José Manuel Regal García
Fue en la capa 2, de la segunda planta de un pozo minero, con dos metros de potencia, concepto técnico en las minas subterráneas, según evaluaron en su momento, en el informe oficial de aquel desgraciado accidente y rendir cuentas a las frías estadísticas de la muerte.
A pesar de haber posteado, y lo hacía con profesionalidad contrastada, seguramente, el empuje de las paredes del tajo y el peso del techo, o el designio del cielo, o el tributo de la madre tierra que se cobra por horadar sus adentros, quien sabe, hizo que se derrumbaran los tres últimos cuadros que había puesto, a priori de forma correcta, el azar quiso que se presentara la muerte de forma instantánea, cuando se vino el frente, parte del el techo, y con él, costeros y escombro hasta quedar sepultado por completo. Enseguida, dos compañeros, con el propósito de no herir un cuerpo que no tenían a la vista, optaron por no usar herramientas de corte, excavaron con las manos desnudas el terreno casi a oscuras, hasta dar con del desdichado cuerpo, ya inerte.
Dicen que apenas le dio tiempo de quejarse. Murió por aplastamiento, según el informe médico, dadas las condiciones y el puesto de trabajo, así debió de ser. No dejaba mujer ni hijos que lloraran su muerte. Su familia quedó en Portugal, de donde vino a sobrevivir, dadas las penalidades que había sufrido. Todo su afán era conseguir algo de dinero para aminorar la miseria de su gente. Tampoco tenía más pretensiones que las necesidades diarias.
Eran tiempos difíciles aquellos de los años 50. Aún no nos había hipnotizado la globalización ni nadie sabía qué demonios era eso. Y como a la fuerza ahorcan, la gente, toda humilde, se acopló a un mundo, donde la tristeza no le permite verter lágrimas, sino acumular silencio en el corazón hasta desangrarse. Hablar de los diferentes nichos de confort en esa época, era un disparate.
Todo viaje empieza con un beso. El de su madre, viuda desde hace años, en la despedida camino a no sé dónde… sus hermanos, sus amigos.
Llegó con lo puesto de una aldea lejana del centro de Portugal, Drave, en el municipio de Arouca, sobre una colina dispuesta en terrazas, con casas de piedra y techo de pizarra. Cuando hablaba de su tierra, parece que quisiera ahondar las raíces donde vio la luz primera. Drave, tan distante y tan dentro de sus sueños…
Nunca se sintió un foráneo en la cuenca minera, debió ser porque nadie le consideró forastero. Las barreras orográficas, las vallas y los obstáculos, ese concepto que no anida más que en el cerebro de los hombres, producto de intereses económicos ajenos a quienes las sufren. El concepto de extranjero no cabía en el diccionario minero y el hecho de que fuera de la península, le daba el derecho moral de ser uno de los nuestros, y como el hambre no entiende de fronteras, enseguida hubo un intercambio de emociones de las que todos tomaron parte y a todos interesaba. Le abrieron los brazos de par en par, ofreciéndole lo poco de lo que disponían, y es que la generosidad de los que casi nada tienen, llevan hasta las últimas consecuencias el valor evangélico de compartir cuanto tienen.
Unos abrieron los brazos, Manuel, el corazón. Muy a pesar de las durísimas condiciones que vivía la clase trabajadora, los soldados rasos de una sociedad sin salida a ningún sitio, la solidaridad minera fue un ejemplo para el resto del mundo laboral y social.
Dicen que aprovecharon casas viejas, hórreos y hasta cuadras acondicionadas para viviendas, donde cobijarse bajo un techo para paliar las necesidades de una masa de gente que llegó a la cuenca minera para trabajar y sobrevivir aunque fuera en la precariedad más absoluta. Una oleada de gente que huyeron de la miseria con el propósito de sobrevivir, no era otro su objetivo. Y todos, absolutamente todos los que llegaron a trabajar en las minas, y con ellos, sus familias, fueron acogidos con la generosidad que corresponde. Andaluces que llegaron al norte de España, con su gracia y su acento dulce y burlón, castellanos recios, gallegos labriegos y extranjeros de diversos países recalaron en Asturias y otros lugares del norte de España donde formaron comunidades, dejaron su impronta, su acento, sus costumbres y su cultura, y con ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos echaron raíces para siempre. Es la idiosincrasia de una cultura producto de la diversidad cultural. Cada cual, aportó la historia personal y colectiva que mezcló con la autóctona. Manuel nos enamoró con los fados que siempre canturreaba calle arriba, calle abajo. Es un sentimiento, el desamor, la añoranza por alguien que se fue lejos, -decía-y lo hacía con la emoción propia de un ser lejano de tu tierra y de su gente. “Cabelo branco”, “O gente da mina terra”, “Sei de un rio” eran melodías que tarareaba a diario, fados que definían su personalidad y delataba su estado de ánimo, fados que transparentaban quien era en definitiva, pero se deshacía tocando con su armónica, que casi siempre llevaba en el bolsillo, “Rosinha dos limoes”.
Parece que huía de puntillas, como si no quisiera dejar las huellas de una caminata sin retorno. Atrás lo dejó todo: la infancia, con las fluctuaciones entre los juegos infantiles y el hambre y una pobreza sin nombre, el paisaje que llevaba en la memoria, el primer beso a escondidas del mundo… Solo aspiraba a crecer en un entorno con posibilidad de sobreponerse a la miseria, la compañera de viaje que había sido hasta entonces.
Asturias, enseguida se convirtió en una referencia válida del sindicalismo, muy a pesar de su prohibición, los piquetes informativos, las coacciones, el miedo a ser señalados como chivatos o esquiroles, se puso a la vanguardia de las reivindicaciones de España. Los recuerdos aún sangraban de la Revolución del 34, en la mente de muchos, el carácter indómito, firme y solidario, le dio al minero asturiano un valor extra en el reconocimiento de sus actos. El pozo María Luisa, Santa Bárbara, la Camocha y otros muchos, fueron símbolos donde se miraron el resto de trabajadores como si de un espejo se tratara.
Por la dureza de un trabajo penoso y leonino, la falta de ventilación y la silicosis, se hicieron acreedores del carácter reivindicativo que siempre tuvieron. Nunca se arrodillaron ante el poder establecido. En el 62, la huelgona puso a prueba su carácter indómito y dieron jaque mate al poder que intentaba doblegarlos. Y así, hasta que los castilletes de los pozos, quedaron para ser objeto de estudio de la arqueología industrial.
En la mina se hizo a sí mismo, golpeando rocas para extraer de las vetas de carbón, el mineral que le proporcionara el pan de cada día, y regando con su sudor, el polvo de su entorno. Se hizo profesionalmente, mejor minero. Fui construyendo –dijo- un ser nuevo, una mejor persona para presentarme ante ustedes. Esa era su carta de presentación más auténtica, el objetivo más urgente para llevar a cabo.
Los ingenieros y mandos, solían nombrar a los operarios por el apellido, seguramente para dar más solemnidad a sus órdenes. Se trataba de asegurar una distancia en el trato, y así lo hacían. Pereira le decían. Ese era su apellido. Sus compañeros, en cambio, dada su nacionalidad, lo conocían como “el portugués”. Sus vecinos, más familiares en el trato, simplemente, Manuel.
Se esforzó en hablar castellano, como gesto de integración en el entorno y necesidad comunicativa; otras veces chapurreaba un bable ininteligible, y rezaba en portugués. Hablaba con Dios en el fondo de la mina, haciéndole preguntas que Éste nunca osó responder. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo?, ¿qué hago aquí y hacia dónde nos dirigimos? Preguntas, que desde la antigüedad más remota nos venimos haciendo y que tienen vigencia en cualquier momento.
Se dice de él, que vio la muerte el día anterior al accidente. Bajaba por la vía del tren y, a la altura de unas casas viejas alejadas del pueblo, ya cerca de su casa, observó a un enorme hombre vestido de blanco. Muy alto, una fisonomía extremadamente estilizada y el rostro muy pálido. Corrió incansablemente hasta la casa de su vecino, Paco Fraile, y ante el alboroto, le abrió la puerta y le contó lo que vio. Todo el mundo se quedó con la duda. Nadie sabe a ciencia cierta, si fue una experiencia extraña de ufología, o que vio a un ser paranormal, un antropoide o algo que no supo narrar. Pero la clarividencia se hizo presente en el cerebro de Manuel. Al día siguiente, tras el accidente, y dada la coincidencia de la desgracia y el suceso del día anterior, comentó su vecino Paco: Para que luego digan que no hay nada, el pobre Manuel vio venir la muerte.
Dos días después, resueltos los permisos y documentación burocrática necesaria, viajaba en un modesto ataúd, dentro de un coche fúnebre camino de su tierra, su amada Drave, donde le hicieron los oportunos responsos y rezaron por el eterno descanso de su alma.
Los ojos resecos de su madre, el llanto desolador de sus hermanos y el lamento de sus amigos, fueron testigos del gesto sin color de su carne, donde enterraron sus restos.
Y
allí descansa desde entonces, de las fatigas y los infortunios de ésta vida.
