Jorge Moya
El caso es que Isabel ayudaba a la economía familiar con esa pobre, pero necesaria, aportación salarial proveniente de su labor en la taberna. Las amigas, sin embargo, hubo un tiempo en que trabajaron en la industria del esparto en labores de hilandera, pero ahora, como ambas estaban comprometidas en noviazgos y sus familias aún se lo podían permitir, andaban ocupadas en la composición del ajuar para cuando llegase el momento, todavía indeterminado, de su casamiento. Marta hacía meses que era cortejada por el joven y apuesto ayudante de inspector de Policía del pueblo, Sergio Esparcia, natural de Cartagena; y Eugenia, por su parte, salía con su primo segundo, Manuel Sánchez ‘Manolín’, igual de alto que ella y con ojos de vivalavirgen —Dios los cría, y ellos se juntan—, que llenaba su vida laboral como contable en uno de los almacenes de esparto ubicados en la playa de Levante.
«Menos mal que mi madre no ha sacado el tema durante la comida. No quiero volver a hablar de mi compromiso con Andrés», rumiaba Isabel mientras daba distraídas e innecesarias pasadas de trapo sobre la repisa de la chimenea. «El caso es que no es feo. Más bien diría que es guapo. Muy guapo. Con esos ojos casi negros y el pelo rubio, tan diferente en aspecto al resto de los hombres del pueblo. Pero no sé… Es un poco raro. Taciturno y anodino, más bien. Sí, eso. Pero qué digo. Si no lo conozco realmente. Lo que sí sé es que va demasiado a la taberna. Porque lo veo. Claro que está solo en el pueblo, no tiene a nadie. Qué va a hacer el pobre. Dicen que el padre abandonó a la madre y a sus hermanos cuando él era niño. El mayor de cuatro: una hermana que murió de pulmonía con siete años y otros dos, un chico y una chica, de cinco y tres añitos, que la madre llevó consigo cuando se marchó con aquel inglés. Que ella también se fue. Oí decir que su padre, el de verdad, era amigo de la bebida, y se escapó del pueblo con otra, que también lo acompañaba en lo del vino. Pero mis padres tienen muy en cuenta, sobre todo mi madre, lo que la de Andrés heredó de aquella tía suya, francesa como ella, que vivía en Madrid y que murió sin descendencia, siendo su madre la única pariente. La tía les dejó el piso y todos sus ahorros, que no eran pocos.
No sé cómo saben mis padres que parte de esa herencia se la tiene guardada a Andrés cuando ella muera. Y más desde que Andrés le dijo a mi padre si me podría cortejar. ¡Cortejar! Por Dios... Yo querría estar con alguien a quien quisiera de verdad. Y que me amase también a mí, faltaría más. Yo no miro los dineros, eso no. Y que le gustase leer, para compartir lecturas juntos. Me encanta leer, sobre todo las novelas de amor y aventuras, La isla del tesoro, Flecha negra, Ivanhoe, Mujercitas… Y también las de ese escritor francés donde aparecen extraños inventos y largos viajes: Julio Verne. Y escribir, que me dejara hacerlo. Me gusta. He escrito algunos cuentos cortos, pero me da vergüenza decirlo. Sólo mi padre lo sabe porque se los he leído. Y le gustan mucho. Mi padre no sabe leer, no tiene estudios. Yo sé leer y también escribir con soltura porque me enseñó la prima de mi madre, la que tiene la mercería junto a la iglesia de San José. De pequeña recuerdo que pasaba horas y horas de tarde haciéndole compañía y ayudándola en la botica. Y ella me hacía repetir alzando la voz las palabras escritas en revistas que compraba y en las cuartillas de propaganda que dejaban sobre el mostrador de la tienda algunos comerciantes. También me daba lápiz y papel para que escribiese al dictado los pedidos que quería encargar a los viajantes de telas. Y con esfuerzo yo me esmeraba al escribir, mientras la punta de la lengua me asomaba entre los labios siguiendo el desplazamiento de la mano.
Yo le leo a mi padre los pocos libros que caen en mis manos. Eso nos ha unido mucho. Por cierto, estoy impaciente por comenzar esta noche la novela Orgullo y Prejuicio que me ha traído Toño, de parte de su amigo Fonsi, como regalo por mi cumpleaños. Qué amable ha sido. Creo que es una de las obras más importantes de la escritora Jane Austen…
A mi padre le encantan los cuentos y leyendas. De ahí mi nombre. Cuando mi padre era todavía un niño, alguien en la barca donde servía de grumete contó parte del motivo de la guerra de Troya, las desavenencias entre reyes de tiempos antiguos por el amor y la posesión de la bella Helena, con hache. A mi padre se le quedaría el nombre grabado en la memoria y se dijo, mientras tiraba de las redes cargadas de peces, que si algún día tenía una hija la llamaría como la princesa espartana raptada por Paris, hermano de Héctor. Lo de Isabel es más fácil. Es el nombre de mi abuela paterna.
Me vuelve a la mente Andrés... Andrés es guapo, pero tiene algo en esos ojos…, hermosos y tristes a la vez…, y en su forma de ser. No sé… Parece simpático. Guapo y algo simpático. Pero es tan retraído y poco dado a mostrarse alegre. Apenas le he visto reír. Más de una muchacha del pueblo seguro que estaría emocionadísima con la perspectiva de tenerlo como novio. ¡Novio! Que palabra más extraña. Cursi diría mejor, nunca me ha gustado. ¡Pues anda que la que sale en las novelas extranjeras!, a los novios se les llama prometidos, ¡prometido!, ¡qué cursilada también!
Estoy convencida de que algo le queda a este chico de aquello, de aquel sufrimiento de la infancia, o eso dicen los otros, los hombres en el bar, cuando chismorrean y entonces él los mira desde su mesa con recelo, algo parecido al desprecio, o quizás odio. Y sin embargo calla. Siempre está con esos otros dos amigos: Manolín, el novio de Eugenia, y el hijo, Carmelo creo que se llama, de esa familia que no se lleva nada bien con los otros vecinos de su barrio, aunque no sé por qué. Cosas de pueblo y cosas del pasado, pero que siguen estando presentes, como los resfriados y las gripes de invierno, que siempre vuelven y no terminan de irse. Qué extraño que a Andrés no se le vea con más gente. ¡Pero qué digo!, si es casi como yo, que siempre ando de aquí para allá con Eugenia y Marta. En fin…».
—¡Sabel! ¿En qué piensas, mujer? —espetó doña Carmen—. Hija, pero si estabas pasando el trapo infinidad de veces por el mismo sitio… ¡anda que…! Venga, haz el favor y barre las habitaciones. —E Isabel, después de dar un respingo a la primera voz, obedeció al momento. Pero mientras movía la escoba de un lado a otro, confesó a su madre:
—No quiero ir a la taberna por las tardes, madre. Por la mañana la gente es amable. Por las tardes no. Salvador es buena persona, pero los clientes a esas horas…
—Ya sabes que necesitamos tu paga.
—Madre, prométeme que si encuentro otro trabajo dejarás que me vaya de allí. Mira, la mercería de la Glorieta estaría bien. Habla con tu prima Paqui, por favor… La que me enseñó a leer. Siempre nos hemos llevado bien. Por si necesitara ayuda con la clientela. Tu prima es ya algo mayor y la dependienta que tiene despachando, la señora Mercedes, es incluso más que ella... Podría echarles una mano, lo agradecerían seguro.
—Ya veremos, hija. Un día de estos se lo digo.
«Quedé conforme con la promesa de mi madre. Al acabar de barrer, me deshice del pañuelo que cubría mi pelo y del delantal ceñido a la cintura, y lo colgué en el clavo de la pared, junto a la puerta de la calle. Y después de darle un beso a mi madre salí de casa para ir a pasear por la plaza de La Pava antes de volver a la taberna. Recuerdo que esa tarde tocaba trabajar».
Fragmento del segundo capítulo de “El embarcadero de
los ingleses”
Jorge Moya Olcina es delegado en Alicante de la Unión Nacional de Escritores de España.
