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I. Breve introducción
Si «todo en el mundo existe para desembocar en un libro», como
decía Stéphane Mallarmé en su ensayo El
libro, instrumento espiritual, la escritura implica un ejercicio de penoso
descarte, pues la finitud irremediable de todo texto —y la de su autor— obliga
siempre a omitir mucho más de lo que en sus páginas se cuenta. Y,
paradójicamente, el único texto omnicomprensivo, que lo abarcara todo, solo
podría hallarse en el propio mundo, el universo cuya finitud —o infinitud— se
discute en la astrofísica y la cosmología, el «gran libro circular de lomo
continuo» que, según ciertos místicos imaginarios, se esconde como un símbolo
de Dios en alguna cámara de la biblioteca de Babel que soñó Jorge Luis Borges.
De cualquier forma, el universo, ya sea con la radiación de fondo de microondas
—huella del Big Bang— o con los registros fósiles y arqueológicos —huellas de
la evolución de las especies y de la historia humana—, contiene el índice y los
capítulos de ese vasto sueño llamado realidad.
No puedo ocultar el hecho de que este prólogo nace de la gratitud
a quien, desde que lo conocí en un congreso literario en Santa María de Guía —Gran
Canaria—, allá en diciembre de 2012, ha sido amigo, maestro y consejero mío sin
pretensiones. Muchas tardes, en el despacho de su casa en Santa Cruz de
Tenerife, he leído sus poemas y los míos en voz alta mientras allá fuera, en la
ventana, resplandecía el azul ingente del cielo costero y una brisa de sal
acariciaba los flamboyanes de la avenida. Recuerdo anécdotas de inestimable
importancia vital, como aquella ocasión en que Eva, la esposa de Antonio,
apareció en el despacho con platos de queso y caballas de lata, llenando la
estancia de energía luminosa, y acto seguido me preguntó: «¿Te gusta mi jardín?».
Se refería, lógicamente, a los árboles que circundan el edificio. En fin,
podría llenar muchas páginas con anécdotas e impresiones relacionadas con
Antonio Carmona, pero el penoso descarte de la escritura me obliga a centrarme
en algunas cuestiones primordiales para no fatigar a nadie más allá de lo
oportuno.
Por lo tanto, concebir el prólogo para su obra reunida me parece
una tarea de suma responsabilidad, no solo por el acercamiento riguroso y el
esfuerzo de síntesis que precisa el análisis de una trayectoria biográfica y
literaria, sino también por las muchas conversaciones y vivencias compartidas
que se acumulan en mis recuerdos hasta el presente. Asumiendo con honestidad
mis limitaciones, intentaré dibujar un panorama de la poesía y narrativa de
Antonio Carmona, resaltando las características principales de su escritura —temática,
estilo e influencias— en su evolución a través del tiempo y mostrando cómo vida
y obra se entrelazan en sus páginas de forma inseparable.
II. Itinerario biográfico
Comenzaré, por lo tanto, con la biografía del autor de esta obra.
Antonio Carmona nace el 19 de enero de 1958 en la calle Hermanos Troncoso de
Melilla, situada sobre un monte de asperón en el barrio de Calvo Sotelo. Como
describe el autor en su poemario A cierta
edad, esta calle de su infancia componía un entorno variopinto que
habitaban diversos personajes, como «una médium que engañaba a los muertos», un
«Hércules con poliomielitis» —alusión a un amigo suyo de la infancia que
había padecido esta enfermedad— y otras figuras peculiares. A los siete años,
Antonio se traslada con su familia a un barrio costero y humilde conocido como
Corea. En aquella época, el barrio se componía de precarios bloques de
viviendas habitados por familias de pescadores —en la actualidad, estos bloques
han desaparecido para dejar paso a otras construcciones— que vivían de faenar
en las aguas próximas a esta ciudad africana. De este modo, el contexto
originario del autor se sitúa hacia el final del primer franquismo, que el
consenso historiográfico delimita entre 1936 y 1959, y el nacimiento del
segundo franquismo, que trajo un fuerte desarrollo económico y una progresiva
apertura internacional. Melilla, como enclave fronterizo con Marruecos, sufría
los cambios intrínsecos a la desaparición del protectorado español en este país
norteafricano, que supo afrontar con sus ventajas comerciales de puerto franco
y su tradición como lugar de convivencia de culturas y religiones, incluyendo
comunidades cristianas, islámicas, judías e hindúes.
De cualquier forma, la vida de las clases trabajadoras en la
Melilla de las décadas de 1950 y 1960 se encontraba marcada por una situación
de precariedad económica y fuertes desigualdades que dificultaban la movilidad
social en el ambiente de militarismo y corrupción generalizada que promovían
las estructuras del régimen franquista. Este ambiente generaba sórdidas
estampas de miseria económica y moral, como las que aparecen en el poema Sepia, del libro homónimo, en el que el
autor evoca sombrías escenas de trabajo infantil, pobreza extrema y abusos
cometidos sobre los más débiles, con una acentuada crítica al poder casi
absoluto de la iglesia católica y a la violencia ejercida con impunidad por las
fuerzas del orden en aquellos años:
La cliente decide el precio de
los chumbos.
El vendedor tiene ocho años.
Rebuzna el asno maltratado.
El poder
oscuro de la sotana
tiene las manos blandas,
una máscara lasciva
y condición de amortal,
de vampiro.
Presume el guarda nocturno
de tratar como a ratas
a los niños que duermen en los
portales.
No se trata en ningún caso de un poeta edulcorado ni
complaciente, pues asume de manera descarnada «la zona en sombra de la vida»,
como se refería Luis Cernuda al sufrimiento humano en su poemario La realidad y el deseo, y esta
característica se repite en su obra como una constante, desde sus inicios
literarios hasta sus trabajos más recientes. Esta conciencia del sufrimiento
humano emerge ya a temprana edad en el poeta, cuando los niños de su vecindario
le impusieron el mote de el Indio porque, en los juegos infantiles de
vaqueros e indios, siempre elegía situarse en la facción de estos últimos, con
una especie de simpatía por el más débil. De igual manera, si casi todos los
seres humanos se ven sometidos a algún punto de inflexión o de ruptura en el
curso de sus vidas, uno de estos momentos ocurre en la infancia de Carmona,
cuando uno de sus hermanos lo salva de morir ahogado frente a las costas de
Melilla y el autor descubre la potencia del mar embravecido, como se refleja en
el poema «He nombrado a mi hermano», de su libro Horizontes en retirada:
Fue corto nuestro largo viaje y
continúa
tras salvarnos de la furia de
Escila,
después de sentir el látigo de
sal y agua
de una ola rota […]
El mar —fuente generosa de vida y alimento, pero también
escenario de peligro y muerte— continúa marcando la biografía de Antonio
Carmona en su adolescencia, pues en 1975 la denominada Marcha Verde, en la que
el ejército marroquí llevó a cabo la ocupación del antiguo Sáhara español,
supuso una reducción drástica de las zonas y las cuotas de captura destinadas a
los pescadores de Melilla, provocando la desaparición de la flota pesquera de
esta ciudad. La crisis económica generada por este acontecimiento motivó que
Carmona y su familia emigrasen a Ibiza para trabajar en el sector emergente del
turismo. Allí, en esta isla balear, el poeta se sumerge en un entorno muy
diferente a Melilla, con los contrastes sociales propios de un cambio de época.
Las antiguas costumbres del pueblo ibicenco, dueño de una mentalidad religiosa
y conservadora, conviven de modo inverosímil con el clima de experimentación
artística y de libertad sexual que habían traído consigo los visitantes
europeos y el movimiento hippie,
creando una anomalía histórica que superó a otros reductos de libertad nacidos
al amparo del turismo en la España tardofranquista, como Torremolinos o el sur
de Gran Canaria. Sin embargo, en este momento la ceguera del poeta —que ya se
había manifestado como una pérdida de visión incipiente— avanza con rapidez y
aquel se da cuenta de que no puede trabajar en el sector turístico, por lo cual
se dedica a la venta de cupones de la ONCE en la zona del mercado municipal de
la ciudad de Ibiza. En cualquier caso, el poeta no se adapta bien al entorno
ibicenco y decide marcharse a Madrid para trabajar en unos talleres
ocupacionales de la ONCE. Consciente de que se trataba de un lugar de paso en
su vida, se afanó durante algunos años en el manejo de tornos para la
elaboración de bastones de ciego.
Desde Madrid, se traslada a la ciudad de Santander en el verano
de 1981. Allí consigue adaptarse con éxito al nuevo entorno: primero se dedica
a la venta de cupones y más tarde se le designa responsable de la Secretaría de
la ONCE en Cantabria. Los años transcurridos allí marcan el despegue de su
carrera profesional en esta entidad, que a través de su historia ha desempeñado
un trabajo decisivo para la integración de los ciegos y deficientes visuales en
la sociedad española, convirtiéndose en una institución de referencia a nivel
internacional. En esta nueva etapa de su vida, el autor no pierde su interés
habitual por los marginados y excluidos sociales, impulsándolo a moverse por un
Santander lleno de claroscuros, en vivo contraste con su apariencia de enclave
señorial y destino de veraneo para familias pudientes. Este enfoque se aprecia
en algunos textos de su colección de relatos Purgatorio, como Mehán,
en el que el autor describe su amistad con un indigente de origen rifeño que se
dedicaba a jugar al póquer y cometer pequeños hurtos y robos en la ciudad
cántabra, deslizando memorias biográficas entre las construcciones narrativas
de la autoficción:
A Mehán, el de los ojos felinos
o perrunos, el que veía en la oscuridad, después de las partidas a las damas,
le di posada, en un acto elocuente de estulta temeridad. Nos marchamos
silbando, yo con las manos en los bolsillos, Mehán con los brazos caídos,
humilde como buen pobre, invisible, dejando un tufo a su paso de miedo y
alarma. ¡Pobre niño!
Se acurrucaba, hecho un ovillo
de sombras, un bulto que se encogía, hundiéndose en la oscuridad. El día que lo
abandonaron en Villa Alhucemas fue un día de moscas que le llenaron la cara como
a todos los pobres y, en ese instante, como si fuera una pulga, le asaltó el
desprecio que lo acompañaría siempre.
En 1989, se produce otro cambio de etapa en su itinerario vital,
cuando se le ofrece la posibilidad de asumir el puesto de secretario general de
la ONCE en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. El autor no duda en trasladarse
y allí conoce a Evangelina Hernández, que se convirtió en su esposa y con la
que formó una familia de tres hijos: Ancor, Yeray y Marta. Desde el punto de
vista profesional, su interés por el bienestar de los trabajadores de la ONCE,
coherente con su ideología de izquierdas, marcó una huella de gratitud en
muchas personas que lo conocieron al frente de su despacho. Al mismo tiempo, en
estos años comienza su dedicación a la escritura, con algunos trabajos que lo
llevarían a ganar en varias ocasiones los premios Tiflos de literatura en su
modalidad de ciegos y discapacitados visuales, que se convocan anualmente por
la ONCE en el marco de las acciones de su obra cultural. Publica el poemario A cierta edad (Ediciones Idea, 2009),
que había ganado
el XXII Premio Tiflos de poesía
para discapacitados visuales y ciegos. Igualmente, algunos de sus poemas
aparecen en las antologías De sal y
versos (Ediciones La Palma, 2007) y Roquedal
azul (Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla, 2010).
Antonio Carmona ocupó la secretaría general de la ONCE en la
capital tinerfeña hasta 2010, cuando obtuvo su jubilación anticipada para
dedicarse íntegramente a la escritura. A partir de ese momento, emerge con
fuerza la proyección de Antonio Carmona como personaje en el mundo cultural
canario y en el resto de España. Graba el disco Invisibles, producido por el Centro de la Cultura Popular Canaria,
en el cual recita poemas de su libro A
cierta edad y algunos poemas de juventud recopilados en la antología De sal y versos, con música del
cantautor y poeta Claudio Briones y colaboraciones de músicos como Rubén Díaz,
Caco Senante o Marisa Delgado. Publica los poemarios Horizontes en retirada (Ediciones La Palma, 2014), que ganó el
segundo premio Tiflos de poesía en su XXVI edición, y Caballo muta a cebra (Ediciones Idea-Aguere, 2016), que recibió el
segundo premio Tiflos de poesía en su XXIX edición —ambos en la modalidad de
discapacitados visuales y ciegos—. Algunos de sus poemas aparecen en la
antología Letras del Mediterráneo
(Editorial Playa de Ákaba, 2016). Incluso participa en espectáculos
poéticomusicales como Grupo de riesgo,
con música de Rubén Díaz y textos de Claudio Briones, Javier Mérida, Ramiro
Rosón y el propio Carmona, que se celebró el 14 de septiembre de 2018 en el
espacio cultural Equipo Para, situado en la capital tinerfeña.
Después de esta intensa etapa de proyección pública, Carmona se
retira a una vida más tranquila y doméstica centrada en el desarrollo de su
escritura, que solo interrumpirá para presentar sus nuevas publicaciones o
intervenir en algún recital poético de vez en cuando. Durante la pandemia de la
COVID-19, aprovecha el confinamiento y los toques de queda para escribir su
poemario Sepia (autoedición, 2023),
que obtuvo el XXXV premio Tiflos de poesía, y su colección de relatos Purgatorio (Nectarina Editorial, 2023),
que mereció el XXII premio Tiflos de cuento —ambos, una vez más, en la
modalidad de discapacitados visuales y ciegos—. Poco después escribe la
colección de relatos Tocaba no respirar,
que se encontraba inédita hasta la actualidad, pero que el autor ha decidido
incluir en esta obra reunida. En diciembre de 2024, el fallecimiento de su
esposa tras el progresivo deterioro de su salud supone un duro golpe para el
autor, que se ve obligado a despedirse de un pilar maestro de su familia y del
gran amor de su vida. Sin embargo, después del fallecimiento procura no
hundirse en el desánimo y no abandona su escritura, creando nuevos relatos y
poemas para afrontar su duelo con entereza y continuar explorando los temas que
ya había tratado en sus obras anteriores.
En suma, la trayectoria biográfica de Carmona puede considerarse
como una afortunada anomalía, que le ha permitido sobreponerse a un contexto de
pobreza estructural y enormes dificultades para el acceso a la cultura, con la
carga añadida de su ceguera y del estigma social que todavía sufren los
discapacitados visuales. Si bien su producción literaria merece consolidarse
como objeto de lectura y estudio solo por su indiscutible talento poético y
narrativo, al margen de cualquier otra consideración, esta realidad biográfica
la torna aún más valiosa, pues, cuando muchos otros autores han construido su obra
al amparo de un entorno favorable, Carmona ha forjado la suya contra un destino
adverso, como la encina que rebrota con fuerza «por el mismo hierro» tras el
golpe del hacha, según cantaba Horacio en su Oda 4.4, con la expresión latina original —«ab ipso ferro»— que Fray Luis de León convirtió en lema de
su propio escudo.
III. Análisis de su obra
La obra de Antonio Carmona reunida en este volumen comprende
cuatro poemarios (A cierta edad, Horizontes en retirada, Caballo muta a cebra y Sepia), dos colecciones de relatos (Purgatorio y Tocaba no respirar) y un libro híbrido entre poesía y narrativa (El jardín de los universos), cubriendo
un arco temporal de más de quince años, que se inicia en 2009 —año de
publicación de A cierta edad en
Ediciones Idea— y llega hasta la actualidad.
En su conferencia El
misterio de la creación artística, Stefan Zweig clasifica a los creadores
en dos grandes tipos: los que terminan sus obras con suma rapidez y facilidad,
como Mozart, y los que efectúan numerosos trabajos preliminares hasta llegar a
una versión definitiva, como Beethoven, después de un largo y duro proceso.
Quienes conocen a Antonio Carmona de cerca saben que pertenece a esta segunda
categoría de creadores, pues su método más habitual de trabajo consiste en
elaborar varias decenas de versiones preparatorias de un libro, que a menudo
sufren drásticas modificaciones y descartes, hasta que el autor considera
finalizada la gestación de su nueva criatura de letras.
De cualquier forma, Carmona lleva a cabo este proceso sin planes
o esquemas anteriores al momento de la escritura, improvisando una y otra vez
hasta que emerge un resultado satisfactorio. No escribe para ganarse el aplauso
de los gerifaltes de la cultura institucional ni para vender cientos de miles
de ejemplares, en sintonía con el declive de una industria editorial que
menosprecia la calidad en aras de la mercadotecnia. Tales desvaríos colectivos —frutos
amargos de una civilización occidental en crisis le resultan del todo ajenos—.
Su mano desbroza y marca su propia vía, con la sigilosa convicción de que «lo
que permanece lo fundan los poetas», según dijo Friedrich Hölderlin en su poema
Recuerdo, y de que «para sobrevivir
hace falta contar historias», como afirmó Umberto Eco en su novela La isla del día de antes.
Tanto en poesía como en narrativa, el afán de experimentación del
autor se plasma en un aparente desorden bajo el que se oculta una estructura en
forma de rizoma, con imágenes y motivos que saltan entre los poemas y los
relatos, hilando una red invisible de ideas en la que cualquier elemento puede
vincularse a cualquier otro. Como un suelo afianzado con brotes y raíces, la
estructura en forma de rizoma a la que obedece esta producción literaria
sostiene un camino trazado con doble sentido: si en su poesía Carmona parte de
la realidad para conocerse a sí mismo profundamente, su narrativa comienza en
la introspección para salir al encuentro de una realidad cada vez más amplia,
que dibuja una progresión de círculos concéntricos desde la vida cotidiana
hasta las fronteras del universo.
II. a) Poesía
Para encuadrar el trabajo poético de Antonio Carmona en el mar de
la poesía española contemporánea, del que brotan diversas corrientes y
tendencias, conviene efectuar algunas consideraciones preliminares sobre su
temática y su estilo. Desde el punto de vista temático, si su relativo
confesionalismo y su contemplación de la vida cotidiana podrían emparentarlo
con la poesía de la experiencia cultivada por autores como Luis García Montero,
Joan Margarit o Vicente Gallego, su interés sincero por los marginados y su
denuncia abierta de situaciones de opresión estructural se acercan a la poesía
de la conciencia, mostrando afinidades con autores como Enrique Falcón o Isabel
Pérez Montalbán. Sin embargo, desde el punto de vista estilístico, la obra de
Antonio Carmona se aparta con frecuencia del lenguaje claro y directo de estas
corrientes de la poesía española contemporánea, inclinándose por el uso de un
lenguaje abundante en símbolos e imágenes inconscientes. Este rasgo estilístico
lo aproxima no solo a las vanguardias históricas de la poesía española y
canaria —por ejemplo, el surrealismo de Lorca en las páginas de Poeta en Nueva York o de Pedro García
Cabrera en sus poemarios Líquenes y Transparencias fugadas—, sino también a
algunos autores contemporáneos de estirpe onírica y visionaria, como Antonio
Gamoneda o Juan Carlos Mestre. Este variado abanico de influencias literarias
se despliega sobre la poesía de Antonio Carmona con una tendencia al predominio
de la imaginación creadora en sus trabajos de madurez.
Desde el punto de vista formal, esta poesía trabaja siempre el
verso libre con una rítmica dúctil y variada, que procura ajustarse a los temas
tratados en cada ocasión. Predomina el uso de un ritmo sincopado, con
alternancia de versos cortos, medios y largos, así como de numerosos
encabalgamientos suaves y abruptos. En este sentido, se aparta de los cánones
habituales de la poesía de la experiencia —en la cual prevalece el uso de
versos imparisílabos sin rima, como los heptasílabos, los endecasílabos o los
alejandrinos partidos en dos hemistiquios de siete sílabas— y se acerca a las
corrientes oníricas y visionarias, que emplean el verso libre para recrear una
suerte de flujo de conciencia, en el cual se suceden los pensamientos y
emociones del yo poético sin límites aparentes o un tono semejante al de un
oráculo o de una profecía, acatando el aserto de Rimbaud según el cual «el
poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los
sentidos».
Más allá de su eclecticismo temático y formal, en esta obra se
reconocen dos características básicas: la reafirmación del yo poético y el
vínculo entre el paisaje y la comunidad humana que lo habita. El sujeto no se
esconde ni se disimula, sino que constituye la fuerza motriz de su poesía. No
surge como un individuo sin historia conocida ni como una entelequia
desprovista de contingencias materiales, sino que se encarna en las vicisitudes
y los problemas de las épocas, los territorios y las clases sociales que
jalonan su biografía. Por lo tanto, la de Antonio Carmona puede considerarse
como una poesía fieramente humana, parafraseando a Luis de Góngora y a Blas de
Otero. Y esa fiera humanidad la convierte en un fruto agridulce de su tiempo,
al que no se enfrenta desde una complacencia frívola ni desde un escapismo
estetizante, sino desde la fuerza de la mirada crítica y el peso de la denuncia
abierta.
En esta poesía, la condición humana y sus abundantes conflictos —consigo
misma y con la realidad externa— no se abordan solamente desde las
preocupaciones éticas o metafísicas, sino también con los datos de las ciencias
naturales y la historia, en consonancia con el materialismo filosófico del
autor. Por este motivo, Carmona no pide explicaciones a ninguna divinidad o
principio trascendente sobre el origen y el destino de la humanidad —aunque los
dioses y las diosas aparezcan más de una vez en sus poemas, como reflejo de la
inmensa capacidad humana de crear ficciones—. Para este cometido, prefiere
remontarse a cuestiones como la formación del universo, el nacimiento de la
vida en la Tierra, la evolución de las especies, el proceso de hominización —es
decir, la transformación de un linaje de primates en seres humanos— o el inicio
de la historia con el desarrollo de la agricultura en el Próximo Oriente. Su
ética y su metafísica, por lo tanto, son materialistas, pues en esta obra
poética el universo intenta comprenderse a partir de sí mismo y los conceptos
de espíritu o de alma, cuando aparecen, se consideran como
recursos literarios o construcciones culturales que reflejan las creencias de
la especie humana.
Aunque la tradición de la poesía en castellano ha menospreciado
el interés por la ciencia y la técnica —salvo raras excepciones, como Joaquín
María Bartrina, que integró en su obra las ideas del positivismo científico del
siglo XIX—, en la actualidad esta tendencia comienza a revertirse debido al
peso cada vez mayor de la ciencia y la tecnología en la vida cotidiana, hasta
el punto de que encontramos autores y autoras que incluyen referencias a
disciplinas tan variadas como la mecánica cuántica, la astrofísica o la
zoología en sus poemas —por ejemplo, Agustín Fernández Mallo, Francisco
Fortuny, Miguel Martínez López, Javier Moreno o Ana Tapia—. De cualquier forma,
debe puntualizarse que el recurso a las ciencias naturales e históricas en la
poesía no implica en ningún caso la renuncia a la imaginación creadora. No se
trata de regresar al didactismo de la poesía neoclásica —pensemos en el caso,
por ejemplo, de un José de Viera y Clavijo que escribía poemas como Los aires fijos o Las bodas de las plantas para explicar en verso el mecanismo del
globo aerostático o la polinización de las plantas fanerógamas—, sino de crear
nuevas imágenes y símbolos poéticos, llenos de capacidad sugestiva, a partir de
los nuevos paradigmas que la investigación científica genera. Antonio Carmona
no resulta ajeno a esta tendencia y, en poemas como Pecado cognitivo, de su libro Caballo
muta a cebra, canta la épica del proceso de hominización con una melancolía
no exenta de pesimismo, pues considera que el Neolítico imprimió un carácter
trágico a la historia humana con la aparición del excedente agrícola y ganadero
—es decir, la producción de alimentos en cantidad superior a la necesaria para
la subsistencia—, creando infinitas desigualdades y conflictos de raíz
económica, y que los mitos, fieles acompañantes del ser humano desde sus
orígenes, se han revelado incapaces de ofrecer soluciones justas y
satisfactorias para tales desigualdades y conflictos:
Desde Olduvai hasta el voraz
apetito del Neolítico asesino
(sicario del Humano,
custodio de la Cultura,
Invención invencible pero
suicida
de una Especie),
donde viven los mitos.
Suben y bajan
escaleras hacia el cielo
abierto y rojo
y
hacia
el abismo. Cruzan
el istmo en un carro
de oro y fuego. Cierran
las puertas de una selva
y se quejan a la Luna
de la impuntualidad de la
lluvia. Oran
al Neolítico que hereda la
sutil
diferencia del arco y veneran
a sus muertos. Oran, suben,
pactando con el mijo y el
sorgo,
caminando con el uro, como
quien lleva a un esclavo.
Traen y llevan oraciones desde
entonces,
hasta la nanotecnología (mi
tiempo),
atrapados por la magia
de la transformación de la
Materia
(arcilla y fuego), como
hicieron los Dioses.
De igual forma, los diversos paisajes en los que se ambientan sus
poemarios —por ejemplo, los paisajes natales de Melilla y el norte de Marruecos
en A cierta edad, Horizontes en retirada o Sepia— no se configuran como espacios
deshabitados, sino como territorios surcados por las huellas de una larga
presencia humana, con especial énfasis en la memoria colectiva de las clases
populares y sus historias de vida, pero también en el cruce incesante de
pueblos y culturas que ha marcado las orillas del Mediterráneo a través de la
historia. Por ejemplo, en el poema «Estratigrafía», de su libro Sepia, Carmona alude a una de las
primeras evidencias arqueológicas de poblamiento humano en Melilla. Se trata de
la aparición de una moneda fenicia que representaba a un hombre con cabeza de
abeja, un ánfora de miel y una espiga de trigo, en referencia a los productos —miel
y trigo— que exportaba Melilla a otros enclaves del Mediterráneo en la
Antigüedad:
En la dimensión temporal
de la estratigrafía, en la
moneda,
la cabeza del hombre era de
abeja,
y había un ánfora de miel, y
una espiga.
La curiosidad por el pasado favorece que en algunos poemarios,
como Caballo muta a cebra, se
incluyan alusiones a la identidad amazigh de Melilla y del norte de África, que
marcó la historia de la Antigüedad primero con el reino y más tarde con la
provincia romana de Numidia, ofreciendo personajes tan destacables como
faraones, reyes, emperadores romanos, papas y hasta un padre de la iglesia
católica como san Agustín de Hipona. Además, esta herencia cultural marca un
nexo común entre Canarias y Melilla —dos periferias del Estado español situadas
en la región norteafricana—, ya que los primeros habitantes del archipiélago
canario, también de etnia amazigh, cruzaron el mar para asentarse en sus islas
hacia el siglo V antes de Cristo. La celebración de las raíces imazighen de
Melilla se opone al discurso reduccionista del nacionalismo español de extrema
derecha, que pretende acaparar la identidad compleja y diversa de esta ciudad
autónoma, limitándola a la cultura de su población cristiana de origen ibérico:
La ciudad es un fuerte, la
marca,
la frontera, la injusta,
cuatro
lenguas, cuatro miradas.
El pinar de esta parte de la
alambrada
tiene piñones de alas y huellas
en la resina.
Hay pisadas imazighen.
Es suya la tierra
que también es la mía.
Recrimino a San Agustín por ser
bereber.
Recrimino a Masinisa por su
traición a Sifax,
y a Sifax por ser Sifax.
Recrimino el año I del
calendario agrario
del faraón amazigh Sheshonq I,
al dátil del oasis de Siwa
su lujuria,
a la lasciva almendra sus
promesas,
a Jugurta su muerte
ignominiosa,
al Papa Melquíades su
connivencia,
al emperador Macrino sus
sandalias,
a Zinedine Zidane su magia,
y a Juba
su sabiduría. Recrimino
a Abd-el-Krim porque no era el
tiempo del Chacal.
Por estos lugares natales desfilan tipos humanos como pescadores,
pequeños comerciantes y su clientela, trabajadoras de una fábrica de guano,
policías o niños que descubren el mundo con juegos y acciones brutales en la
costa de Melilla. Todos ellos aparecen con sus dramas y tragedias particulares,
que a los ojos del poeta revisten igual o mayor importancia que los grandes
hechos de la historia universal. Y todo este desfile de tipos humanos ocurre a
la sombra del monte Gurugú, el volcán inactivo que marca la frontera entre
Melilla y la provincia marroquí de Nador, como un dios tutelar que se corona de
pinos para convertirse en refugio de animales silvestres y contemplar el
Mediterráneo desde la atalaya de su cumbre. De hecho, la parte 6 del poema «Calle
Hermanos Troncoso I», en A cierta edad,
alude a las fatigas de una caminata nocturna por el Gurugú en invierno:
Un invierno, era de noche,
la nieve cubrió al Gurugú
y los chacales dejaron sus
huellas.
Una piedra le rompió la frente
y le robó unas horas
mientras huía del dolor.
Golondrinas de luto
asistieron a su entierro de
unas horas.
Dentro de estos paisajes de Melilla, las visiones de la costa y
de las aguas del Mediterráneo cobran una especial importancia. Ese interés por
el medio marino se vincula a su biografía, pero también a uno de los rasgos
fundamentales de la creación poética en las islas Afortunadas, que el profesor
Ángel Valbuena Prat consignó en su Historia
de la poesía canaria: el «sentimiento del mar» —es decir, la percepción del
mar como un espacio pletórico de resonancias emocionales y fecundo para la
imaginación creadora—. Más allá de las evidentes diferencias entre la costa
mediterránea de Melilla y la costa atlántica de Canarias, todo mar confronta al
ser humano, desvalido en su pequeñez y fragilidad, con la extensión de sus
aguas y la potencia de sus corrientes. Esta confrontación se observa en poemas
como Los cortados, en el que la
imagen de un hombre —tal vez un trasunto del autor— que se aferra al borde de
un acantilado, en el paraje melillense conocido como Los cortados de Aguadú —una
zona costera de materiales basálticos, cuyo abrupto relieve forma precipicios
de unos cien metros de altura—, recuerda ese desvalimiento inseparable de toda
contemplación de lo salvaje:
Arriba,
con los pies colgando,
a un gesto del precipicio,
un hombre
y su futuro interrumpido.
Abajo,
gaviotas vuelan
hacia sus nidos verticales.
Giran en círculos,
como grajos blancos,
sobre un resucitado.
En cualquier caso, como explica Emilio González Ferrín en su
ensayo La angustia de Abraham, la
relación entre los mares u océanos y los pobladores de sus costas insulares o
continentales —por ejemplo, el Mediterráneo, la Macaronesia y el Caribe, entre
otros—, a través de las rutas de navegación, produce culturas y formas de vida
claramente reconocibles, entre las cuales pueden apreciarse notorias analogías.
De este modo, Melilla y Canarias convergen en la poesía de Antonio Carmona, por
su condición de espacios fronterizos y por el gran mestizaje que marca su
historia, desde las aguas mediterráneas a las que David Abulafia alude como un «continente
líquido» favorable para el encuentro de culturas, en su ensayo El gran mar: una historia humana del
Mediterráneo, y desde las corrientes atlánticas que Peter Linebaugh y
Markus Rediker, en su trabajo La hidra de
la revolución, definen como una «transmisión circular de experiencia humana»
entre Europa, África y América. Melilla y Canarias se asemejan en la tradición comercial
de sus puertos, en su diversidad cultural y en su presente migratorio, como
vías de entrada al continente europeo para las comunidades magrebíes y
subsaharianas, quienes huyen de un África empobrecida por las secuelas del
colonialismo occidental y por los conflictos armados que la atraviesan.
Por lo tanto, la poesía de Antonio Carmona parece acercarse al
conocimiento del mundo por una vía inductiva —esto es, desde lo universal hasta
lo particular—. Y como última estación de ese poético viaje, desde el proceso
de hominización hasta la vida cotidiana en un barrio de la Melilla
tardofranquista, aparecen el propio autor y su entorno más inmediato —es decir,
sus familiares y amigos—. Esta mirada al yo y a su circunstancia, en términos
de Ortega y Gasset, se aprecia sobre todo en los poemas de A cierta edad y de Horizontes
en retirada, por los cuales desfilan sus padres, sus hermanos, su esposa y
sus tres hijos —Ancor, Yeray y Marta—. De forma paralela, Caballo muta a cebra contiene algunos testimonios de buena amistad,
como el poema Informe para Claudio,
dirigido al poeta y cantautor Claudio Briones, en el que Carmona realiza una
suerte de epístola en verso libre para su amigo, a la vez que reflexiona sobre
la crisis sistémica de un mundo sujeto al imperio del neoliberalismo y de las
compañías transnacionales. En esta carta poética, el mestizaje se le presenta
al autor como la única forma de zanjar los dilemas identitarios de un mundo
fracturado en innumerables patrias e incluso propone una canariedad mestiza,
coherente con el devenir histórico de la sociedad isleña:
Y callo
para que oigas el silbo gomero
que un chino enseña a una rusa,
y otras armonías.
El interés por lo cotidiano también se saborea en algunos poemas
de una riqueza sensorial inesperada, como La
salsa de la carne, en el cual una comida que el autor comparte con uno de
sus hijos sirve como ocasión para celebrar el disfrute del gusto y el valor
antropológico de la gastronomía como elemento para fortalecer los vínculos
sociales, siguiendo una estela de versos culinarios que se remonta a autores
como Baltasar del Alcázar y su célebre poema Cena jocosa. De este modo, Carmona afirma que «la salsa de la carne
llegó tocada de civilización» o que hay «pocas cosas como unas gambas a la
plancha y su tributo de sal», enlazando los sabores de su infancia y primera
juventud en Melilla y los de su madurez en Tenerife a través de la memoria.
Pero esta mirada hacia lo inmediato logra sus acentos más emotivos en la serie
de poemas Una forma de llorar, que
pertenece a Horizontes en retirada y
en la que el autor lamenta que su hija, en plena adolescencia, abandonara la
casa familiar temporalmente:
¡Ay de mí!, ¡ay de ti!
si olvidas que tu casa
se encuentra en la parte
izquierda de mi pecho.
Maldito mayo y sus puertas
abiertas al rencor de las
tierras
fértiles, buenas para tumbas.
Maldito mayo y sus ladridos,
sus cartas
de amor.
Una vez ha cantado las alegrías y desventuras de su entorno más
inmediato, al poeta ya no le queda sino la introspección, la mirada hacia el
mundo complejo y nebuloso de la psique, habitado por una masa de sueños,
emociones y pensamientos, y hacia las proyecciones de su vida psíquica sobre la
realidad externa. En algunos momentos, la ceguera del poeta favorece la
introspección, lo cual se refleja en poemas como Por mis párpados, de su libro Sepia,
en el que esta pérdida sensorial modifica de manera irreversible su percepción
del tiempo y del espacio, pero conserva incólume la claridad meridiana de su
inteligencia:
Por mis párpados abiertos
penetró la luz,
y mis habitaciones vacías
se llenaron de noches
inconclusas.
Con los ojos del miedo
anduve por mis habitaciones
y, en un hueco cerca del
corazón,
brilló mi tesoro,
que callo por avaricia.
Empero, si hubiera de elegirse algún poema que defina claramente
a Antonio Carmona, que recoja una semblanza fiel de su personalidad, se
trataría de «El cobarde»,
perteneciente a su libro Caballo muta a
cebra. El texto se configura como una réplica a un interlocutor
desconocido, que defiende unas ideas antagónicas a las del poeta, y adquiere
tintes de rabiosa actualidad cuando surge toda una escuela neofascista de
líderes internacionales —por ejemplo, Donald Trump, Vladimir Putin, Benjamin
Netanyahu o Nayib Bukele, entre otros—, que realizan y promueven discursos de
odio contra personas y grupos vulnerables, infracciones sistemáticas de los
derechos humanos e incluso crímenes contra la humanidad. Frente a la oscura
internacional de la muerte, frente a la acusación de comportarse como un
desertor y un cobarde en tiempos de militarismo, Carmona defiende el valor de
la desobediencia civil —de hecho, en su biografía se da la coincidencia de que,
en los primeros años de la transición a la actual democracia española, se lo
declaró prófugo del servicio militar obligatorio por algún tiempo debido a un
error administrativo, sin que el propio Carmona llegara a saberlo hasta que se
lo dispensó de ser llamado a filas por su ceguera—, y afirma su ideología
humanitaria y cosmopolita, hija de la razón ilustrada:
Miro máscaras. Aprendo
a ser menos y en ello estaba,
cuando escuché un balido y balé
para el desconcierto de los
lobos. Era el momento,
y firmé mi rendición
condicionada.
«Y me llamas cobarde y no lo
niego,
desertor y no lo niego». Le
dije:
«Cuando me llamas cobarde y me
envalentono,
y mantengo que solo hay una
Tierra y un solo hombre,
combato con la palabra el filo
de la ignorancia».
La poesía de Antonio Carmona, más allá de su diversidad temática,
guarda la unidad y la coherencia estética de un discurso que se forja en la
autenticidad, en la correspondencia más fecunda entre su vida y su escritura.
Esta autenticidad rechaza dos extremos igualmente perniciosos: el formalismo
vacío, que convierte la poesía en un artificio creado para presumir de técnica
literaria, sin apelar ni a la razón ni al sentimiento; y el prosaísmo carente
de imaginación, que la degrada a un simple recuento de anécdotas banales,
impidiendo la tarea de «dar un sentido más puro a las palabras de la tribu»,
como decía Stéphane Mallarmé en su poema
La tumba de Poe.
II. b) Narrativa y textos
híbridos
Simultáneamente, la narrativa de Antonio Carmona emerge como un
universo autónomo, en el que las obsesiones y los motivos que ya aparecen en su
poesía se desarrollan en forma de historias y personajes. De este modo, en sus
relatos se aprecia una transición desde el realismo sucio, matizado con
elementos simbólicos y oníricos, hasta una narrativa híbrida entre varios
géneros y subgéneros literarios, que combina, en palabras de Emilio González
Ferrín, «lo metafísico, lo histórico y lo social», con abundantes referencias a
temas como la cosmología, la evolución de las especies —y, en particular, de
los homínidos—, el análisis del comportamiento humano o el futuro de un planeta
marcado por la crisis sistémica del capitalismo a comienzos del siglo XXI. Por
lo tanto, podría decirse que su narrativa emprende un viaje en dirección
contraria a su obra poética, aproximándose a lo real por una vía deductiva —es
decir, desde lo particular hasta lo universal—, pero afrontando los mismos temas
e inquietudes.
La curiosidad inquisitiva del autor se amplía desde un ámbito
local hacia lo cósmico, impulsada por la carga de su experiencia vital y por un
bagaje continuo de lecturas no solamente literarias, sino también históricas y
científicas. En este sentido, el peso de autores como Mario Liverani, con sus
estudios sobre el antiguo Oriente y su desmontaje de la historiografía basada
en relatos bíblicos —a través del cotejo de fuentes documentales y
arqueológicas—, o el propio González Ferrín, con su revolucionaria hipótesis de
que el Islam no apareció como una religión codificada hasta comienzos del siglo
X y que la llamada «conquista musulmana» de la Península Ibérica consistió en
un proceso gradual de asentamiento de poblaciones árabes e imazighen —todavía no islamizadas— durante los siglos VIII e IX,
fomenta una visión crítica de la historia y de la sociedad en la narrativa de
Antonio Carmona, con especial énfasis en el cuestionamiento de los grandes
relatos nacionalistas y religiosos.
Junto a esa curiosidad inquisitiva, se despliega una voluntad
experimental con las estructuras narrativas, especialmente en su colección de
relatos Purgatorio, que se integra
por dos partes o secciones diferenciadas. La primera sección, Alerta, describe la atmósfera
inquietante de un edificio donde habita el narrador-protagonista. Un personaje
conocido como «el delegado», vecino del narrador-protagonista, desata las
tribulaciones de este último cuando comienza a alquilar las habitaciones de su
piso y a recibir las visitas de una corte de los milagros formada por «el
trasiego de personajes que deambulan por el barrio, sucios, locos, borrachos,
mendigos y drogadictos». El autor maneja el suspense con maestría, pues el
avance de la trama, con el caos que se apodera del edificio gradualmente,
parece anticipar un desenlace violento para el narrador-protagonista, pero este
nunca se produce. La historia que podría haberse convertido en un embrión de
novela negra finaliza como tragedia íntima con un tono cercano al realismo
social: consumido por una grave enfermedad y por las secuelas de su adicción a
las drogas, el delegado toma la decisión de echar a todos sus inquilinos y poco
después muere, dejando un silencio sepulcral en su piso.
La segunda sección de Purgatorio,
de título homónimo, agrupa un conjunto de historias que ocurren como sueños o
visiones en la mente del narrador-protagonista mientras este sufre un coma, por
motivos que no se revelan al público lector, en una cama de hospital. A partir
de esta premisa, los relatos de Purgatorio
se dividen en tres ámbitos: un supuesto mundo terrenal, un mundo de ultratumba —llamado
precisamente «purgatorio», pero más semejante al Hades grecolatino—, en el que
los muertos habitan como espectros, y el mundo onírico de las visiones que el
narrador-protagonista experimenta en el coma. Esta confusión entre lo real y lo
imaginario se vincula a conceptos como el velo de Maya de las doctrinas
religiosas hindúes —es decir, una suerte de ilusión que impide a los seres
humanos percibir la auténtica naturaleza de la realidad— y al desengaño barroco
plasmado en obras dramáticas como La vida
es sueño, de Pedro Calderón de la Barca. El cruce entre realismo sucio y
literatura fantástica otorga una originalidad sorprendente a esta colección de
relatos, que desdibuja los límites entre los recuerdos autobiográficos y la
autoficción y que el escritor y periodista Eduardo García Rojas define de modo
certero como «literatura que habita en tierra de nadie, en ese universo a medio
camino entre el cielo y el infierno para los creyentes».
Entre las influencias narrativas que emergen en esta colección de
relatos, García Rojas identifica el Viaje
al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, como una de las más
evidentes y destacables. A pesar de que Carmona se ubica en las antípodas
ideológicas de Céline —siendo este último un antisemita declarado y un
colaborador de la Gestapo durante la ocupación alemana de Francia—, Purgatorio reconoce su deuda con Viaje al fin de la noche en una serie de
características: su desencantada visión del mundo, su empleo de un lenguaje
crudo y expresivo —sin ningún perjuicio de su altura poética—; su caravana de
personajes errantes y fracasados —antihéroes que vagan entre diversos puntos de
la geografía de España y de sus antiguas colonias norteafricanas, así como el
protagonista de la novela de Céline, Ferdinand Bardamu, arriba a una colonia
francesa en África tras desertar del ejército de su país—; su atmósfera
opresiva—el purgatorio de Carmona se asemeja a la noche de Céline, convertida
en metáfora de todos aquellos lugares en que la vida humana se reduce a pura
supervivencia— y su tono de sátira social —ambas obras dirigen una mirada
crítica hacia el contexto originario de sus autores, revelando situaciones de
hipocresía, violencia estructural e instituciones carentes de sentido—.
En este laberinto de tres mundos, aparecen varios personajes
secundarios de especial importancia: Isabel —una mujer de Melilla que se fuga a
Marruecos con su pareja, Rachid, y acaba ejerciendo la prostitución en un
burdel de El Aaiún, donde en una ocasión es violada por un legionario—, Rachid —pareja
de Isabel, que tiene tres hijos con ella—, Hombre Noche —el padre de Isabel— y
los tres hijos de Isabel y Rachid: Mehán —originariamente llamado Alberto por
sus padres, se fuga de su casa y es adoptado por un marroquí de Villa
Alhucemas, que lo cambia de nombre—, Úrsula —que emigra a Santander y ejerce la
prostitución en un burdel de esta ciudad, en el que el narrador—protagonista la
conoce— y Enrique —que también emigra a Santander y se dedica a cometer asaltos
en domicilios, encapuchado para ocultar su identidad—. Dentro de este elenco de
personajes, el triángulo de amor-odio que forman Isabel, Rachid y Hombre Noche
ofrece claves de lectura fundamentales para la comprensión de la trama. Isabel
muere de forma enigmática mientras atiende a uno de sus clientes, conocido como
el Isleño, en un tiovivo depositado en la dársena de un puerto y que
ella misma había comprado. Hombre Noche quiere vengar la muerte de Isabel, pero
Rachid, convertido en timonel de un barco, lo mata aplastándolo contra el
muelle del puerto con la quilla de su navío. Después del crimen, Hombre Noche
espera la muerte de Rachid para vengarse de él en el mundo de ultratumba.
De igual forma, las prostitutas aparecen como figuras recurrentes
en los tres niveles de Purgatorio, en
consonancia con el interés del autor por las personas arrinconadas en los
márgenes de la sociedad. La imagen de las prostitutas en esta narrativa no
obedece a ningún moralismo hipócrita: no se las presenta como víctimas
incapaces y dignas de lástima, sino como mujeres que sobreviven en situaciones
difíciles con astucia y coraje, enfrentándose al machismo brutal de dos
culturas —la española y la marroquí— que, a pesar de sus diferencias, convergen
en sus hondas raíces patriarcales. El uso del sexo como estrategia de
supervivencia y la agresividad explosiva de los bajos fondos sociales se
describen con una sobriedad estremecedora, como en el pasaje en que el narrador-protagonista
se va con Úrsula desde la barra hasta algún dormitorio del burdel santanderino
y, de vuelta a la barra, encuentra a su amigo Mehán apuñalado mortalmente,
creando una escena que refleja la antagónica proximidad entre Eros y Tánatos —la
pulsión de amor y la pulsión de muerte, los dos principios básicos de la
conducta humana según Sigmund Freud— en un ambiente sórdido y oscuro:
Había algo en el ambiente: el
silencio de Mehán, el silencio de todos. Mehán no dijo nada. Úrsula me echó su
presencia encima y renové mis votos a la sagrada esencia de mujer. Me gustan
las mujeres. Una sombra de sospecha se posó en los hombros de Mehán y los míos.
La sombra buscó rumbo, infestó el antro de desconfianza y se ocultó en una
mancha en la pared más triste del local.
Nuestra sospecha, como una nube
cargada, explosiva, con el caos en sus entrañas, como si estuviesen en guerra
los dioses, ensombreció la medallita que le colgaba. La virgen María fue de
nuevo la chica del puticlub con sus manos sosteniendo sus tetas:
—O él o yo.
Esa batalla estaba perdida de
antemano. Entre el amigo y esa mujer, me quedé con ella y subí a su purgatorio,
y, al volver, el moro tenía clavada una navaja, cerca del corazón.
Pero quizás el rasgo más definitorio de esta narrativa se
encuentre en su estilo poético, cargado con un ritmo y una cadencia que en
ocasiones diluyen las fronteras entre el relato y el poema en prosa, así como
con una batería de metáforas y símbolos de gran potencia imaginativa. Por
ejemplo, el breve relato Entre fantasmas,
de su libro Purgatorio, describe cómo
el narrador-protagonista y dos personajes secundarios —el citado Hombre Noche y
el perro que acompaña a este último—, situados en el ámbito del purgatorio,
emprenden un vuelo por una región situada a medio camino entre el sueño y la
muerte, para lo cual el autor se vale de un lenguaje de inspiración
surrealista, quebrando toda lógica en la secuencia de los hechos narrativos:
El perro, Hombre Noche y yo
llegamos a un recodo donde el viento no podía girar. En aquel tiempo se creía
que allí se acababa el mundo. Craso error. En ese recodo, el perro apuntó con
su hocico el hueco que daba a la nada. Así era la esperanza. Ahí estaba el
hueco, mi solución. Me asomé. No era el fin. Allí se producía una alquimia que
despedazaba la conciencia y la esparcía por los cuatro puntos del país. Podía
ser que las oportunidades fuesen infinitas. Hágase el cambio. Así era la
esperanza. Marché con unas alas que me crecían según mi voluntad. Volé por la
boca de un muerto indeciso entre el infierno y el silencio. Me asomé. Había
aves marinas, bandadas de pecados blancos que adquirieron el don de volar.
De hecho, la tendencia al estilo poético favorece que en sus
producciones más tardías, como el poemario El
jardín de los universos, se difuminen deliberadamente los límites entre
poesía y narrativa, hasta el punto de que muchos textos se sitúan en una zona
gris entre el poema en prosa y el relato poético, sin que se pueda concluir de
manera definitiva hacia qué lado habría de inclinarse la balanza entre ambos
géneros literarios. En la primera sección de esta obra —titulada, así como todo
el libro, El jardín de los universos—,
el autor retoma sus motivos y obsesiones habituales, con temas como el
descubrimiento del fuego, la alimentación de los homínidos, la invención de la
música, el desarrollo de la agricultura en la antigua Mesopotamia o la
conciencia de la finitud humana. Los textos de esta primera sección incluyen
personajes como los natufios —creadores de la cultura conocida como natufiense,
que nace en el próximo Oriente hacia el final del Paleolítico y que, según
ciertas hipótesis, habría llevado a cabo los primeros ensayos de agricultura,
plantando semillas de cereales silvestres—; una diosa apócrifa y benevolente
llamada Médula, que enseña a los homínidos a machacar con piedras los huesos
que dejaban otros predadores, para comerse los tuétanos y no morirse de hambre
en tiempos difíciles; o un narrador protagonista que observa cómo un amigo suyo
se encuentra en la fase terminal de una grave dolencia, abrumado por la
cercanía de su propia muerte, y se pregunta cómo debería hablar con él para
ayudarlo a soportar sus últimos meses de vida. Las historias relatadas en estos
textos no obedecen a estructuras narrativas tradicionales, por lo cual no reúnen
casi nunca sus tres elementos característicos —introducción, nudo y desenlace—,
sino que se presentan como fragmentos inconexos, tan solo vinculados entre sí
por los motivos y obsesiones recurrentes en este libro. De cualquier forma,
esta escritura híbrida se reviste con frecuencia de lenguaje poético y alcanza
en sus momentos álgidos una poderosa cualidad sonora, como sucede en el texto Domesticación de la música, en el cual
se imagina con suaves aliteraciones y marcado ritmo la noche en que un cazador
prehistórico, danzando ante el fuego, crea las primeras manifestaciones
musicales de la especie humana:
El fuego es el centro, la noche
es muy clara. El cazador, instintivamente, salta al ritmo de la novedad
acústica que disipa el hechizo de las crepitaciones, con el sonido curvo de los
huesos y el tam-tam hueco de los troncos. Desde el margen, cambiándolo todo, la
música acalla el parloteo de los bosques milenarios. Los pájaros escuchan una
lengua nueva de flautas, palmas y tambores. El cazador danza victorias poseído
por los ritmos, el impulso freudiano desatado y legendarias hazañas de su
tribu. Frenética danza alrededor del fuego, ante el mar. Olas lamen fósiles de
moluscos extintos. Sus pausas son parte del ritmo que, en la sangre, música
adentro domestica el caos. El trance y el delirio, hijos de la armonía,
conducen al guerrero ante el espíritu. Con el baile y la hechicería, el azar,
sin propósito, retenido, atado, no soplaba desorden. Se detuvo la ola y
entonces la música se detuvo también, y se retuvo al destino global de los
universos.
Esta fusión de elementos poéticos y narrativos hace que la
escritura de Antonio Carmona desarrolle la práctica de lo transgenérico —es
decir, la superación de los límites entre los géneros literarios, como la define
el profesor de literatura Gregorio Torres Nebrera—, pues a partir de la
aparición de las vanguardias literarias en el siglo XX esos géneros ya no se
entienden como compartimentos estancos, sino sujetos a múltiples combinaciones.
La segunda sección de El jardín de los
universos, titulada Alma, se abre
con un fragmento de naturaleza transgenérica, en el cual aparece una
bibliotecaria que lee las obras completas del narrador protagonista —un
trasunto del propio autor—, salvándolo con su lectura del olvido, pero después
de ese texto inicial se decanta hacia la prosa poética, evocando con intensa
nostalgia a la fallecida esposa de aquel—una vez más, trasunto del autor—,
aunque los elementos narrativos no se desvanecen del todo. El amor —«que mueve
el sol y las demás estrellas», como dice Dante Alighieri en el final de la Divina comedia—, se convierte en el tema
casi absoluto de esta sección del libro, desafiando a la muerte con una energía
que recuerda la de esa llama pasional que, según Francisco de Quevedo, sabe
nadar las aguas del inframundo y «perder el respeto a ley severa». De este
modo, el narrador protagonista no teme contar ni cantar su duelo, situándose
incluso frente a la urna que guarda las cenizas de su esposa para llorarla:
He retomado la costumbre de
darle un beso antes de irme a dormir. Lloro un poco con la frente pegada a la
vitrina, con mis manos abiertas, y mi boca simulando ante el cristal un beso.
Se quedará la huella en el cristal, cuando me acoja el indoloro olvido.
Como es sabido, el duelo puede explicarse con el célebre modelo
creado por la psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross, el cual se divide en
cinco etapas —negación, ira, negociación, depresión y aceptación—. En los
textos de Alma, la voz del narrador-autor
se sitúa claramente en la penumbra de la fase depresiva, pero también surgen
destellos de aceptación, cuando vislumbra que su cometido en este mundo ya no
consiste en sumirse en el llanto, sino en conservar con serenidad la memoria de
su esposa fallecida. Su dedicación incesante a la escritura le ayuda en este
cometido, hasta el punto de sentir que empieza una vida nueva, pues toda forma
de creación artística insufla un anhelo de eternidad a los amores en los que se
interpone la muerte, así como Beatrice Portinari pervive en la poesía de Dante
Alighieri y Laura de Noves en la de Francesco Petrarca:
Escribo y comienzo una nueva
vida. La llevo conmigo en este tiempo nuevo, en esta vida nueva, al borde del
abismo de luz de la poesía. Al asomarme, cuando cae la noche, hace de mí —un
personaje lírico al margen—, uno más en la masa, un individuo.
En conclusión, la obra literaria de Antonio Carmona recoge el
testimonio de su vida y la huella de su imaginación creadora, atravesando
tiempos y lugares con una escritura libre y audaz, forjada al amparo de
múltiples referencias culturales, pero sin someterse a las modas pasajeras del
mercado editorial ni a los credos estilísticos de los grupos o banderías
literarias. Con la memoria viva de su Melilla natal, echa raíces en el suelo
volcánico de la literatura canaria sin limitarse al estrecho marco de ninguna
frontera, siguiendo una estela de vanguardias insulares con una visión dinámica
del cosmos, observadora atenta de los procesos evolutivos y las mutaciones
imprevistas de la naturaleza y de la historia. Si, como dijo Ernesto Sábato en
su ensayo El escritor y sus fantasmas,
«la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma —quizá la más
completa y profunda— de examinar la condición humana», la escritura de Carmona
persigue esa vocación de sondear el complejo fenómeno de un animal bípedo y
pensante, nacido en un pequeño planeta idóneo para la vida, ante el silencio
sepulcral de un cosmos lleno de grandes regiones inhabitables. Por lo tanto, su
afán de permanencia la convierte en una obra que recoge la memoria del pasado y
la agitación del presente, con el fin de catapultarlas hacia la incógnita
inmensa del futuro.
Prólogo de Ramiro Rosón a El sueño del
Gurugú, de Antonio Carmona (Editorial Cuatro Hojas, 2026)
Antonio Carmona es delegado en Canarias de la Unión Nacional de Escritores de España. Está galardonado con la Medalla de San Isidoro de Sevilla de la UNEE.