El vaticinio

 

A Juan todo le salía mal. La novia lo había dejado para irse con otro, llevaba meses sin conseguir trabajo y su salud decaía a la par que su humor. Carlos, amigo desde la infancia, lo animó para ir a la feria y disfrutar del domingo de sol. Entraron a la tienda de la pitonisa quien, con dramatismo teatral, vaticinó que sus problemas se resolverían en breve, pero también ofreció un presagio nefasto: Juan moriría en el veintinueve de febrero. Los amigos marcharon riendo. A los pocos días Juan consiguió trabajo y se enamoró de la hija del jefe. Lejos de sentirse feliz, comenzó a gestarse en él una obsesión. Si la pitonisa había acertado respecto a la solución de sus problemas, era probable que también acertara con el vaticinio de muerte. En secreto, comenzó a contar los días faltantes hasta el veintinueve de febrero con creciente ansiedad. Llegó el día tan temido, del cual sufrió cada minuto hasta la medianoche, pero no sucedió nada. Aliviado y algo avergonzado por su credulidad, se propuso recuperar el tiempo perdido. Pidió la mano de su novia y, tras una fastuosa boda, los recién casados abordaron un crucero de lujo, regalo sorpresa de los suegros. Por fin las sombras se habían desvanecido y estaba encaminado hacia una vida plena y saludable. Fue recién en altamar cuando, disipados los efectos del champán, se enteró de que el nombre del crucero era Veintinueve de Febrero.

Finalista en el Certamen de Microrrelatos Caseteros 2023