Alberto Morate
(De una sesión de dramatización con niños/as de 4 años, más o menos)
Salen al escenario, cuatro, cinco o seis niños y niñas y les decimos un título, por ejemplo: “En una playa”. Les podíamos haber dicho, “Las nubes lloronas”, “El viaje en burro”, o cualquier otro título o sugerencia, pero aceptan bien el primero, y ellos mismos comentan rápidamente, “pero... había dos canrejos, ¿vale?”.
Se tiran al suelo y haciendo ruidos se arrastran, se miran, sacan la lengua y se ríen. Alguno se pone en pie y salta, corre y se vuelve a tirar al suelo. Son cangrejos. Ellos dicen que son ‘canrejos’. Les indico que los cangrejos van para atrás y se quedan en silencio. Después vuelven al juego, unos para adelante y otros hacia atrás.
Ha terminado la obra, la mini representación. Ahora hacen “Los médicos”, o “El hospital”, por ejemplo, y se tumban todos en el suelo, se tocan unos a otros la barriga, se hacen cosquillas y ahora uno es el médico y el otro el enfermo. Alguno habla por el teléfono de sus dedos. La obra termina persiguiéndose o durmiendo plácidamente. No ha durado más de dos minutos.
Pero empieza otra obra titulada “Los policías”. Gritan. Se agarran, se cogen, y si tienen sillas hacen una cárcel y nunca hay nadie preso.
La cuarta obra será “La ballena” y formando con su cuerpo una masa informe, saltan haciendo el ruido del agua y formando olas de dos metros. Aparece la madre, personaje socorrido para sacarles de un aprieto. Así nadie se ahoga, y todos quedan tan contentos.
“En un parque” es la siguiente puesta en escena, y pronto hay un tobogán, un columpio y un perro. Algún niño se cansa de ser niño y se convierte en león fiero. En un parque no hay leones, - les digo -, y me contestan que es un león bueno. ¿Quién hace de madre, de padre, de guardia? Alguien sugiere que quiere ser elefante. En el parque se hace de noche y empieza “Juan sin miedo” y también “El patito feo”.
-Yo quiero ser Juan sin miedo
-Yo, el patito feo
-Yo, un monstruo
-Yo la madre
-Yo era... ¿puedo ir a hacer pis?
Y aunque soy profe masculino me llaman “seño”.
-“Seño”, Raisa me ha empujado... María se ha escondido... Lidia no me hace caso... Rubén grita demasiado...
Hay que hacer un receso, un descanso de un momento, estaban perdiendo el control, son aún muy pequeños. ¡Stop!, ¿cómo hay que quedarse cuando el ‘profe’ dice stop? Un segundo de duda..., por fin, un monicaco de cuatro años grita: “¡Inválidos!”, y otra le rectifica: “Inmóviles”, y otro: “Quietos”, “Parados”, Lucía se ha movido,- se chivan-, y Manuel se ha tirado al suelo.
Unas palabras, unas bromas, un poco de hacer el “tonto”, que vean que soy como ellos/as de divertido, que me gusta el juego. ¡Cuidado!, siempre con orden y con respeto. Llega el turno de que hablen, de que sugieran, de que inventen para luego.
- ¿Ya está? ¡Todos calmados! Empezamos de nuevo. Otra historia de dos minutos, otro título, otra situación, otro personaje, otro jaleo, otro ir y venir, y tirarse por el suelo, otra historia de miedo, otro lobo que los persigue, otro cerdito que sale huyendo, el valiente que se enfrenta y se agarra a mis pies, o el que me da un empellón y sale corriendo. El que se esconde, la que bosteza, el que se queda quieto, la que no habla, el que se sube a tu chepa, todos son importantes, todas forman parte de esta locura, de este ajetreo, de este émulo teatral de los comienzos.
Casi sin darnos cuenta se pasa la
hora en un momento. No ha habido contratiempos, la semana que viene
inventaremos otros juegos, otra forma de hacer teatro, y si es la misma, eso es
lo de menos.
Alberto Morate es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.
