El rescate de ultratumba

 

José Andreo Moreno

Aquella silenciosa mañana del mes de enero, era luminosa y transparente, como lo es la felicidad cuando se muestra, aunque solo sea entrecortada y efímera. Pero además era tan fría, que hasta los pájaros se negaban a madrugar. Era de esos amaneceres de los que, en las sierras de Lorca, te rebanan la cara, y las palabras junto con el aliento, se precipitan al suelo desde la boca inertes y congeladas, pero que, como premio, te devuelven vida. Un ambiente en el que podrías acabar ebrio de tanto oxígeno. Era aquel un día de esos vacíos, en los que buscamos la magia de un lugar, y mientras paseamos meditabundos, tratamos de buscar el sentido más retorcido y filosófico a nuestra existencia. Nos ponemos trascendentales; con la mirada perdida en el horizonte, analizamos nuestra «kafkiana» existencia; meditamos sobre el dilema del ser o no ser, o, sobre la vida y la muerte.  Con dos dedos de frente y algo de sentido común —poco común este sentido—, esta meditación, no podría tener más alcance que bajar los humos del altanero, o activar un poco la vida al pusilánime. Pero a veces resulta que, estas cavilaciones de «vena tonta», estos análisis tan profundos en solitario, causan un efecto contradictorio, activando la estulticia en el soberbio —siempre subido—, y hundiendo en la miseria al temeroso y apocado. En realidad, era de esos escenarios que pueden alimentarte el alma, pero también de esos momentos en los que disimulas los sentimientos por temor a incurrir al exteriorizarlos en alguna ridícula cursilería.

Después de tales dosis de reflexión, y recuperada la consciencia, bajamos al mundo de los mortales, levamos anclas, y recogemos la mirada que andaba perdida por los extravagantes horizontes de lo absurdo. Reprogramamos el cerebro para la única alternativa que parece viable: la rutina; llegando a la conclusión de que, inevitablemente, por más que lo disimulemos con impecables discursos y actitudes, estamos condenados —en mayor o menor grado— a seguir las veredas marcadas por el convencionalismo y lo políticamente correcto. 

Claro, que a veces, esta puñetera existencia nos abruma con sus caprichos, y lo que teóricamente es imposible, puede convertirse en extraña pero grata realidad. Bajando campo a través por aquel esotérico lugar, al ritmo que la mente bajaba del estado de inopia y abstracción, tuve que sortear un pequeño barranco que las últimas lluvias habían horadado. Hacía lustros que en esta zona había intuido un cierto halo enigmático, un lugar sencillo emplazado en ninguna parte, pero que irradiaba y me sabía a misterio. En aquel lugar, junto al barranquizo, había tres piedras que, aún sin talla, parecían haberlas colocado con la delicadeza que se acuesta y acuna a un recién nacido. Muchas veces tuve la tentación de moverlas, aunque nunca me atreví a alterar su singular y triangulado emplazamiento.

La pequeña cortada del terreno, lamía la piedra que hacía vértice por la parte de saliente. En el corte, y bajo la piedra, sobresalía un pequeño prisma rectangular. Era tal mi necesidad de husmear en los entresijos de lo perdido, y de encontrar lo imposible, que no asumía lo que en realidad estaba viendo. Al tocarlo, noté su textura y sonido metálico, era un pequeño cofre muy consistente, de unos treinta centímetros por veinte, y de una altura no menor; estaba reforzado en sus aristas y vértices por unos remaches incrustados que parecían de bronce. Tenía una diminuta y torneada cerradura, aunque estaba abierto. Empujados por el fuerte martilleo del corazón, mis ojos se salían de las órbitas. Abrí el pequeño baúl, y, en un perfecto estado, encontré un recipiente metálico cilíndrico y alargado; al quitar con los dedos la pequeña capa de polvo que lo envolvía, podían adivinarse unos «rameados» tallados en el metal; en uno de los extremos, pude notar el filo de una tapadera insertada a presión que, tras un pequeño tirón, salió como si la hubiesen puesto ayer mismo.

Había en su interior un rosco de legajos y pergaminos. Parte de aquellos escritos, eran de una gran perfección caligráfica, pero, con trazas —a simple vista— de un pretérito remoto. A pesar del temblor de mis manos, en un antiguo castellano, en el primero que comprobé, pude leer en su encabezamiento: «En el año de Ntro. Sr. de 1615...». Sin entrar en más detalle sobre el texto, junto con otros pergaminos más extraños e inquietantes, enrosqué el legajo y volví a insertar la tapadera, dejando las comprobaciones para más tarde. Pasé a examinar la vasija que acompañaba al legajo en su sueño de siglos. Primero, pensé si podría ser cerámica, después me convencí de que era vidrio, pero resultaba más difícil dar nombre al recipiente, ya que podría ser igual botella, aunque de ancha base, alcuza, pero sin agarre, cántaro, pero de boca estrecha, cántara, con un solo pitorro, y, hasta podría haber sido la mismísima lámpara de Aladino. En sus letras grabadas, podía dilucidarse que era: Bálsamum vitae.

Pasé, de una emoción contenida a una euforia desbocada. El manso martilleo del corazón, se transformó en una intensa tamborrada tribal, de esas que llevan a los danzantes al éxtasis. A pocos centímetros, y sobre el hueco que dejó el pequeño cofre, pude observar los remates de una línea de finas tablas, y sobre ellas, una fila superior de losas perfectamente engastadas que, se perdían debajo de la tierra y de las grandes piedras exteriores, por lo que deduje que el cofre solo era parte de una fosa, o, parte de un grupo de objetos ocultados.

Me decidí a empezar por arriba, quitando aquellas piedras hasta ese momento intocables.  Cuando moví la primera piedra —sabiendo de antemano que no estaba libre de pecado—, la impaciencia y la prisa aceleraron mi ímpetu, haciéndome quitar sin dilación la segunda y la tercera. Rasqué con un trozo de madera sobre la superficie dura y húmeda, hasta llegar a unas placas de piedra engastadas con cal que, hacían de la cámara un hueco casi hermético. Sin perder un segundo, aparté con las manos y la mayor delicadeza, la capa de tierra movida. Mientras retiraba la tierra, empecé a rozar con las manos sobre las losas planas, adivinando en la piedra con el tacto, inscripciones que bien seguro serían letras de un tamaño considerable.

El nerviosismo y el esfuerzo para que vieran la luz más de un metro y medio de lápidas, parecían no tener fin, haciéndome subir la temperatura corporal hasta los límites del sufrimiento. Tenía la boca seca, y del rostro y del cuerpo manaba un manantial de sudor vaporoso que, de inmediato, cambiaba a frío. El impulso irrefrenable por beber agua, solo podía contrarrestarse por las ansias de ver el resultado, o, por el miedo a abandonar el lugar, arriesgándome a que alguien por casualidad —tras observarme—, terminara de «desflorar» aquellos apartados y misteriosos dos metros cuadrados de terreno. Con unos matojos agrupados a modo de escoba, terminé de limpiar las lápidas; en esos momentos y en respuesta a mis roces, desde dentro, me pareció que algo o alguien replicaba como agradeciendo el gesto.

Era tal mi impaciencia, que antes de terminar de sacar a la luz la inscripción, ya pretendía descifrarla —difícil tarea—. Paraba de limpiar, pero sin dejar de elucubrar sobre el mensaje escrito. Eran aquellas lascas muy impermeables, aunque de escasa dureza. Apenas con un leve roce, se levantaban pequeñas cuñas que podrían desconchar el mensaje. El sol empezaba a ponerse bravo, por lo que unos minutos más tarde, el color blanco de las lápidas —ya libres de la humedad—, pretendía irradiar luz, aparentando acabar de ser emplazadas para volver a cubrirlas.

Temiendo que al arrancarlas se quebrasen, y perder con ello la inscripción, traté de descifrarla antes de retirar las lascas, asegurando con la toma de algunas fotografías el aspecto original del texto. El deteriorado grabado era breve:

«En efte sitio iaçe …» El nombre podía ser Alejo, tal vez Adolfo, aunque tomaba más cuerpo Alonso, por la «f» por «s» de la época; el primer apellido podría ser Quintano, aunque también tomaba más cuerpo Quijano. Aún con la incertidumbre sobre la identidad del personaje, pude leer el segundo apellido: Iáñez. Asociar a don Alonso Quijano con aquella desubicada fosa, y aceptar por ende la existencia real de un personaje hasta ahora de ensueño, no era plato fácil de degustar y digerir.

Después de separar las juntas de cal, levanté con mimo primero la losa con la inscripción, sin quebrar ni dañar letra alguna. Ya con menos mesura, arrebaté las otras cuatro que formaban la cubierta. Se dejaron ver las tablas cubiertas de polvo, en tan perfecta disposición y estado que, de no descansar sus cantos a modo de tablón sobre las rocas que bordeaban la cámara, podría confundirse de forma inequívoca con un féretro. Volví a utilizar los matojos como escoba, y la bufanda como bayeta, hasta poner al descubierto lo que era un perfecto entarimado de maderas machihembradas. Entre las juntas, podía apreciarse algún tipo de brea o resina con algunas fibras, trabajo éste más propio de expertos «calafates», que de gentes de tierra adentro. Pese a lo reseco y quebradizo de la pasta de las juntas, el maestro debió hacer bien su trabajo, pues a pesar del tiempo, aún desempeñaba su función aislante. Sobre el conjunto del entarimado, habían grabado a fuego con gran maestría —seguramente con algún hierro candente—, una Cruz de Santiago.

Asumiendo lo extraordinario del suceso, con los mismos nervios, pero mutados en mayor relajación, y con el sudor ya más cálido cayendo sobre el frío, inicié la retirada de tablas, de una en una, de dos en dos, y como «Dios me encaminó», hasta dejar la tumba al descubierto. A primera vista era fácil adivinar que era un cadáver, aunque no podían distinguirse del todo ni facciones ni miembros. El finísimo polvo filtrado durante siglos, al cubrir en parte el cuerpo, había creado una figura grisácea casi mineralizada, con mayor apariencia de estatua que de cualquier ser viviente. La prisa y el desasosiego se tornaron en cautela. Primero observé y estudié superficialmente el cuerpo, y a simple vista era un monje, o al menos el hábito —que, aunque dicen que no lo hace, a mí me lo pareció— daba fe de ello. La capucha le cubría la cara, y hasta llevaba el cordón de los votos en su cintura, aunque lo poco que se dejaba ver de los pies, contradecía las apariencias —que con razón siempre se ha dicho que engañan—; asomaban unas botas de cuero con las espuelas engarzadas en sus talones. A su derecha, y casi cubierta por la vestimenta, asomaba parte de la cruz de una vieja espada, ya en desuso por antigua en la época en que estaba fechado el encabezamiento del legajo, pues no se correspondía con las de cazoleta y demás guardamanos que, eran de uso común en los Siglos XVI y XVII. Pasé la mano por una especie de medallón de cuero cosido al pecho, y apareció de nuevo la Cruz de Santiago.

El ansia y la emoción por el hallazgo, habían conseguido aletargar mi sentido de la realidad, o, hasta quizá anularlo por momentos. Con la mente más fría y el corazón algo más quieto, sentí el miedo que produce lo imprevisible, sopesando demasiado «el qué dirán». Afloró mi profundo sentido del ridículo. A veces pienso que el género humano, en su afán de curiosear, estropea lo que está bien y empeora lo que ya estaba mal. Desempolvando la parte más negativa de la retahíla de prejuicios que casi siempre nos acompañan y martirizan, pensé echar tierra —y nunca mejor dicho— sobre el tema y olvidarme. No podía ser cierto. Pero claro, a los rebuscadores del pasado, a los que hurgamos con placer en las narices del tiempo, nos aparecen en nuestro vagar demasiados fantasmas de antaño, y si alguna vez como ahora, la ensoñación se materializa, no puede dejarse pasar sin disfrutar, aunque solo sea de la ansiedad del desengaño.

Con más ganas que valor, levanté la capucha, me pareció ver una figura esculpida, flanqueada por unos finos pero largos bigotes, así como una estilizada pero poco densa perilla presidiendo el mentón; todo ello encasquetado en un «morrión» mutado a yelmo. De sus ojos cerrados, brotaban como hierba seca unos diminutos abanicos a modo de pestañas. Limpié aquel rostro, y por el aspecto y su tacto, ni era momia ni carne viva. Podría ser cuero curtido, aunque demasiado flexible para tan viejo. Su nariz y orejas, a simple vista, parecían de ese plástico muerto en un descampado, castigado por el tiempo y los rayos del Sol. Aunque no es hábito en mí levantar faldas de barón, alcé con el mayor decoro el faldón del hábito, dejándose ver una armadura fraccionada en mil recortes; grebas en las espinillas, rodilleras, escarcelas cortas en las caderas, peto, y, pedazos inconexos sujetos los unos a los otros por una trama de cordelillos. Todo ello sobre una digna mortaja, de buena textura el paño del jubón, y calzas y botas que, los vivos hubiesen querido para ellos.

Ya llevaba en aquella brega más de tres horas de placentero suplicio, con la adrenalina tan densa que, bien seguro que, agitándola, podría montar como merengue de claras. Mis temperaturas habían sufrido tantas oscilaciones que, de haberlas comprobado en los diferentes intervalos, se hubiese dudado si se tomaban unas veces en grados Fahrenheit y otras en grados centígrados. Con mis cambios de color, podría haberse completado el círculo cromático, desde el «pajizo-angustia» hasta el rojo más vivo del calor o la vergüenza. Con mis palpitaciones y temblores, se hubiesen registrado mediciones inconcebibles en la escala de Richter. Pero seguía en pie.

Volví al cofre de la intriga, agité ligeramente el recipiente, y comprobé que estaba casi a rebosar. Volví a depositarlo en el cofre, con una delicadeza tan extrema que, más que cuidado me pareció mimo. Cogí presto el cilindro metálico, y después de sacar y extender sobre una de las losas aquel apretado rosco de legajos, empecé a leer por la primera:

«Siendo hoy fecha de 2 de febrero, día de Ntra. Sra. de la Candelaria, en el año de Ntro. Sr. de 1615, en territorio y jurisdicción de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Lorca.

Por el presente, explico parte de las últimas voluntades de Don Alonso. La primera, es darle santa sepultura con la mayor discreción en los parajes que lo fueron de su madre Angela Iañez, y con la única compañía del mosén que suscribe y de dos caballeros, que lo sean de Lorca o de la vieja Encomienda de la Orden de Santiago de Aledo y Totana, y que si lo fueren de ésta última, sean Cayuelas y Andreos. Deseo éste que cumplimos en el día de hoy. Cómo proceder en el caso de futura exhumación, no de sus restos sino del cuerpo, para volverle a la vida junto con su mente; aunque según su testimonio también en este caso exhumarán su alma, ya que aún no se habrá desprendido de ella.

Y yo, el que suscribe, que dada mi condición debería negar sin recato todo atisbo de magia, y aún más si pinta a brujería, reconozco —mea culpa— que antes que hombre de Dios soy un humilde mortal, con la debilidad y curiosidades que a los humanos nos atormentan y nos conducen por los caminos del Infierno, tenía que salir al paso y mitigar mis dudas. Mi identidad y procedencia omito, ya que me hace temblar hasta el alma, tan solo la duda por parte del Santo Oficio.

Volqué la duda a favor del mágico resultado de este brebaje. Muy a mi pesar, llegué a la cuenta de que cuando llegara el momento de demostrar su eficacia, ya habrían pasado los siglos, da igual uno que ciento, y a este pecador ya se le habrían secado en su tumba las malvas, y, hasta pasearían por mis dientes y por las cuencas de mis ojos, toda suerte de profundas raicillas del árbol más insospechado. Fabriqué un plan para calmar la ansiedad y curar tan grave enfermedad que es la curiosidad. Ello, solo fue buscar cuatro o cinco entuertos que arreglar, escudriñando entre las miserias y abundancia de problemas de algunos vecinos, tarea ésta para la que no hube de hacer gran desplazamiento ni inversión. Advertíles de que se les iba a aplicar una «melecina» harto milagrosa, traída de Tierra Santa, y elaborada con matojos del mismísimo Huerto de Getsemaní, que para mayor disimulo —que el Altísimo perdone mi sacrilegio—, apliqué con el mismo ritual que se administran los Santos Óleos. Haciendo como prueba los siguientes tratamientos a modo de experimentar, a saber:…

Fragmento del primer capítulo de la novela: «Don Alonso vive»

Un famoso personaje de ficción envuelto en reflexiones e historias reales.