San Juan
San Juan, el día en que el conde Arnaldos escucha la canción que viene de esa nave y que habla de lugares ignotos, de embarcarse en lo desconocido atravesando el miedo. Entonces es cuando los ojos están preparados para abrirse a las maravillas. A los pueblos que viven más allá del océano y que llevan plumas de guacamayo en la cabeza: azules, amarillas, rojas, y el rostro pintado. A los arrecifes de coral, a los ríos en los que la oxidación hace que las piedras sangren, a las planicies verdes en las que ondea el trigo, a las islas lejanas donde hay gente que vive casi desnuda, al desierto rojizo... y sobre todo, al lugar escondido en el que una mano se encuentra con otra y las dos se convierten en un único canto. Quizá es ese lugar al que le lleva la voz. Quizá el conde Arnaldos encontró otra puerta para llegar a la Isla de los Sueños, a su propia isla.
Recita para sí las palabras del marinero:
Yo no digo mi cantar/ sino a quien conmigo va
Somos ecos
Somos ecos, ecos de otros mares, de otras voces que vivieron un día en nuestro interior. El poeta lo sabe. Él también es un eco que amplifica un canto anterior a la conciencia y a la vez vivido y recreado a cada instante, a cada respiración. Residuo, recuerdo inasible que, a veces, repentinamente, nos asalta. Irrumpe la nostalgia del color de nuestro verdadero mar, memoria fugaz que se desvanece en un parpadeo. Fuego y ceniza que el viento arrastra. A dónde.
Fragmentos breves de El viaje de Leo, de Brunhilde Román Ibáñez.
La autora es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.
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