejores corresponsales había fallecido, faltaría
más. «Por supuesto, Santisteban, lo que necesites. Lo primero es lo primero. Ve
con tus padres y recupérate. Tranquilamente. Tú no te preocupes en absoluto.
Estamos contigo. Sabes que esta redacción es como una gran familia…», y todo lo
demás que se suele decir.
Mi madre era tenaz, capaz e
intuitiva como ella sola. Pero a las pocas semanas, cuando los directivos se
enteraron de su embarazo, le revocaron el contrato bajo la promesa de emplearla
de nuevo cuando volviese a estar en condiciones de dedicar todo el tiempo del
mundo a su trabajo, a la actualidad, y a las noticias que precisaran de una
disponibilidad inmediata y absoluta. La rescisión laboral, lejos de ser
temporal, se tornó definitiva, bajo mil y una excusas y supercherías por parte
de lo más parecido por aquel entonces a lo que podría ser hoy en día el
departamento de Recursos Humanos del periódico. Ningún mensaje de despedida de
los jefes, los que tanto la apoyaron al principio. Como digo, eran otros
tiempos de no hace mucho.
Así que a mi madre no le quedó más
remedio que dejar Madrid para trasladarse a la localidad pesquera del sureste
español donde ella nació y pasó su niñez y juventud.
Ahora sí puedo decir, después de
esta larga introducción, que allí empezó el origen de la historia que vendrá
más adelante.
Mi madre me contó que llevó el
embarazo acompañada por su madre y su abuela Helena. En especial por esta
última, con quien compartiría largas tardes de conversaciones, meriendas,
partidas de brisca y parchís… y también muchos momentos de llanto, arrullada
entre los cálidos brazos de la sabia Helena, consolada por sus mimos y
arrumacos, echando de menos a mi padre, extrañando su presencia y sus caricias.
Mi bisabuela Helena vivía en la
misma casa de su hija Isabel. Mi bisa
era una mujer centenaria, el 22 de enero de ese año 1985 cumplió los ciento
cuatro años; pero, a pesar de encontrarse aún bien de salud, comenzaba a
fallarle notablemente la memoria. Así que, preocupada y conocedora ella misma
de esta inoportuna circunstancia, una tarde le dijo a mi madre si le gustaría
que le contase una historia, la que ella mejor recordaba; una historia que
significó tanto en su vida, con el fin de que la nieta la conociera y, de paso,
para que no cayeran esos recuerdos suyos en el olvido. Y a tal efecto le pidió
además que tomara notas para dejarla por escrito, como buena periodista que
era. Así que la abuela comenzó a narrarle a su querida nieta Cecilia, en sus
ratos libres, que debido al estado de ambas era casi a cualquier hora del día,
cuando les apetecía, lo que aconteció durante unos años concretos de juventud,
algo más de cuatro, de comienzos del siglo pasado.
Como
viene siendo habitual en la vejez, la abuela Helena a
veces olvidaba en qué año vivía, cuál era el nombre de aquella o esta calle, o
qué habían comido ese día; sin embargo, aquel periodo de su existencia lo
recordaba con extrema claridad, como si los hechos hubiesen ocurrido el día
anterior o incluso esa misma mañana.
A medida que pasaba el tiempo mi
madre la escuchaba absorta, cada vez más interesada. Unas veces tomaba notas en
papel y, otras, atendía sin más, con verdadero disfrute y sosiego —pero también
con angustia y tensión durante algunas sesiones, por las circunstancias y la
dureza de lo narrado—. Luego, a la noche, sin esfuerzo alguno, lo pasaba a
limpio sobre cuartillas de papel usando un bolígrafo Bic sobre la mesa de la
cocina, a la luz concentrada e íntima emanada por la bombilla de un flexo.
Y de esta manera llegó el día de mi
nacimiento, un 3 de abril de 1985. A partir de ahí, ese bebé que fui yo,
concebida en Irlanda, de sangre española y americana, comenzó a ser criada por
tres mujeres: mi madre, mi abuela y mi bisabuela… Aunque mi bisabuela
tristemente murió a los cuatro meses de ver mis ojos por primera vez la luz de
este mundo.
Fue precisamente a comienzos de ese
verano del 85 cuando mi madre inició la escritura de la historia, tras ordenar
y enlazar los apuntes acumulados de los relatos de su abuela. Lo hizo
aprovechando mis horas de sueño, que fueron muchas según me contaron. Resulté
un bebé dormilón, todo lo contrario a como soy ahora, con el sueño agitado y a
intervalos de vigilia. Me despierto hasta con el zumbido de una mosca.
Me
gusta imaginar a mi madre de aquellos años sentada
a la mesa de camilla, escribiendo frente a la ventana por la que entraba la luz
espléndida y reconfortante de la mañana, en el salón del piso de arriba de casa
de mis abuelos con terraza y vistas a la extensa playa de Levante; terraza a la
que la joven Cecilia saldría a contemplar el mar, vistiendo aquel bonito sayo
blanco de fina tela que acostumbraba llevar por aquel entonces, adornado con
sencillos ramilletes de coloridas flores estampadas bordeándole las mangas y el
cuello. Ella, apoyada en la barandilla, con su largo cabello rubio y ondulado
acariciado por la brisa.
Pienso también en ella tecleando
incansablemente, con los ojos posados y fijos en la parte del folio
sobresaliente del rodillo de su máquina Olympia, plasmando en papel los hechos
y pensamientos que la abuela le confiara en esos encuentros íntimos de compañía
mutua y necesaria de hacía tan sólo un año. Sus padres, Santiago e Isabel, mis abuelos, fueron sus
entregados y sinceros lectores de los primeros textos…
(Continuará…)
Jorge Moya Olcina es delegado en Alicante de la Unión
Nacional de Escritores de España.
