El Toro

 

Ricardo González Alfonso

Los personajes insólitos, aunque vivan sin esquivar las márgenes de la realidad, transgreden las fronteras de nuestra imaginación. Lo único común entre estos seres es que no son comunes. Sólo podemos confirmar su condición de reales porque son visibles, tangibles, y porque gozan y sufren como usted y como yo; y, como nosotros,  participan en este  teatro sin ficción que es la vida.

A uno de estos personajes, al que llamaban El Toro, lo conocí en una cárcel cubana enclavada en la provincia de Camagüey, en la zona centro—oriental del país. Oficialmente se denomina Prisión de Kilo 8. Pero también se le conoce como "Se me perdió la llave", porque es muy fácil entrar, mas casi imposible de salir. 

El Toro tenía el mote bien merecido. Sin embargo, aunque parecía rupestre, no se asemejaba a las pinturas de Altamira. Por supuesto, tampoco se trataba de un Zeus caribeño y tardío que se transfiguraba para raptar a Europa;  no obstante,  para mí se convirtió en un mito vigente, vivo.

También es cierto que nunca ha salido a una plaza taurina, pero nadie duda que es de lidia. El Toro nunca supo quien fue Picasso – ni  viceversa— sin embargo, era la versión más genuina de un minotauro contemporáneo y real. Puedo afirmarlo, porque yo pude estrecharle la mano, y contemplar su llanto de impotencia y de rabia.

Su cabeza,  repelada, tenía un ir y venir de costurones de urgencia, de modo que se asemejaba a una pelota de beisbol; pero esta característica no me revelaba porque le llamaban El Toro. Nadie lo decía y nunca lo pregunté, pues yo era nuevo en la cárcel, donde una  pregunta indiscreta puede originar una respuesta de sangre. Pero un día fui testigo de la razón de aquel sobrenombre.

Como había ocurrido muchas veces antes de mi llegada a "Se me perdió la llave", El Toro sufrió una de sus crisis de locura transitoria, mas pertinaz. Como si los barrotes fueran el capote de un torero, embistió una y mil veces la puerta enrrejada de la celda. La cabeza se le llenó de heridas y la sangre emanaba con desespero. Nadie intervino. Había que dejarlo, según me informó un preso viejo, porque sino sería peor. Un rato después cesó su lucha sin triunfo probable.

Los guardias lo llevaron y lo trajeron de la enfermería. El Toro venía alelado. Lo habían sedado con una inyección. Su cabeza mostraba nuevos costurones. Entonces aquel preso común tan poco común se acostó derrotado; pero no vencido, como diría Hemingway, quien sabía mucho de toros y de  hombres.

Después comprendí la lógica ilógica de aquella reacción de disparate. El Toro, con mil cornadas, pretendía raptar su libertad. Ahora, en mi exilio político y europeo, muchos años después de ser testigo de aquella lidia torpe, tenaz y heroíca de un hombre contra los barrotes, redescubro en mi drama personal la relación que existe entre las palabras hombre, derrota y victoria.

Por eso, cuando se levanta mi telón en cada jornada,  muchas veces El Toro me acompaña en el recuerdo; y ando con mis pasos libres, libres. Término que sólo conocemos aquellos a quienes un día nos arrebataron la libertad. Pero nunca la esperanza.  

Ricardo González Alfonso está galardonado con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.