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Esther Álvarez Pérez

Ser un gato tiene muchas ventajas. Podemos ver en la oscuridad, colarnos por huecos estrechos —gracias a nuestro flexible esqueleto— y fingir estar dormidos cuando, en realidad, permanecemos en estado de alerta. También poseemos una capacidad sensorial especial con la que percibimos la presencia de energías que los humanos son incapaces de advertir.

A lo largo de la historia hemos sido considerados animales del demonio, semidioses, guardianes del inframundo o, simplemente, bichos susceptibles de espantar con una patada. Nos han identificado con el mal, con la magia, con todo ese tipo de cosas que a los hombres les infunde repudio desde épocas ancestrales.

Los gatos observamos el entorno con calma, pues nuestra naturaleza depredadora nos exige analizar percepciones, en apariencia, intrascendentes para otros seres vivos. Disfrutamos con el acto de cazar, golpear, someter y lanzar al aire a la presa que conseguimos acorralar. Es una sensación de dominio que compensa nuestra baja autoestima al compararnos con el resto de los felinos —más grandes y fuertes —.

Hace ya muchos años yo vivía en libertad. Los marcajes de mis territorios se extendían desde la robleda que había junto al río Mero hasta la casa de una manada humana, conocida entre los vecinos de Seixurra con el nombre de «os Chanceiros».

Por aquel entonces me gustaba la soledad, pero, de vez en cuando, solía relacionarme con una colonia de gatos asilvestrados que vivían a la otra orilla del río, en continua pugna por el alimento. Guiados por un instinto que los mantenía en constante alerta, ellos apenas reparaban en detalles que a mí me despertaban curiosidad, pues su prioridad era la supervivencia. 

La verdad es que yo nunca me consideré un gato especial, diferente a los demás. Como a todos, me fascinaba perseguir roedores, juguetear con el rabo de las lagartijas e incluso provocar el bufido de las hembras, emitiendo maullidos desafinados cuando ellas dormían. Sin embargo, al alcanzar la edad adulta comenzó a llamarme especial atención el comportamiento de los hombres; tal vez una inquietud heredada de mi madre, sometida a la amenaza del ser humano toda su vida.

Fruto de dos celos anuales, mi madre tuvo noventa hijos— cincuenta y dos hembras; treinta y ocho machos—. Pero tan solo cuarenta le sobrevivieron, pues el hambre, el frío y las enfermedades provocadas por los parásitos que habitaban al borde del río impidieron que muchos de ellos lograsen superar los nueve meses de vida.

 Siempre que recuerdo a mi pobre madre me pongo triste, invadiéndome una profunda nostalgia difícil de sobrellevar. Ella recorrió las inmediaciones de la robleda próxima a la casa de «os Chanceiros» con la angustia a cuestas durante más de diez años, huyendo de una cuadrilla de cazadores que la acosaban día y noche.  Y es que los gatos, para los cazadores, éramos un blanco fácil donde entrenar la puntería. Ningún remordimiento carcomía sus quebradizas conciencias al vernos caer.

Una tarde de invierno, herida en el ojo izquierdo a causa de un perdigonazo, mi madre se dejó coger por unos marineros que esa madrugada embarcaban en un carbonero fondeado en el puerto de La Coruña, cuyo destino era Róterdam. Aunque Prisca —así la llamaron al verla— le tenía pánico al agua, no dudó en subir al buque en brazos de uno de aquellos rudos hombres. En realidad, nada tenía que perder. En la robleda apenas quedaba alimento con el que subsistir, los cazadores se organizaban en grupos cada vez más numerosos, y las madrigueras en las que solía cobijarse habían sido conquistadas por los lobos.

El primer día de navegación, Prisca fue tratada por los marineros con el respeto que merecen las criaturas provistas de corazón. En un principio, todo parecía ir bien, y el futuro se le presentaba a mi madre con las mejores expectativas— eso es lo que ella imaginó —.  Su misión a bordo del barco era mantener bajo control a los roedores. Las ratas, además de transmitir enfermedades y carcomer las sacas de los suministros almacenados en las bodegas, dañaban los cabos y la madera, de ahí la costumbre de embarcar varios mininos en las travesías de largo recorrido. Mas el vaivén del buque y la agresividad con la que las ratas se enfrentaban a los gatos al borde de la cubierta hicieron que, finalmente, mi madre acabase cayendo al agua una fría madrugada de febrero, cinco días después de zarpar. Por supuesto que ningún marinero se lanzó a rescatarla.

La muerte de Prisca supuso una enorme pérdida para mí. La ternura que me vinculaba a ella me hacía sentir parte de un mundo bastante más complejo que el propio de los gatos. Como, de alguna manera, yo necesitaba suplir la ausencia de mi madre, poco a poco —y gracias a mi encantador carácter— fui ganándome el afecto de la mujer que gobernaba la pequeña manada de «os Chanceiros».

Todas las tardes me acercaba a su casa. Lo hacía tímidamente, apoyándome sobre las almohadillas de mis patas delanteras, con el sigilo de una pantera hambrienta antes de saltar sobre su presa.  Devoraba la comida que María —así se llamaba «a Chanceira» — me ofrecía dentro de una escudilla de latón que me dejaba al lado del gallinero. Yo comía con celeridad, pero manteniendo cierta compostura, ya que no podía arriesgarme a que aquella mujer se arrepintiese de haberse tomado una molestia estéril conmigo. En nuestros primeros encuentros dejé que ella me acariciase alguna vez, si bien yo prefería esperar a comer cuando la muchacha se alejaba unos metros.

 Para María yo solo era un manojo de huesos cubierto de pelo que vagabundeaba por la robleda en busca de alimento; un minino desgreñado cuyas únicas ambiciones eran no morir de hambre y poder dormir bajo una cubierta cada noche. Ni mi elegante pelaje negro, ni mis ojos cobrizos, ni mi fibrosa figura, ni mi mirada cristalina —casi transparente — le llamaban especial atención. Yo era un gato más de los muchos que merodeaban su casa con la intención de robar la comida que su perro despreciaba.  No obstante, y a pesar de no haber reparado mucho en mí, María era una mujer inteligente y sabía que la sofisticada sociedad a la que pertenecía por ser humana saldría victoriosa en cualquier reto que me propusiese.

Pero yo no era tan simple como «a Chanceira» imaginaba. Gracias a mi extraordinaria capacidad sensorial, yo podía percibir la tristeza de la muchacha, su miedo y el secreto que guardaba en casa: un secreto que el brillo de sus ojos desvelaba cuando se persignaba junto al portón del gallinero.

El marido de María, Juan, era uno de esos cazadores furtivos a quienes tanto temía mi madre. Al igual que yo, «o Chanceiro» tenía un buen manejo de los caminos en el monte, un olfato capaz de percibir el rastro de su presa a una considerable distancia y fortaleza para caminar durante horas sin desfallecer. Incluso poseía la destreza con la que los felinos distinguimos el movimiento de las sombras en plena noche, y buenos reflejos para cambiar de dirección al detectar una amenaza.

Juan había votado al Frente Popular en los tiempos de la República, poco después de afiliarse a la UGT. Ese fue el delito por el que él y dos cazadores amigos suyos fueron delatados a la Guardia Civil por un vecino de Seixurra el 6 de agosto de 1937.

Dos días más tarde, los tres fueron conducidos a su fatal destino en una camioneta agenciada por un «comité de exterminio», integrado por varios socios del Club Náutico de La Coruña. Esa madrugada la buena fortuna sonrió a «o Chanceiro», pues, con la ayuda de un cuchillo de monte que llevaba escondido en el forro del pantalón —solía utilizarlo para descuartizar las piezas capturadas —, consiguió abrir el portillo del vehículo y saltar.  Su suerte estaba echada; todo lo que de allí en adelante sucediese dependía del azar.

Tras caminar cinco interminables noches por los bosques inhóspitos del municipio de Abegondo, el marido de María regresó a su casa, herido en la pierna izquierda a causa de la caída desde la camioneta. Allí permanecería cinco años escondido en una esquina de la cocina, detrás de una alacena y escudado por un cuadro del Sagrado Corazón que ocultaba las bisagras de la trampilla que daba acceso al zulo.

El habitáculo donde el joven cazador se escondió de sus semejantes era diminuto, apenas tenía 5m² de superficie. Su altura era de poco más de 150 cm; por tanto, ni haciendo malabarismos podía estar de pie. Durante el día, «o Chanceiro» debía permanecer a oscuras y en completo silencio — incluso se vio obligado a aprender a toser únicamente lo imprescindible por mucho que le picase la garganta —. Tan solo una estrecha rendija le permitía ver parte del suelo de la cocina y el portón del gallinero, a través de la ventana situada a la izquierda del fregadero.

Juan nunca se lo confesó a su pobre mujer, pero desde el primer día de su encierro siempre había tenido la sensación de estar sumergido en el agua, bajo el casco de un enorme submarino que vigilaba sus movimientos.  Había momentos en los que no sabía si estaba tumbado o sentado; inclinado o con la espalda recta contra una pared del zulo. El tiempo en el interior del agujero goteaba segundos con una calma insoportable, y parecía no querer tragarse ni un día, ni una hora, ni un segundo.

 Encarcelado entre aquellas cuatro paredes, el marido de María celebró la victoria de seguir vivo, alimentando el rencor que sentía por los ganadores de una guerra fratricida en la que no participara. Al fin y al cabo, él era un insignificante cazador que se conformaba con llevar a casa algo para cenar antes de caer la noche: un conejo, un par de codornices o cualquier otra presa que se cruzase en su camino.

La guerra había partido en dos pedazos el mundo de «o Chanceiro». Sin embargo, sabía que él no era el más desafortunado en el reparto. En realidad, su pobreza resultaba más soportable que la de otros vecinos de Seixurra—que vivían con la carga de tener que mantener una familia numerosa—. Juan y María no tenían hijos, ni padres a quienes cuidar. Sus responsabilidades eran las propias de un matrimonio sin grandes pretensiones, cuya única ambición era sobrevivir en un mundo hostil donde tan solo los más fuertes prosperaban.

Cada día de encierro Juan anheló el calor y la luz del sol, y también el aroma que desprendía la huerta que su mujer mantenía con sacrificio, perseverancia y paciencia. Aun así, lo que más le costó superar fue su adicción al tabaco. Aunque la abstinencia le generaba una gran sensación de angustia, «o Chanceiro» sabía que debía adaptarse a la clandestinidad que le esperaba. No había alternativa. El humo del tabaco sería su perdición, la sentencia definitiva que lo conduciría a un pelotón de fusilamiento.

Por aquel entonces, la Guardia Civil solía hacer registros nocturnos en las casas que se consideraban sospechosas de ocultar a miembros de la resistencia, armas, explosivos o propaganda subversiva. En el caso de que una noche una pareja de «tricorniados» visitase la casa del joven cazador sin previo aviso, el olor del tabaco  lo delataría segundos después de que abriesen el portón del gallinero. Además, enviar a la pobre María —presuntamente, ya viuda — a la taberna del pueblo a comprar picadura era un propósito imposible de compaginar con la nueva realidad que ambos debían afrontar. 

El destino había abandonado al joven cazador a 2 km de un acantilado, donde los hijos de la maldita patria pretendían despeñar su cuerpo tras fusilarlo.  ¿Habría sido mejor morir aquella noche, que sobrevivir supeditado a la voluntad de un carcelero travestido dentro del cuadro del Sagrado Corazón, cuya función era ocultar las bisagras de la trampilla que daba acceso a su escondrijo? ¿Y si la Guardia Civil lo encontraba? ¿Sería su final mejor que el de los «huidos» que se refugiaban en los montes, o el de quienes jamás se había vuelto a saber tras ser retenidos en el cuartelillo de Betanzos? ¿Valdría la pena tanto sacrificio? —se preguntaba Juan, constantemente—

  El hecho de estar tumbado sobre un saco de paja durante interminables horas de incertidumbre logró que el esqueleto de «o Chanceiro» se hiciese tan flexible como el de un gato. En poco más de dos meses, Juan aprendió a acomodarse a la estrechez de su habitáculo con resignación. Para evitar hacer ruido, sus movimientos llegaron a ser tan ligeros como los míos cuando atravesaba los ceñidos huecos de piedra que estructuraban su ruinoso hogar.

El marido de María dormía tres cuartas partes del día, tal y como hacen los gatos. Logró adquirir la capacidad de ver en la oscuridad y la de fingir estar dormido cuando, en realidad, permanecía en estado de alerta. También desarrolló una percepción sensorial especial con la que advertir la presencia de los números de la Guardia Civil si se acercaban demasiado a la robleda.

 Entre los marcajes de sus territorios, el joven cazador era considerado un animal del demonio, guardián del inframundo en el que se refugiaban los rojos o, simplemente, una amenaza susceptible de eliminar con un tiro en la cabeza. Los hombres como él eran identificados con el mal, con la magia, con todo ese tipo de cosas que al ser humano le infunde repudio desde épocas ancestrales.

Juan observaba el angosto entorno que lo rodeaba tras la alacena de la cocina con calma, pues con el paso de los años su naturaleza llegó a ser la de una alimaña que se aferraba a la vida gracias al esfuerzo que suponía estar escondido y esperar. El instinto de supervivencia le exigía analizar percepciones, en apariencia, intrascendentes para los vecinos de Seixurra. Disfrutaba con la idea de poder golpear, someter y lanzar al aire al cazador invisible que lo acorralaba. Era una sensación de dominio que compensaba su baja autoestima al compararse con los hombres libres, soberanos de su voluntad.

Los gatos descansamos en las horas de luz atraídos por los espacios confinados, refugios ideales donde protegernos. Sin embargo, al anochecer deambulamos por los territorios que consideramos nuestros, seguros de no correr riesgo.

Tal vez siguiendo idéntico hábito, al llegar la noche «o Chanceiro» abría el portillo de la alacena y permanecía en la cocina hasta el amanecer. Al calor de la lareira estiraba las piernas un buen rato, comía lo que su mujer le había preparado con lo poco que tenía, y daba quince pasos al frente, confiado en que el brillo de la luna no lo delataría si su sombra traspasaba el umbral de la ventana.

Juan paseaba por la cocina apoyando los pies en el suelo con el mismo sigilo con el que una pantera hambrienta acecha a su presa antes de saltar. Sentado a la mesa, devoraba la comida que María le ofrecía dentro de una escudilla de latón. Comía manteniendo cierta compostura, pero con celeridad, ya que no podía arriesgarse a que alguien lo viese y acusase a la pobre muchacha de auxiliar a un enemigo de la patria.

En sus primeros encuentros a medianoche en la cocina, «o Chanceiro» dejó que su mujer le acariciase alguna vez, si bien él prefería esperar a comer cuando la joven se alejaba unos metros. También le gustaba mirar a María como si fuese la primera vez que la tuviese ante él. En más de una ocasión, observándola, pensó que, quizá por culpa de aquella maldita guerra, la juventud de a quien tanto quería se había vuelto completamente opaca.

Por aquel entonces, yo solo me acercaba a la casa de «os Chanceiros» a comer lo que también María me servía en una escudilla de latón tras el enjambrado del gallinero. Pero una madrugada de invierno, más fría de lo habitual en el mes de febrero, me atreví a entrar en la cocina. Hacía varias horas que un gato asilvestrado de pelaje blanco me perseguía por la robleda, tratando de disputar la atención de una hembra —en la que yo, por cierto, ni había reparado—. Angustiado, accedí a la cocina de María por el desagüe del fregadero sin pensarlo dos veces. Tal fue la sensación de claustrofobia que percibí mientras atravesaba el angosto conducto, que mis patas traseras se paralizaron a mitad del camino.

Al final del túnel se vislumbraba una luz acogedora, anunciando el reino de la serenidad donde, tal vez, nada malo era posible. Aquel resplandor desprendía un calor que enmascaraba la tristeza de un hogar lastimado por mil circunstancias—algunas de ellas, incomprensibles para mí—. Esa madrugada descubrí el verdadero significado con el que los humanos definen la amplitud, la paz, el descanso.  Sin haberlo premeditado, la casualidad me había transportado hasta un lugar mágico, un lugar ubicado a unos centímetros de distancia de la alacena tras la cual Juan se escondía de sus cazadores. Un mundo nuevo estaba ante mis ojos; quizá un mundo muy parecido al que mi madre debió contemplar desde la cubierta del carbonero que viajaba rumbo a Róterdam, donde perdió la vida.

 Todavía quedaban brasas encendidas en la lareira de «os Chanceiros», y la calidez del fuego fue resucitándome poco a poco. Recuerdo que olía a comida aguada, a hierba seca, a excremento de rata, a clandestinidad, a miedo. Juan estaba muy cerca. Yo podía sentir el ritmo de su respiración —desacompasada e inquieta—, el olor rancio que exhalaba su piel  e incluso los latidos con los que su corazón bombeaba sangre desde el pecho hasta la punta de los dedos. Llegar a su escondrijo era bastante fácil, pues junto al cuadro del Sagrado Corazón que custodiaba el portillo de la alacena había un enorme boquete hecho por la carcoma. Yo no era un gran acróbata, pero sabía que atravesarlo no supondría una gran dificultad para mí, después de haber sobrevivido en la robleda en circunstancias bastante más adversas.

 María dormía en una pequeña habitación contigua al gallinero, en la que solo había una cama, dos sillas y un chinero —herencia de su madre—
donde almacenaba sábanas, los pañuelos con los que se cubría la cabeza los días de fiestas religiosas, calcetines desparejados, dos manteles de su abuela, tres estampitas de la Virgen del Carmen y media docena de medias. «A Chanceira» descansaba tranquila, encogida como una babosa sin vida. Pero gracias a la capacidad sensorial con la que los felinos percibimos la presencia de energías que los humanos no advierten, supe que soñaba con hadas que, colgadas de las nubes, la invitaban a un baile que se celebraba en el salón más lujoso del cielo.  

Esa noche no me atreví a entrar en el zulo donde Juan se refugiaba. El miedo me paralizó; antes debía trazar un plan. Lo hice varios meses después, ya bien entrada la primavera.

Esther Álvarez Pérez es delegada permanente de la Unión Nacional de Escritores de España para la conservación de la Memoria Histórica.