No
consigo acostumbrarme a la cama del geriátrico – pensaba Manuel aquella
mañana en que se había levantado
con un fuerte dolor de espalda – El colchón es muy duro y la almohada muy
baja. No será nunca como la cama que tenía en casa, la cama que compartí con
ella tantos años, aquí, en este asilo, nada se parece a los días
en que despertaba con ella. Se me
ocurre que las residencias de ancianos se parecen por su objeto, por su
finalidad, a los depósitos de coches viejos, de donde solo salen para el
desguace. A las personas del asilo les queda poco por hacer; algunos han
cumplido sus sueños y otros no; algunos han triunfado en esta vida, y otros se
han quedado a mitad de camino; algunos han conseguido encontrar el amor
verdadero, y otros han ido cambiando de sábanas en habitaciones de hotel. ¿Qué
más da? El caso es que aquí en la residencia todos somos iguales, da igual lo
lejos que hayas podido llegar; da igual quien hayas sido, a quien hayas mandado, a quien hayas querido.
Aquí no existen los apellidos que emulen viejas glorias, ni antepasados por los
que te recuerden en el lugar.
Todos
queremos tener una persona a la que dejar nuestro legado, lo que hemos conseguido
reunir en esta vida: nuestra herencia.
Todos queremos enseñar a alguien lo que hemos aprendido; todos queremos tener
en la vejez alguien en quien apoyarnos, y al mismo tiempo hacer más fácil su
camino, aunque sólo sea a través de consejos y pareceres. Esto es lo único que
yo puedo dejar a mi nieto, lo demás hace ya tiempo que no es propiedad mía,
sino de mi yerno .Esto es lo único que puedo dejar, con la esperanza de que mis
historias no se entierren conmigo, y para que él le saque el provecho que quiera
sacarle, aunque como a mí, solo le sirvan para entretener a unos pocos amigos.
Las
mujeres del geriátrico le hacían más caso que los hombres .A Manuel no le
parecía mal que la mayoría de sus oyentes fueran de sexo femenino. “Las mujeres
escuchan mejor que los hombres”. Después de cada comida se reunían en la sala
de la tele y los internos que querían escucharlo formaban corro alrededor de Manuel.
–
Oiga Manuel: ¿estas
historias que usted cuenta son de la gente de su parroquia? – preguntó un
asistente a la tertulia.
–
Hay de todo:
Historias de la gente que conocí en la estación de Renfe de Monforte, historias
de la gente de la zona da Costa da Morte; historias que escuché por ahí…y con
todas ellas hice un mosaico, a ver lo que sale. No sé las piezas que llevo
colocadas en este collage de
humanidades. No creo que les haya hablado de Isidro Buonorrote:
Con
Isidro Buonorrote la gente no quiere hablar por si acaso. Isidro Buonorrote
está mal de la cabeza, y los que están cuerdos no lo perdonan: la envidia, ya
se sabe. Isidro no sabe quién es, por eso no sabe nunca sabe a qué carta
quedarse, menos mal que no le gustan los
naipes. Isidro no sabe quién es, y reza
porque llegue el día en que pueda encontrarse consigo mismo frente a frente;
para poder cantarse las cuarenta
las con el rey en la mano. La gente de
mi comarca no quiere parecerse a Isidro
Buonorrote, ni a ningún otro tarado, aunque yo creo que si nos fijáramos bien
todos encontraríamos alguna semejanza con los locos a los que no queremos parecernos.
Juan
Galpez era del Viso, donde ya no se celebran las fiestas en el patio de la iglesia; ni las
parejas pueden gozar en el cementerio el
día del patrón, desde que cambiaron el alcalde anda todo manga por hombro. Juan
Galpez era el mejor carpintero del Viso. Mejor que el “raposo”, que tenía muy merecida fama, por trabajos especiales como
el de ponerme un columpio dentro la casa
de la abuela. Pues Juan Galpez era más bueno todavía; pero como decía mi padre
no tenía encargos porque era un irresponsable que no ponía atención a lo que
hacía. No le salía la pata de una cama igual a la otra, y la gente dormía de
lado, ¡era una pena! Juan Galpez hizo el primer armario cubista con cuatro
puertas, todas de medidas distintas, la más grande medía el doble que la más
pequeña, en otro país le habrían dado un premio; pero aquí ya se sabe
que apenas se conceden becas a la originalidad y tuvo que meter el
armario donde buenamente le cupo. D. Benito, el médico, le encargó una mesa de comedor para inaugurar la casa el día
de fin de año, y como las patas no le salieron iguales, el pavo se fue a tomar
por el culo, daba risa ver a la gente recogiendo las viandas del suelo, también daba un poco
de pena ver la cara de d. Benito, que no sabía dónde meterse.
–
¿Y usted de verdad
cree que en otro país le habrían dado un premio al carpintero Juan Galpez? – le
preguntó Irene poniéndole ojitos a Manuel para que el viejo ferroviario notara que estaba prestando
atención.
–
¿Acaso lo duda? Este
país está condenado a irse al garete por falta de imaginación y por exceso de
envidias. ¿Sabía usted que estamos en este mundo para vender imagen y que los
que ganan sacan más provecho son los que están acostumbrados a representar y concebir la vida como una comedia, y como
una estadística el sufrimiento de los demás?
–
No señor, desde
que ando tonteando con el alzhéimer, a
veces no sé ni cuál es mi habitación.
Manuel
Jacobo González Outes es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de
España.