Emilio Vega, poemas

 

La marca de Caín

Vivimos tiempos raros, convulsamente oscuros,

bajo el cruel gobierno de hombres intransigentes,

que insolidariamente van levantando muros

cuando necesitamos que se nos tiendan puentes.

hay un gen pernicioso que nos ha vuelto impuros;

como Caín llevamos un estigma en la frente.


Todo sería más fácil

Todo sería más fácil si no fuera

por la ausencia de luz que hay tras el hombre;

por su afán de poder, por el renombre

que logra casi siempre de la peor manera.

Todo sería distinto si quisiera

seguir su corazón, cual gentilhombre,

y en base a la razón se propusiera

hacer de la bondad su sobrenombre.



Poetas, guardianes de la luz del Universo

«Solo existen dos lenguajes auténticos

la poesía y el silencio».

Heidegger 

Los trovadores, los vates, los aedos:

son faros que nos guían entre la densa niebla,

erráticas luciérnagas dispuestas a inmolarse

en el haz que proyecta alguna luz fraterna,

auroras boreales de colores cromáticos,

la llama temblorosa de una vela.

Y el brillo diamantino de un espejo pulido,

cuya imagen constata la verdad que refleja.

Los bardos, los poetas, los juglares:

son hábiles modistos de la vieja escuela;

prenden con alfileres la esperanza,

hilvanan los delirios con certezas,

Y adornan las solapas de sus trajes

con fieltros diseñados contra la desvergüenza.

 

Custodios de las leyes que el universo rigen;

son agujeros negros con hambre de planetas,

heraldos del destino que arrastra en su cansancio

la estela peregrina de un cometa.

Y el acceso de tos de un volcán sublevado,

que en renglones de lava, muestra su disidencia.

Son luceros del alba y vésperos nocturnos,

notarios dando fe de la verdad suprema.

Y el martillo de Thor, martirizando nubes,

y haciéndolas llorar de miedo en la procela:

la zarza de Yahvé que nunca se consume,

oráculos dictando sus visiones proféticas,

la belleza serena de la luna en la noche.

Y arcángeles sin alas habitando la Tierra.

 

Preservan en secreto la mutación del trigo;

son corolas de espuma, dagas en las arterias.

Y la lumbre sagrada que robó Prometeo

para librar al hombre de sus duras cadenas.

Enlazan amorosos la cintura del aire,

son crueles inviernos, gentiles primaveras.

Y el fervor religioso de un ciprés elevado

que alza su vista al cielo, mientras reza.

 

Soñar con imposibles, ser portavoz de otros,

abogar por su causa, salir en su defensa;

es cuanto se le exige, y a lo que está obligado

el vocablo insumiso de cualquier poeta.

De ahí que cuando muere, nunca se va del todo;

nos deja su palabra como herencia.

Y su visión del mundo, el don con que fue ungido,

la sangre de neón que corrió por sus venas;

torna sobre sus pasos y regresa al espacio

para prestar su luz a una incipiente estrella.