Bajo
la piedad de un Dios humilde
Una
capa de memoria
cubre
de la piel hasta los huesos.
Es
pátina del tiempo
en
su travesía y su latir.
Quizá
el moho con su herrumbre
se
hace fuerte en lo más hondo.
Y
en la corteza forma arruga
la
intemperie y su oleaje.
Yo
vi pasar la nube en vuelo ciego
y
su tic-tac hablaba de las horas con nostalgia,
también
la luz que mi empuje debilita
mermando
sin propósito mi andar.
Y
sé que el relato quedará mudo en un instante
que
el desbrozar ya no podré,
pues
el forraje que brota en mi barbecho
campea
libre de años sin labrar.
Y
la misma nube que cantaba,
anunciará
lluvia de silencios,
afonía
de sombras,
de
cien historias que no serán.
Cerrarán
los patios interiores
sus
puertas y ventanas
con
firmes pestillos
del
“para siempre”, del “nunca jamás”.
seré
cuanto fui
bajo
la piedad gris de un dios humilde,
de
un soplo o una línea dúctil de ceniza.
