San Juan
San Juan, el día en que el conde Arnaldos escucha la canción que viene de esa nave y que habla de lugares ignotos, de embarcarse en lo desconocido atravesando el miedo. Entonces es cuando los ojos están preparados para abrirse a las maravillas. A los pueblos que viven más allá del océano y que llevan plumas de guacamayo en la cabeza: azules, amarillas, rojas, y el rostro pintado. A los arrecifes de coral, a los ríos en los que la oxidación hace que las piedras sangren, a las planicies verdes en las que ondea el trigo, a las islas lejanas donde hay gente que vive casi desnuda, al desierto rojizo... y sobre todo, al lugar escondido en el que una mano se encuentra con otra y las dos se convierten en un único canto. Quizá es ese lugar al que le lleva la voz. Quizá el conde Arnaldos encontró otra puerta para llegar a la Isla de los Sueños, a su propia isla.
Recita para sí las palabras del marinero:
Yo no digo mi cantar/ sino a quien conmigo va
Somos ecos
Somos ecos, ecos de otros mares, de otras voces que vivieron un día en nuestro interior. El poeta lo sabe. Él también es un eco que amplifica un canto anterior a la conciencia y a la vez vivido y recreado a cada instante, a cada respiración. Residuo, recuerdo inasible que, a veces, repentinamente, nos asalta. Irrumpe la nostalgia del color de nuestro verdadero mar, memoria fugaz que se desvanece en un parpadeo. Fuego y ceniza que el viento arrastra. A dónde.
Giro Místico
Cada sonido tiene como un agua clara, lustral, un halo que vibra y se mueve. Cada sonido contiene aquellos otros que lo antecedieron y los que lo seguirán. Cada sonido es una copa que da de beber su fulgor al mundo. El día enmudece, los tiernos brotes dejan de crecer y se ponen a la escucha, el curso del río cambia, sus ondas se hacen más antiguas y más frías mientras la espuma clara hierve y salta como un caballito desbocado. El calor repta sobre la tierra y va ascendiendo en busca del sol. Arden las flores en los páramos con una fiebre que calcina todo de amarillo. Sus cenizas caen como pétalos grises sobre el tiempo. Todo está inmóvil en medio del giro. Leo continúa con su canto y entrega la luz que arde en cada sílaba a la piedra arrasada, a las salamandra, al buitre que hace círculos en mitad de la nada. Su voz abrasa, se forja como hierro candente y de ese fuego surge la forma. Forma que fue primero luz desplegada, extensión de sí misma, arrancada de lo invisible para habitar el espacio y la materia. El movimiento lo desborda, no puede parar, arde en su giro y en la memoria de todas las danzas. Cada nuevo giro sobre sí es parte de otro giro sobre el eje del tiempo, otra órbita que llama a la luz endurecida por los siglos, por los pasos del danzante sobre el suelo de tierra. A través de él, el movimiento se adueña de todos los giróvagos, los multiplica en él hasta hacerle uno y muchos al mismo tiempo. Todas las partículas de los primeros derviches se sincronizan en esta danza formando un solo cuerpo y una sola voz lanzada al espacio como una piedra. Redonda, inmemorial. La piedra en la que gira el destino. La que construyó el primer sol allá en el lejano México y en las planicies de Konya y Persia.
Shams de Tabriz: la piedra en la que los átomos recogen tu danza.
Fragmentos breves de El viaje de Leo, de Brunhilde Román Ibáñez.
La autora es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.
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