El extraño

 

Manuela Lorente Lax

Las nubes corren rápidas esta mañana, y entre ellas algunas son oscuras, caminan a la par de mi mente. Me vienen los pensamientos de los últimos días y creo que nunca los voy a poder olvidar, llegan amontonados, hiriéndome. He perdido la noción del tiempo, no sé cuánto llevo aquí, ni cómo he llegado, ni en qué lugar me encuentro. Miro hacia arriba y encuentro un cielo neurótico, miro hacia abajo y sólo diviso a lo lejos un pueblo blanco. Miro al frente, cierro los ojos, el viento me da en la cara. Le ofrezco mi rostro con los ojos entornados, espero que se lleve todos los pensamientos y pesares de mi cabeza  que enlazan irremediablemente con el corazón. Una voz profunda que no sale al exterior  les grita ¡llévatelos todos! … y permanezco así con los ojos entornados unos minutos. Pero no se los lleva, están dentro de mi martilleándome y me pregunto una y mil veces ¿por qué? ¿por qué?

Ya todo ha pasado, no me ha quedado nada en poco tiempo, y ha sido casi sin darme cuenta. Lloro, lloro de nuevo, y mis palabras mezcladas con el llanto y con el dolor se las lleva el eco de esta montaña. Y sigo permaneciendo aquí, yo no me he ido tras el viento  como mis palabras, estoy aquí enganchado a la tierra, una tierra que ya no reconozco y que me sobra; me está de más ya todo, hasta la vida, porque yo ya no soy yo, no soy nadie. La soledad que arrastro de un tiempo hacia acá, cuando dejé de escuchar su voz, se apoderó de mí y me combatió y es como si tuviera sobre mí la espada de Damocles, pero transformada en un ángel oscuro y maligno que ha envenenado mi atmósfera y ya no sé qué camino tomar. Me faltan sus manos… ella ya no está, no me llama, no pronuncia mi nombre, no oigo su voz -¡Ven! ¡Por favor, ven!

Ahora sí que salieron las palabras fuera de su cuerpo como un grito de dolor, nadie contestó a su llamada, el eco se las llevó y se fueron alejando hasta que se perdieron. Las lágrimas volvieron asomar por sus ojos y en ese momento su llanto era en silencio. Estaba cansado, perdido del mundo y desorientado, seguía sentado en la cima de aquella solitaria montaña junto al precipicio. Alzó una mano hacia el cielo en un intento de que alguien se la cogiera. Era ella quien se la debía de coger, o en todo caso el Todopoderoso, porque necesitaba aliento, necesitaba más que nunca cariño.

Al cabo de unos minutos retiró su mano, nadie se la cogió, ni siquiera recibió un átomo de calor. Sintió frío y se puso de pie. Caminó unos pasos hacia delante, quedó casi al borde del precipicio y fue entonces cuando advirtió que no estaba solo. Del fondo del barranco subían unas voces melodiosas  que sonaban a cantos de ángeles, dulcemente lo llamaban. En ese momento a su cuerpo y a sus sentidos les empezó a embargar una especie de éxtasis, la montaña comenzó a girar a su alrededor y lo envolvió un extraño sopor. Dejó de  escuchar el viento, ya solo oía aquel dulce canto de ángeles. Cerró los ojos, dio dos pasos hacia atrás para coger impulso, y abrió los brazos en cruz como si quisiera volar antes de lanzarse al vacío de donde emanaba aquel dulce coro que lo llamaban incesantemente pronunciando su nombre como en un susurro. Sentía un extraño mareo desde el estómago a la cabeza, que contribuía y le facilitaba el camino para poder marcharse fácilmente. Dio un paso hacia delante y su cuerpo se inclinó un poco más absorbido por el canto de los ángeles. Y por fin decidió ir con ellos.

II

-¡Eh, oiga! ¡Oiga, buen hombre!

Abrí los ojos de pronto al escuchar palabras humanas, o de este mundo. Me asusté cuando me vi al borde del precipicio, podía caerme y en ese momento retrocedí unos pasos hacia atrás.

El caminante llegó hasta mí. –Me he perdido, dijo. -He subido hasta la cima porque antes creí escuchar voces y he pensado que alguien habría  que me pudiera orientar. Mi nombre es Richard,  y no soy de por aquí. -Dijo esto mientras me tendía la mano para estrecharla en señal de presentación.

Apenas había salido de mi asombro, parecía como si estuviera de vuelta de otro lugar extraño y anduviera en un mundo nuevo. De pronto dejé de escuchar el canto de los ángeles y advertí que no había  nubes negras.  Lucía el sol.

-Estoy cansado, esta ladera se me ha puesto un poco empinada. ¿Sabe? Es la huella del paso del tiempo que no pasa en balde. -El caminante dijo esto mientras se sentaba sobre una piedra del suelo y sacando un paquete de cigarrillos me ofreció:

-¿Quiere uno? -Todavía un poco aturdido cogí el cigarrillo que me entregaba, y me senté junto aquel extraño hombre que no sabía de dónde había salido. Dimos unas cuantas caladas en silencio, hasta que por fin el caminante lo  rompió:

- Está bien este paisaje, quizás un poco abrupto, pero es debido a lo escarpado de la montaña y a las rachas de viento.

-Sí es…es posible. -Le contesté.  No sabía qué decir, pero me decidí a hablar y le pregunté:

-¿Qué le trae a usted por aquí?

-Nada en particular…voy caminando. Me distraigo con la naturaleza que es buena compañera de viaje y ayuda a olvidar el pasado. El pasado que está ahí nos ha dejado marcado de por vida, pero hay que saber mirar al frente, amigo. -Quedé pensativo unos momentos, antes de responderle, y al fin lo hice:

 –Pero a veces es muy duro, te encuentras solo en el camino después de haberlo perdido todo, y es como si se acabara la vida.

-Es difícil, sí. Pero póngase una meta y luche por conseguirla, márquese unos objetivos, y el día a día le ayudarán a lograrlos. No está solo por el mero hecho de que está rodeado de gente. En el mundo hay millones de personas que están como usted. Deténgase  un momento y piense cuántos amigos o familiares tiene que harían algo por usted, se sorprendería al ver el número de ellos. Y en cuanto a la vida, sólo se acaba una vez, y no hace falta que busquemos el final, este llega solo sin llamarlo, a veces en el momento oportuno, otras, sin esperarlo. Le puedo decir que la muerte es la cosa más segura que tenemos todos los humanos, se lo garantizo.

Al oírlo hablar me estaba dejando atónito, y era verdad lo que decía.

-¿Dónde me ha dicho que iba? – Le pregunté

-No, no se lo he dicho. ¿Cómo se llama el pueblecito blanco que se ve allí abajo?

-Ese que se ve allí es mi pueblo, - le dije casi con agradecimiento de  que se hubiera fijado en él.

-Pues voy a tu pueblo, creo que me gusta.

Al escuchar sus palabras, me llamó la curiosidad y yo también me fijé en el pueblo, creo que era la primera vez que lo hacía. Desde arriba se veía blanco con calles rectas y árboles en ellas. Sobresalían sobre todo dos edificios, uno era el campanario de la iglesia y el otro la torre del reloj, que se encontraba en la antigua plaza del ayuntamiento. Pero lo que más me llamó la atención es que el pueblo estaba vivo. Veía circular por sus calles coches, la gente iba y venía. Me puse la mano por encima de los ojos a modo de hacerme sombra y alargué la vista un poco más, hasta el final del pueblo y el sol de la mañana hacía platear las aguas del río, que serpenteaba por la alameda  hasta perderse entre las dos montañas. ¡No sé qué me está ocurriendo esta mañana! Es cierto, hasta ahora nunca me había fijado en el pueblo. Entonces me volví y observé al caminante, debía ser un hombre de mediana edad, su barba lucía con canas, y sus botas estaban polvorientas. Me atreví a preguntarle:

-¿Lleva muchos días caminando?

-Qué más da. -Continuó el silencio y al cabo de unos minutos habló:

-Si alguna otra vez se siente como hoy, no suba aquí, porque seguramente yo no  volveré a perderme por estos terrenos y no podré encontrarle. Si otro día cualquiera se encuentras como hoy, llame a su mejor amigo,  seguro que lo va a hallar, salga al campo o a la ciudad a pasear, contemple en silencio la salida del sol, y dele a ese acto el significado que tiene y lo que diariamente representa para la vida, sólo para los seres humanos, aquellos que sí pueden contemplarla,  fúmese un cigarro como ahora y acuérdese de este caminante, pero nunca más vuelva a subir aquí en estas circunstancias de hoy… Y ahora amigo creo que  me voy, quiero llegar hasta el pueblo antes de que apriete más el sol.

Sus escuetas palabras claras y directas me dejaron desconcertado y aún no he entendido  por qué aquel extraño caminante, que no sé de dónde salió, comprendió lo que me estaba ocurriendo, sólo sé que adivinó algo en mí que yo no era consciente de que estaba sucediendo. Hace poco presentía como si estuviera en otra órbita y después de escucharlo me siento como si estuviera de regreso ¡qué sé yo de dónde! Experimento que estoy pisando tierra.

Se levantó de la piedra donde estaba sentado y echó a andar, me quedé mirando a aquel extraño personaje, que se apoyaba al caminar en una rama de  árbol a modo de bastón, y que se trasladaba por los caminos del mundo llevando por compañía únicamente la naturaleza.  Después miré a mi alrededor, me encontré solo, no sé qué o quién me ha conducido esta mañana hasta aquí arriba. Ahora, en realidad, creo que ya no hay nada que me detenga en este lugar.

En ese momento llegó hasta mí el gorjeo de unos pájaros en un cercano árbol… y me vi sonriendo a la vida.  Es curioso, creo que me siento feliz, y hacía tiempo que no tenía esta sensación.

De pronto yo también me levanté del suelo y le grité:

¡-Eh, oiga, espere! Bajo con usted.