El techo del mundo

 

María Platero

Siente tanto dolor que aprieta su mano derecha aún más sobre su pecho, deshaciendo las

vueltas de la lana de su capucha hasta posar en la herida abierta las yemas de sus dedos helados. Sabía que todo iba mal, desde hacía tiempo, pero un padre no merecía aquello, de un hijo no, de un enemigo que lo honrase en la batalla, tal vez. Dolía recordar que quien comió de sus manos y compartió con él sus miedos, sus sueños de un mundo mejor, había conspirado para arrojarlo a la nieve. Solo, lejos del único hogar que reconocía como propio de este lado del mar, caminaba agónico, expulsado para siempre de su paraíso nazarí sobre el Darro. Antes de aquello, nadie en quien confiar, nadie excepto en su sultana Aixa, pero era mujer, aún siendo la suya, mujer, al fin y al cabo, y a él le aburrían las amenazas de las profecías. No la creyó, no la escuchó. Prefirió el perfume en la piel blanca de la concubina cristiana. Se abandonó al dulce roce de seda de sus labios vírgenes. Zoraida, así la llamaba, ciego, entusiasmado. Se empeñó en ser suyo y se equivocó cuando ella le entregó su fe. Subestimó las consecuencias. La rabia de una esposa herida es un caudal incontrolado, y el agua hace camino, implacable, inclemente. Así que el hijo esperó, paciente, el momento de resarcir a su madre. Cumplió, con creces, con todos sus vértigos de leyendas e intrigas y conspiró con la cruz del enemigo. Quien lo conocía no tuvo sorpresa. Las señales fueron siempre claras, siempre lo son, aunque nos empeñemos en atenuarlas.

Sin poder evitar acordarse de la Batalla del Salado, donde, como ahora, como él mismo, tantos fieles musulmanes terminaron derrotados, sobrecogidos y aterrados por los salvajes cristianos que los asediaron -aquella vez en ambas orillas-, nuestro emir errático camina unos pasos más antes de desplomarse, pesado como un saco de harina. Muley Hacen no llora, no gime, no transpira. Guarda su último aliento en la fría madrugada para nombrar por última vez al amor verdadero de su vida, -son en estos momentos finales cuando recuperamos el sentido de la existencia-. Balbucea, estirando las sílabas que se precipitan desde su boca trazando un mapa sentimental perfecto, como el sendero de gotas de sangre que están siguiendo los perros de su hijo Boabdil, en su empeño por dar con el último sultán digno de Granada… Gra-na-da… Gra -na-da…

Son los brazos de sus hombres fieles los que lo recogen y lo hacen desaparecer de la ciudad.

Oscuros, como los deseos esquivos, ascienden hasta el pico más alto, al techo del mundo, sin más ceremonia que una oración vaga entre sudores y espadas curvas silenciosas. Depositan a su sultán de cara a la costa, siguiendo sus indicaciones, sin marca alguna en la piedra que lo oculta. Dedican todo su cuidado a obedecer el último mandato escrito en la carta que le encuentran, casi deshecha, entre las manos.

Subid allí donde no haya más suelo que os eleve y dejad que mis ojos cerrados se enfrenten a la línea siempre azul del horizonte, por donde el sol despierta cada día. Quede mi cuerpo alimentando a la montaña y todo aquel que, como yo, huyendo, pose sin conocimiento sus pies sobre mi tumba anónima, verá conmigo en la distancia un paraíso en la tierra, el sueño de Granada devolviéndole atento la mirada y la esperanza.