Entre basaltos

 

I. Breve introducción
 

Si «todo en el mundo existe para desembocar en un libro», como decía Stéphane Mallarmé en su ensayo El libro, instrumento espiritual, la escritura implica un ejercicio de penoso descarte, pues la finitud irremediable de todo texto —y la de su autor— obliga siempre a omitir mucho más de lo que en sus páginas se cuenta. Y, paradójicamente, el único texto omnicomprensivo, que lo abarcara todo, solo podría hallarse en el propio mundo, el universo cuya finitud —o infinitud— se discute en la astrofísica y la cosmología, el «gran libro circular de lomo continuo» que, según ciertos místicos imaginarios, se esconde como un símbolo de Dios en alguna cámara de la biblioteca de Babel que soñó Jorge Luis Borges. De cualquier forma, el universo, ya sea con la radiación de fondo de microondas —huella del Big Bang— o con los registros fósiles y arqueológicos —huellas de la evolución de las especies y de la historia humana—, contiene el índice y los capítulos de ese vasto sueño llamado realidad.

No puedo ocultar el hecho de que este prólogo nace de la gratitud a quien, desde que lo conocí en un congreso literario en Santa María de Guía —Gran Canaria—, allá en diciembre de 2012, ha sido amigo, maestro y consejero mío sin pretensiones. Muchas tardes, en el despacho de su casa en Santa Cruz de Tenerife, he leído sus poemas y los míos en voz alta mientras allá fuera, en la ventana, resplandecía el azul ingente del cielo costero y una brisa de sal acariciaba los flamboyanes de la avenida. Recuerdo anécdotas de inestimable importancia vital, como aquella ocasión en que Eva, la esposa de Antonio, apareció en el despacho con platos de queso y caballas de lata, llenando la estancia de energía luminosa, y acto seguido me preguntó: «¿Te gusta mi jardín?». Se refería, lógicamente, a los árboles que circundan el edificio. En fin, podría llenar muchas páginas con anécdotas e impresiones relacionadas con Antonio Carmona, pero el penoso descarte de la escritura me obliga a centrarme en algunas cuestiones primordiales para no fatigar a nadie más allá de lo oportuno.

Por lo tanto, concebir el prólogo para su obra reunida me parece una tarea de suma responsabilidad, no solo por el acercamiento riguroso y el esfuerzo de síntesis que precisa el análisis de una trayectoria biográfica y literaria, sino también por las muchas conversaciones y vivencias compartidas que se acumulan en mis recuerdos hasta el presente. Asumiendo con honestidad mis limitaciones, intentaré dibujar un panorama de la poesía y narrativa de Antonio Carmona, resaltando las características principales de su escritura —temática, estilo e influencias— en su evolución a través del tiempo y mostrando cómo vida y obra se entrelazan en sus páginas de forma inseparable.

II. Itinerario biográfico

Comenzaré, por lo tanto, con la biografía del autor de esta obra. Antonio Carmona nace el 19 de enero de 1958 en la calle Hermanos Troncoso de Melilla, situada sobre un monte de asperón en el barrio de Calvo Sotelo. Como describe el autor en su poemario A cierta edad, esta calle de su infancia componía un entorno variopinto que habitaban diversos personajes, como «una médium que engañaba a los muertos», un «Hércules con poliomielitis» alusión a un amigo suyo de la infancia que había padecido esta enfermedad— y otras figuras peculiares. A los siete años, Antonio se traslada con su familia a un barrio costero y humilde conocido como Corea. En aquella época, el barrio se componía de precarios bloques de viviendas habitados por familias de pescadores —en la actualidad, estos bloques han desaparecido para dejar paso a otras construcciones— que vivían de faenar en las aguas próximas a esta ciudad africana. De este modo, el contexto originario del autor se sitúa hacia el final del primer franquismo, que el consenso historiográfico delimita entre 1936 y 1959, y el nacimiento del segundo franquismo, que trajo un fuerte desarrollo económico y una progresiva apertura internacional. Melilla, como enclave fronterizo con Marruecos, sufría los cambios intrínsecos a la desaparición del protectorado español en este país norteafricano, que supo afrontar con sus ventajas comerciales de puerto franco y su tradición como lugar de convivencia de culturas y religiones, incluyendo comunidades cristianas, islámicas, judías e hindúes.

De cualquier forma, la vida de las clases trabajadoras en la Melilla de las décadas de 1950 y 1960 se encontraba marcada por una situación de precariedad económica y fuertes desigualdades que dificultaban la movilidad social en el ambiente de militarismo y corrupción generalizada que promovían las estructuras del régimen franquista. Este ambiente generaba sórdidas estampas de miseria económica y moral, como las que aparecen en el poema Sepia, del libro homónimo, en el que el autor evoca sombrías escenas de trabajo infantil, pobreza extrema y abusos cometidos sobre los más débiles, con una acentuada crítica al poder casi absoluto de la iglesia católica y a la violencia ejercida con impunidad por las fuerzas del orden en aquellos años:


La cliente decide el precio de los chumbos.

El vendedor tiene ocho años.

Rebuzna el asno maltratado.


El poder

oscuro de la sotana

tiene las manos blandas,

una máscara lasciva

y condición de amortal,

de vampiro.


Presume el guarda nocturno

de tratar como a ratas

a los niños que duermen en los portales.


No se trata en ningún caso de un poeta edulcorado ni complaciente, pues asume de manera descarnada «la zona en sombra de la vida», como se refería Luis Cernuda al sufrimiento humano en su poemario La realidad y el deseo, y esta característica se repite en su obra como una constante, desde sus inicios literarios hasta sus trabajos más recientes. Esta conciencia del sufrimiento humano emerge ya a temprana edad en el poeta, cuando los niños de su vecindario le impusieron el mote de el Indio porque, en los juegos infantiles de vaqueros e indios, siempre elegía situarse en la facción de estos últimos, con una especie de simpatía por el más débil. De igual manera, si casi todos los seres humanos se ven sometidos a algún punto de inflexión o de ruptura en el curso de sus vidas, uno de estos momentos ocurre en la infancia de Carmona, cuando uno de sus hermanos lo salva de morir ahogado frente a las costas de Melilla y el autor descubre la potencia del mar embravecido, como se refleja en el poema «He nombrado a mi hermano», de su libro Horizontes en retirada:


Fue corto nuestro largo viaje y continúa

tras salvarnos de la furia de Escila,

después de sentir el látigo de sal y agua

de una ola rota […]


El mar —fuente generosa de vida y alimento, pero también escenario de peligro y muerte— continúa marcando la biografía de Antonio Carmona en su adolescencia, pues en 1975 la denominada Marcha Verde, en la que el ejército marroquí llevó a cabo la ocupación del antiguo Sáhara español, supuso una reducción drástica de las zonas y las cuotas de captura destinadas a los pescadores de Melilla, provocando la desaparición de la flota pesquera de esta ciudad. La crisis económica generada por este acontecimiento motivó que Carmona y su familia emigrasen a Ibiza para trabajar en el sector emergente del turismo. Allí, en esta isla balear, el poeta se sumerge en un entorno muy diferente a Melilla, con los contrastes sociales propios de un cambio de época. Las antiguas costumbres del pueblo ibicenco, dueño de una mentalidad religiosa y conservadora, conviven de modo inverosímil con el clima de experimentación artística y de libertad sexual que habían traído consigo los visitantes europeos y el movimiento hippie, creando una anomalía histórica que superó a otros reductos de libertad nacidos al amparo del turismo en la España tardofranquista, como Torremolinos o el sur de Gran Canaria. Sin embargo, en este momento la ceguera del poeta —que ya se había manifestado como una pérdida de visión incipiente— avanza con rapidez y aquel se da cuenta de que no puede trabajar en el sector turístico, por lo cual se dedica a la venta de cupones de la ONCE en la zona del mercado municipal de la ciudad de Ibiza. En cualquier caso, el poeta no se adapta bien al entorno ibicenco y decide marcharse a Madrid para trabajar en unos talleres ocupacionales de la ONCE. Consciente de que se trataba de un lugar de paso en su vida, se afanó durante algunos años en el manejo de tornos para la elaboración de bastones de ciego.

Desde Madrid, se traslada a la ciudad de Santander en el verano de 1981. Allí consigue adaptarse con éxito al nuevo entorno: primero se dedica a la venta de cupones y más tarde se le designa responsable de la Secretaría de la ONCE en Cantabria. Los años transcurridos allí marcan el despegue de su carrera profesional en esta entidad, que a través de su historia ha desempeñado un trabajo decisivo para la integración de los ciegos y deficientes visuales en la sociedad española, convirtiéndose en una institución de referencia a nivel internacional. En esta nueva etapa de su vida, el autor no pierde su interés habitual por los marginados y excluidos sociales, impulsándolo a moverse por un Santander lleno de claroscuros, en vivo contraste con su apariencia de enclave señorial y destino de veraneo para familias pudientes. Este enfoque se aprecia en algunos textos de su colección de relatos Purgatorio, como Mehán, en el que el autor describe su amistad con un indigente de origen rifeño que se dedicaba a jugar al póquer y cometer pequeños hurtos y robos en la ciudad cántabra, deslizando memorias biográficas entre las construcciones narrativas de la autoficción:

A Mehán, el de los ojos felinos o perrunos, el que veía en la oscuridad, después de las partidas a las damas, le di posada, en un acto elocuente de estulta temeridad. Nos marchamos silbando, yo con las manos en los bolsillos, Mehán con los brazos caídos, humilde como buen pobre, invisible, dejando un tufo a su paso de miedo y alarma. ¡Pobre niño!

Se acurrucaba, hecho un ovillo de sombras, un bulto que se encogía, hundiéndose en la oscuridad. El día que lo abandonaron en Villa Alhucemas fue un día de moscas que le llenaron la cara como a todos los pobres y, en ese instante, como si fuera una pulga, le asaltó el desprecio que lo acompañaría siempre.

En 1989, se produce otro cambio de etapa en su itinerario vital, cuando se le ofrece la posibilidad de asumir el puesto de secretario general de la ONCE en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. El autor no duda en trasladarse y allí conoce a Evangelina Hernández, que se convirtió en su esposa y con la que formó una familia de tres hijos: Ancor, Yeray y Marta. Desde el punto de vista profesional, su interés por el bienestar de los trabajadores de la ONCE, coherente con su ideología de izquierdas, marcó una huella de gratitud en muchas personas que lo conocieron al frente de su despacho. Al mismo tiempo, en estos años comienza su dedicación a la escritura, con algunos trabajos que lo llevarían a ganar en varias ocasiones los premios Tiflos de literatura en su modalidad de ciegos y discapacitados visuales, que se convocan anualmente por la ONCE en el marco de las acciones de su obra cultural. Publica el poemario A cierta edad (Ediciones Idea, 2009), que había ganado el XXII Premio Tiflos de poesía para discapacitados visuales y ciegos. Igualmente, algunos de sus poemas aparecen en las antologías De sal y versos (Ediciones La Palma, 2007) y Roquedal azul (Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla, 2010).

Antonio Carmona ocupó la secretaría general de la ONCE en la capital tinerfeña hasta 2010, cuando obtuvo su jubilación anticipada para dedicarse íntegramente a la escritura. A partir de ese momento, emerge con fuerza la proyección de Antonio Carmona como personaje en el mundo cultural canario y en el resto de España. Graba el disco Invisibles, producido por el Centro de la Cultura Popular Canaria, en el cual recita poemas de su libro A cierta edad y algunos poemas de juventud recopilados en la antología De sal y versos, con música del cantautor y poeta Claudio Briones y colaboraciones de músicos como Rubén Díaz, Caco Senante o Marisa Delgado. Publica los poemarios Horizontes en retirada (Ediciones La Palma, 2014), que ganó el segundo premio Tiflos de poesía en su XXVI edición, y Caballo muta a cebra (Ediciones Idea-Aguere, 2016), que recibió el segundo premio Tiflos de poesía en su XXIX edición —ambos en la modalidad de discapacitados visuales y ciegos—. Algunos de sus poemas aparecen en la antología Letras del Mediterráneo (Editorial Playa de Ákaba, 2016). Incluso participa en espectáculos poéticomusicales como Grupo de riesgo, con música de Rubén Díaz y textos de Claudio Briones, Javier Mérida, Ramiro Rosón y el propio Carmona, que se celebró el 14 de septiembre de 2018 en el espacio cultural Equipo Para, situado en la capital tinerfeña.

Después de esta intensa etapa de proyección pública, Carmona se retira a una vida más tranquila y doméstica centrada en el desarrollo de su escritura, que solo interrumpirá para presentar sus nuevas publicaciones o intervenir en algún recital poético de vez en cuando. Durante la pandemia de la COVID-19, aprovecha el confinamiento y los toques de queda para escribir su poemario Sepia (autoedición, 2023), que obtuvo el XXXV premio Tiflos de poesía, y su colección de relatos Purgatorio (Nectarina Editorial, 2023), que mereció el XXII premio Tiflos de cuento —ambos, una vez más, en la modalidad de discapacitados visuales y ciegos—. Poco después escribe la colección de relatos Tocaba no respirar, que se encontraba inédita hasta la actualidad, pero que el autor ha decidido incluir en esta obra reunida. En diciembre de 2024, el fallecimiento de su esposa tras el progresivo deterioro de su salud supone un duro golpe para el autor, que se ve obligado a despedirse de un pilar maestro de su familia y del gran amor de su vida. Sin embargo, después del fallecimiento procura no hundirse en el desánimo y no abandona su escritura, creando nuevos relatos y poemas para afrontar su duelo con entereza y continuar explorando los temas que ya había tratado en sus obras anteriores.

En suma, la trayectoria biográfica de Carmona puede considerarse como una afortunada anomalía, que le ha permitido sobreponerse a un contexto de pobreza estructural y enormes dificultades para el acceso a la cultura, con la carga añadida de su ceguera y del estigma social que todavía sufren los discapacitados visuales. Si bien su producción literaria merece consolidarse como objeto de lectura y estudio solo por su indiscutible talento poético y narrativo, al margen de cualquier otra consideración, esta realidad biográfica la torna aún más valiosa, pues, cuando muchos otros autores han construido su obra al amparo de un entorno favorable, Carmona ha forjado la suya contra un destino adverso, como la encina que rebrota con fuerza «por el mismo hierro» tras el golpe del hacha, según cantaba Horacio en su Oda 4.4, con la expresión latina original «ab ipso ferro» que Fray Luis de León convirtió en lema de su propio escudo. 

III. Análisis de su obra

La obra de Antonio Carmona reunida en este volumen comprende cuatro poemarios (A cierta edad, Horizontes en retirada, Caballo muta a cebra y Sepia), dos colecciones de relatos (Purgatorio y Tocaba no respirar) y un libro híbrido entre poesía y narrativa (El jardín de los universos), cubriendo un arco temporal de más de quince años, que se inicia en 2009 —año de publicación de A cierta edad en Ediciones Idea— y llega hasta la actualidad.

En su conferencia El misterio de la creación artística, Stefan Zweig clasifica a los creadores en dos grandes tipos: los que terminan sus obras con suma rapidez y facilidad, como Mozart, y los que efectúan numerosos trabajos preliminares hasta llegar a una versión definitiva, como Beethoven, después de un largo y duro proceso. Quienes conocen a Antonio Carmona de cerca saben que pertenece a esta segunda categoría de creadores, pues su método más habitual de trabajo consiste en elaborar varias decenas de versiones preparatorias de un libro, que a menudo sufren drásticas modificaciones y descartes, hasta que el autor considera finalizada la gestación de su nueva criatura de letras.

De cualquier forma, Carmona lleva a cabo este proceso sin planes o esquemas anteriores al momento de la escritura, improvisando una y otra vez hasta que emerge un resultado satisfactorio. No escribe para ganarse el aplauso de los gerifaltes de la cultura institucional ni para vender cientos de miles de ejemplares, en sintonía con el declive de una industria editorial que menosprecia la calidad en aras de la mercadotecnia. Tales desvaríos colectivos —frutos amargos de una civilización occidental en crisis le resultan del todo ajenos—. Su mano desbroza y marca su propia vía, con la sigilosa convicción de que «lo que permanece lo fundan los poetas», según dijo Friedrich Hölderlin en su poema Recuerdo, y de que «para sobrevivir hace falta contar historias», como afirmó Umberto Eco en su novela La isla del día de antes.

Tanto en poesía como en narrativa, el afán de experimentación del autor se plasma en un aparente desorden bajo el que se oculta una estructura en forma de rizoma, con imágenes y motivos que saltan entre los poemas y los relatos, hilando una red invisible de ideas en la que cualquier elemento puede vincularse a cualquier otro. Como un suelo afianzado con brotes y raíces, la estructura en forma de rizoma a la que obedece esta producción literaria sostiene un camino trazado con doble sentido: si en su poesía Carmona parte de la realidad para conocerse a sí mismo profundamente, su narrativa comienza en la introspección para salir al encuentro de una realidad cada vez más amplia, que dibuja una progresión de círculos concéntricos desde la vida cotidiana hasta las fronteras del universo.

II. a) Poesía

Para encuadrar el trabajo poético de Antonio Carmona en el mar de la poesía española contemporánea, del que brotan diversas corrientes y tendencias, conviene efectuar algunas consideraciones preliminares sobre su temática y su estilo. Desde el punto de vista temático, si su relativo confesionalismo y su contemplación de la vida cotidiana podrían emparentarlo con la poesía de la experiencia cultivada por autores como Luis García Montero, Joan Margarit o Vicente Gallego, su interés sincero por los marginados y su denuncia abierta de situaciones de opresión estructural se acercan a la poesía de la conciencia, mostrando afinidades con autores como Enrique Falcón o Isabel Pérez Montalbán. Sin embargo, desde el punto de vista estilístico, la obra de Antonio Carmona se aparta con frecuencia del lenguaje claro y directo de estas corrientes de la poesía española contemporánea, inclinándose por el uso de un lenguaje abundante en símbolos e imágenes inconscientes. Este rasgo estilístico lo aproxima no solo a las vanguardias históricas de la poesía española y canaria —por ejemplo, el surrealismo de Lorca en las páginas de Poeta en Nueva York o de Pedro García Cabrera en sus poemarios Líquenes y Transparencias fugadas—, sino también a algunos autores contemporáneos de estirpe onírica y visionaria, como Antonio Gamoneda o Juan Carlos Mestre. Este variado abanico de influencias literarias se despliega sobre la poesía de Antonio Carmona con una tendencia al predominio de la imaginación creadora en sus trabajos de madurez.

Desde el punto de vista formal, esta poesía trabaja siempre el verso libre con una rítmica dúctil y variada, que procura ajustarse a los temas tratados en cada ocasión. Predomina el uso de un ritmo sincopado, con alternancia de versos cortos, medios y largos, así como de numerosos encabalgamientos suaves y abruptos. En este sentido, se aparta de los cánones habituales de la poesía de la experiencia —en la cual prevalece el uso de versos imparisílabos sin rima, como los heptasílabos, los endecasílabos o los alejandrinos partidos en dos hemistiquios de siete sílabas— y se acerca a las corrientes oníricas y visionarias, que emplean el verso libre para recrear una suerte de flujo de conciencia, en el cual se suceden los pensamientos y emociones del yo poético sin límites aparentes o un tono semejante al de un oráculo o de una profecía, acatando el aserto de Rimbaud según el cual «el poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos».

Más allá de su eclecticismo temático y formal, en esta obra se reconocen dos características básicas: la reafirmación del yo poético y el vínculo entre el paisaje y la comunidad humana que lo habita. El sujeto no se esconde ni se disimula, sino que constituye la fuerza motriz de su poesía. No surge como un individuo sin historia conocida ni como una entelequia desprovista de contingencias materiales, sino que se encarna en las vicisitudes y los problemas de las épocas, los territorios y las clases sociales que jalonan su biografía. Por lo tanto, la de Antonio Carmona puede considerarse como una poesía fieramente humana, parafraseando a Luis de Góngora y a Blas de Otero. Y esa fiera humanidad la convierte en un fruto agridulce de su tiempo, al que no se enfrenta desde una complacencia frívola ni desde un escapismo estetizante, sino desde la fuerza de la mirada crítica y el peso de la denuncia abierta.

En esta poesía, la condición humana y sus abundantes conflictos —consigo misma y con la realidad externa— no se abordan solamente desde las preocupaciones éticas o metafísicas, sino también con los datos de las ciencias naturales y la historia, en consonancia con el materialismo filosófico del autor. Por este motivo, Carmona no pide explicaciones a ninguna divinidad o principio trascendente sobre el origen y el destino de la humanidad —aunque los dioses y las diosas aparezcan más de una vez en sus poemas, como reflejo de la inmensa capacidad humana de crear ficciones—. Para este cometido, prefiere remontarse a cuestiones como la formación del universo, el nacimiento de la vida en la Tierra, la evolución de las especies, el proceso de hominización —es decir, la transformación de un linaje de primates en seres humanos— o el inicio de la historia con el desarrollo de la agricultura en el Próximo Oriente. Su ética y su metafísica, por lo tanto, son materialistas, pues en esta obra poética el universo intenta comprenderse a partir de sí mismo y los conceptos de espíritu o de alma, cuando aparecen, se consideran como recursos literarios o construcciones culturales que reflejan las creencias de la especie humana.

Aunque la tradición de la poesía en castellano ha menospreciado el interés por la ciencia y la técnica —salvo raras excepciones, como Joaquín María Bartrina, que integró en su obra las ideas del positivismo científico del siglo XIX—, en la actualidad esta tendencia comienza a revertirse debido al peso cada vez mayor de la ciencia y la tecnología en la vida cotidiana, hasta el punto de que encontramos autores y autoras que incluyen referencias a disciplinas tan variadas como la mecánica cuántica, la astrofísica o la zoología en sus poemas —por ejemplo, Agustín Fernández Mallo, Francisco Fortuny, Miguel Martínez López, Javier Moreno o Ana Tapia—. De cualquier forma, debe puntualizarse que el recurso a las ciencias naturales e históricas en la poesía no implica en ningún caso la renuncia a la imaginación creadora. No se trata de regresar al didactismo de la poesía neoclásica —pensemos en el caso, por ejemplo, de un José de Viera y Clavijo que escribía poemas como Los aires fijos o Las bodas de las plantas para explicar en verso el mecanismo del globo aerostático o la polinización de las plantas fanerógamas—, sino de crear nuevas imágenes y símbolos poéticos, llenos de capacidad sugestiva, a partir de los nuevos paradigmas que la investigación científica genera. Antonio Carmona no resulta ajeno a esta tendencia y, en poemas como Pecado cognitivo, de su libro Caballo muta a cebra, canta la épica del proceso de hominización con una melancolía no exenta de pesimismo, pues considera que el Neolítico imprimió un carácter trágico a la historia humana con la aparición del excedente agrícola y ganadero —es decir, la producción de alimentos en cantidad superior a la necesaria para la subsistencia—, creando infinitas desigualdades y conflictos de raíz económica, y que los mitos, fieles acompañantes del ser humano desde sus orígenes, se han revelado incapaces de ofrecer soluciones justas y satisfactorias para tales desigualdades y conflictos:


Desde Olduvai hasta el voraz

apetito del Neolítico asesino

(sicario del Humano,

custodio de la Cultura,

Invención invencible pero suicida

de una Especie),

donde viven los mitos. 

Suben y bajan

escaleras hacia el cielo

abierto y rojo

y

hacia

el abismo. Cruzan

el istmo en un carro

de oro y fuego. Cierran

las puertas de una selva

y se quejan a la Luna

de la impuntualidad de la lluvia. Oran

al Neolítico que hereda la sutil

diferencia del arco y veneran

a sus muertos. Oran, suben,

pactando con el mijo y el sorgo,

caminando con el uro, como quien lleva a un esclavo.

Traen y llevan oraciones desde entonces,

hasta la nanotecnología (mi tiempo),

atrapados por la magia

de la transformación de la Materia

(arcilla y fuego), como hicieron los Dioses.


De igual forma, los diversos paisajes en los que se ambientan sus poemarios —por ejemplo, los paisajes natales de Melilla y el norte de Marruecos en A cierta edad, Horizontes en retirada o Sepia— no se configuran como espacios deshabitados, sino como territorios surcados por las huellas de una larga presencia humana, con especial énfasis en la memoria colectiva de las clases populares y sus historias de vida, pero también en el cruce incesante de pueblos y culturas que ha marcado las orillas del Mediterráneo a través de la historia. Por ejemplo, en el poema «Estratigrafía», de su libro Sepia, Carmona alude a una de las primeras evidencias arqueológicas de poblamiento humano en Melilla. Se trata de la aparición de una moneda fenicia que representaba a un hombre con cabeza de abeja, un ánfora de miel y una espiga de trigo, en referencia a los productos —miel y trigo— que exportaba Melilla a otros enclaves del Mediterráneo en la Antigüedad:


En la dimensión temporal

de la estratigrafía, en la moneda,

la cabeza del hombre era de abeja,

y había un ánfora de miel, y una espiga.


La curiosidad por el pasado favorece que en algunos poemarios, como Caballo muta a cebra, se incluyan alusiones a la identidad amazigh de Melilla y del norte de África, que marcó la historia de la Antigüedad primero con el reino y más tarde con la provincia romana de Numidia, ofreciendo personajes tan destacables como faraones, reyes, emperadores romanos, papas y hasta un padre de la iglesia católica como san Agustín de Hipona. Además, esta herencia cultural marca un nexo común entre Canarias y Melilla —dos periferias del Estado español situadas en la región norteafricana—, ya que los primeros habitantes del archipiélago canario, también de etnia amazigh, cruzaron el mar para asentarse en sus islas hacia el siglo V antes de Cristo. La celebración de las raíces imazighen de Melilla se opone al discurso reduccionista del nacionalismo español de extrema derecha, que pretende acaparar la identidad compleja y diversa de esta ciudad autónoma, limitándola a la cultura de su población cristiana de origen ibérico:


La ciudad es un fuerte, la marca, 

la frontera, la injusta,

cuatro lenguas, cuatro miradas.

El pinar de esta parte de la alambrada

tiene piñones de alas y huellas en la resina.

Hay pisadas imazighen.


Es suya la tierra que también es la mía.

Recrimino a San Agustín por ser bereber.

Recrimino a Masinisa por su traición a Sifax, 

y a Sifax por ser Sifax.

Recrimino el año I del calendario agrario

del faraón amazigh Sheshonq I, 

al dátil del oasis de Siwa su lujuria,

a la lasciva almendra sus promesas,

a Jugurta su muerte ignominiosa,

al Papa Melquíades su connivencia,

al emperador Macrino sus sandalias,

a Zinedine Zidane su magia, y a Juba

su sabiduría. Recrimino

a Abd-el-Krim porque no era el tiempo del Chacal.


Por estos lugares natales desfilan tipos humanos como pescadores, pequeños comerciantes y su clientela, trabajadoras de una fábrica de guano, policías o niños que descubren el mundo con juegos y acciones brutales en la costa de Melilla. Todos ellos aparecen con sus dramas y tragedias particulares, que a los ojos del poeta revisten igual o mayor importancia que los grandes hechos de la historia universal. Y todo este desfile de tipos humanos ocurre a la sombra del monte Gurugú, el volcán inactivo que marca la frontera entre Melilla y la provincia marroquí de Nador, como un dios tutelar que se corona de pinos para convertirse en refugio de animales silvestres y contemplar el Mediterráneo desde la atalaya de su cumbre. De hecho, la parte 6 del poema «Calle Hermanos Troncoso I», en A cierta edad, alude a las fatigas de una caminata nocturna por el Gurugú en invierno:


Un invierno, era de noche,

la nieve cubrió al Gurugú

y los chacales dejaron sus huellas.

Una piedra le rompió la frente y le robó unas horas

mientras huía del dolor.

Golondrinas de luto

asistieron a su entierro de unas horas.


Dentro de estos paisajes de Melilla, las visiones de la costa y de las aguas del Mediterráneo cobran una especial importancia. Ese interés por el medio marino se vincula a su biografía, pero también a uno de los rasgos fundamentales de la creación poética en las islas Afortunadas, que el profesor Ángel Valbuena Prat consignó en su Historia de la poesía canaria: el «sentimiento del mar» —es decir, la percepción del mar como un espacio pletórico de resonancias emocionales y fecundo para la imaginación creadora—. Más allá de las evidentes diferencias entre la costa mediterránea de Melilla y la costa atlántica de Canarias, todo mar confronta al ser humano, desvalido en su pequeñez y fragilidad, con la extensión de sus aguas y la potencia de sus corrientes. Esta confrontación se observa en poemas como Los cortados, en el que la imagen de un hombre —tal vez un trasunto del autor— que se aferra al borde de un acantilado, en el paraje melillense conocido como Los cortados de Aguadú —una zona costera de materiales basálticos, cuyo abrupto relieve forma precipicios de unos cien metros de altura—, recuerda ese desvalimiento inseparable de toda contemplación de lo salvaje:


Arriba,

con los pies colgando,

a un gesto del precipicio,

un hombre

y su futuro interrumpido.

Abajo,

gaviotas vuelan

hacia sus nidos verticales.

Giran en círculos,

como grajos blancos,

sobre un resucitado.


En cualquier caso, como explica Emilio González Ferrín en su ensayo La angustia de Abraham, la relación entre los mares u océanos y los pobladores de sus costas insulares o continentales —por ejemplo, el Mediterráneo, la Macaronesia y el Caribe, entre otros—, a través de las rutas de navegación, produce culturas y formas de vida claramente reconocibles, entre las cuales pueden apreciarse notorias analogías. De este modo, Melilla y Canarias convergen en la poesía de Antonio Carmona, por su condición de espacios fronterizos y por el gran mestizaje que marca su historia, desde las aguas mediterráneas a las que David Abulafia alude como un «continente líquido» favorable para el encuentro de culturas, en su ensayo El gran mar: una historia humana del Mediterráneo, y desde las corrientes atlánticas que Peter Linebaugh y Markus Rediker, en su trabajo La hidra de la revolución, definen como una «transmisión circular de experiencia humana» entre Europa, África y América. Melilla y Canarias se asemejan en la tradición comercial de sus puertos, en su diversidad cultural y en su presente migratorio, como vías de entrada al continente europeo para las comunidades magrebíes y subsaharianas, quienes huyen de un África empobrecida por las secuelas del colonialismo occidental y por los conflictos armados que la atraviesan.

Por lo tanto, la poesía de Antonio Carmona parece acercarse al conocimiento del mundo por una vía inductiva —esto es, desde lo universal hasta lo particular—. Y como última estación de ese poético viaje, desde el proceso de hominización hasta la vida cotidiana en un barrio de la Melilla tardofranquista, aparecen el propio autor y su entorno más inmediato —es decir, sus familiares y amigos—. Esta mirada al yo y a su circunstancia, en términos de Ortega y Gasset, se aprecia sobre todo en los poemas de A cierta edad y de Horizontes en retirada, por los cuales desfilan sus padres, sus hermanos, su esposa y sus tres hijos —Ancor, Yeray y Marta—. De forma paralela, Caballo muta a cebra contiene algunos testimonios de buena amistad, como el poema Informe para Claudio, dirigido al poeta y cantautor Claudio Briones, en el que Carmona realiza una suerte de epístola en verso libre para su amigo, a la vez que reflexiona sobre la crisis sistémica de un mundo sujeto al imperio del neoliberalismo y de las compañías transnacionales. En esta carta poética, el mestizaje se le presenta al autor como la única forma de zanjar los dilemas identitarios de un mundo fracturado en innumerables patrias e incluso propone una canariedad mestiza, coherente con el devenir histórico de la sociedad isleña:


Y callo

para que oigas el silbo gomero

que un chino enseña a una rusa,

y otras armonías.


El interés por lo cotidiano también se saborea en algunos poemas de una riqueza sensorial inesperada, como La salsa de la carne, en el cual una comida que el autor comparte con uno de sus hijos sirve como ocasión para celebrar el disfrute del gusto y el valor antropológico de la gastronomía como elemento para fortalecer los vínculos sociales, siguiendo una estela de versos culinarios que se remonta a autores como Baltasar del Alcázar y su célebre poema Cena jocosa. De este modo, Carmona afirma que «la salsa de la carne llegó tocada de civilización» o que hay «pocas cosas como unas gambas a la plancha y su tributo de sal», enlazando los sabores de su infancia y primera juventud en Melilla y los de su madurez en Tenerife a través de la memoria. Pero esta mirada hacia lo inmediato logra sus acentos más emotivos en la serie de poemas Una forma de llorar, que pertenece a Horizontes en retirada y en la que el autor lamenta que su hija, en plena adolescencia, abandonara la casa familiar temporalmente:


¡Ay de mí!, ¡ay de ti!

si olvidas que tu casa

se encuentra en la parte

izquierda de mi pecho.

Maldito mayo y sus puertas

abiertas al rencor de las tierras

fértiles, buenas para tumbas.

Maldito mayo y sus ladridos, sus cartas

de amor.


Una vez ha cantado las alegrías y desventuras de su entorno más inmediato, al poeta ya no le queda sino la introspección, la mirada hacia el mundo complejo y nebuloso de la psique, habitado por una masa de sueños, emociones y pensamientos, y hacia las proyecciones de su vida psíquica sobre la realidad externa. En algunos momentos, la ceguera del poeta favorece la introspección, lo cual se refleja en poemas como Por mis párpados, de su libro Sepia, en el que esta pérdida sensorial modifica de manera irreversible su percepción del tiempo y del espacio, pero conserva incólume la claridad meridiana de su inteligencia:


Por mis párpados abiertos

penetró la luz,

y mis habitaciones vacías

se llenaron de noches inconclusas.

Con los ojos del miedo

anduve por mis habitaciones

y, en un hueco cerca del corazón,

brilló mi tesoro,

que callo por avaricia.


Empero, si hubiera de elegirse algún poema que defina claramente a Antonio Carmona, que recoja una semblanza fiel de su personalidad, se trataría de «El cobarde», perteneciente a su libro Caballo muta a cebra. El texto se configura como una réplica a un interlocutor desconocido, que defiende unas ideas antagónicas a las del poeta, y adquiere tintes de rabiosa actualidad cuando surge toda una escuela neofascista de líderes internacionales —por ejemplo, Donald Trump, Vladimir Putin, Benjamin Netanyahu o Nayib Bukele, entre otros—, que realizan y promueven discursos de odio contra personas y grupos vulnerables, infracciones sistemáticas de los derechos humanos e incluso crímenes contra la humanidad. Frente a la oscura internacional de la muerte, frente a la acusación de comportarse como un desertor y un cobarde en tiempos de militarismo, Carmona defiende el valor de la desobediencia civil —de hecho, en su biografía se da la coincidencia de que, en los primeros años de la transición a la actual democracia española, se lo declaró prófugo del servicio militar obligatorio por algún tiempo debido a un error administrativo, sin que el propio Carmona llegara a saberlo hasta que se lo dispensó de ser llamado a filas por su ceguera—, y afirma su ideología humanitaria y cosmopolita, hija de la razón ilustrada:


Miro máscaras. Aprendo

a ser menos y en ello estaba,

cuando escuché un balido y balé

para el desconcierto de los lobos. Era el momento,

y firmé mi rendición condicionada.

«Y me llamas cobarde y no lo niego,

desertor y no lo niego». Le dije:

«Cuando me llamas cobarde y me envalentono,

y mantengo que solo hay una Tierra y un solo hombre,

combato con la palabra el filo de la ignorancia».


La poesía de Antonio Carmona, más allá de su diversidad temática, guarda la unidad y la coherencia estética de un discurso que se forja en la autenticidad, en la correspondencia más fecunda entre su vida y su escritura. Esta autenticidad rechaza dos extremos igualmente perniciosos: el formalismo vacío, que convierte la poesía en un artificio creado para presumir de técnica literaria, sin apelar ni a la razón ni al sentimiento; y el prosaísmo carente de imaginación, que la degrada a un simple recuento de anécdotas banales, impidiendo la tarea de «dar un sentido más puro a las palabras de la tribu», como decía Stéphane Mallarmé en su poema La tumba de Poe.

II. b) Narrativa y textos híbridos

Simultáneamente, la narrativa de Antonio Carmona emerge como un universo autónomo, en el que las obsesiones y los motivos que ya aparecen en su poesía se desarrollan en forma de historias y personajes. De este modo, en sus relatos se aprecia una transición desde el realismo sucio, matizado con elementos simbólicos y oníricos, hasta una narrativa híbrida entre varios géneros y subgéneros literarios, que combina, en palabras de Emilio González Ferrín, «lo metafísico, lo histórico y lo social», con abundantes referencias a temas como la cosmología, la evolución de las especies —y, en particular, de los homínidos—, el análisis del comportamiento humano o el futuro de un planeta marcado por la crisis sistémica del capitalismo a comienzos del siglo XXI. Por lo tanto, podría decirse que su narrativa emprende un viaje en dirección contraria a su obra poética, aproximándose a lo real por una vía deductiva —es decir, desde lo particular hasta lo universal—, pero afrontando los mismos temas e inquietudes.

La curiosidad inquisitiva del autor se amplía desde un ámbito local hacia lo cósmico, impulsada por la carga de su experiencia vital y por un bagaje continuo de lecturas no solamente literarias, sino también históricas y científicas. En este sentido, el peso de autores como Mario Liverani, con sus estudios sobre el antiguo Oriente y su desmontaje de la historiografía basada en relatos bíblicos —a través del cotejo de fuentes documentales y arqueológicas—, o el propio González Ferrín, con su revolucionaria hipótesis de que el Islam no apareció como una religión codificada hasta comienzos del siglo X y que la llamada «conquista musulmana» de la Península Ibérica consistió en un proceso gradual de asentamiento de poblaciones árabes e imazighen —todavía no islamizadas— durante los siglos VIII e IX, fomenta una visión crítica de la historia y de la sociedad en la narrativa de Antonio Carmona, con especial énfasis en el cuestionamiento de los grandes relatos nacionalistas y religiosos.

Junto a esa curiosidad inquisitiva, se despliega una voluntad experimental con las estructuras narrativas, especialmente en su colección de relatos Purgatorio, que se integra por dos partes o secciones diferenciadas. La primera sección, Alerta, describe la atmósfera inquietante de un edificio donde habita el narrador-protagonista. Un personaje conocido como «el delegado», vecino del narrador-protagonista, desata las tribulaciones de este último cuando comienza a alquilar las habitaciones de su piso y a recibir las visitas de una corte de los milagros formada por «el trasiego de personajes que deambulan por el barrio, sucios, locos, borrachos, mendigos y drogadictos». El autor maneja el suspense con maestría, pues el avance de la trama, con el caos que se apodera del edificio gradualmente, parece anticipar un desenlace violento para el narrador-protagonista, pero este nunca se produce. La historia que podría haberse convertido en un embrión de novela negra finaliza como tragedia íntima con un tono cercano al realismo social: consumido por una grave enfermedad y por las secuelas de su adicción a las drogas, el delegado toma la decisión de echar a todos sus inquilinos y poco después muere, dejando un silencio sepulcral en su piso.

La segunda sección de Purgatorio, de título homónimo, agrupa un conjunto de historias que ocurren como sueños o visiones en la mente del narrador-protagonista mientras este sufre un coma, por motivos que no se revelan al público lector, en una cama de hospital. A partir de esta premisa, los relatos de Purgatorio se dividen en tres ámbitos: un supuesto mundo terrenal, un mundo de ultratumba —llamado precisamente «purgatorio», pero más semejante al Hades grecolatino—, en el que los muertos habitan como espectros, y el mundo onírico de las visiones que el narrador-protagonista experimenta en el coma. Esta confusión entre lo real y lo imaginario se vincula a conceptos como el velo de Maya de las doctrinas religiosas hindúes —es decir, una suerte de ilusión que impide a los seres humanos percibir la auténtica naturaleza de la realidad— y al desengaño barroco plasmado en obras dramáticas como La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca. El cruce entre realismo sucio y literatura fantástica otorga una originalidad sorprendente a esta colección de relatos, que desdibuja los límites entre los recuerdos autobiográficos y la autoficción y que el escritor y periodista Eduardo García Rojas define de modo certero como «literatura que habita en tierra de nadie, en ese universo a medio camino entre el cielo y el infierno para los creyentes».

Entre las influencias narrativas que emergen en esta colección de relatos, García Rojas identifica el Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, como una de las más evidentes y destacables. A pesar de que Carmona se ubica en las antípodas ideológicas de Céline —siendo este último un antisemita declarado y un colaborador de la Gestapo durante la ocupación alemana de Francia—, Purgatorio reconoce su deuda con Viaje al fin de la noche en una serie de características: su desencantada visión del mundo, su empleo de un lenguaje crudo y expresivo —sin ningún perjuicio de su altura poética—; su caravana de personajes errantes y fracasados —antihéroes que vagan entre diversos puntos de la geografía de España y de sus antiguas colonias norteafricanas, así como el protagonista de la novela de Céline, Ferdinand Bardamu, arriba a una colonia francesa en África tras desertar del ejército de su país—; su atmósfera opresiva—el purgatorio de Carmona se asemeja a la noche de Céline, convertida en metáfora de todos aquellos lugares en que la vida humana se reduce a pura supervivencia— y su tono de sátira social —ambas obras dirigen una mirada crítica hacia el contexto originario de sus autores, revelando situaciones de hipocresía, violencia estructural e instituciones carentes de sentido—.

En este laberinto de tres mundos, aparecen varios personajes secundarios de especial importancia: Isabel —una mujer de Melilla que se fuga a Marruecos con su pareja, Rachid, y acaba ejerciendo la prostitución en un burdel de El Aaiún, donde en una ocasión es violada por un legionario—, Rachid —pareja de Isabel, que tiene tres hijos con ella—, Hombre Noche —el padre de Isabel— y los tres hijos de Isabel y Rachid: Mehán —originariamente llamado Alberto por sus padres, se fuga de su casa y es adoptado por un marroquí de Villa Alhucemas, que lo cambia de nombre—, Úrsula —que emigra a Santander y ejerce la prostitución en un burdel de esta ciudad, en el que el narrador—protagonista la conoce— y Enrique —que también emigra a Santander y se dedica a cometer asaltos en domicilios, encapuchado para ocultar su identidad—. Dentro de este elenco de personajes, el triángulo de amor-odio que forman Isabel, Rachid y Hombre Noche ofrece claves de lectura fundamentales para la comprensión de la trama. Isabel muere de forma enigmática mientras atiende a uno de sus clientes, conocido como el Isleño, en un tiovivo depositado en la dársena de un puerto y que ella misma había comprado. Hombre Noche quiere vengar la muerte de Isabel, pero Rachid, convertido en timonel de un barco, lo mata aplastándolo contra el muelle del puerto con la quilla de su navío. Después del crimen, Hombre Noche espera la muerte de Rachid para vengarse de él en el mundo de ultratumba.

De igual forma, las prostitutas aparecen como figuras recurrentes en los tres niveles de Purgatorio, en consonancia con el interés del autor por las personas arrinconadas en los márgenes de la sociedad. La imagen de las prostitutas en esta narrativa no obedece a ningún moralismo hipócrita: no se las presenta como víctimas incapaces y dignas de lástima, sino como mujeres que sobreviven en situaciones difíciles con astucia y coraje, enfrentándose al machismo brutal de dos culturas —la española y la marroquí— que, a pesar de sus diferencias, convergen en sus hondas raíces patriarcales. El uso del sexo como estrategia de supervivencia y la agresividad explosiva de los bajos fondos sociales se describen con una sobriedad estremecedora, como en el pasaje en que el narrador-protagonista se va con Úrsula desde la barra hasta algún dormitorio del burdel santanderino y, de vuelta a la barra, encuentra a su amigo Mehán apuñalado mortalmente, creando una escena que refleja la antagónica proximidad entre Eros y Tánatos —la pulsión de amor y la pulsión de muerte, los dos principios básicos de la conducta humana según Sigmund Freud— en un ambiente sórdido y oscuro:

Había algo en el ambiente: el silencio de Mehán, el silencio de todos. Mehán no dijo nada. Úrsula me echó su presencia encima y renové mis votos a la sagrada esencia de mujer. Me gustan las mujeres. Una sombra de sospecha se posó en los hombros de Mehán y los míos. La sombra buscó rumbo, infestó el antro de desconfianza y se ocultó en una mancha en la pared más triste del local.

Nuestra sospecha, como una nube cargada, explosiva, con el caos en sus entrañas, como si estuviesen en guerra los dioses, ensombreció la medallita que le colgaba. La virgen María fue de nuevo la chica del puticlub con sus manos sosteniendo sus tetas:

—O él o yo.

Esa batalla estaba perdida de antemano. Entre el amigo y esa mujer, me quedé con ella y subí a su purgatorio, y, al volver, el moro tenía clavada una navaja, cerca del corazón.

Pero quizás el rasgo más definitorio de esta narrativa se encuentre en su estilo poético, cargado con un ritmo y una cadencia que en ocasiones diluyen las fronteras entre el relato y el poema en prosa, así como con una batería de metáforas y símbolos de gran potencia imaginativa. Por ejemplo, el breve relato Entre fantasmas, de su libro Purgatorio, describe cómo el narrador-protagonista y dos personajes secundarios —el citado Hombre Noche y el perro que acompaña a este último—, situados en el ámbito del purgatorio, emprenden un vuelo por una región situada a medio camino entre el sueño y la muerte, para lo cual el autor se vale de un lenguaje de inspiración surrealista, quebrando toda lógica en la secuencia de los hechos narrativos:

El perro, Hombre Noche y yo llegamos a un recodo donde el viento no podía girar. En aquel tiempo se creía que allí se acababa el mundo. Craso error. En ese recodo, el perro apuntó con su hocico el hueco que daba a la nada. Así era la esperanza. Ahí estaba el hueco, mi solución. Me asomé. No era el fin. Allí se producía una alquimia que despedazaba la conciencia y la esparcía por los cuatro puntos del país. Podía ser que las oportunidades fuesen infinitas. Hágase el cambio. Así era la esperanza. Marché con unas alas que me crecían según mi voluntad. Volé por la boca de un muerto indeciso entre el infierno y el silencio. Me asomé. Había aves marinas, bandadas de pecados blancos que adquirieron el don de volar.

De hecho, la tendencia al estilo poético favorece que en sus producciones más tardías, como el poemario El jardín de los universos, se difuminen deliberadamente los límites entre poesía y narrativa, hasta el punto de que muchos textos se sitúan en una zona gris entre el poema en prosa y el relato poético, sin que se pueda concluir de manera definitiva hacia qué lado habría de inclinarse la balanza entre ambos géneros literarios. En la primera sección de esta obra —titulada, así como todo el libro, El jardín de los universos—, el autor retoma sus motivos y obsesiones habituales, con temas como el descubrimiento del fuego, la alimentación de los homínidos, la invención de la música, el desarrollo de la agricultura en la antigua Mesopotamia o la conciencia de la finitud humana. Los textos de esta primera sección incluyen personajes como los natufios —creadores de la cultura conocida como natufiense, que nace en el próximo Oriente hacia el final del Paleolítico y que, según ciertas hipótesis, habría llevado a cabo los primeros ensayos de agricultura, plantando semillas de cereales silvestres—; una diosa apócrifa y benevolente llamada Médula, que enseña a los homínidos a machacar con piedras los huesos que dejaban otros predadores, para comerse los tuétanos y no morirse de hambre en tiempos difíciles; o un narrador protagonista que observa cómo un amigo suyo se encuentra en la fase terminal de una grave dolencia, abrumado por la cercanía de su propia muerte, y se pregunta cómo debería hablar con él para ayudarlo a soportar sus últimos meses de vida. Las historias relatadas en estos textos no obedecen a estructuras narrativas tradicionales, por lo cual no reúnen casi nunca sus tres elementos característicos —introducción, nudo y desenlace—, sino que se presentan como fragmentos inconexos, tan solo vinculados entre sí por los motivos y obsesiones recurrentes en este libro. De cualquier forma, esta escritura híbrida se reviste con frecuencia de lenguaje poético y alcanza en sus momentos álgidos una poderosa cualidad sonora, como sucede en el texto Domesticación de la música, en el cual se imagina con suaves aliteraciones y marcado ritmo la noche en que un cazador prehistórico, danzando ante el fuego, crea las primeras manifestaciones musicales de la especie humana:

El fuego es el centro, la noche es muy clara. El cazador, instintivamente, salta al ritmo de la novedad acústica que disipa el hechizo de las crepitaciones, con el sonido curvo de los huesos y el tam-tam hueco de los troncos. Desde el margen, cambiándolo todo, la música acalla el parloteo de los bosques milenarios. Los pájaros escuchan una lengua nueva de flautas, palmas y tambores. El cazador danza victorias poseído por los ritmos, el impulso freudiano desatado y legendarias hazañas de su tribu. Frenética danza alrededor del fuego, ante el mar. Olas lamen fósiles de moluscos extintos. Sus pausas son parte del ritmo que, en la sangre, música adentro domestica el caos. El trance y el delirio, hijos de la armonía, conducen al guerrero ante el espíritu. Con el baile y la hechicería, el azar, sin propósito, retenido, atado, no soplaba desorden. Se detuvo la ola y entonces la música se detuvo también, y se retuvo al destino global de los universos.

Esta fusión de elementos poéticos y narrativos hace que la escritura de Antonio Carmona desarrolle la práctica de lo transgenérico —es decir, la superación de los límites entre los géneros literarios, como la define el profesor de literatura Gregorio Torres Nebrera—, pues a partir de la aparición de las vanguardias literarias en el siglo XX esos géneros ya no se entienden como compartimentos estancos, sino sujetos a múltiples combinaciones. La segunda sección de El jardín de los universos, titulada Alma, se abre con un fragmento de naturaleza transgenérica, en el cual aparece una bibliotecaria que lee las obras completas del narrador protagonista —un trasunto del propio autor—, salvándolo con su lectura del olvido, pero después de ese texto inicial se decanta hacia la prosa poética, evocando con intensa nostalgia a la fallecida esposa de aquel—una vez más, trasunto del autor—, aunque los elementos narrativos no se desvanecen del todo. El amor —«que mueve el sol y las demás estrellas», como dice Dante Alighieri en el final de la Divina comedia—, se convierte en el tema casi absoluto de esta sección del libro, desafiando a la muerte con una energía que recuerda la de esa llama pasional que, según Francisco de Quevedo, sabe nadar las aguas del inframundo y «perder el respeto a ley severa». De este modo, el narrador protagonista no teme contar ni cantar su duelo, situándose incluso frente a la urna que guarda las cenizas de su esposa para llorarla:

He retomado la costumbre de darle un beso antes de irme a dormir. Lloro un poco con la frente pegada a la vitrina, con mis manos abiertas, y mi boca simulando ante el cristal un beso. Se quedará la huella en el cristal, cuando me acoja el indoloro olvido.

Como es sabido, el duelo puede explicarse con el célebre modelo creado por la psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross, el cual se divide en cinco etapas —negación, ira, negociación, depresión y aceptación—. En los textos de Alma, la voz del narrador-autor se sitúa claramente en la penumbra de la fase depresiva, pero también surgen destellos de aceptación, cuando vislumbra que su cometido en este mundo ya no consiste en sumirse en el llanto, sino en conservar con serenidad la memoria de su esposa fallecida. Su dedicación incesante a la escritura le ayuda en este cometido, hasta el punto de sentir que empieza una vida nueva, pues toda forma de creación artística insufla un anhelo de eternidad a los amores en los que se interpone la muerte, así como Beatrice Portinari pervive en la poesía de Dante Alighieri y Laura de Noves en la de Francesco Petrarca:

Escribo y comienzo una nueva vida. La llevo conmigo en este tiempo nuevo, en esta vida nueva, al borde del abismo de luz de la poesía. Al asomarme, cuando cae la noche, hace de mí —un personaje lírico al margen—, uno más en la masa, un individuo.

En conclusión, la obra literaria de Antonio Carmona recoge el testimonio de su vida y la huella de su imaginación creadora, atravesando tiempos y lugares con una escritura libre y audaz, forjada al amparo de múltiples referencias culturales, pero sin someterse a las modas pasajeras del mercado editorial ni a los credos estilísticos de los grupos o banderías literarias. Con la memoria viva de su Melilla natal, echa raíces en el suelo volcánico de la literatura canaria sin limitarse al estrecho marco de ninguna frontera, siguiendo una estela de vanguardias insulares con una visión dinámica del cosmos, observadora atenta de los procesos evolutivos y las mutaciones imprevistas de la naturaleza y de la historia. Si, como dijo Ernesto Sábato en su ensayo El escritor y sus fantasmas, «la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma —quizá la más completa y profunda— de examinar la condición humana», la escritura de Carmona persigue esa vocación de sondear el complejo fenómeno de un animal bípedo y pensante, nacido en un pequeño planeta idóneo para la vida, ante el silencio sepulcral de un cosmos lleno de grandes regiones inhabitables. Por lo tanto, su afán de permanencia la convierte en una obra que recoge la memoria del pasado y la agitación del presente, con el fin de catapultarlas hacia la incógnita inmensa del futuro.

Prólogo de Ramiro Rosón a El sueño del Gurugú, de Antonio Carmona (Editorial Cuatro Hojas, 2026)

Antonio Carmona es delegado en Canarias de la Unión Nacional de Escritores de España. Está galardonado con la Medalla de San Isidoro de Sevilla de la UNEE.