Francisco Cejudo Granado, poema

 

Bajo la piedad de un Dios humilde

Una capa de memoria

cubre de la piel hasta los huesos.

Es pátina del tiempo

en su travesía y su latir.

 

Quizá el moho con su herrumbre

se hace fuerte en lo más hondo.

Y en la corteza forma arruga

la intemperie y su oleaje.

 

Yo vi pasar la nube en vuelo ciego

y su tic-tac hablaba de las horas con nostalgia,

también la luz que mi empuje debilita

mermando sin propósito mi andar.

 

Y sé que el relato quedará mudo en un instante

que el desbrozar ya no podré,

pues el forraje que brota en mi barbecho

campea libre de años sin labrar.

 

Y la misma nube que cantaba,

anunciará lluvia de silencios,

afonía de sombras,

de cien historias que no serán.

 

Cerrarán los patios interiores

sus puertas y ventanas

con firmes pestillos

del “para siempre”, del “nunca jamás”.

 

Y ya, todo yo memoria,

seré cuanto fui

bajo la piedad gris de un dios humilde,

de un soplo o una línea dúctil de ceniza.