Esquivar la muerte

 

Mario Llamazares Torrao

Mi abuelo esquivó la muerte dos veces. La primera fue durante la construcción de la presa de Aldeadávila en Salamanca, lindando con Portugal. La segunda en una explosión de gas grisú en la mina de Negrín, en Fabero del Bierzo.

Una noche en su casa estábamos viendo la película de David Lean Doctor Zhivago y cuando en la escena final se ve desde gran altura a aquella bella actriz rubia caminar sola a lo largo de la presa mi abuelo arqueó las cejas de asombro y dijo:

-¡En esa presa trabajé yo!

-¿En serio? — le pregunté sin conocer esa historia.

-¡Sí, ninín! — era como me llamaba —. En Portugal había poco trabajo y cuando construían esta presa, Salazar y Franco dejaron que contrataran portugueses. Así que ahí estuve yo con algunos paisanos. Era un trabajo peligroso y una vez salvé la vida de milagro.

-¿Cómo fue?

-Terminamos de comer en el pueblo y siempre volvíamos en el autobús de la empresa, pero ese día me apetecía caminar y le dije Joâo: «¿Por qué no volvemos andando? Que me apetece estirar las piernas.» A él también le pareció buena idea. El camino era de tierra, muy estrecho, con curvas y bordeaba un precipicio muy alto. El autobús tenía que hacer bastantes maniobras para pasar por algunos puntos. Ese día, cuando estábamos llegando a la presa lo vimos. Iba a unos doscientos metros por delante de nosotros. Entonces se salió en una curva y cayó por el precipicio dando varias vueltas de campana. Lo vimos estallar ahí abajo, en la orilla del río. Murieron todos los compañeros que iban en él.

-Eso fue antes de que vinierais a España, ¿no?

-Sí, ninín. Como te decía, ahí en Trás-os-Montes había poco trabajo. O trabajabas en los olivos si los tenías o te ibas fuera. Nuestra tierra ha sido siempre de emigrantes. Mi abuela nació en Brasil antes de que se independizara. Y en aquella época unos se iban a Brasil, otros a Francia, a Suiza, Alemania… Yo decidí traer a tu madre y a tus tíos a España. Ya había trabajado aquí varias veces y tenía contactos. Me hicieron un contrato para trabajar en una mina cerca de Fabero. Pero entonces no podía traer todavía a la familia porque no tenían permiso de residencia, así que tuvimos que pasar ilegalmente la frontera.

-Fue entonces cuando cruzasteis por ese canal tan estrecho, ¿no?

-Sí, ninín. Entramos por Ourense en una fría noche de diciembre de 1967. Debíamos pasar por el borde de un canal alto y muy estrecho. Imagino que vendría del río Miño. Tu madre tenía entonces cinco años, pero era la mayor. Le dije que tuviera cuidado, porque si tropezaba no la volveríamos a ver más. Tu abuela llevaba a tu tío Amandio atado a la espalda y yo traía de la mano a Diamantino. Poco después nos llovió y no teníamos paraguas. Del otro lado vivía un señor español que ayudaba a los portugueses a cruzar la frontera a cambio de dinero. En cuanto abrió la puerta de casa tu madre entró corriendo y se metió en la cama con su mujer. La pobre estaba tiritando de frío. La señora sonrió y dijo que no pasaba nada. Que se podía quedar ahí con ella el tiempo que quisiera. Nos secamos y nos dieron de comer una sopa caliente. Unos meses después, en verano, fuimos de vacaciones al pueblo. Yo podía cruzar sin problemas, pero tu abuela y los niños tuvieron que ir campo a través, evitando la carretera. Tu abuela dice que a pesar del rodeo se encontraron con unos guardias civiles dormitando debajo de una higuera. Parece que no se enteraron o tal vez hicieron la vista gorda y les dejaron pasar. Poco después llegó la cédula de residencia. Luego nos dieron la nacionalidad española. Hace años que no voy a Portugal. Es curioso. Allí siempre soy “el español”. Y aquí siempre seré “el portugués”. Es como si me hubiera quedado para siempre en algún punto de esa frontera. Ya no soy de ningún sitio concreto. Soy un desarraigado. Ahora se puede ir y volver de Portugal por autovía, sin ni siquiera bajarse uno del coche. El mundo ha cambiado mucho estos últimos años.

-¿Y cuándo fue el accidente?

-Fue el nueve de julio de 1973. Recuerdo ese día como si fuera ayer. Fue como volver a nacer. De aquella trabajaba en la mina de Negrín. Realmente se llamaba La Casualidad porque el dueño encontró allí carbón por casualidad. Pero como su mote era Negrín, a la mina la llamaron igual. No se podía fumar dentro porque había riesgo de explosión de gas grisú. Y yo nunca fumé allí. Pero ese día vi una llamarada de fuego que venía hacia mí por la galería. Me puse lo más rápido que pude una manta encima y me tiré al suelo. Noté cómo el fuego alcanzó la manta y me quemaba la espalda, pero me arrastré como pude y en un último esfuerzo me tiré rodando por un terraplén. Las vueltas apagaron las llamas, pero como ves, me quemé todo el cuerpo.

Mi abuelo tenía la piel morena, pero llena de numerosas manchas blancas por todo el cuerpo: la cara, las manos, el pecho… Parecían salpicaduras de leche de diferente tamaño.

-Otro compañero también se quemó, pero menos. Luego estuve un año en hospitales. Primero en León, en el hospital San Juan de Dios y luego en uno de Gijón. El patrón quería que volviera a la mina, pero tenía quemaduras en los órganos internos y no estaba en condiciones de trabajar. También abrió una investigación. Sospechaba que yo había estado fumando en la galería. El cabrón quería encontrar un pretexto para que no me retiraran. Finalmente me jubilaron con una paga pequeña. El último médico que me atendió entonces me dijo que me quedarían como mucho dos años de vida. Tan destrozado me vio por dentro. Tú acababas de nacer y me puso triste pensar que no te vería crecer. Pero mira, aquí estoy. Tendrían que colgar a ese médico. ¿Tú te crees que se puede decir eso a un paisano? Y equivocarse de esa manera.

Mi abuelo esquivó la muerte dos veces. Si no la hubiera esquivado la primera, yo no estaría ahora escribiendo su historia. Si no la hubiera burlado la segunda, no lo habría podido conocer. Desde entonces mantuvo un suave baile con la muerte. Pero como es sabido, ese baile siempre es fatal. Hace seis años, el cáncer de vejiga que padecía se lo llevó para siempre. Se nos murió en una fría sala del hospital de Ponferrada, rodeado de su familia. Aquella tercera vez no pudo esquivarla.

Sus restos yacen en un nicho del cementerio de Fabero. Eligió uno soleado, con vistas al monte. No lo incineramos porque él solía decir que ya se quemó una vez y no quería que lo quemaran más.