El frente alpujarreño. El amor sin tiempo

 

Fernando Yélamos

Me llamo Manuel. En 1938, los niños almerienses destinados a la guerra fuimos a Cherín, un pueblecito de la Alpujarra granadina, a hacer la instrucción durante cincuenta días. Al cabo de este periodo de entrenamiento, cogimos todas nuestras armas: mochilas, mantas y mulas cargadas con artillería de morteros y nos dirigimos a Pitres, otro pueblo alpujarreño. Atrás dejamos lo que quedaba de niños en nosotros y tuvimos que transformarnos en hombres resistentes con ese adiestramiento intensivo de menos de dos meses.

Cuando llegamos allí era de noche, tan oscura que ni la luna alumbraba, y los mandos decidieron dar un golpe de mano al llegar. Nosotros éramos unos niños que obedecíamos sin saber nada del mundo que nos aguardaba, ni de las cosas que acabábamos de perder para nunca más recuperarlas. Unos chiquillos de diecisiete años que iban cogidos unos de otros para pasar a retaguardia del enemigo. Casi todos temblábamos y alguno hasta se meó. Todos estábamos muertos de miedo. Aquello era tremendo para nuestros jóvenes y aún sosegados corazones: la noche parecía el día con tantas bombas, tiros y gritos de heridos por todas partes. Veníamos de la paz del campo, donde nada de esto nos era, ni por asomo, conocido.

A la mañana siguiente, tendido en una trinchera, yo oía los chasquidos de los cacillos de lata de un lado a otro. Escuchaba el ruido precipitado de las secas bocas mañaneras de mis compañeros al beber, que engullían aquel café aguado. Pero, para mí, las náuseas eran más fuertes todavía que la sed. Aún creía estar viendo las entrañas de los compañeros esparcidas por el suelo.

Me negaba a aceptar tan amargos momentos cuando una imagen apacible eclipsó el recuerdo de lo que la cruda realidad me estaba haciendo asimilar tan bruscamente. Empecé a recordar mi cortijo, mis cabras, mis mulas y a la morenilla de ojos aceituneros. La veía sentada en la cuesta, en su puerta, mientras yo trajinaba arriba y abajo, con la mula a medio cargar de trigo para poder echar más viajes y verla más veces. Entonces, mientras mi cabeza volaba para olvidar la cruel realidad, hasta un poco poeta me sentí aquella triste mañana y canté para mis adentros:

¡Ay, morenilla de ojos negros!

Tengo miedo, tengo frío,

estar en la guerra no quiero.

Quiero mis mulas, quiero mi trillo,

que no sean cuarenta y cinco.

¡Morenilla, echa la cuenta!,

que sean noventa y pico.

Y pasar más por tu puerta,

que no sea solo en septiembre,

sino todo el tiempo.

Quiero ver tu cara siempre,

quiero ver tus ojos luego.

Yo quiero verte a mi vera

con la luna y con el sol.

Pero yo no quiero guerra,

quiero vivir nuestro amor.

Al día siguiente, en aquel junio del 38, el frente alpujarreño amaneció tranquilo y soleado, sin frío ni calor. Era como si el tiempo quisiera una tregua para descansar de tanta barbarie.

Por la tarde, la tranquilidad continuó, así que el teniente y el sargento acordaron que nos fuésemos al pueblo para jugar a las cartas en casa de Irene, la novia del teniente. Al igual que su novia, el militar era natural del pueblo. Irene tenía una hermana menor llamada Mariquilla, de unos dieciséis años, pelo castaño y ojos negros.

Llegamos a la casa y, después de unas breves presentaciones, nos sentamos en la mesa nosotros tres, el padre y el abuelo de la novia. Y comenzó el juego. Al rato, pasó la Mariquilla con un perol de barro, y el sargento se fijó en ella. La niña, al sentirse observada, con vergüenza y color tomado de cara bajó la vista.

Aquel día no se la vio más alrededor de los hombres que jugaban. Unos días después, al comenzar de nuevo el juego, la castañilla de ojos negros volvió a aparecer llevando cacharros de un lado a otro alrededor de la mesa. Las miradas del sargento volvieron a estar más pendientes de la muchacha que de cualquier otra cosa. Como iba perdiendo en la mesa, cansado del juego por perder a causa de mirar a la chiquilla, y porque le apretaba la prisa, se levantó para ir al corral a hacer sus necesidades. Entró en la cocina y, a la derecha, encontró una puerta pequeña que le condujo hasta la cuadra, donde había dos mulas comiendo paja en el pesebre. Al ver al sargento, los animales se pusieron nerviosos y empezaron a moverse inquietos.

La cuadra no era muy grande, por lo que el sargento se puso en una esquina, aunque mirando hacia atrás receloso de los equinos. Las mulas parecieron barruntar su miedo y, cuando terminó y pasó a su lado, una le dio una coz en el muslo derecho, al lado de los genitales, que a punto estuvo de quitarle el amor.

Al salir por la puerta se encontró a la chiquilla fregando cacharros con dos lebrillos en el suelo. La joven observó al soldado tocarse el muslo con cara de dolor, pero sintió vergüenza y no le preguntó nada.

¡Qué patada me ha dado la mula! le dijo el sargento.

¿Quiere agua? ―le ofreció la muchacha.

Sí, dame un jarrillo le pidió.

Al coger el jarro, el soldado tocó, sin pretenderlo, la mano de la Mariquilla y esta tembló y miró al suelo. El joven notó que algo delicioso le recorría el cuerpo de una manera que nunca antes había sentido. Fue tanto placer para el muchacho tocar la mano de la castañilla que recordaría su figura para siempre con aquel casual primer roce inocente. Ese momento mágico lo guardaría como un valioso tesoro y recurriría a él, como a una pócima sanalotodo, para soportar muchos malos momentos que la vida le tenía reservados.

Al mes siguiente, el sargento se echó de novia a la Mariquilla. Pero muy poco duró el amor, porque una semana después lo destinaron a la batalla del Ebro.

La tarde anterior al viaje, desde lo alto de las montañas alpujarreñas, con vistas al mar y a tierras de África, sus bocas se juntaron. Al comenzar el tartamudeo de sus labios, los tiempos, como adelantados, rieron primero dando un canto a la vida para llorar después en el desconsuelo, la soledad y la ausencia.

Nunca más se encontraron, pero el canto del sargento perdura en el tiempo porque anidó en la joven muchacha de pelo castaño y ojos negros que movía lebrillos.

Cuando ya mis cenizas no estén,

te mandaré vientos tan suaves

que te acariciarán labios y tez

y notarás mi presencia sin viajes.

Mirarás y sonreirás al sentirme.

He vuelto porque sin ti yo no puedo…

Perdonarás mi larga ausencia al irme

y comprenderás que te quiero.

En las tardes suaves de otoño, la Mariquilla, a sus años, sentada en su silla con vistas al mar y a tierras de África, al darle los vientos suaves en el rostro surcado por el llanto, la risa y el tiempo, mira al mar, allí, lo más lejos. Y luego mira al cielo, sonríe y piensa: «Yo te he esperado todo el tiempo».

Fernando Yélamos está galardonado con la Medalla de San Isidoro de Sevilla de la Unión Nacional de Escritores de España. Es delegado permanente de la UNEE para las Relaciones con Francia.