Tomás Bernal Benito
¡Polvo, sudor y hierro, el Cid Cabalga!
Fragmento del Poema del mío Cid.
Primavera de 1939
Hay una niña, muy débil y blanca en el umbral.
Es toda ojos azules, y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba su carita curiosa y asustada.
Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte, arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!
Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: ¡En marcha!
El ciego sol, la sed y la fatiga...
Por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
La guerra había terminado, pero no
así el dolor. Los pueblos estaban llenos de calles silenciosas, ventanas
cerradas y miradas huidizas. La primavera apenas se insinuaba en los almendros,
pues el aire seguía oliendo a pólvora y miedo.
Manuel Ruiz caminaba arrastrando los pies mientras musitaba unos versos
del Cantar de mío Cid.
Polvo. El sendero que conducía a su pueblo era una cinta de tierra
reseca. Cada paso de sus botas levantaba una nube fina que se alzaba como el
humo de una hoguera y terminaba por metérsele en las fosas nasales, llenarle
los pulmones, pegarse a los labios agrietados y posarse sobre las pestañas,
empañándole la vista.
Sudor. Le empapaba las axilas, la espalda y el cuello. La camisa,
remangada hasta los codos, estaba endurecida por el sudor y la sangre seca.
Hierro. La bayoneta pendía de los correajes y el fusil descansaba sobre
su hombro. Un arma inútil: no le quedaba una sola bala. Apenas un recuerdo del
frente. La chaqueta, desgastada y descolorida, colgaba del cañón como una
bandera rendida.
Su rostro, cubierto por una barba descuidada, parecía el de un hombre
mucho más viejo. Para protegerse del sol implacable llevaba la cabeza cubierta
con un pañuelo cuyos cuatro extremos, anudados de forma tosca, formaban una
improvisada visera.
Habían pasado casi tres años y,
cuando se miraba en el espejo, apenas reconocía al muchacho que había partido
al frente repleto de sueños de justicia, con el puño en alto y el corazón lleno
de consignas. Y ahora, a la vuelta, tan solo traía cicatrices, que ningún
médico ni sacerdote podrían sanar.
La guerra había terminado, eso
decían, pero no dentro de él.
Al doblar la curva desde la que se divisaban las primeras
casas, todo le pareció lejano. Irreal. Como un espejismo.
La iglesia, dedicada a la Virgen del Rosario, apenas se
sostenía en pie. Había perdido el campanario, desplomado ahora a sus pies,
sobre la plaza, como un gigante decapitado.
La taberna permanecía cerrada. La puerta conservaba las
cicatrices de los disparos: impactos oscuros incrustados en la madera.
La escuela, donde durante años había enseñado a leer y
escribir, aparecía profanada. Frente a la entrada aún se distinguían las
cenizas de una gran hoguera. Habían arrancado el portón de cuajo y lo habían
arrojado al fuego junto con los pupitres, las mesas y los muebles del aula.
En las paredes, carteles recién pegados proclamaban el orden
recuperado.
No había niños corriendo por las calles. Ni voces. Ni risas.
El pueblo parecía contener la respiración.
Caminaba
solo, aunque sabía que no lo estaba. Detrás de las ventanas entornadas, de las
cortinas inmóviles y de las puertas entreabiertas, lo seguían miradas furtivas.
Insondables.
Polvo, sudor y hierro, el soldado
regresaba.
El portal de la casa seguía en su sitio. Ennegrecido por los
años. Cerrado.
Frente a él, la vieja higuera retorcía sus ramas como
siempre, aunque ahora estaban secas, abandonadas a la sed y al olvido.
Manuel se dejó caer sobre los restos del banco que su padre
había construido muchos años atrás. Dejó el fusil y la chaqueta a un lado. Se
quitó el pañuelo de la cabeza y se enjugó el rostro.
Nadie salió a recibirlo.
Quizá no quedaba nadie en la casa. O quizá nadie se atrevía.
Entonces la puerta se abrió con el lamento de unas bisagras
viejas.
Bajo el dintel apareció su hermana. Delgada. Vestida
enteramente de negro. El rostro surcado por la pena y los silencios. El
cabello, ya veteado de gris, recogido en un moño austero.
Manuel la contempló unos segundos, como si necesitara
asegurarse de que era realmente ella.
—¡Manuel!... ¿Qué haces aquí? —preguntó, llevándose el
delantal a la boca para sofocar el llanto—. Tienes que irte. Ayer estuvieron
los nacionales registrando el pueblo.
No hubo abrazos. Tampoco reproches.
Entre los dos solo quedaban los años perdidos.
—Pensé... pensé que no volverías nunca.
Manuel bajó la vista hacia sus botas, desfondadas por el
camino.
—Yo tampoco estaba seguro de volver... ¿Y mamá?
La pregunta quedó suspendida unos instantes.
—Su corazón no resistió. Murió hace un mes.
Lo dijo sin lágrimas. Como quien había agotado todas.
—Se fue sin saber si seguías vivo.
Manuel cerró los ojos.
Otro golpe más. Otro que la guerra le había reservado para el
final.
Teresa retrocedió un paso.
—Entra. Nos vigilan.
Manuel recogió el fusil, se incorporó con dificultad y cruzó
el umbral.
La casa era un museo de la vida que habían perdido. El mantel
de encaje seguía sobre la mesa. La estampa del Sagrado Corazón ocupaba el mismo
lugar de siempre. Las fotografías en blanco y negro continuaban colgadas en la
pared, ajenas al paso de la historia.
Sobre una repisa, junto a una vela consumida, descansaba un
retrato suyo con el uniforme. El cristal estaba roto.
Abrió la boca para preguntar, pero Teresa le apoyó suavemente
una mano sobre los labios.
—No preguntes por los demás.
Él levantó la vista.
—No todos querrán verte —susurró ella—. Ya me entiendes.
Manuel asintió en silencio.
—¿Y tú...? ¿Tú has estado bien?
Teresa dejó escapar una sonrisa tan breve que apenas existió.
—Hubo noches en que esperábamos que llamaran a la puerta. No
sabíamos si venían por nosotros... ni si tú seguías con vida…
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
—¿Adónde iremos? —preguntó él al cabo.
—A Zaragoza. A la casa de la tía Angelita. Está vacía.
Manuel recorrió con la mirada la habitación. Aquella seguía
siendo su casa y, sin embargo, ya no le pertenecía.
La guerra había terminado.
Pero el exilio acababa de empezar.
Tomás Bernal Benito. Escritor. Vocal Honorario de la Unión Nacional de Escritores de España.
