“Porque de nuestra vida sólo veis
la corteza de fuera... pero no sabéis
de los fuertes mandamientos que se
encuentran en el interior”
(La Regla del Temple)
Grisel
Septiembre de 1307
—¿Acostumbráis a marchar siempre así? ¿A horas tan intempestivas? ¿Sin despediros siquiera?
Guillermo de Vitray, de espaldas a la puerta de su recámara, buscó en el fondo del pasillo la procedencia de tan metálico tono de voz.
—Sí, cuando mi presencia puede poner en peligro la hospitalidad del lugar —contestó con cierto aire de resignación, al sentirse descubierto.
Don Lope Ferrench de Luna abandonó su rincón de penumbras y se colocó bajo el hacha de luz, engastada en el muro, que clareó su gesto adusto.
—¿Qué es lo que teméis? —continuó con su interrogatorio al vislumbrar bajo el manto blanco de su huésped, la cota de mallas de anillos trenzados sobre una túnica de recio paño.
—A mi destino —le costó responder—. Tan sólo… a mi destino.
—¿Por eso vais tan bien pertrechado?
—Cualquier precaución es poca —aseveró Guillermo pasándose la mano izquierda por su rapada cabeza, antes de colocarse el templado casco.
—Pues da la sensación de que vuestro destino es de mal augurio y por lo que aprecio… no os ha dejado descansar —le dijo señalando las bolsas que anidaban bajo su entristecida mirada.
—Señor, son muchas ya las noches de responsabilidad… y también de vigilia —le aclaró.
—¿Acaso os habéis sentido en peligro bajo mi techo?
—No —respondió sin dudar—. Aquí no. De ninguna de las maneras.
Don Lope anduvo unos pasos hasta colocarse a su altura.
—No sé de lo que huís, pero si necesitáis ayuda, mi guardia personal la tenéis a vuestra entera disposición. Al menos hasta la frontera.
—No aumentéis más mi carga de gratitud. Demasiado gentil habéis sido con mi persona sin conocerme absolutamente de nada. Mis respetos a doña Laura —le dijo ofreciéndole su mano derecha abierta.
Don Lope Ferrench de Luna, desposado con doña Laura Ximénez, descendiente del mítico don Rodrigo Ximénez, hijo del gran Ximén de Grisel, la estrechó con firmeza.
—Don Guillermo, que vuestra misión sea todo un éxito.
—Eso espero… Por el bien de toda la humanidad.
…/…
Una noche oscura, como conciencia inconfesable, le arropó entre sus brazos cuando en silencia abandonó los milenarios muros del castillo de Grisel. A pie, con las espuelas en una mano y sujetando con la otra la brida de su fiel cabalgadura, traspasó el pequeño arrabal de casuchas y huertos que salpicaban las inmediaciones de la inexpugnable fortaleza.
Allá en lo alto, una luna menguante sonreía burlona cuando las apáticas nubes se lo permitían.
Cuando la altiva torre del homenaje desapareció de su vista, y por el este comenzaba a perfilarse un tono ambarino, señal de que daba comienzo un nuevo amanecer, Guillermo montó sobre su caballo, se colocó los guantes y tomó el viejo camino que conducía a Soria, con la intención de buscar cobijo en el cercano castillo templario de Ucero.
Tras pasar una pequeña vaguada, a la altura de Santa Cruz del Moncayo, el silbido de una saeta rozando su hombro, despertó sus aletargados sentidos.
Guillermo confiaba en haber despistado a la jauría de sus pertinaces seguidores, pero una segunda saeta rebotando sobre su loriga, le hizo comprender lo equivocado de su pensar. Enseguida aparecieron tras la ondulada loma que tan sólo escasos minutos había dejado atrás. El de Vitray exclamó «Vive Dieu» y espoleó a su corcel tirando ligeramente del bocado. Su manto blanco, color de la inocencia, sujeto a su cuello por un humilde broche se desplegó majestuoso con el viento, como las alas del águila real cuando surca el ancho cielo, dejando entrever bajo el mismo la cruz roja del martirio expuesta sobre su hombro izquierdo.
Guillermo se introdujo por un espeso bosque de pinos y robles, tratando de ocultarse a los odiados ojos de las tropas de su majestad, el arruinado y codicioso Felipe IV “el Hermoso” de Francia, que porfiaban tras sus pasos para apoderarse del interior de un sencillo cofre, decorado únicamente con dos tiras de cuero claveteadas. Cofre, que le había sido entregado en Paris por el gran maestre Jacques de Molay antes de que el farisaico monarca, con la sumisa aquiescencia del Papa Clemente V, ordenara su arresto acusándole de sacrílego y de perpetrar prácticas satánicas, con el único y oscuro propósito de confiscar las inmensas riquezas que la Orden Templaria atesoraba.
«Dirígete a Aragón» —le había dicho con gesto circunspecto—. «Y no te fíes de nada, ni de nadie. Ni siquiera de los hombres del rey Jaime II. La maldad está en el aire. Sólo entre los muros del castillo de Monzón encontrarás seguridad. En tus manos obra el gran tesoro de la Orden. Su interior perteneció a Dios Nuestro Señor Jesucristo. Hughes de Payns y Godofredo de Saint Omer, fundadores de la orden hace ahora casi doscientos años, lo tuvieron bajo su encomienda, depositado en el Templo de Salomón de la Ciudad Santa de Jerusalén. Cuando lamentablemente ésta cayó en manos paganas acaudilladas por el sultán Saladino, el maestre Gerardo de Ridfort lo puso a buen recaudo. Desde entonces los seguidores del Temple hemos venerado la santa reliquia. Defiéndela con tu vida si es preciso, pero no permitas que nadie te la arrebate. Fray Bartolomé de Bellvis, sabrá lo que hacer con ella. La bendición de Dios sea contigo, y que no deje de acompañarte en tan largo viaje» —terminó al tiempo que le ungía con el dedo pulgar la señal de la cruz sobre la frente, mientras permanecía de rodillas.
Y el monje-caballero partió dejando a sus espaldas las siniestras intrigas que se tejían en la populosa ciudad de París. Tras recorrer las verdes campiñas francesas, penetró en Hispania por el puerto de Somport evitando en su recorrido atravesar ciudades donde su vestuario fuera fácilmente reconocible. Guillermo prefirió usar rutas alternativas y vecinales, pernoctando en pequeños fuegos grises arraigados a la tierra, cuando no bajo el manto estrellado de las tinieblas.
A medio camino entre Barbastro y su destino, fue interceptado, con gran sobresalto por su parte, por una supuesta y sigilosa voz amiga.
«Tened cuidado, señor, alguien nos ha traicionado. Las inmediaciones de Monzón son un jardín de francos apostados. Evitad la celada. Dirigiros a Chalamera y aguardad noticias» —le dijo antes de desaparecer tan rápido como un eco entre los campos de maíz.
El de Vitray, siguiendo los consejos de aquel anónimo informante, rodeó el castillo y prosiguió viaje hasta Chalamera. Allí pasó noche de vigilia, pues hasta su sombra se le hacía huésped. El cofre fue su almohada. Su recta espada, de doble filo con punta redondeada, la manta. Al día siguiente, temeroso y desconfiado, decidió partir y salvaguardar su integridad en tierras catalanas. Y así fue como, al caer el atardecer y tras pasar Ballobar, sus perseguidores le dieron alcance. Guillermo se vio forzado a cambiar de ruta introduciéndose en una tierra de planicies inmensas, salpicada únicamente por una vegetación compuesta de plantas espinosas, tomillos y retamas. Como aquellas llanuras desoladas no le brindaban refugio alguno, dirigió su penco hacia el norte, una sierra cuajada de pinos negros.
Allí, oculto entre la maleza, los vio pasar.
Cuando la noche le ofreció el resguardo de sus sombras, decidió continuar su marcha poniendo rumbo a Zaragoza. Tras cuatro días de incesante marcha, soportando el inclemente sol diurno que contrastaba con el frescor de los atardeceres, divisó las murallas zaragozanas. La idea del de Vitray era buscar amparo en el iglesia del Temple, que se encontraba situada dentro del recinto amurallado, cercana a la puerta de Toledo, pero al observar la presencia de tropa francesa junto a la puerta del Puente, puso rumbo hacia Soria, tras cruzar el pequeño Arrabal situado al otro lado del río Ebro.
Y así, tras larga penuria, fue como llego hasta Grisel.
Y así, tras larga penuria, fue como lo encontraron.
…/…
La espesura de la broza y el continuo hostigamiento al que era sometido por parte de la enramada del bosque tenía arañazos por todo su cuerpo, rezagaban su marcha. A punto estuvo de caer cuando su capa se enredó en una de las ramas. La presión por la responsabilidad que le había sido conferida y el agotamiento, hicieron mella en él, aturdiendo sus reflejos en el momento menos oportuno, pues cuando abandonó la maleza y salió a campo abierto no se percató de que su sombra se le ponía a la par, le adelantaba, y luego al final... desaparecía.
Cuando quiso darse cuenta de ello ya no había lugar para la enmienda: el suelo era un vacío mortal. Sus últimos segundos fueron para encomendar su alma a Dios Nuestro Señor. El abismo lo acogió como pecho de nodriza a recién nacido y las en otra hora revueltas aguas del río Queiles, engulleron con gran estrépito su brutal caída.
El astro rey fue testigo cuando los incrédulos franceses se asomaron al barranco.
…/…
Casi dos jornadas tuvieron que transcurrir hasta que dieron con el paradero de su cuerpo, medio comido por los peces y sujeto a la silla de montar por el negro estribo, bajo cuya capa de pintura comenzaba a asomarse indiscretamente la belleza de la plata. La alegría del rostro de sus enemigos, al hallar el cofre dentro del zurrón, se tornó en un gran gesto de contrariedad cuando, nada más abrirlo, contemplaron atónitos su fondo vacío.
Los soldados se quedaron perplejos, mirándose entre ellos, pues sabían perfectamente el destino que su fracasada misión les deparaba. Conocían de sobras las reacciones de su colérico rey.
Grisel
1788
Cuando la villa de Grisel se hallaba inmersa en el ritmo inexorable de vida rural que imponía la época de la siembra y recolección —trabajar sin descanso de sol a sol—, dos inesperados acontecimientos vendrían a romper su monótona y dura existencia: por un lado, la noticia del fallecimiento de su majestad, Carlos III, el rey beato y cazador; y por otra la orden de reconstrucción, por parte del Cabildo Catedralicio de Tarazona, de su viejo castillo.
Las antiguas e incesantes luchas contra los castellanos y la erosión por la acción devastadora e inclemente del tiempo habían sido implacables con los orgullosos muros que en otro tiempo se levantaran en una tierra fronteriza que se vio afectada sobremanera por la encarnizada guerra que sostuvieron los dos «Pedros».
Con la ayuda de los aperos de labranza: azadas, picos, palas, rastrillos... y de un trillo tirado por caballerizas, los griseleros se afanaban en desmantelar y trasladar la amenaza de ruina a un lugar más seguro.
Juan Gutiérrez, maestro ejecutor de las obras, se encontraba observando el trajín de las mismas, sentado sobre un sillete de tijereta y ennegrecida loneta, cuando se le acercó uno de los trabajadores con un enrollado pergamino.
—Señor, lo encontré dentro de uno de los aposentos de la torre, debajo de una losa —le dijo al tiempo que se lo entregaba.
—Gracias José—le contestó parco al recogerlo—. Vuelve al trabajo.
Gutiérrez, se quedó unos segundos absorto, mirando aquel antiguo documento de color amarillento anudado con una cinta de color indefinido. Al intentar deshacer la lazada, la tela se le quedó en las manos, por lo que procedió a extenderlo con sumo cuidado sobre una tabla sustentada por un par de caballetes, que hacía las veces de improvisada mesa. Los trazos de la escritura eran enérgicos, sobresaliendo en ellos el farragoso trabajo que conllevaba confeccionar el pormenorizado detalle de las letras mayúsculas. Iba dirigida a un tal fray Bartolomé de Bellvis, comendador de Monzón, y el sello de la Orden del Temple ocultaba parcialmente la firma del remitente. Fue lo único que en principio pudo descifrar de su contenido. Al día siguiente, con la ayuda del párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, consiguieron encontrarle significado al documento, y fue entonces cuando a ambos se les mudaron los rostros de un tono ceniciento. El capataz, con grandes gritos, mandó llamar al tal José, que se presentó ante ellos sacudiéndose el polvo de las manos contra las perneras de su pantalón.
—¡José! ¿Dónde está el cofre? —le inquirió.
—¿Qué cofre, señor? —contestó el griselero.
—No te hagas el estúpido conmigo —le amenazó Gutiérrez con el dedo índice—. ¡Cuál va a ser! Donde se encontraba el pergamino que me diste ayer tarde.
—Yo... señor... no había ningún cofre —se excusó balbuceando.
—José, mírame bien. ¿Quieres acabar en la cárcel? ¿Quieres acabar en la cárcel por ladrón y mentiroso? —repitió en tono coactivo—. ¿Quién se hará cargo mientras de tu mujer y de tus hijos? ¿Eh? Responde. ¿Quién les dará de comer? Por última vez, ¿dónde está el cofre?
—Señor, tiene que creerme. Le estoy diciendo la verdad —le suplicó atemorizado—. No había ningún cofre. El escrito estaba envuelto dentro de un sucio trapo rojo.
—¿Un trapo rojo? ¿Y qué has hecho con él?
—Lo guardé para regalárselo a mi mujer —le dijo temblando de miedo mientras lo sacaba de su talega—. No pensé que tuviera valor. Tan sólo es un trozo de tela roja. Sólo eso, tela roja. Mírela, señor, aún la llevo aquí. Vea como no le engaño.
Gutiérrez, visiblemente nervioso, le quitó de las manos un paño aterciopelado, desplegándolo delante de él. En su centro del mismo, todavía se podían distinguir perfectamente las huellas de óxido que había dejado impregnadas su desaparecido contenido.
—¿Qué has hecho con lo que guardaba? —le requirió con el semblante desencajado.
—Lo tiré al pozo de los brujos, señor, al pozo del olvido. Con la enrona.
—¡Nooooo! ¡No sabes lo que has hecho, desgraciado! —le gritó al tiempo que le arrojaba el paño a la cara.
…/…
Lo que José había tirado al Pozo de los Aines, mezclado con los escombros, eran los tres clavos —de doce centímetros de largo por ocho y medio milímetros de grosor en su cabecilla—, que habían servido a los romanos para clavar en la sagrada cruz el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
Guillermo de Vitray, sintiendo que le fallaban las fuerzas, la noche que pernoctó en el castillo de Grisel, los había puesto a buen recaudo con la sana intención de volver a recogerlos después.
…/…
Y desde entonces, una leyenda circula por Grisel.
Las lenguas de los recuerdos cuentan que, bajo las aguas subterráneas del Pozo de los Aines, yace en secreto el más codiciado tesoro que un día perteneciera a la Orden de los Templarios.
Un mito más que añadir a los cientos que circulan desde el instante en que, nueve cruzados, tras la conquista de Jerusalén, decidieran entre las sagradas paredes del Templo del rey Salomón, conjuramentarse para proteger y salvaguardar la integridad, de todos aquellos peregrinos que libremente optasen por posar sus pies sobre Tierra Santa.
Tomas Bernal Benito
VIII Concurso de
Relato Corto “Memorias y Cuentos del Moncayo”, 2006.
Premio especial
concedido por el Ayuntamiento, por el mejor relato ambientado en Grisel.
Grisel, 19 de Agosto
del 2006.
El autor es vocal
honorario de la Unión Nacional de Escritores de España.
