Brunhilde Román Ibáñez
Cada sonido tiene como un agua clara, lustral, un halo que vibra y se mueve. Cada sonido contiene aquellos otros que lo antecedieron y los que lo seguirán. Cada sonido es una copa que da de beber su fulgor al mundo. El día enmudece, los tiernos brotes dejan de crecer y se ponen a la escucha, el curso del río cambia, sus ondas se hacen más antiguas y más frías mientras la espuma clara hierve y salta como un caballito desbocado. El calor repta sobre la tierra y va ascendiendo en busca del sol. Arden las flores en los páramos con una fiebre que calcina todo de amarillo. Sus cenizas caen como pétalos grises sobre el tiempo. Todo está inmóvil en medio del giro. Leo continúa con su canto y entrega la luz que arde en cada sílaba a la piedra arrasada, a las salamandra, al buitre que hace círculos en mitad de la nada. Su voz abrasa, se forja como hierro candente y de ese fuego surge la forma. Forma que fue primero luz desplegada, extensión de sí misma, arrancada de lo invisible para habitar el espacio y la materia. El movimiento lo desborda, no puede parar, arde en su giro y en la memoria de todas las danzas. Cada nuevo giro sobre sí es parte de otro giro sobre el eje del tiempo, otra órbita que llama a la luz endurecida por los siglos, por los pasos del danzante sobre el suelo de tierra. A través de él, el movimiento se adueña de todos los giróvagos, los multiplica en él hasta hacerle uno y muchos al mismo tiempo. Todas las partículas de los primeros derviches se sincronizan en esta danza formando un solo cuerpo y una sola voz lanzada al espacio como una piedra. Redonda, inmemorial. La piedra en la que gira el destino. La que construyó el primer sol allá en el lejano México y en las planicies de Konya y Persia.
Shams de Tabriz: la piedra en la que los átomos recogen tu danza.
Fragmentos breves de El viaje de Leo, de Brunhilde Román Ibáñez.
La autora es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.
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