El exilio español a Francia: Miguel

 

Fernando Yélamos

A Miguel, un chico de Berja (Almería), con diecisiete años lo llevaron a la guerra, a la batalla del Ebro. Con una prometedora vida pendiente, vivía rebosante de ilusión, sin miedos ni recelos, con la confianza que da la ingenuidad de los años inocentes, limpios. Feliz en su Andalucía.

Era un muchacho sano y fuerte que había forjado sus jóvenes músculos mientras ayudaba a su familia en el cortijo. Movía los brazos con la lozanía y frescura de un afanoso chico dispuesto. Pero la vida le tenía preparada una historia complicada, bien distinta de la sencillez y felicidad que su corazón adolescente empezaba a disfrutar y que agrandaba en su mente, en el dibujo de los sueños de futuro.

De pronto, sin sospecharlo siquiera, truncaron sus sueños primeros arrancándolo de su familia, su lugar y sus cosas para llevarlo a la guerra. Aunque sus brazos eran fuertes, nunca antes había salido de su Andalucía hasta entonces, que sus manos partían ¡portando un fusil! La vida de sosiego que Miguel comenzaba a valorar y disfrutar se troncó bruscamente en hostilidad.

Allí, en el frente del Ebro, todo eran aguas de sangre, sonidos de dolor y visiones de horror. Apretaba el gatillo sin descanso al ver tantos compañeros en trozos de carne, despojados de vida para siempre. Cada instante parecía empeorar el anterior. Cuando todavía su alma de niño en cuerpo de hombre, obligado a madurar de forma tan repentina, no podía asimilar tanto dolor, otro nuevo dolor le iba a abatir. Llantos, dolor, gritos, agonía, estruendos…

Durante uno de esos estruendos sus oídos se apagaron, solo su mirada quedó viva. Sin embargo, quedó viva para que lo primero que viera fuera a su amigo José, al lado, con la barriga reventada. Quiso acercarse, y no pudo. Sin poder soportar el dolor de corazón por ver a su amigo, sintió un tremendo dolor físico. Miró sus piernas: ¡solo vio una! Se arrastró, con su doble dolor, para ver los ojos muertos de su amigo. Más hacia adentro vio su pierna ensangrentada, que parecía haber caminado sin su cuerpo, como intentando escapar de tanta barbarie.

Durante el otoño interminable de 1938 pasó muchos días en un hospital de Barcelona, donde le cicatrizaron las heridas del cuerpo. Las otras, las del alma, nunca sanaron del todo.

Llegó el invierno y no había ni noche en Barcelona. El mundo parecía terminar. En los pasillos del hospital se amontonaban los heridos con lamentos aún más fuertes que las bombas que caían del cielo barcelonés. Miguel creía que iba a morir. Las bombas habían destruido parte del hospital y ya no veía salida.

El 21 de enero, con un frío aterrador, humo, estruendos y gritos que salían de todas partes, los montaron en camiones y ambulancias de la sanidad militar con destino a Francia, la tierra prometida. Camiones y coches de todo tipo, que ni a tortugas llegaban por su lentitud, se afanaban en transportar a montones de personas sin orden ni concierto. El caos en la carretera era casi absoluto; pero con el destino prometido a la libertad se llevaba menos mal.

Antes de llegar a Le Perthus (El Pertús), el frío, el agua, la nieve, los achuchones y los cuerpos volcados en el suelo parecían marcar el sendero. Muchos vehículos se veían obligados a parar, y casi todos caminaban a pie, algunos arrastrándose, por la carretera de la tierra prometida.

El 26 de enero llegaron a la frontera francesa, más a remolque de la fuerza de la esperanza que por las fuerzas propias, donde las condiciones atmosféricas eran más feroces aún que en el trayecto. La vista solo alcanzaba a ver multitud de gente arrastrando los pies, casi descalzos por el desgaste del barro, la aguanieve, los tropezones, las caídas y las continuas pisadas.

Antonio, su amigo inseparable (el catalán, como él le decía), quien antes de la guerra había sido maestro en un pueblo de Lérida, emitió un chillido de asombro o entusiasmo inverosímil según miraba embelesado a lo lejos:

―¡Es Machado, Antonio, el poeta!

Miguel miró en esa dirección y observó a un hombre mayor rodeado de más gente y, a su lado, una ancianita. Él no conocía al poeta; en su cortijo nunca lo había visto.

El catalán seguía hablando del poeta, como si no estuvieran inmersos en aquel triste lugar. Como si le hubieran infundido ánimos renovados, plenos de energía. Y, al final, lo miró a los ojos con una luz especial y le dijo:

―Es andaluz, como tú, y sus versos son como melodías soñadas.

Al ver la cara de Miguel, inocente de letras, le dijo para que sintiese parte de su alegría al reconocer su presencia:

―Escribe canciones preciosas.

Aunque se esforzaba en transmitirle algo de su enorme emoción al ver a Machado, poco le importaba el poeta a su amigo. Él miraba a su pierna, ¡y no estaba, se había quedado en el Ebro!

Al llegar a Cerbère, el frío apretaba y la aguanieve empapaba los agotados cuerpos heridos, hundidos. Divisaron un gran túnel por donde pasaba el tren y, como hormigas en fila, todos buscaron refugio allí. Mirando sin saber dónde, Miguel observó de nuevo al anciano poeta. Iba acompañado de la misma ancianita que le recordaba a su abuela. Siguió mirando y vio que alguien los acompañaba más adentro. Nunca más volvió a ver al poeta.

Desde el túnel de Cerbère los llevaron al campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Al cabo de un tiempo, a Saint-Cyprien.

Piojos, frío y disentería,

colchones de arena y barro.

Pan y sardinas, poco,

poste y humillación,

cuerpos embarrados que caían.

Miguel regresó a su cortijo de Berja con su pata de palo. Allí trabajó en la tierra de secano: mulos para arriba, mulos para abajo… En aquella libertad ahogada, y con su pata de palo escondida, vivió.

Volvió la esencia del hombre que un día partió obligado, siendo casi un niño. Volvió la esencia de un hombre al que mataron los sueños sencillos. Volvió el hombre, en esencia, que tanto perdió en el camino. Pero… volvió y vivió.

Fernando Yélamos está galardonado con la Medalla de San Isidoro de Sevilla de la Unión Nacional de Escritores de España. Es delegado permanente de la UNEE para las Relaciones con Francia.