María Teresa Fandiño
Tras el sonido del despertador, Enrique frotó los ojos con tiranía como prueba de su fuerza de voluntad, era el último sábado del mes de noviembre y el móvil marcaba las siete de la mañana. Normalmente, a través de los ventanales de su dormitorio, solía insultar a la luna nada más abrir un ojo, pero hoy ella lo eludía entre nubarrones; amenazaba tormenta.
El hecho de trabajar como detective privado rebasaba su capacidad emocional; a través de sentimientos dolorosos y pensamientos trágicos que debía reprimir, luchaba contra la empatía y obtenía reacciones nocivas, tanto emocionales como físicas. El alto nivel de exigencia que él mismo se marcaba, junto con la obligada objetividad en cuanto a emociones y sensibilidades, le provocaba un nivel de estrés que debía ser rebajado de vez en cuando; para realizar su trabajo precisaba de un determinado tono físico. Cada fin de semana salía para hacer deporte a la misma hora que el resto de los días laborables. Practicaba atletismo a través del paseo fluvial colindante, lo hacía sin meta, hasta cansarse; además de sano resultaba económico y satisfactorio. Los cordones de las zapatillas bien sujetos, ropa adecuada y una botella de agua conformaban su uniforme. Estiramientos previos. Respiración profunda; puños cerrados y codos pegados al cuerpo.
Ante la puerta trasera de su casa, orientada hacia el paseo fluvial, Enrique discutía consigo mismo acerca del sentido de la humanidad y el deseo del infierno de llevársela; observando como soplaba el viento con fuerza, consiguió vencer la pereza y echar a correr. «Siento deslizarse la ciudad bajo mis pies, incluso con el viento húmedo de frente; noto el desasosiego, le gano a la vida cuando escucho el movimiento rítmico de mi corazón»
Enrique buscaba refresco en una pequeña botella de agua y continuaba; cuando apenas le quedaban fuerzas recurría a una bebida isotónica, se enjuagaba la boca y la escupía. «En el momento en que no entra una gota de aire en mis pulmones, sé que me supero, es entonces cuando encuentro la libertad». Pisando el suelo velozmente y con firmeza, podía expulsar el veneno que le corrompía, y se sentía él mismo. Regresó a casa cansado, sudoroso y sonriente, con la alegría del escalador que toca el pico de montaña con sus manos; saboreaba el momento de llegada de una mañana tranquila y placentera ante un desayuno especial que, junto con el penetrante olor a café recién hecho, y los primeros rayos de sol, le hicieron sentir pletórico. Pero esa calma no duraría demasiado. Encendió la radio, sabía que las noticias serían pésimas, como solía ocurrir desde que comenzó el año 2019. Las tragedias se iban sucediendo desde el incendio de Notre Dame en el mes de abril. A pesar de ello, se dispuso a escuchar las noticias al mismo tiempo que desayunaba.
El gobierno dejará la hucha de las pensiones bajo mínimos tras sacar 3.600 millones para la extra de Navidad... El hallazgo de las nuevas grabaciones revela vínculos de altos cargos rusos con los rebeldes del este de Ucrania que derribaron el avión malasio de Malaysia Airlines el 17 de julio de 2014 en el este de Ucrania...».
«Ese tema de los rusos nos traerá consecuencias graves». Enrique podía escuchar a Dios llorar, y al diablo reír. Tras el penúltimo bocado, fue interrumpido por el sonido del móvil; recibía una invitación, vía SMS, de uno de sus clientes más importantes. En teoría se trataba de una comida familiar que organizaba Tito en Villa Gasparilla, aunque él intuía que aquel evento ocultaba una jornada de trabajo. «¡¿Mañana domingo?! ¡Pero bueno, hombre!». Enrique estaba harto de las comidas de bar, los platos combinados, alimentos fritos y los apurones de última hora. Sus comidas de fines de semana ocupaban un espacio único, solitario, sin sobresaltos; tras la comida, su meditación resultaba sagrada. En cambio, no le molestaba comenzar su jornada un domingo por la tarde. Envió una respuesta inmediata; el detective, conocido en el gremio como el duque, agradecía la invitación y ponía una excusa certera; le aseguraba que acudiría a la cita, aunque no a la comida, sino algo más tarde. No se había arrepentido de haber aceptado un tipo de trabajo que, por rutinario y aburrido, no solía realizar; normalmente este tipo de encargo lo hubiera resuelto pasándole el marrón a algún que otro ayudante. No obstante, había hecho una excepción por ser de relevancia para Tito...
Fragmento de la novela "El misterio del beso robado".