A
Miguel, un chico de Berja (Almería), con diecisiete años lo llevaron a la
guerra, a la batalla del Ebro. Con una prometedora vida pendiente, vivía
rebosante de ilusión, sin miedos ni recelos, con la confianza que da la
ingenuidad de los años inocentes, limpios. Feliz en su Andalucía.
Era
un muchacho sano y fuerte que había forjado sus jóvenes músculos mientras
ayudaba a su familia en el cortijo. Movía los brazos con la lozanía y frescura
de un afanoso chico dispuesto. Pero la vida le tenía preparada una historia
complicada, bien distinta de la sencillez y felicidad que su corazón
adolescente empezaba a disfrutar y que agrandaba en su mente, en el dibujo de
los sueños de futuro.
De pronto, sin sospecharlo siquiera,
truncaron sus sueños primeros arrancándolo de su familia, su lugar y sus cosas para
llevarlo a la guerra. Aunque sus brazos eran fuertes, nunca antes había salido
de su Andalucía hasta entonces, que sus manos partían ¡portando un fusil! La
vida de sosiego que Miguel comenzaba a valorar y disfrutar se troncó
bruscamente en hostilidad.
Allí, en el frente del Ebro, todo eran
aguas de sangre, sonidos de dolor y visiones de horror. Apretaba el gatillo sin
descanso al ver tantos compañeros en trozos de carne, despojados de vida para
siempre. Cada instante parecía empeorar el anterior. Cuando todavía su alma de
niño en cuerpo de hombre, obligado a madurar de forma tan repentina, no podía
asimilar tanto dolor, otro nuevo dolor le iba a abatir. Llantos, dolor, gritos,
agonía, estruendos…
Durante uno de esos estruendos sus oídos
se apagaron, solo su mirada quedó viva. Sin embargo, quedó viva para que lo
primero que viera fuera a su amigo José, al lado, con la barriga reventada.
Quiso acercarse, y no pudo. Sin poder soportar el dolor de corazón por ver a su
amigo, sintió un tremendo dolor físico. Miró sus piernas: ¡solo vio una! Se
arrastró, con su doble dolor, para ver los ojos muertos de su amigo. Más hacia
adentro vio su pierna ensangrentada, que parecía haber caminado sin su cuerpo,
como intentando escapar de tanta barbarie.
Durante el otoño interminable de 1938 pasó
muchos días en un hospital de Barcelona, donde le cicatrizaron las heridas del
cuerpo. Las otras, las del alma, nunca sanaron del todo.
Llegó el invierno y no había ni noche en
Barcelona. El mundo parecía terminar. En los pasillos del hospital se
amontonaban los heridos con lamentos aún más fuertes que las bombas que caían
del cielo barcelonés. Miguel creía que iba a morir. Las bombas habían destruido
parte del hospital y ya no veía salida.
El 21 de enero, con un frío aterrador,
humo, estruendos y gritos que salían de todas partes, los montaron en camiones
y ambulancias de la sanidad militar con destino a Francia, la tierra prometida.
Camiones y coches de todo tipo, que ni a tortugas llegaban por su lentitud, se
afanaban en transportar a montones de personas sin orden ni concierto. El caos
en la carretera era casi absoluto; pero con el destino prometido a la libertad
se llevaba menos mal.
Antes de llegar a Le Perthus (El
Pertús), el frío, el agua, la nieve, los achuchones y los cuerpos volcados en
el suelo parecían marcar el sendero. Muchos vehículos se veían obligados a
parar, y casi todos caminaban a pie, algunos arrastrándose, por la carretera de
la tierra prometida.
El 26 de enero llegaron a la frontera
francesa, más a remolque de la fuerza de la esperanza que por las fuerzas
propias, donde las condiciones atmosféricas eran más feroces aún que en el
trayecto. La vista solo alcanzaba a ver multitud de gente arrastrando los pies,
casi descalzos por el desgaste del barro, la aguanieve, los tropezones, las caídas
y las continuas pisadas.
Antonio, su amigo inseparable (el
catalán, como él le decía), quien antes de la guerra había sido maestro en un
pueblo de Lérida, emitió un chillido de asombro o entusiasmo inverosímil según
miraba embelesado a lo lejos:
―¡Es Machado, Antonio, el poeta!
Miguel miró en esa dirección y observó a
un hombre mayor rodeado de más gente y, a su lado, una ancianita. Él no conocía
al poeta; en su cortijo nunca lo había visto.
El catalán seguía hablando del poeta,
como si no estuvieran inmersos en aquel triste lugar. Como si le hubieran
infundido ánimos renovados, plenos de energía. Y, al final, lo miró a los ojos
con una luz especial y le dijo:
―Es andaluz, como tú, y sus versos son
como melodías soñadas.
Al ver la cara de Miguel, inocente de
letras, le dijo para que sintiese parte de su alegría al reconocer su
presencia:
―Escribe canciones preciosas.
Aunque se esforzaba en transmitirle algo
de su enorme emoción al ver a Machado, poco le importaba el poeta a su amigo. Él
miraba a su pierna, ¡y no estaba, se había quedado en el Ebro!
Al llegar a Cerbère, el frío apretaba y la
aguanieve empapaba los agotados cuerpos heridos, hundidos. Divisaron un gran
túnel por donde pasaba el tren y, como hormigas en fila, todos buscaron refugio
allí. Mirando sin saber dónde, Miguel observó de nuevo al anciano poeta. Iba
acompañado de la misma ancianita que le recordaba a su abuela. Siguió mirando y
vio que alguien los acompañaba más adentro. Nunca más volvió a ver al poeta.
Desde el túnel de Cerbère los llevaron al campo de
concentración de Argelès-sur-Mer. Al cabo de un tiempo, a Saint-Cyprien.
Piojos,
frío y disentería,
colchones de arena y barro.
Pan y sardinas, poco,
poste y humillación,
cuerpos embarrados que caían.
Miguel regresó a su cortijo de Berja con
su pata de palo. Allí trabajó en la tierra de secano: mulos para arriba, mulos para
abajo… En aquella libertad ahogada, y con su pata de palo escondida, vivió.
Volvió la esencia del hombre que un día
partió obligado, siendo casi un niño. Volvió la esencia de un hombre al que
mataron los sueños sencillos. Volvió el hombre, en esencia, que tanto perdió en
el camino. Pero… volvió y vivió.
Fernando Yélamos está
galardonado con la Medalla de San Isidoro de Sevilla de la Unión Nacional de
Escritores de España. Es delegado permanente de la UNEE para las Relaciones con
Francia.
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