El viaje de Leo. Alexandra David-Néel



Brunhilde Román Ibáñez

Me poseía el deseo de ser libre. Era algo absoluto, incuestionable. Quizá me ayudó el hecho de que mi madre no se interesase mucho por mí. Pude haberme sentido culpable por hacerla daño, pero  ella hubiera querido tener un hijo y mi llegada al mundo fue una gran decepción. Creo que eso me hizo sentirme mejor, si me escapaba a ella realmente no le importaba tanto.

También amaba leer, deseaba aprender tanto, conocer, pero no de una manera teórica, quería experimentarlo todo. Me hice feminista, budista, anarquista. Ahhh, Leo, yo era un caballo desbocado, deseaba tanto amar de verdad, a los otros, al mundo, los quería, quería comprenderlos, quería que fuesen libres, que mirasen más alto, que elevasen los ojos al sol. Ansiaba decirles que nada los condena a una existencia mediocre más allá de su propio miedo, que hay más cosas sobre la tierra y el cielo y que podemos alzar las manos y tomarlas”.

Sonríe, una sonrisa inmensa, de esas que manan en algún punto secreto del corazón y van creciendo hasta los ojos y la boca como flores del alba.

_ “Yo fui libre, amigos, pagué mi precio pero fui libre y soberana. Y no me arrepiento de nada".

Fragmento breve de El viaje de Leo, de Brunhilde Román Ibáñez.

La autora es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.