Manuel Jacobo González Outes
Cuando a Isidro Buonorrote, el que no sabía quién era, le llegó la carta para incorporarse a filas, no le faltó nada para irse por los pantalones. Se escondió debajo de la cama y tardó tres días en salir, al fin el hambre doblegó al miedo y bajó a la despensa. Allí lo encontró su madre a volver de la compra, dando cuenta del unto y de la mahonesa, que era lo único que quedaba en casa. Su madre le dijo llorando:
– Pero hijo mío, yo ya te hacía caído en la batalla del Ebro, o al menos lisiado en algún hospital de campaña.¿ Por qué tienes que darme estos disgustos, he sido tan mala madre?
– No señora.
– Deja de picar en el chorizo y contéstame.¿ Te he negado alguna vez un correazo a tiempo?
– No señora.
– Entonces como me lo agradeces comprometiéndome. Si en vez de estar al lado de nuestro glorioso caudillo, matando a los que queman las iglesias, a los que duermen con el demonio, tú te cagas por los pantalones; si en vez de estar al lado de nuestro glorioso caudillo, liberando España de esos judíos herejes que crucificaron a nuestro señor, tú te cagas de miedo y no sales de casa. Por qué no vas a esconderte al monte como los demás cobardes bien nacidos?
– Es que me da cangue atravesar la puerta, además, en el monte no tengo comida ,y hay que dormir al raso. Yo prefiero quedarme aquí, en casa, que se está más a gusto. ¿Que hay para cenar?
A Elena Casares, la madre de Isidro Buonorrote, sólo le subió encima el ferroviario Cesareo Buonorrote, que en paz descanse, y ahora ya no la jode nadie, así que se fue al cuartelillo y denunció a su hijo. El sargento de la benemérita, Francisco Fungueiro redactó la denuncia:
–¿ En base a que hechos formulas la denuncia contra tu hijo, Elena?
– En base a los hechos probados de que es un hijo de puta y un mal bicho, además de un desertor y un cobarde.
– Lo primero es circunstancial, lo demás ya es otra cosa...
– Cuando Isidro Buonorrote vio venir por la carretera a su madre con la pareja de la guardia civil, le faltó tiempo para largarse por la ventana de la cocina que daba a la huerta .Lo agarraron en Santa Comba ,menos mal que llevaban caballos que si llegan a ir a pié hasta hoy!. Daba risa ver a la madre tirándole piedras camino del cuartelillo y gritándole para que se enteraran todos los vecinos:
– Pasa para adelante cabrón, cumple como un hombre.
Cuando a Isidro le dieron a escoger entre pegarle dos tiros o presentarse derechito en el frente, se ve que vio la luz, y se incorporó al regimiento de artillería de Madrid. La primera tarde que pudo salir, se fue hasta la estación de Atocha y allí de pié en el medio de los andenes se puso a declamar en voz alta:
– Aquí tienes Madrid a un hijo patriota, para que se lo despache cualquier desgraciado que no tenga ganas de emborracharse en la cantina, cualquier desgraciado que no le toque limpiar letrinas!
Al decir esto se le saltaron las lágrimas de la emoción, y volvió a desertar. Esta vez no tardaron nada en cogerlo, lo buscaron por las casas de putas y por las fondas baratas, en aquellos tiempos convenía andar a bien con el mismo diablo, así que todo el mundo quería cooperar con la Benemérita. No tardaron en encontrarlo y lo volvieron a mandar a primera fila, en la primera escaramuza le metieron la cruz de San Andrés en el pulmón derecho, creo que aún no se la sacaron, hoy ya estará oxidada. Cuando las monjitas que lo cuidaban quisieron regalarle otra, Isidro no quiso aceptarla.
– Lo siento hermanas, no puedo aceptarla. Para mí que la cruz de San Andrés es gafe. Me la regalaron cuando me llegaron noticias de que tenía que incorporarme a filas; después mi madre me denunció a la guardia civil; más tarde la cruz sedujo a una bala del enemigo, y ahora la tengo incrustada en el pulmón derecho. Que quieren que les diga, para mí que es gafe.
Isidro anduvo mucho tiempo por Madrid buscando novia, como no encontró ninguna que le gustara, acabó casándose con Úrsula Reyes, lo bueno que tiene el ser humano es que termina acostumbrándose a todo, las mujeres a lo mejor un poco más rápido porque dan mucho de sí y son más elásticas.
– ¿Y no será porque a estas alturas, ya saben que lo que pueden esperar de los hombres nunca será mucha cosa, y que salvo raras excepciones van a ser ellas las que tengan que espabilar?
– También puede ser.
Manuel Jacobo González Outes es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.
